MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

viernes, 16 de octubre de 2026

FRAGMENTOS DE MI TRADUCCIÓN DE "BALDO" DE MERLÍN COCAYO: Donde se cuentan los preparativos de Gélfora, reina de las hechiceras, en su palacio infernal para hacer frente a Baldo y sus caballeros, y la burla que éstos fingieron (Baldus V, XXIV, 1-260)

 



Ya de su gente Gélfora más que enorme matanza

oído había, y con sus propios ojos la viera,

suspensa quedó, y mientras intenta saber los motivos,

hete que añádese la vieja aquella en pelota,

que de las garras de Baldo huyera por el momento. 5

Como la vieja zorra salva mil veces de cepos,

a quien la chusma del campo pusiera en fuga seis veces,

gritando: “¡dale, dale, cógela, que no escape!”

y ella, astuta, llevando la cola bien levantada,

y de su culo tirando pedos pestiferentes,             10

había bastante luchado para salvar su pellejo,

jadea, y un brazo de lengua saca de la su boca;

así tal vieja, abominación de las viejas, se llega,

inficionadora del mundo, que ha poco beldad parecía.

Jadea y jadeando cuenta haber visto de un hombre  15

noble la facha, a cuyo rostro en fiereza par no hay;

quizás se trata de uno de los caballeros errantes,

que como Orlando viene a destruir a las brujas;

y que consigo lleva ocho guerreros armados,

que asustar el sol con su sola mirada podrían;     20

que ella transformádolos había en fieras diversas,

quienes hacer con ella quisieron actos libidinosos;

mas la conducta y el ánimo casto de aquel caballero

habíalos devuelto presto a su propia figura;

de nada valiole desnudar sus bellas tetitas:   25

que a éste ninguna magia, ninguna lisonja

puede engañarlo; que esto fuera quizás de Serafo

celada, quien siempre tiene el deseo enfervorizado

de aniquilar de las brujas los venturosos dominios.

Por eso –concluye- debe tomarse tal iniciativa, 30

que lleve a arrepentirse de sus locuras a muchos,

que así presumen de emprender batalla con dioses.

Gélfora, cuando supo que tales cosas pasaban,

presto manda a su guardia andar detrás de sus pasos.

Se eleva una grita, de armas sonido, estruendo de tubas,    35

de la campana al ‘din, don’ acude una masa de gente,

y alrededor de su reina se agolpan tropas nutridas.

Pero las mil trescientas legiones de los diablos,

que allí solían pasarlo de miedo entre la chusma,

al punto (pues probado habían la fuerza de Baldo)   40

el campo levantan, y buscan en otra parte aposento.

Habiendo Baldo oído tal ruido: “amigos, seguidme”

dijo, y en dirección al palacio dirigen sus pasos.

Hete a lo lejos la maga Gélfora; más fuerte grita

la bestia, cuando distingue a Baldo y a su compañía.             45

Ésta corre montada sobre dorada carroza,

a la que siguen cinco carros llenos de ninfas.

Nunca hubo reina más pomposa que aquésta.

Cuatro se ven palafrenes que llevan cubiertos sus lomos

con gualdrapas de oro, tirando de una cuadriga.   50

Lleva en la mano un cetro y una corona dorada

en la cabeza, y brillante diadema recoge sus trenzas.

Delante van cien sirvientes y tantos palafreneros;

todos ciñen espada o daga a sus costados.

Larga hilera de hombres sigue a algalia oliendo,  55

que jáctanse de ser atildada gente de corte,

pero si vieras con los ojos de la razón sus costumbres,

hombres viriles que son no dirías, sino fulanas.

El cortesano real existía en tiempos añejos,

cuando aquel valiente rey, el óptimo Arturo,   60

egregia corte rigió, además de la Tabla Redonda.

Tristán, Lancelot quienes fueron todo el mundo conoce,

todos también a Galván, y al resto de caballeros

que de Arturo al servicio estaba, y de Ginebra.

Entonces Amor encima o bien una falda[1] o coraza  65

llevaba, y honor conseguía a base de golpes de espada.

Él de sudor los chorros, y del erial polvareda

tenía de almizcle, de ámbar, y de estoraque de Oriente.

Entonces el porte de un cortesano grato podía

ser y enternecedor para el cor de una dama severa,  70

cuando lavábase sólo con el sudor de celada,

cuando negro de arena lucía al sol implacable.

En nuestro tiempo, empero, ¡oh, dioses!, en estos momentos

si no es con perfumes varios y olor de algalia,

si no es con la cabellera peinada o cortada,   75

de gorros de terciopelo y capillos de oro tocados,

con cordoncillos de oro, empresas bordadas, medallas,

y mil guarniciones en las calzas y en los jubones

buscamos el germen querido de un amor asqueroso.

Mientras Gélfora su carroza veloz apresura,   80

Y otras cinco carretas de putas vanla siguiendo,

a éstas tal que ninfas, diosas y altas señoras

los cortesanillos las acompañan, y les explican

no sé qué sueños que la noche pasada tuvieron.

Y pequeñas mulas montado a paso de ambladura,[2]  85

van mordisqueando palillos de dientes requetepulidos,

pasiones mendaces narran, y van recitando sonetos

bastante mal hilvanados, y dicen mil tonterías

y de su amor cuentan mil nimiedades deslavazadas.

En una alta colina Baldo todo empezaba    90

a ver, y riendo así discurría con sus amigos:

“Mirad, compañeros: entre tantos millares ni uno

que hombre sea distingo, ni quien de madera una espada

sepa desenvainar, ni menos tirar estocadas.

Son éstos de aquellos a quienes la sola barba masculiniza, 95

siendo el resto muy mujeril, bueno para la rueca.

Quiero, empero, que hagamos ahora una proeza.

Finjamos, os ruego, finjamos que estamos muertos de miedo

de esta puta, por cuya causa apesta el planeta.

