MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL
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sábado, 10 de octubre de 2020

AGLOMERACIONES

 



Bruce Gilden


En el pasado verano coronavírico fueron frecuentes las llamadas a evitar las aglomeraciones en playas, restaurantes, bares y discotecas, al tiempo que nos animaban, de acuerdo con la "nueva normalidad" engendrada por el poder partidocrático para las masas de votantes aborregados, a viajar y a consumir en la hostelería, que acabó hundiéndose ante la falta de medidas tomadas por la casta política, que siempre podía echarle la culpa a "los jóvenes" de lo que era presumible que parte de ellos hicieran, sin que le importara un pimiento hacer una política de prevención desde el poder, que no tuviera que ver con el calculado coste electoral.

Ahora, al volver al trabajo me he encontrado con otro tipo de aglomeraciones, éstas sí bien vistas o consideradas inevitables o aptas para ser tratadas como si no existieran: las de 30 alumnos y más por clase en los colegios y las aglomeraciones en autobuses (evito el atestado y tropicalmente caluroso autobús de las 8). Empiezo a acostumbrarme, pero los primeros días me ha resultado terriblemente inquietante y entristecedor el tener delante de mí clases de una treintena de alumnos enmascarillados (a veces con medios de fortuna) separados por unos 50 centímetros, y yo en el estrecho pasillo que va desde la puerta de la clase abierta, pasando por la pizarra, hasta la ventana igualmente abierta junto a la mesa del profesor (las corrientes de aire me han provocado un primer enfriamiento que me ha tenido k.o. unos días, y ahora llevo más capas para postergar la recaída, pero toda ventilación es poca). Se me dice que debo mantener la distancia de seguridad con los alumnos, pero si me aparto un poco de la pizarra ya estoy encima del de la primera fila. Esto provoca, por otra parte, que tenga problemas para oír a los alumnos del fondo, acrecentados además si hay ruido en el pasillo o en la clase de al lado, mientras veo a algún compañero irresponsable pasearse entre las mesas.

A mediados de esta semana, me he sentido súbitamente mejor, como si ya estuviera aclimatándome a esta situación, y encontrando mis tiempos y estrategias para trabajar en esta extraña "presencialidad", que me hace sentirme incómodo, no haciendo mi trabajo como podría en circunstancias normales, y que no sé si se prolongará, mientras la maquinaria burocrática sigue su marcha, impasible e hipócrita, sobre todas las incongruencias presentes y futuras.


domingo, 1 de diciembre de 2019

NO EVALUABLE




Dell & Wainwright


Noviembre es un mes que discurre entre la presión de las inminentes y damoclianas evaluaciones decembrinas, y la lucha contra el catarro y la gripe. Debes preevaluar con los alumnos, hacer la autoevaluación con tu grupo clase si eres tutor, y finalmente evaluar, para luego reunirte con los compañeros en maratonianas sesiones de evaluación. La obsesión por la evaluación que caracteriza a la Administración hace que ésta, en su castillo kafkiano, elabore modelos cada vez más complejos, detallados, y milimetrados usando una jerga pseudocientífica, nacida, probablemente, de la desconfianza hacia el profesor como ente intelectual aparentemente autónomo que, una vez que cierra la puerta de su clase, transmite a sus alumnos conocimientos y vivencias de una manera que pudiera resultar escandalosamente creativa.

Se pide, asimismo, al profesor que adapte su sistema de evaluación a las "necesidades educativas" de algunos alumnos que han sido diagnosticados (o "censados" como se dice ahora, en afán eufemístico de disimular la psicologización y medicalización exponencial de la escuela), y que combine y desarrolle estos sistemas de evaluación con el que usa para la generalidad de la clase (que suele estar en unos 25 miembros), creando un insostenible trabajo a varios niveles en nombre a la "atención a la diversidad", a la que no se ponen los medios necesarios, aunque el profesor se multiplique por sí mismo.

Queda la vida, y la frustración propia y ajena que golpea en mí como el mar embravecido contra el rompeolas; así, me proponen proyectos, actividades, y me atosigan con toda suerte de propuestas de trabajo personas en cuyos ojos brilla la necesidad de justificar de alguna manera el vacío que, como bufón enano, va colgado de su impecable porte laboral. Frente a ello, el valor del "no" como medida de valor contra la tentación de dejarse arrastrar a un infierno de inconsciencia, que puede, no obstante, ponerte al borde del precipicio del sinsentido, que no quiero mirar para mantener los pobres palos del sombrajo de mi "yo".