Estemos, no obstante, atentos a los peligros que nos acechan” 100

Mientras Baldo acuerda así con sus compañeros,

hete que al fin se acercaba la reina de las hechiceras,

Gélfora, que, viendo que había allí caballeros armados,

“Vaya –dice-, ¿qué es esto?¡oh, cosa nunca antes vista!

¿Veis la humana tropa?(¿de dónde tanta locura?)          105

¿quiénes son estos puercos?¿cuál esta sucia ralea?

¿tamaño atrevimiento albergan dentro del pecho,

que penetrar galloferos osan en mis dominios?”

Dijo, y acto seguido despacha a un mensajero,

que sepa de do viene la osadía de hombres malvados,     110

que tienen la audacia de entrar así en el lar de los dioses.

Éste, al galope, de la su boca trinante no aparta

su tromba que suena ton tararan, hasta dar con el sitio

do Baldo y sus compañeros están pavor simulando.

A éstos el mensajero les habla con tono soberbio:        115

“¡Oh palurdos!¿qué fantasía os ha conducido

así a vosotros impunemente, y como si nada,

a los dominios y las moradas que son de los dioses?

¿acaso ignoráis que éstos son de los dioses palacios?

¡canallas!¿tanta seguridad en vosotros tuvisteis?           120

¡Apresurad vuestra fuga, y levantad ya las tiendas!

¿Así, por tanto, bastardos, canallas, gente tiñosa y

roñosa, vinisteis para tocar un umbral sacrosanto?

Aquí a vosotros me manda aquella honorable guerrera

(Cíngar dice en voz baja: “aquella honorable ramera”)   125

que tiene el mando de estas tierras que son su realengo.

Os manda o bien alejaros de estos terrenos reales,

o bien que vengáis cabeza gacha a verla colérica:

Acaso mereceréis ser un sacrificio propicio,

porque con sangre humana la diosa aplaca sus iras.”   130

Responde Baldo: “¡Ay de nosotros, aquí malhallados!

¿Por qué nuestras madres, cuando del vientre cual caca salimos,

no a otros tantos nabos mejor dieron vida?

Vayamos míseros al sacro numen para aplacarlo,

y adoremos al numen del cielo, pues con plegarias     135

A veces se aplaca la naturaleza feroz de los dioses”.

Sus compañeros a duras penas aguantan la risa,

pero su rostro simula por fuera un gran sufrimiento.

Todos a andar principian con la cabeza inclinada,

como si, tras la espalda manos atadas y cuello,              140

los condujera el verdugo a la horca a ser justiciados.

Entonces el mensajero preséntalos a la reina:

“Éstos los que profanaron de vuestra alteza los reinos”

Gélfora vio con temor el gran grosor de Fracasso,

pregúntale quién es, y de dónde trae su origen.            145

Responde en temblor: “Sturlone[3] me da como nombre la gente,

de Brescia soy natural, mi raza de aquellos gigantes

desciende, que a Júpiter fuera quisieron tirar de su cumbre,

y de los dioses el reino repartirse por lotes.”

Gélfora más miedo tuvo, cuando oyó todo esto.           150

Luego, mientras mira de Baldo la hechura, su porte

gallardo, sus anchos hombros, y su estrecha cintura,

al punto cayó de Cupido en la trampa untada de visco.

A Baldo así se dirige cortés con amables palabras:

“Tú también, que muestras tener un alma valiente,      155

Dime tu nombre, progenie y la generación de los tuyos”.

Baldo así le responde: “Llámanme Caposecco,

nacido del adulterio de monja con fraile Cappone,

que me concibieron detrás de una columna de iglesia.

Después de darme la vida, al diablo me han consagrado.   160

Soy su devoto, y a él le entrego la vida del cuerpo;

por todo eso, vengo a encontrar a mi padre el Demonio.

El mar, la tierra, y los astros excelsos a mí me rechazan;

Si no de Dios, es justo, pues, que del diablo yo sea”.

Causaron asombro a la reina los dichos del desesperado.  165

“¡Ajá, sacerdotes! –dice-, ya preparad lo preciso,

y tantos altares de holocausto a mí levantadme,

cuantos son estos hombres que sacrificar es debido.

A éste sólo tan bello para mí conservadlo,

que quiero que sea el primer eunuco de mi palacio”.        170

Esto decía aquélla del bello cuerpo de Baldo.

Prontamente obedece la turba de sus servidores,

haces de leña aportan, y prenden un fuego crecido.

Hete curas y frailes que con cogullas y cotas

cantando vienen a toda prisa y desgañitándose:              175

“¡Eu oe iach iach, eu oe, pirila, buf baf!”

De éstos quien es el primero la capa pluvial[4] lleva encima,

los incensarios llenan el cielo de un humo profuso,

y vivas antorchas crepitan de los altares en torno.

Gélfora alzose sobre lo alto de una columna,                  180

Cual suele ponerse en un pedestal hercúlea estatua.

Allí ser llamada diosa desea la puerca, y así in-

vocada. Suenan roncas las trompas sin pausa cantando

tárara tón tarará ton tón tara tántara taira.

Ansían los compañeros desenvainar sus espadas,           185

y los incita a carnes rasgar de las trompas la música.

Ya el prior Caifás y el obispo Anás de consuno

avanzan, y se disponen a degollar a Fracasso,

y a recoger su tibia sangre en un recipiente

muy ancho se aprestan, para mezclar con el pan de las brujas. 190

Le dan la orden a éste de que de rodillas se ponga,

porque, igual que a una vaca, con macheta y el hacha

quieren matarlo, y luego meter el cuchillo en su cuello.

Pero Fracasso impaciente gritó: “¡Baldo, aquesto

Va demasiado lejos, dura ya demasiado!”                    195

Mientras esto dice, presto en pie se levanta,

coge al  pontífice entre sus dedos, aprieta sus duras

zarpas, y lo aplasta como si bosta füese,

quedando su diestra manchada de mierda mezclada con sangre.