Intento, pues, como sea, manejar diversos asuntos a la vez, con cierto sentimiento de plenitud que no sé si es producto de un sentimiento de paz y concordia conmigo mismo, o producto del mero cansancio o del miedo al colapso.

domingo, 27 de octubre de 2019

EXHIBICIONISMOS




George Butler



En un afamado bar y restaurante de altura de Cádiz fui testigo de un hecho infamante: en la barra había un tipo de aspecto extranjero con evidentes síntomas de una silenciosa ebriedad. El hombre dejó caer la cabeza sobre el pecho y se quedó inmóvil, al tiempo que comenzaba a escorarse peligrosamente a un lado, ante las risitas de los 5 o 6 camareros vestidos de negro detrás de la barra, y el recochineo de algunos clientes que le hacían fotos, llegando una desaprensiva a hacerse un selfie con él. Una chica a nuestro lado tomó la iniciativa y enrostró a los camareros preguntándoles si no pensaban hacer nada, y llamar a una ambulancia ("Es un guiri", comentó uno de ellos, como para justificar absurdamente su inacción; quizás por eso le sirvieron cuatro whiskies a un tipo que venía ya bebido). De mala gana, uno de éstos cogió el teléfono, mientras otro, ante otro cliente que empezó a menear al dipsómano, sentenció que se trataba de un coma etilítico, pero no movió un músculo. Casi de seguido me vi con otros dos clientes levantando al tipo, que iba a acabar en el suelo, y llevándolo como un gran muñeco desmadejado, a sentarlo contra una pared. El hombre no reaccionaba, ni siquiera ante la presión del hielo, y poco tardó en orinarse encima, y vomitar silenciosamente.

Esta situación indignante, que dice muy poco de la humanidad y la profesionalidad de esos presuntos profesionales de la hostelería, ilustra cierta parálisis moral que parece asociada al espectáculo diferido que parecen haber hecho de la vida los móviles y la presión de la imagen compartida en las redes sociales (donde las fotos que más gustan son las que muestran un atisbo de intimidad a la curiosidad apresurada del espectador). No se puede actuar hasta que uno no haya registrado y compartido convenientemente un hecho, y la obsesión por el llamado selfie, la foto de uno mismo, se me antoja signo de un apresurado, por mor de injustificado, narcisismo que impide la contemplación y disfrute de monumentos y paisajes, reducidos a mero fondo circunstancial del "la realidad soy yo". Esa pasión por mostrarse en el ágora electrónica parece que excede con mucho el afán de exhibicionismo de cualquier época de la Humanidad.

Esta vuelta al trabajo ha estado marcada por mí por cierta sensación de gran soledad, y un sentimiento, no sé en qué medida defensivo, de ira, odio y desprecio. Quizás debería calmarme y enfocar esa dura constatación de saberse distinto de una manera menos perjudicial para mis nervios, dado que los objetos de mi enfado son los mejores controladores de su idiosincrasia nociva o mezquinamente egoísta.

domingo, 13 de octubre de 2019

PANTALLAS Y PSICODELIA




Verner Panton



Tras llevar más de una semana resistiendo al catarro, el jueves pasado sucumbí a lo que luego el médico me confirmó como gripe. La sensación de escalofrío que sufría en los cambios de clase, y las corrientes de aire en las aulas presagiaban el triste desenlace (por muy mal que entre en una clase, me vuelvo como uno de esos faquires a los que pinchan con toda clase de cosas y no sienten nada; estoy en mi papel, lo malo es al regresar al hogar, y sentirse agotado y enfermo, cuando no viejo presentido). No me gusta quedarme en casa: es como tiempo prestado, algo que yo no he elegido, como un préstamo preconcedido del tipo con el que te acosan los bancos. Así, que igual que al año pasado, aturdido y abrigado, me siento delante del televisor a ver alguna de esas series-río, que me es imposible seguir en otras circunstancias, pues le suelo dar preferencia a la lectura.

He descubierto de tal manera la serie británica Black Mirror, que gira en torno a los desastres existenciales que podrían provocar tecnologías avanzadas tipo implantes cerebrales, para el control de la mente, los recuerdos y el bloqueo de personas, como en las redes sociales, teniendo como lazo común las ennegrecidas pantallas de los móviles, cada vez más etéreos, y omnipresentes. No falta en ella tampoco la parábola política sobre los riesgos de las redes sociales (el peso de su multitudinaria opinión y su "democracia real") para el sistema parlamentario británico (del que no se deja, empero, de mostrar las contradicciones), y resultó gracioso que viendo la película televisiva Bandersnatch, asociada de algún modo a la serie, no me diera cuenta, hasta avanzada ésta, de que era interactiva, por lo que un amigo más joven, en el límite de las llamadas generaciones X y millennial se rió de mí, viejo baby boomer, cuando se lo conté por whatsapp (casi lo más extraordinario de la película me pareció que se recomendara al joven programador que escuchara para inspirarse el disco Phaedra de Tangerine Dream, ya señalado por artistas como John Foxx, como punto de partida de una nueva era de la música electrónica, pues contenía en él, según el artista británico, todo el desarrollo musical para 20 años).

Lamento ahora no haber conocido más de joven a esa generación del llamado cómic adulto español, que trabajó tanto para editoriales de Estados Unidos, como la famosa Warren: Esteban Maroto (por el que siento una especial debilidad, pues para mí encarna cierto estilo setentero, minucioso y volátil al mismo tiempo, espíritu de una piscodelia que promete más de lo que da, o de lo que, a la postre, uno puede alcanzar), José Ortiz, José González, Martín Salvador, Rafael Aura León, Luis Bermejo, Ramón Torrents, etc. El derrumbamiento y la quiebra del mercado del cómic adulto a mediados de los ochenta del siglo XX cierra las biografías de Wikipedia de la mayoría de los citados, incluso de algunos dibujantes más jóvenes como Rafael González Negrete, que a los 23 años, recién terminada su carrera de farmacia, que abandona, ganó el primer premio de la versión española de la revista Creepy en 1981 (ejemplar que adquirí en un mercadillo), y pudo desarrollar una carrera brillante pero corta. Sólo algunos de estos veteranos, como Luis Bermejo, que fue ayudante del multihistorietista Manuel Gago, continuaron su faceta artística en el terreno de la pintura al acuarela y al óleo, en el caso de Bermejo hasta su muerte reciente. Gloria a estos artistas sin adjetivos.

domingo, 29 de septiembre de 2019

BABELISMOS




Marcantonio Bassetti



La inercia de las cosas ayuda a sobrellevar la existencia; es como en el autobús en el momento en el que alguien quiere pasarte, y sabes que si te mueves, la inercia te hará perder el equilibrio; que espere quien sea. Así también en la vida cotidiana: hay alguien que quiere sumarte a su carro de la escoba, pues a exigirle cosas a su vez, que nadie es perfecto, y todo va mejor. Esa misma firmeza distante te ayuda también con el cínico cobardón, con el desastre andante, y con el desagradecimiento palmario e incluso rencoroso.

De esta manera me siento bien incluso en el trabajo, no dejando que me lleven por donde no quiero, o volviéndome yo mismo ventanilla y exigiendo requisitos. Con los alumnos la cosa, empero, no puede funcionar de la misma manera: este curso, aunque mi horario es peor, no estoy descontento con los grupos; soy profesor de francés y de latín, y en el grupo de 4º de ESO de latín que tengo ha aparecido este año una chica francesa que apenas habla español. La pobre está un poco (bastante) perdida en este darwinismo académico, y en clase le doy instrucciones en francés, para que pueda seguirme (indicaciones que pueden entender perfectamente, por otra parte, el resto de alumnos, pues estamos en un centro bilingüe de francés). Nunca ha dado latín, y le he dicho que aprenderlo le ayudará a aprender español, pues estudiamos la evolución de las palabras, y su equivalente con lenguas como el francés y el italiano. Espero que le vaya bien.

Me he dado cuenta, por otro lado, de que cada vez tengo menos tiempo para leer (y aún menos para escribir), ante los afanes cotidianos, que siempre son más de uno; ver alguna película el fin de semana se me torna, pues, problemático, pues es tiempo que robo a la lectura, prácticamente confinada a la mesilla de noche; por ello, cierta dosis de azar en la elección de las lecturas que se me amontonan me supone un cierto alivio, dentro de ese río del tiempo que Hawking describe como más lento o más rápido en sus incognoscibles meandros y remolinos de pasado y futuro. Vacar es necesario.

domingo, 15 de septiembre de 2019

HORIZONTE DE SUCESOS




Louis Philibert Debucourt



Esta semana previa al comienzo de las clases efectivas ha sido intensa. Las reuniones convocadas temprano me entorpecen ya el ir a nadar a la playa, aunque llego allí a las 8 de la mañana. La difuminación de unas rutinas es la antesala de otras. A esa hora, sólo estoy yo, y algún otro nadador o nadadora solitarios. Ya rayando las 9 llega el viejo de siempre, que espera que venga su amigo también viejuno, para meterse en el agua y emular en su inmovilidad balanceante a las boyas amarillas que orlan la playa como para una fiesta que nunca empieza, o para consuelo de las barcas que quedan fuera de su perímetro. Estas dos últimas ocasiones lo he dejado solo en la playa mirando a todas partes en espera del amigo ausente, y me acordaba de Pedro, el ochentañero gruñón -que también ha desaparecido desde mediados de agosto-, que decía que esos dos formaban parte de un grupo de 5, de los que 3 murieron este invierno. Ironías del feliz verano, que no escapa, como no iba a ser de otra forma, a los indicios de la muerte; asumiré ese relevo enojoso, aunque quizás sea yo el próximo en desaparecer de la costa, y de la vista de las indiferentes gaviotas que la pueblan ahora.

Por otra parte, en el instituto, la realidad se solidifica rápidamente, aunque los primeros días uno quiera imaginar que aún está en el linde del horizonte de sucesos del agujero negro docente; ya nada será igual durante 9 meses, y no habrá ni parto de los montes, solo un cansancio creciente que se sobrellevará como se pueda. Uno se encuentra así con los amigos y sin embargo compañeros, con el cínico caradura que hace lo posible por escaquearse, con el/la que hace que no se entera, o no se entera de verdad, con la víctima propiciatoria, con quien sólo piensa en el trabajo, y con quien sólo piensa en cómo librarse de él, con el egoísta indecente, y con el honrado profesional que lucha contra los vientos adversos de la normativa educativa y la burocratización creciente, sin pararse a pensar mucho en ello.