Baldo, viendo ya que la guerra había empezado:          200

“seguidme”, dice, desenvainado cual rayo su espada.

Corre a golpear la columna ya mencionada,

en cuya elevada cima Gélfora se aposentaba.

Ésta cae cabeza abajo con la pilastra,

gritando, y Baldo al punto la agarra por el pescuezo,     205

mientras gente sin cuento acude a prestarle socorro.

Mas Cíngar y el resto de compañeros corren formados,

y en esas escuadras penetran como el rayo y el fuego.

Grita el gigante: “¡Ahora es el tiempo y la hora

de a Dios inmolar las rameras y los cabrones procaces.”   210

Así diciendo, prueba el temple de su badajo,

“¡Ah, pïara de cerdos! –grita Falchetto con Hippol-

¿pensasteis, pues, que nosotros nos chupamos el dedo,

esto es, que encontrasteis corderos, ovejas y cabras,

para sacrificarnos así en honor del Diablo?”                215

Usando de tales bravatas, siguen hiriendo, y no dejan

golpe ninguno sin dar, y mandan cabezas al cielo.

Son siete mil hombres, quienes sus armas desenvainaron,

Y asaltan a Baldo, para recuperar a la puerca.

El ágil Falchetto, empero, acude, y Cíngar con Hipol,   220

Moschino y el resto juntos, quienes en poco momento

forman una montaña con gran montón de cadáveres.

La turba de chicas huye de sus carretas en ruinas,

y aterrorizadas laceran su pecho, y mesan cabellos.

No pierde el tiempo nuestro buen Boccalo, y a aquéllas    225

presto las sigue gritando: “¡Paraos, desvergonzadas!

¡quietas, putillas, porque es preciso daros azotes!

¿adónde vais?, digo, ¡eh, esperad! ¿adónde marcháis?¡eh!

¿adónde escapáis? ahora de mi venganza es el tiempo.

¿Así que hace poco me convertisteis en un borriquillo?    230

¿Así que me habéis rascado la espalda con peine de leño?”

Esto diciendo, empuña un zurriago al azar encontrado.

Como vi en Venecia, cuando el verdugo a las putas

por calle Merzaria[5] azota, y azotando las corre;

Al fin alcanzadas las desdichadas les pega y machaca:    235

El látigo, empero, maneja de modo más delicado,

cuando trata con jóvenes damas y blancas muchachas:

Sólo a viejas cascadas y a legañosas brujeras

y a las putonas azota con latigazos acerbos,

cuyas espaldas vuelve como jamones de Abruzos[6].      240

Gritar allí “piedad” y “perdón” no sirven de nada,

pues Boccalo hacía oídos sordos a todo.

Baldo, a su vez, a la reina lleva en brazos, y a ésta

toda su gente corriendo salvar intenta sin pausa;

a los caballeros extenuante andaba el combate,           245

de tanto tropel de valientes que sobre ellos se viene.

El campo en torno resuena con elevados clamores,

conque los peces del mar se lanzan a tierra aturdidos,

pues encima pende el mar a modo de bóveda.

Entonces (mentir no sé) los hombres de la superficie   250                 

oyeron aquella guerra bajo el abismo marino.

Ya Baldo atado había a la bruja con mucha fatiga,

y había llevado a sus espaldas a cierta caverna.

La gente, muerta o descalabrada, ya no lo sigue,

y parte piensa en la fuga, y busca salvarse escondida.  255

Gélfora, a fúnebre puerto llevada, a los diablos

invoca, para que tomen la vida que les prometiera.

Mientras así estridula, a la malnacida la cogen

Innúmeras garras de unos diablos que fuerte rechinan,

Y llevan su alma al infierno sin separarla del cuerpo.     260



[1] Tunc Amor indossum seu faldam, sive corazzam. Entiéndase aquí como parte de la armadura.

[2] Et portantinas properantes supra mulettas. Cfr. XX 798 y X 49

[3] Respondet tremulus: -Sturlonus nomine dicor: Señala Chiesa el falso nombre Sturlonus como derivado de la forma dialectal sturlòn ("golpe, choque”).

[4] Quorum qui prior est, puvialem portat adossum. La capa pluvial es un manto litúrgico propio de sacerdotes y diáconos.

[5] Per Merzariam frustat, frustandoque currit: Merzaria es la principal de las calles venecianas, que desemboca en la Plaza de san Marco (Faccioli-Chiesa).

[6] Terga quibus parere facit persutta Labruzzi: véase I 469.


viernes, 2 de octubre de 2026

ANSCHLUSS

 