No es raro en este sentido que los nuevos compañeros que llegan te pregunten en voz baja cómo se trata en el instituto el tema de las competencias básicas, esenciales, o como quieran llamarlas en el futuro los mandarines pedagógicos de la partidocracia; suelen respirar con alivio cuando se les dice que, como en todas partes, no se sabe muy bien qué hacer con ese engrudo que evalúa procedimientos no conocimientos (como el manido "aprender a aprender"), y que acaba banalizando las áreas de conocimientos al obligar a todos los profesores, presuntos especialistas de una disciplina concreta, a evaluar todo ese batiburrillo infumable que haría las delicias de uno de esos escolásticos del sexo de los ángeles, que sólo pretende reducir los niveles y "facilitar el aprobado", primer mandamiento de las nuevas Tablas de la Ley que seguimos esperando.

domingo, 18 de agosto de 2019

DESASOSIEGOS VERANIEGOS




Martin Parr



Se dice que el verano es la época en la que, debido a la forzosa convivencia vacacional, afloran conflictos larvados en la pareja, y provocan que septiembre sea el mes con mayor registro de divorcios del año. Aunque a veces no hay ni que esperar a septiembre; así, un amigo ha tenido que irse solo de vacaciones al extranjero tras una ruptura sentimental de última hora, por lo que no le queda otra que ajustar cuentas consigo mismo, y vivir el mágico extrañamiento de recorrer solo un país culturamente diverso, cosa que no deja de tener su lado positivo. Otro amigo me confesaba que, tras años de matrimonio, estaba pensando en el divorcio, que estaba harto de la situación (para mi sorpresa, pues nunca me había hablado mal de su relación ya de años), y que desde hacía unos meses estaba apuntando todo lo que de malo según él su pareja le hacía, pues a él se le olvidaba, mientras que su mujer le recordaba constantemente cosas malas de él del pasado. Recordé entonces un pasaje de Los demonios de Dostoievski donde un personaje decía con sorna que si la prometida descubría algún asunto turbio de su novio, se le recordaría un año después de casados, y no dejé de sentir curiosidad por el particular cahier de doléances de mi amigo, y por saber si se atrevería alguna vez a utilizarlo. 

Había quien decía, creo que Nietzsche, que no hay perdón sin olvido, y, según le escuché a un psiquiatra, las mujeres tienen más difícil eso de olvidar de acuerdo a su estructura cerebral, por lo que viven más prolongadamente situaciones de rencor, sobre todo entre ellas. No sé en qué medida habrá en esto un mecanismo de autoafirmación o de defensa en el seno de una sociedad que las ha tenido mayormente en segundo plano; no creo que sea ajeno a esto la afirmación del propio Dostoievski en la misma obra de que lo que no perdona nunca la mujer es la humillación.

De las intensas sesiones de natación que me pego por las mañanas en este lapso de buen tiempo que vivimos tengo hoy dolores musculares, a los que se suma cierta inquietud, pues hace casi dos semanas que no veo por la playa a Pedro, al señor ochentañero que me invita desde hace dos años a dejar mi ropa junto a sus cosas; le he preguntado a uno de sus amigos y me ha dicho que está enfermo de la garganta, y que no viene. Sin duda, para antiguos enfermos del corazón como él los catarros son un verdadero problema; espero, con todo verlo pronto, pues su vitalidad algo malhumorada son un acicate par mí cuando pienso en mi ignoto futuro.

domingo, 11 de agosto de 2019

RITORNELLO




Bartolomeo Passarotti




Las vacaciones a veces hacen que estés en sitios donde no dispones de ordenadores para escribir, o que el ajetreo de modo aparentemente paradójico te lo impida; aunque por otra parte no está mal esta pausa medio forzada, pues tomas cierta distancia de la rutina de escribir.

Los recuerdos se acumulan, mas se diluyen como los sueños cuando intentas inventariarlos. Algo así pasa con las lecturas: de un clásico del siglo de Oro como "El Diablo cojuelo", que, como otras tal que la obra de Vicente Espinel, te desilusionan un tanto por la escasa crítica social que, por el contrario, se magnifica tanto en contrasolapas. Las primeras páginas de aquella novelita te cautivan por su surrealista exuberancia metafórica y de ingenio, por más que luego se malogra por la escasez de esa descripción satírica de la sociedad de la época que promete el diablillo, sustituida por catálogos de nobles que lisonjear y fintas y molinetes literarios. En Sanlúcar compré, como hago todos los veranos, algún libro en las ferias y mercadillos benéficos; esta vez ha sido "La marcha Radetzky" de Joseph Roth y "Bomarzo" de Manuel Mujica Láinez, un libro que llevaba esquivando hasta ahora bajo las múltiples encarnaciones en que se me ha presentado siempre en tenderetes, mercadillos y librerías.