Adrian Ghenie



He descolgado el teléfono. Quizás aquí abajo no me vean si vienen. La lista de regalos de reyes, el amigo invisible, la comida de empresa siguen sobre la mesa.... No olvido la última reunión con el comité de empresa. Los representantes sindicales, que ya no hacen reivindicaciones laborales, proponen ahora medidas de la llamada igualdad de género, y se quejan del sexismo de las circulares internas de la corporación. Comencé a esbozar una sonrisa, pero me acordé de que nuestra firma tiene convenios con la administración educativa, y la disimulé con un discreto carraspeo. "los empleados" dejaron su puesto a "los empleados" y "las empleadas", quienes se mutaron en "emplead@s" para cesar ahora ante "el personal laboral". Yo fui antaño personal laboral de la Administración pública. Fue una época de mucho trabajo, pero de una sensación de estabilidad que no había conocido antes. Mi mujer y yo compramos entonces un apartamento en una finca muy bonita, ocupada por unas pocas parejas jóvenes o de mediana edad, sin hijos como nosotros. Fue un auténtico acontecimiento cuando los del segundo C adoptaron un perro; todos parábamos al dueño en el vestíbulo para acariciar al perro y comentar con aquél. Yo estuve tentado de buscar uno, pero mi mujer no quería; dijo que estropearía el sofá, y que fastidiaría nuestras vacaciones. Ella siempre tan práctica. Ya antes de casarnos estábamos de acuerdo en no tener hijos "así tendremos tiempo para nosotros -me decía ella-. Lo de los hijos es una esclavitud de por vida". Ciertamente, hemos hecho muchos viajes, y gastado copiosas sumas en chorradas, aunque me gustaría que cocináramos más, y que ella no viera el sexo como variante de un masaje de pies... A veces me aburro del plasma, y salgo a andar sin rumbo fijo por las calles; si veo a algún conocido, lo evito, y vuelvo a la postre a casa, menos angustiado pero siempre solo... como ahora; sé que podría seguir trabajando una hora más, dos o tres, ¿qué importa? Es curioso, pero pienso ahora con nostalgia en la época que siguió a mi despido de la Corporación pública; nos despidieron a unos cuantos para enchufar a afines al partido que entonces la gobernaba; algunos la denunciamos por despido improcedente, y ganamos el pleito. La sentencia obligaba a readmitirnos, pero el abogado de la Corporación nos dijo off the record antes de la vista que el nuevo partido que la regía no quería allí a nadie que hubiera trabajado con los otros. Nos propusieron cuadruplicar la indemnización a cambio de nuestra renuncia a la reincorporación, y tuve que aceptar y callar. Con ese dinero pude vivir un par de años holgadamente hasta que encontré de nuevo trabajo en esta oficina.

 

         Alguien se acerca por el pasillo, no saldré, ahora no. Me acuerdo del juego del refugio al que jugaba con mi hermano de niño; cruzábamos unas sillas, y las cubríamos con una manta, simulando que estábamos dentro de una nave espacial; él daba las órdenes y establecía la ruta; yo deseaba que aquello no terminara, y le suplicaba en silencio que sus mentiras no concluyeran. No, no saldré hasta que la nave no llegue a la base estelar.

viernes, 18 de septiembre de 2026

EL CANDIDATO


Martin Parr



Paco estaba a punto de echar la baraja de la frutería, cuando le llamó María. Le dijo que quería hablarle de algo del partido. Su tono misterioso y apresurado le desazonó un poco, pero tenía que reconocer que, últimamente, con el montaje del negocio, estaba un tanto alejado de los azares del partido, cuando hasta hace nada no se perdía una reunión, y se sentía obligado, por tanto, a atender a la llamada perentoria de su compañera. Revisó las cajas de fruta, y adecentó un poco la trastienda del local. Tras un año en el paro al ser despedido de su puesto de mecánico en una empresa de automoción, se decidió a abrir con su mujer esta tienda. Él no era tonto, y había hecho un pequeño estudio de mercado: una frutería es un tipo de negocio ideal para un local de modestas dimensiones, y exige una muy pequeña inversión, y, si se abre en la zona adecuada, puede ir muy bien. Su mujer había trabajado de jovencita en la frutería de una tía suya, y fue ella la que le desaconsejó la idea de abrir un garito exclusivamente ecológico, sobre todo por los precios; podrían tener una sección de productos ecológicos, para determinado público que siempre convenía mimar, pero sólo lo ampliarían si iba bien ese segmento de negocio, y así lo hicieron. Las cosas ahora, en su comienzo, no les iban mal, y se estaban haciendo una clientela fiel, en parte por la simpatía de la pareja, y el don de gentes de Paco, capaz de hablar y dar consejos de una materia como la horticultura en la que no era más que un mero neófito.

 

         Unos golpecitos quedos en el escaparate le sacaron de su ensimismamiento. Era María. Con su media melena rojiza, y sus camisas floreadas, aquella mujer que frisaba ya los cincuenta, le había caído siempre simpática a Paco desde que la conoció en la asamblea local del partido. Juntos habían repartido propaganda, pegado carteles, y montado tenderetes para distribuir el manifiesto sobre política municipal que habían elaborado bajo la dirección de Antonio, el coordinador local.

-Hola, Paco hijo, ¿cómo estás? -dijo María estampándole sendos y sonoros besos en las mejillas-, no te veo prácticamente desde la inauguración de la frutería. Se te echa mucho de menos en la sede. Sí, imagino que has estado muy ocupado con el negocio. Claro, pero no te olvidamos, sabes, si tú supieras. ¿Puedo sentarme? Vengo un poco alterá. No, estoy bien, no te preocupes. Pero si tú supieras, las cosas han cambiado mucho en tu ausencia...

Paco observó atentamente a la mujer que se abanicaba con un folleto de propaganda del partido, y arrimó una silla a su lado, junto a las verduras.

-¿Qué ha pasado, María?

-Te necesitamos allí, Paco -dijo la mujer suspirando, y agarrando su mano- Antonio es muy bueno, pero se está equivocando -La mujer bajó la mirada, y echó una ojeada a la caja de tomates raf.

-No entiendo en qué se puede estar equivocando el bueno de Antonio, María. ¿Es por lo de las listas para las elecciones municipales?

-Sí, Paco, eso es. Se dice que piensa presentar una lista a la asamblea en la que no estamos casi ninguno de los de siempre, y que va a meter a algunos de sus amigos abogados, esos de corbata a los que casi nunca hemos visto el pelo de la dehesa.

 

         Paco se sintió profundamente turbado, ¿no iba a contar con él Antonio? No podía creerlo. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza no ir como número dos en las listas para las elecciones municipales del año siguiente. Se podía decir que él y Antonio eran uña y carne. Es cierto que Antonio, el único de ellos con experiencia política, pues había llegado a ser hace unos años concejal por un partido independiente ahora extinto, era el que había levantado el partido a nivel local. Pero eso no lo hubiera logrado sin su ayuda, y su capacidad para, digámoslo así, traducir las directivas de Antonio al creciente cuerpo de afiliados al novel partido, formado en su gran mayoría por gente entusiasta, pero con muy escasa, o nula, formación política. Hacía dos meses que no veía al coordinador local, ni siquiera para tomar copas. Lo que hacía cinco minutos le hubiera parecido normal, ahora empezaba a resultarle sospechoso.

-¿Pero quién dice eso, María? ¿lo sabes con certeza?

-La gente del partido, Paco. Fali me dijo que alguien le contó que oyó a Antonio hablar con esos de las corbatas que afilió hace seis meses al partido, diciéndoles que los necesitaba para las listas, pues quería proponer a la asamblea local una competitiva, formada por gente preparada y competente. Todos están muy preocupados, Paco. Antonio va a dejar el partido como un pajar.

-Me resulta difícil creerlo, María, aunque no dudo de tu palabra. Sería una auténtica traición. Quizás debería llamar a Antonio, y aclarar las cosas.

-No, espera, Paco -dijo la mujer, volviéndole a coger la mano-. Ya sabes cómo es Antonio. Lleva muy bien las cosas, pero es un pelín prepotente, y te acusará de Dios sabe qué, predisponiendo a la gente contra ti. Acuérdate de cuándo vino el líder del partido desde Madrid; apenas nos dejó acercarnos a él, como el perro del jardinero, ya sabes, que ni come ni deja beber. Las cosas siempre tienen que ser como él dice, y todo porque ha sido concejal. A mí personalmente, siempre me ha dado un poco de repelús, con esos aires que se da, y ese tic en el ojo... bueno, a mí me deja indiferente como mujer, y ya no es ningún jovencito... Te voy a decir una cosa; la gente de la asamblea me ha pedido que venga a verte, ¿quién? Rafa, Fali, Pepi, Rosa, Luis, Vanesa... Ya no confían en Antonio. Es duro decirlo así Paco, pero es la verdad. Tú no eres como él; tú eres como nosotros, y no tienes nada que envidiarle; tú lees los periódicos, y escuchas las tertulias; te expresas muy bien, y eras tan capaz de tomar el puerro por las hojas como el listillo de Antonio. Tú nunca nos manipularías. Y la gente lo sabe. En fin, Paco, allí quieren que lideres una lista alternativa.

-¿Pero eso no podría considerarse una traición de mi parte, María? teniendo en cuenta, sobre todo, que Antonio no ha movido ficha...

-¡Pues por eso mismo, Paco! Si nos adelantamos, no podrá hacer nada para convencer a la gente a su favor, y si se enfada, descubriría su juego oculto, pues cualquier miembro de la asamblea local tiene derecho a presentar una lista para someterla a la aprobación de ella. Sé que es difícil para ti, Paco. Pero mira, cuando tuve que cerrar la mercería y me quedé en paro, yo nunca había pensado antes en la política; nuestro partido es joven, y lucha contra la corrupción de los grandes, y eso fue lo que me gustó, y la alegría de encontrar gente como yo; no necesitamos políticos profesionales entre nosotros, que todo lo estropean, y menos ahora que las encuestas dicen que podemos sacar concejales. Además, Antonio tiene un buen sueldo; él no sabe lo que es estar en el paro; nosotros somos del pueblo, y podemos comprender mejor que nadie las necesidades de la gente; ya se sabe, la crisis, y estar todo el día trabajando por cuatro gordas... -la mujer apretó la mano de Paco, y buscó inquisitivamente su mirada.

-Está bien, María, cuento contigo. Mañana intentaré pasarme por la sede para empezar a mover a la gente. Tú puedes ir tranquilizando al personal, y pidiéndole prudencia.

Tras despedir a la compañera, Paco acabó de echar la baraja, y se miró las uñas, cuya suciedad le cansaba tanto últimamente limpiar.

viernes, 4 de septiembre de 2026

EL GURÚ

 

Sathya Sai Baba


    Luis estaba enamorado. Conocer a Livia había cambiado su vida. Siempre tan enrevesado e irresoluto, había acabado buscado el amor en sus viajes; las vicisitudes, empero, de la distancia habían dado al traste con todas sus tentativas. Gracias al tesón y a la fortuna, había conseguido finalmente trabajo en su ciudad natal, y allí conoció a Livia una tarde a través de un chat. Su primer encuentro a ciegas tuvo algo de expectante serenidad. Luis sintió un estremecimiento al verla surgir de detrás de una de las estanterías del centro comercial donde se habían dado cita, aun antes de que ella se presentara con una media sonrisa divertida e irónica. Dijo que iba a aprovechar el encuentro para comprar algo que venía buscando. "Por supuesto", balbuceó Luis, quien en ese momento hubiera visto como lo más normal del mundo salir de allí cargando las bolsas de su nueva amiga. La dependienta, intuitiva, debió de percibir ese mar de leva que ondulaba en las sonrisas y las miradas esquivas de ambos, pues les trató con la discreta complicidad que se puede presumiblemente mostrar a una pareja de enamorados que hacen juntos sus compras.

 