Al parece Mujica Láinez decía que no necesitaba escribir ninguna autobiografía, pues él siempre estaba presente en sus obras; en este "Bomarzo" podría haber quizás trazas de una infancia dolorosa y convalenciente, dada la posible identificación del autor con el protagonista, duque minusválido del Renacimiento italiano, que consigue prolongar, al menos como voz narradora, su relato vital hasta el presente, volviéndose así un alter ego del escritor argentino, experto en arte y apasionado de tal época, que convierte, en mi opinión, la falsa autobiografía del deforme Orsini en un medio feliz de volcar sus conocimientos, obsesiones y amor por ese periodo histórico y artístico. En las escasas cien páginas que llevo leídas se ofrece el retrato prototípico y adverso de un español adusto, y fanático religioso, paje del protagonista. Resulta más chocante esto en una persona extremadamente culta como Mujica, y si se piensa que hace poco más de 200 años los argentinos eran también españoles, "españoles de ambos hemisferios" como rezaba la Constitución de 1812, y la tendencia de aquéllos a considerarse "un pueblo de europeos exiliados" como creo que decía Borges, pero italianos, franceses o ingleses antes que españoles. Probablemente, consecuencia de la necesidad apresurada de construir apresuradamente Estados artificiales sobre una población sentimentalmente dividida.

Ando un tanto preocupado en este frío verano de mar rizada que estorba mi nado diario, y no sé muy bien a qué achacar esta inquietud; tal vez me siento culpable de la tregua que he dado a ciertos problemas, que, en parte, no depende de mí. Por otra parte, como profesor, siento que nunca desconecto del todo ni del pasado ni del futuro inmediato que me espera a la vuelta de pocas semanas, que te hace juguete del artificioso calendario escolar. Revisando entradas antiguas, he visto que vivía con cierta amargura esta realidad; ahora, acepto, como Monica Vitti en Il deserto rosso que todos estos -digamos- microtraumas forman parte de mi vida, y que no me son externos.


domingo, 30 de junio de 2019

EL VIOLÍN DE INGRES




Ceri Richards



Este fin de junio termina en un día nublado y frío, mala antesala para el verano. La intensidad de trabajo se fue desprogramando ella sola, hasta reducirse al hábito de estar alerta, y el cerrar los oídos a los cantos de sirena de la burocracia compulsiva: todos los años la cosa finaliza con la amable amenaza de que se profundizará en la "evaluación por competencias" el curso siguiente, un engendro que evalúa procedimientos (como "aprender a aprender") en vez de conocimientos, y que si se queda como único sistema evaluación será el desastre definitivo para la escuela pública. Ha habido algunos encuentros con amigos y despedidas a las que se asiste con tristeza, y el aturdimiento de no sentirse más concernido, así como cuando ves correr una cucaracha en la cocina de un amigo, y no haces nada.

Reinaldo Arenas hablaba en su autobiografía de los poetas de Miami como un estrecho círculo local que se indignaba si no asistía a sus tertulias de mesa camilla, y que eran objeto del desprecio de escritores también exiliados de muchísimo más valor como Lydia Cabrera, que los llamaba "poetiesas". Este marco intelectual de casino decimonónico al estilo de La Regenta se da mucho en ciudades pequeñas, donde se jactan de tener a "su" pintor, a su poeta, a su artista. Incluso se riza el rizo de este adocenamiento si alguno de estos artistas, como el conocido pintor Ingres, desarrolla alguna segunda actividad artística, y se ve doblemente reconocido en su círculo a pesar de su carácter meramente amateur.

¿Qué traerás, verano? ¿me darás alguna tregua en mi angustia?, ¿relajarás ficticiamente mi percepción de la cotidianidad para lanzarme de nuevo en septiembre a una vorágine de actividad de olvido inmisericorde? Lapso iluso entre ciclo de repeticiones que no tienen más valor que el sobrevivirse a sí mismas.


domingo, 16 de junio de 2019

VIDA SOCIAL




David Steward



He vivido estas últimas semanas varias celebraciones y encuentros: el cumpleaños de un amigo y compañero, una cena con amantes de la cocina casera, una comida con mis estudiantes pasando el Rubicón de la Selectividad, una comida con compañeros de trabajo, etc. La publicación de mi libro de relatos, "El enfermo imaginable" me ha hecho estrechar lazos con antiguos y nuevos amigos, lo que me ha llevado, por otra parte, a recuperar costumbres como la de ir en grupo al cine, y comentar luego la película y lo que se tercie vaso en mano.

Estos eventos que uno agradece tanto, suelen ir acompañados, sobre todo si se suceden seguidos, de cierto dolor de cabeza por la mañana. La vida social intensa está bien, si a uno le gusta reír y sentirse acompañado de amigos. Luego el verano se hace largo en su morosidad contemplativa, pues hay cierta energía oscura que hace que la gente, como las galaxias, se aleje más entre sí en el estío.

No obstante, cierta tristeza se agarra a veces al borde de la túnica festiva, y hace volver la vista a lo absurdo, que más que en la vida en sí como decía Albert Camus, me parece residir en la repetición de gestos, cuya recurrencia acelera esta percepción.

Thomas Mann hablaba de la vida como enfermedad, como purulencia desordenada y caótica de lo orgánico, que puede devenir trágica cuando surge la conciencia -inútil- de sí. Nos cabe quizás hacer frente a la desesperanza, aceptarla o sublimarla, pero sin dejarnos engañar por la idea de que el placer, convertido en rutina, la ahogue, pues está en la sustancia de nuestra existencia, y siempre lo sobrenada.

domingo, 19 de mayo de 2019

REVELACIÓN




Clarence H. White



En esta fotografía de interior realizada en 01904 en Ohio, Clarence H. White parece haber congelado en el tiempo un instante de revelación: Los pies de la cama en primer plano sobre el fondo de una habitación adornada con una clásica cómoda, aparador y mecedora, y el espejo que multiplica -¡ay, el terror de Borges!- la suave ondulación de la cortina sobre la ventana abierta a un día ignoto e irrecuperable. Es ese eco marino en el espejo lo que entra en contraste con la inmovilidad tranquilizadora y familiar del mobiliario de la habitación, y convierte a la instantánea -rara vez fue nombre más apropiado- en la fugaz promesa de una revelación, tal vez insensato intento de recuperar una intuición infantil en un ámbito similar.

Multiplicar gestos es algo que empiezo a considerar un despilfarro. Comienzo a calcular el tiempo que me llevará en terminar esto o aquello, y rijo mis lecturas y escuchas por un azar muy bien organizado. Me impresiona cuando veo a alguien que se arregla mucho antes de morir, y recuerdo últimamente una escena de una vieja serie sobre Shakespeare en la que unos amigos elegantes cenaban en un balcón y se mostraban sumamente ingeniosos hasta que la estructura se derrumbó matándolos a ambos. Siempre hay que estar preparado para morir... con dignidad.

Las personas que conozco y que han leído mi nuevo libro "El enfermo imaginable" me hacen comentarios muy elogiosos, no sólo por la calidad de lo escrito sino, sobre todo, porque se reconocen en algunas situaciones o se desconocen en algunos personajes. Debo decirles que en toda creación suele haber elementos autobiográficos junto a la mixtificación, con la que se busca potenciar ciertos efectos, entre los que no cabe descartar del todo el ajuste de cuentas o la piedad hacia uno mismo.

domingo, 13 de enero de 2019

LUCES DEL UNIVERSO




El comienzo del año no ha sido fácil; la muerte hace un mes escaso de Quequi, nuestra mascota, -no por esperada menos dolorosa- ha creado una especie de curvatura perfecta en el espacio de soledad de una casa que parece ya más grande para los dos personas que quedamos en ella, tras la partida de nuestra hija para trabajar en otra ciudad. Así que he empezado a mirar el cielo, -que siempre me interesó en cierta medida- animado asimismo por los podcast de astronomía que empecé a escuchar en Ivoox. Algunos comentarios que hice a mi mujer sobre las constelaciones que pueden verse a simple vista desde nuestra terraza, y quizás mi tristeza la llevaron a regalarme por Reyes un telescopio de mano ultraligero. Hace mucho frío estos días, pero pude contemplar con satisfacción los cráteres de una luna en cuarto menguante entre mis manos temblorosas, y anteayer desde la ventana de mi pequeño despacho en la parte opuesta de la casa (sureste) observé no sin cierta emoción el planeta Venus de madrugada, que parecía una molécula de endiablados átomos danzantes plateados y huidizos.
No sé si representa un consuelo pensar en nuestra pequeñez, colgados en un punto del espacio-tiempo, frente a la indiferencia de la naturaleza que encarnan estos cuerpos celestes, que no dejan de ser el futuro de la Humanidad, a medida que nuestra estrella, que se haya en la mitad de su vida de 10.000 millones de años, se vaya apagando. Indiferencia del cosmos, que en sí significa orden, y conciencia de ello, ¿serán para mí semillas de valor? La noche empieza a caer.




Imagen: Yuri Beletsky, cascada en el desierto de Atacama.

domingo, 6 de enero de 2019

NOCHE DE REYES






Recuerdos de frías mañanas,

de arrebujarse en las sábanas

de la inocencia menguante.

El mágico recorrido

por la casa, por un momento

ya no familiar, sino encantada,

hasta dar con los paquetes,

ausentes ahora en la memoria,

desgarrados sin miramientos

bajo la mirada inadvertida

y nostálgica de los padres.


domingo, 30 de diciembre de 2018

QUEQUI





Echo mucho de menos tu muda presencia elocuente,

tu mágica capacidad de dar alegría y sentido

a la rutina diaria que tú sin saber sostenías,

y yo tampoco sabía, de tanto que me sorprende

ahora el vacío desolador que dejas en casa.

De tu mirar incansable se alejan las constelaciones,

y el mundo ya se desentiende de tu pasear cauteloso.

Máquina de querer, a pesar de la muerte inminente

que se ha llevado tu vida de escala menor que la mía,

querías tú persistir en tu ser, como todos nosotros;

tanto fue el amor que te di, que quizás esperabas

que siempre te protegiera, ¿o era yo quién lo hacía?

Llevaste tu propio final con más dignidad que tu amo,

ansioso por retrasar el efecto del mal incurable.