         Desde aquel día Luis no dejó de chatear con ella, ni de verla, cuando los emoticonos naufragaban en la obviedad de los sobreentendidos pícaros. Se había rendido a su largo pelo negro ondulado, a su tez olivácea, y a la frágil entereza que emanaba de la mediana profundidad doliente de sus ojos negros, a los que hacía brillar alborozados el medio arco de su sonrisa discretamente pintada. Su primer beso, por cierto, estuvo precedido incluso de ciertos signos que Luis no quiso interpretar como ominosos: se hallaban en un pub, y en un momento dado entraron como en tromba una de esas "ex" de famosos que salen en la tele, escoltada de algunos reconocibles cotillas televisivos que se agracian con el nombre de periodistas, y de los que no podría temer nunca un acoso sexual. Livia y Luis comentaron divertidos el suceso, mientras sus bocas se acercaban; Luis no pudo, ni supo, ni quiso terminar lo que estaba diciendo, cuando sus labios se fundieron en un beso apasionado, tanto más prolongado cuanto parecía que se le iba la vida en ello, con los de Livia. Salieron de aquel antro de moda con el corazón encogido como colegiales, y ya nunca pudieron separarse. Luis iba a visitarla todos los días a su apartamento alquilado; y al poco tiempo, ya se quedaba a dormir allí; por la mañana desayunaban juntos, y Luis acompañaba a Livia a llevar a Lidia a la guardería, antes de separarse para ir a sus respectivos trabajos. "Por cierto, tengo una hija", le había dicho Livia a Luis en su segunda cita, inclinando un poco el busto hacia delante sobre la mesa de la cafetería, y sin dejar de sonreír. "Bien", balbuceó Luis, quien escuchó aquella frase igual que si Livia le hubiera dicho que iba el día siguiente a la peluquería, tan absorto estaba en aquel rostro, y aquel cuerpo del que surgían palabras y gestos que eran como una música en cierto modo necesaria; Luis, empero, parpadeó, y, en un fracción de segundo, la mesa nacarada de aquel local se le antojó un tablero de ajedrez sobre el que se estuviera jugando una partida crucial. "¿Cuántos años tiene?", acertó a preguntar Luis, como aliviado. "Cuatro -respondió Livia divertida- y se llama Lidia". Ella entonces no le ahorró detalles: 32 años, divorciada hace tres, su matrimonio había sido un desastre, consecuencia de un error. "¿Y el padre?", preguntó Luis, intentando que su voz sonara lo más natural posible. "Oh, se fue a trabajar muy lejos de aquí -respondió Livia, quien agitó una mano, como si borrara algo en el aire-, y no quiere saber nada de la niña. No le he pedido que cumpla el convenio, pues prefiero tener a mi hija lejos de un tipo así". Livia de seguido lo miró de hito en hito, y Luis frunció las cejas y apretó los labios, en signo de aprobación.

 

         No hacía mucho que Luis había vuelto a la ciudad, y no tenía donde vivir, aparte de la casa de sus padres, en la que no quería demorarse mucho tiempo. Tampoco le gustaba la idea de apalancarse en casa de Livia, aunque allí se sentía a sus anchas, pues ella era un mujer muy organizada y detallista, tenía la casa muy bonita, y él incluso le estaba cogiendo cariño a la pequeña, una especie de Livia a escala. Le dijo, pues, a su novia que estaba buscando un apartamento. Contra lo que Luis pudiera temerse, ella le apoyó entusiásticamente, y se ofreció a acompañarle en las visitas a pisos, pues "dan mucho gato por liebre", dijo Livia. Dado que él tenía puesto fijo -añadió-, podía permitirse buscar un piso para comprar, pues alquilar era tirar el dinero, y tal como estaba el mercado, podía revender el piso en poco tiempo si no le iba bien, incluso ganando dinero, pues había mucha demanda y oferta. A Luis se le soltaba algo en el pecho, cuando la escuchaba hablar así, con su aire de entendida, mostrado sus blanquísimos y menudos dientes, y enarcando ligeramente las cejas. Ella, gracias a Dios, también estaba fija, tenía también dinero ahorrado, y había acariciado la idea de comprar un piso.

 

         Luis amaba tiernamente a Livia, con una intensidad que le resultaba, a veces, hasta embarazosa. Disfrutaba particularmente en la madrugada, cuando ella, dormida, buscaba de tanto en tanto su abrazo, y él la contemplaba en su enigmática indefensión y pacífico abandono, libre de las máscaras diurnas; él la estrechaba dulcemente contra su pecho, y, en ocasiones, una lágrima rodaba por su mejilla, dueño de un secreto de dicha imposible de compartir.

 

         Luis no habría sido capaz de decir en qué momento dejaron de buscar piso para él, para pasar a buscarlo para ambos; lo cierto es que vivían una vorágine de visitas, y entrevistas, pateándose agencias inmobiliarias, y pendientes todo el día de teléfonos y carteles de venta. Luis sonreía, y aceptaba divertido dejarse llevar por el ímpetu de Livia, que parecía haber tomado las riendas de la cuestión.

 

         Al principio, se manejaban por sí mismos llamando a los teléfonos de las revistas ad hoc, y de los carteles de "se vende". Aquello tenía mucho de salir por la tarde con la novia, viendo un par de pisos por llenar el rato, que era como inmiscuirse un tanto en vidas ajenas, visitas de cortesía a desconocidos que solían terminar indefectiblemente con un "ya llamaremos"; a Luis le gustaba atrapar juguetón a Livia cuando bajaban por la escalera o, en los menos casos, por el ascensor, abrazarla, y besarla mientras comentaba algún detalle divertido o excéntrico del piso que acababan de visitar o de sus moradores.

 

         Más adelante, y dado que no salían de un círculo vicioso, recurrió Livia a las agencias inmobiliarias. A Luis le mareaban esos escaparates llenos de fotos de viviendas, y de precios en euros, sirtes de un hipotecado porvenir; 130.000, 150.000, 220.000 € eran cantidades evanescentes y precarias frente a su contundente traducción en pesetas, que a Luis todavía le daba pereza hacer mentalmente. A Livia, en cambio, tales muestrarios le encandilaban más que los de las tiendas de moda, y se hizo una experta en deducir el carácter del inmueble en función de lo que se mostraba y decía, pero también, y sobre todo, por lo que no se explicitaba.