Me siento morir en ese pasado que eres ahora:

Llorar por ti ha sido también llorar por mi mismo.

domingo, 29 de abril de 2018

MENSAJE DEL MAR




Amigo lector:

Este mes de abril concluye lluvioso y ventoso como si Iris y Eolo se resistieran a dejar un romance entretejido sobre esta bahía tornasolada. Me han pasado estos días algunas cosas, que ignoro si serán signo de lo porvenir o mero polvo en suspensión de lo olvidable, y de las que te quiero hacer acta. Así, he tenido un encuentro con mi viejo amigo y profesor de pintura y otro viejo alumno después de bastante tiempo, y, contra lo que yo creía, había bastante ganas de verse y hablar y beber hasta las tantas en el taller de aquél. La soledad, en verdad, no perdona a nadie, y hay cierta necesidad de puntos de referencia, a los que volver de vez en cuando para afrontar el miedo inevitable a la vejez.

Una lección en este sentido es la que me aporta estas últimas semanas mi perra, que ha desarrollado una cojera en una pata que tuvo que ser operada por rotura cuando era cachorro: la placa metálica le ha producido con los años -ahora tiene 14 años lo que la convierte en una perfecta anciana- un quiste, que espero, en todo caso, que sea benigno. Ella, no obstante, intenta moverse y hacer todo lo que ha hecho hasta ahora, saltar y correr, aunque sea encogiendo la pata afectada, sin que se note que se queje de ninguna manera. Dicen que los perros también sienten miedo cuando perciben que les abandonan las fuerzas en la vejez, pero es verdad asimismo que también parecen aferrarse a la vida con más dignidad que muchos humanos.

Veo así en algunos grupos de alumnos un comportamiento aberrante, que se manifiesta, entre otros fenómenos, en actuar en el aula como si estuviesen en una caseta de feria, actitud que no cambian cuando entra el profesor. Y uno tiene que armarse de toda su determinación y desafío para hacer frente a esta situación y hacerlos callar. Afirmarse. Y observar cómo les fastidia que se les llame la atención, como si el hiperegotismo infantiloide en que parecen vivir los convirtiera en autistas de la conciencia de sus obligaciones sociales -que lleva a algunos a reprochar a los que tienen mejores notas una falta de solidaridad con su aspiración a cigarras-, y los hiciera pudrirse en el caldo prebiótico de sus deseos impulsivos que tienen que convertirse porque sí en derechos.

Afirmarse, y plantar cara a la gente que en el trabajo, el bloque o en la calle no te perdona que quieras ser independiente, y que tengas orgullo de ser lo que eres, no aceptando ser el objeto sumiso de sus frustraciones, mediocridades o rencores. Nunca te lo van a perdonar, pues está en su naturaleza, así que lo único que cabe es disfrutar haciéndoles frente.

Espero, en fin, que el tiempo mejore, y pueda volver a la playa con mi traje de neopreno a nadar en esas aguas cuyo fondo debe haber sido removido a conciencia por tantos temporales y tormentas estos dos últimos meses, y que, esa sí, materia primigenia me envuelva y me haga exudar la basura de mi conciencia.





Imagen: Maruja Mallo, Mensaje del mar, 01937

domingo, 25 de marzo de 2018

DE MARTIO HORRIBILI





Este mes de marzo está resultando horrible en diversos aspectos. Emma, Félix, Gisele, Hugo son los tontamente eufemísticos y paritarios nombres de las borrascas que se han sucedido sin solución de continuidad para asolar las costas, y el ánimo y los nervios de más de uno. Montesquieu señalaba que el clima determinaba la forma de gobierno más conveniente para un pueblo u otro; de esta teoría política periclitada me quedo con la idea de que el tiempo condiciona tremendamente nuestra cotidianidad. Así, la tempestas latina, en su sentido originario de lapso de tiempo ha pasado a ceñirse exclusivamente a su segunda y tercera acepciones de "tempestad" y "desdicha". Casi un mes entero de viento martilleante y de lluvia racheada me han hundido, primero, en un humor de perros, luego, en un desconcierto mental, y, finalmente, en una gripe que me ha tenido una semana en casa sin salir, después de un catarro mal curado por haber seguido yendo al trabajo para hacer frente al expediente de los exámenes finales de trimestre y las extenuantes sentadas de las evaluaciones.
La inmovilidad en casa para una persona acostumbrada a una rutina de trabajo resulta lacerante, y crea zonas muertas de tiempo indeciso que provocan ramalazos depresivos. A eso no ayuda tampoco el sentimiento de culpa sobrevenido por estar en tal situación y no poder ir al trabajo ni salir a la calle a resolver las contingencias cotidianas; tampoco el estar pendiente del toldo de la terraza que ha estado a punto de salir volando, y que tuve que desmontar enfermo bajo la lluvia y Eolo enconado.
Cuatro fines de semana ya bajo el viento y la lluvia parecen, en fin, para la comprobada pequeña escala de mi paciencia, una plaga bíblica a la que no se ve fin, sin que se vea claramente que la Semana Santa traiga una tregua.