 

         Esta segunda etapa estuvo marcada por las visitas guiadas de los agentes inmobiliarios a toda clase de hogares, pisos vacíos, en plena mudanza, o virtuales, esto es, sobre plano, que también se vendían. En Luis bullía cierta aprensión cuando visitaban casas con sus habitantes aún dentro; en los gestos, y las amables miradas esquivas percibía incongruencias y secretos que le hacían sentirse miserable por entrometerse en la intimidad de personas, que, por gusto o por necesidad, exhibían su privacidad cotidiana a una reata de extraños como si de una instalación artística postmoderna se tratase. Así, en una casa habitada por un padre ya anciano y su hija, que deseaban mudarse a otra ciudad para estar más cerca del resto de su familia, Luis se sintió acongojado por el aroma inaprensible de una vetusta y vivida biblioteca, signo conmovedor de una vida familiar aposentada, frente a los indicios de profundo desorden que emanaban de los platos sucios y unas manchas de huevo seco en la sufrida encimera de la decente cocina, al par que de la mirada obsesiva y torva de la huesuda hija, triste Erinia medicada. En otras ocasiones, las visitas giraban a lo cómico, como en aquella casa de precio desorbitado donde el dueño, un vejete desastrado, iba detrás de ellos pulsando mal disimuladamente un aerosol ambientador, mientras contemplaban atónitos una cocina donde la costra formaba capas geológicas, y el agente, que parece siempre describir otro piso distinto al que se está visitando, repitiendo como un mantra sus presuntas ventajas y su carácter de bicoca, les proponía al mismo tiempo, con su cara ancha de tipo con el que te cruzas en una boca de metro, que le alquilaran una habitación a su novia estudiante.

 

         La vida, no obstante, seguía entreverando a Luis y Livia. A pesar de lo incordiante que estaba empezando a resultarle a Luis la pasión inmobiliaria de Livia, éste la amaba sin remisión, como si toda su vida anterior quedara justificada y subsumida en esa relación. Una mañana, tras dejar a la niña Lidia en la guardería, y cuando los dos se despedían, Livia le cogió a Luis la cara con las manos; sus ojos brillaban como chispas. "Es muy fácil quererte, ¿sabes?".

 

         Livia hizo buenas migas con una agente, Pili, que les acompañaba en los últimos tiempos. "Pili nos lleva esta tarde a ver un piso en una antigua finca reformada en el centro", ella no oyó, o no quiso oír el suspiro de resignación de Luis. Pili era muy dicharachera, con un savoir faire propio de las chicas de barrio que no le hacen ascos a nada, pero que sabía de contención y de etiqueta cuando de dinero se trataba. No dejaba de hablar ésta, ensalzando la hermosa claraboya del edificio, mientras subían las escaleras de mármol hasta el tercer piso, intentando quizás hacerles olvidar la falta de ascensor. La finca, como muchas viejas de la ciudad, tenía una forma ligeramente hexagonal en sus plantas, divididas en dos pisos simétricos que daban al patio interior mediante un corredor acristalado. En el piso que visitaron esa disposición no aliviaba de cierto carácter opresivo que percibió Luis casi desde que entraron. Era inmaculadamente blanco, con grandes habitaciones completamente desnudas que le hicieron a Luis recordar la película 2001 de Kubrick; aquél se explicó enseguida su sensación de opresión, y la evocación metafórica de una nave espacial claustrofóbica: la vivienda carecía de huecos a la calle. Luis se quedó rezagado un momento observando la curiosa forma ovoide del salón, mientras Pili y Livia no hacían más que hablar y abrir y cerrar puertas; "está todo nuevo; el piso está para entrar", oyó decir a Pili, al momento que una imagen cruzó su mente en una milésima de segundo: vio el salón lleno de figuras envueltas en túnicas y sentadas en la posición de flor de loto en torno a un centro que humeaba incienso, y a cuyos flancos otras figuras accionaban instrumentos de formas extravagantes. Luis se giró sobresaltado a una esquina donde había algo que le había pasado aparentemente desapercibido: un cartel que representaba a un tipo de rasgos muy peculiares: una nariz amplia y chata bajo un marcado arco superciliar, que actuaba como dintel de una frente estrecha enmarcada por una espectacularmente voluminosa cabellera afro, que no conseguía, empero, distraer la fascinación que ejercía la intensa mirada de unos negrísimos ojos, a los que el color azafranado de la túnica que vestía el personaje parecía convenirle perfectamente. Luis quiso hablar con Livia; éste había reconocido al personaje como un gurú hindú de ésos que van a visitar algunas estrellas del cine que firman luego libros de autoayuda. Encontraron luego un retrato en pequeñito del mismo santón en una hornacina de la cocina, que contaba con las correspondientes acometidas, pero que nunca había sido utilizada como tal.

 

         A Luis se le antojaba que la falta de ventilación de la falsa vivienda -para él alguna especie de templo abandonado al parecer-, dada la falta de ventanas y el escasísimo aire fresco que podía venir de un patio cerrado con claraboya, servía a las maravillas para crear estados de trance, ayudados por el inevitable sahumerio y la música exótica. No se sorprendió, pues, Luis cuando, al abrir un armario, encontró unas botas de puntas muy agudas y levantadas, y rematadas en su caña con borlas de piel, que le habrían ido que ni pintadas -pensó Luis- al sherpa Tensing. Luis preguntó a Pili por los dueños, y por qué vendían un piso evidentemente sin estrenar; ésta fue más bien evasiva en sus respuestas, sin dejar de sonreír.

 

         Bajaron las escaleras de vuelta. Luis sentía más que nunca la necesidad de abrazar a Livia. Ésta se había adelantado con Pili, y ya se encontraban en la calle. Volvió apresurada a darle el encuentro. "¡Vaya sitio! ¿verdad? ponía los pelos de punta. Le he dicho dos palabritas a Pili; que no cuente con que van a tomarnos el pelo. Pero no te preocupes, cariño, -dijo Livia esgrimiendo un papelito y su irresistible sonrisa-, tengo otro piso para visitar mañana".


viernes, 21 de agosto de 2026

EL ASCENSOR

 


The Shining, Stanley Kubrick



-"Ya es mala suerte -pensó Pugnacio- casi dos meses sin venir al centro de trabajo, y tengo que coincidir en el ascensor con este facha", mientras miraba con apenas indisimulada contrariedad a la alta y espigada figura masculina que entraba en el ascensor.

-"Buenos días", dijo Pugnacio, con cierta mezcla de desafío y deseo de autoafirmación, para compensar los centímetros que diferenciaban a ambas personas.