Imagen: Gustavo Doré

sábado, 24 de febrero de 2018

CONTINUACIÓN DEL FINAL





Hoy llega a su fin la chusca fiesta oficial perfectamente perimetrada y de exaltación obligatoria. Lejos aquel Carnaval donde cabía la insinuación de la muerte, la melancolía de gestos difusos, la inversión de valores, y la burla perversa de lo divino; ahora incluso se ve acuciado par la presión ideológica de observación policíaca del presunto machismo rampante.
He vivido más alejado del bullicio si cabe que en otras ocasiones, yo también asediado por otras angustias difusas, que me han llevado a sospechar de mis fuerzas para hacer frente a tantas ruedas de Ixión que engranan mi vida. No angustia la idea de la muerte, que puede suscitar, en cambio el alivio de un límite seguro, sino la certeza de la repetición de acciones y situaciones contra una energía propia que será siempre más menguante y desencantada.





Imagen: Cesare Sofianopulo.

domingo, 11 de febrero de 2018

DE VUELTA DE BLAGNAC



El frío y la nieve ha enmarcado mi tercera visita a esta pequeña y próspera ciudad aledaña a Toulouse como profesor acompañante de un grupo de alumnos en intercambio lingüístico. Sustituía a una compañera enferma, y en Blagnac me reencontré con la prof. Marina Membrado, siempre extremadamente competente en su organización del intercambio en la parte francesa, y su amable directora, Mme Étienne. La ciudad de ladrillos bajos conserva aún cierto número de adornos de Navidad, como a la espera de un Día de la Marmota, que allí no sería demasiado apercibido. La gente es discreta, y amable, como si no quisierancausar excesivas molestias al tiempo que pasa, y a los gatos que puntúan las calles en sus deshabitadas tardes. Las bibliotecas, auditorios, parques y lagos hablan de la prosperidad de una ciudad de 25.000 habitantes dependiente del cercano complejo de Airbus. Así, son aviadores los que dan allí nombre a los colegios, y aviones y su historia los que son objetos de museos, como en un sueño del futurismo marinettista. Todo intenta conservarse, pues, para el futuro, el espejo borroso del presente, del que no podemos barruntar nada sino a través de las flechas precarias que lanzamos hacia su abismático horizonte.















domingo, 29 de octubre de 2017

NADADOR OTOÑAL





En este prolongado verano que estamos viviendo, me sigue siendo posible ir de mañana temprano (aunque ya sólo el fin de semana) a nadar a la playa. La pequeña playa de la Caleta se llena pronto de gente, así que llego sobre las 9 y media de la mañana (a estas alturas de octubre voy una hora más tarde, pues aunque la temperatura del agua sea la misma, la temperatura ambiente sí ha descendido), y nado una hora, crawl y espalda. Los días que sopla levante el agua está más fría, pero más cristalina; en la misma orilla se agolpan, miedosos, bancos de peces semitransparentes, que me abren paso como a un Moises semidesnudo. Mientras nado con mis gafas especiales observo el fondo marino, sobre el que se desplazan fugazmente mojarras y otros pescados de roca, al tiempo que me sobresalta levemente alguna negra sombra que se desliza a velocidad sorprendente. Esa soledad, que el agua en mis oídos abomba, queda marcada por el rítmico recuento de las brazadas, que deja verdaderamente en blanco mi mente. Mis pectorales se ensanchan, mis dorsales se despliegan como alas en cautiverio bajo la piel, y se endurece la parte superior de mis brazos, mientras mis piernas van a un poco a su aire. Imagino que para los peces nadar debe ser una sensación única, unísona, transmitida a través de su columna vertebral.
La playa, antigua embocadura angosta de un canal navegable colmado con el paso de los siglos, escupe de cuando en cuando, al rebufo de sus mareas, un rosario de piedras y algas, otros tantas señales de misterios inanes para la vana percepción de los veraneantes, y parece acumular fuerzas para un infinito repliegue.
Extraño en este mundo de ecos apagados, estas salsas lacunas lucrecianas, que me obliga a sacar la cabeza para respirar el aire, necesario peaje, que me permite prolongar la contemplación y comunión con esta realidad, mientras ruego al padre Oceáno que me permita salir con bien de sus aguas.



Imagen: Duncan Grant

viernes, 1 de septiembre de 2017

¡FELIZ AÑO NUEVO!





Cada vez me resulta más fastidioso e hipócrita celebrar el fin de año en diciembre, pues para gente como yo el verdadero año nuevo comienza hoy. Mientras estaba en la playa donde voy a nadar temprano, y escuchaba a algunos bañistas anunciar el fin de sus vacaciones, pensaba en que en unos días tendré nuevos alumnos, nuevo horario que va a condicionar mi vida diaria aunque intentaré que no lo haga de modo determinante, nuevos compañeros de trabajo, gente con la que conviviré un año entero, y con la que las relaciones serán buenas, o mejorables, la presión de lo políticamente correcto hasta en el lenguaje que debo usar, y contra la que me rebelo, a pesar de las alteraciones del sueño, y de la cuesta de septiembre. Muchas horas de convivencia en una comunidad, que me permite estar alerta en medio de una pequeña sociedad, y estar en contacto con los jóvenes, aunque también siendo consciente del creciente abismo que me separa del divino tesoro. Así que lo celebré ayer con cava.



Imagen: fotograma de Private property de Leslie Stevens (01960)