-"Buenos días", contestó aquella estantigua, tras carraspear un momento y mirar a los zapatos del homúnculo, pues había hecho como si no lo hubiera visto.

         Pugnacio ya había marcado el segundo piso en el tablero del ascensor, y verificó con alivio que su compañero de breve viaje apoyaba un largo y blanquecino dedo en el botón de la tercera y última planta. Pugnacio sonrió para sus adentros, y recordó cuándo vio por primera vez a aquel tipo en la Facultad; él era entonces ordenanza, poco antes de que lo nombraran liberado sindical; de eso hacía ya diez años, pero tenía que reconocer que el aspecto del aquel entonces becario no había cambiado: un tipo larguirucho, con gafas, un pelo castaño claro grasiento, y unos aires de grandeza y de suficiencia que no habían hecho más que aumentar desde que consiguió la plaza definitiva como profesor en la institución. En aquella época no era extraño verle acompañar a todas partes al Jefe de su Departamento hablando con grandes aspavientos e impostación de la voz, como si estuviera revelándole el secreto de Fátima, y cuando se pasaba por conserjería le daba un tal engolamiento a sus palabras, unos ademanes, y unos tales silencios premonitorios que todo el mundo se sentía cohibido a dejar todo lo que estuviera haciendo y a estar pendiente de lo que dijera; y todo ese teatro las más de las veces sólo para preguntar si había llegado un paquete a su nombre de la Universidad de cómo-carajo-se pronuncia-eso, y que si patatín, que si patatán. A Pugnacio la cortesía condescendiente y señoritil de este tipo y de otros de su calaña no le engañaba en absoluto (todos esos aires de superioridad porque, en muchas ocasiones, no habían hecho más que dorar la píldora a sus jefes, y saber intrigar y esperar la ocasión de la oposición endogámica preparada ad hoc); afortunadamente, Pugnacio había conseguido las horas de liberado sindical, y había podido alejarse de toda aquella fauna.

 

         Una sacudida y una repentina oscuridad le sacaron de su ensimismamiento. El ascensor se había parado entre la primera y la segunda planta; afortunadamente, la luz volvió casi en el acto, acompañada de un carraspeo del escuchimizado profesor, que, estoicamente, había tenido apenas tiempo de cruzar los brazos. El reducido espacio de los ascensores ha adiestrado a la gente a sentirse indiferente a los demás; y en ése el sindicalista y el profesor, aquél mirando sus mangas y zapato y éste concentrado en un punto indefinido de la puerta metálica, mantenían una distancia sideral y vertiginosa, aunque sus codos casi se tocaran.

-Se ha parado, dijo Pugnacio, en un tono apagado e impersonal, similar a aquel en que se dirigía hacía una década al personal docente, cosa que le provocó un respingo interior.

-Cierto, musitó el profesor, arrastrando cada sílaba, como si le costara interiormente determinar qué le molestaba más: quedarse atrapado en el ascensor, o que aquel tipo le dirigiera la palabra.

-¿Podría usted darle al botón de alarma, ya que lo tiene más a mano?-añadió Pugnacio, un poco tenso él también, sin saber muy bien por qué.

-Sin duda, contestó el profesor, haciendo un pequeño giro con el brazo en el aire antes de presionar el botón, como para compensar el hecho de que no se hubiera adelantado él en ese pedestre detalle.

-Ha sido el corte de luz el que ha provocado la parada de la maquinaria, supongo que los mismos conserjes podrán arreglarlo, añadió Pugnacio, como para romper el encanto del mimo de su vecino.

 

         Éste no se dignó a contestar, ni a hacer el más mínimo gesto que pudiera entenderse como una aquiescencia a lo dicho por Pugnacio, quien se sintió un tanto humillado por el pensamiento de haber hablado de más ante aquel presuntuoso engreído. Suspiró con cierta resignación. Otra contrariedad más. El jefe del Comité le había llamado: tenía que dejarse ver más por el centro, que la cosa estaba calentita, y que la imagen del sindicato se estaba deteriorando. Pero Pugnacio se decía que para qué iba a ir, si para lo que hacía podría presentarse una vez cada quince días, o al mes; además, no le gustaba encontrarse con saludos forzados, y algunas sonrisas irónicas que le prodigaban ya desde hacía algún tiempo en la Facultad entre sus antiguos compañeros. Compañeros; esa palabra que le había llenado tanto la boca antaño, y que había repartido junto con folletos y carteles en las jornadas previas a las huelgas, y en las manifestaciones, y que le había emocionado a veces utilizar en las comidas sindicales, y en las copas de sobremesa. Facturas. Ahora le molestaban con lo de las facturas. Pero no tenían que ir contra él, las comidas se justificaban por ser reuniones de trabajo, y si era muy abultada la cuenta, se decía que había ido más gente de la prevista inicialmente, y en paz. Para él habían sido impagables esos momentos de camaradería compartida, con los ojitos chispeantes y la risa floja sobre los cubatas, tras haber puesto de limpio a todo el facherío de la Facultad, y del gobierno. Ahora querían molestarlos y cuestionarlos, a ellos, representantes de los trabajadores, cuando tanto corrupto capitalista y neoliberal se iba de rositas cada día... se sobresaltó mucho también cuando supo que el gobierno eliminaba los puestos de liberados; el jefe del Comité, sin embargo, le tranquilizó con un gesto muy evidente de la mano abierta, "de aquí no nos mueve nadie". Pugnacio echó una fugaz mirada de reojo al otro pasajero del ascensor, "seguimos aquí para vigilaros, cabrones; seguís viviendo tan bien, porque nosotros os lo permitimos". No obstante, Pugnacio llevaba muy mal las quejas del personal del centro: que les habían recortado el sueldo, atribuido funciones extraordinarias, aumentado la jornada laboral, reducido los días de asuntos propios, etc. sin que los sindicatos hubieran dicho esta boca es mía; él se había sentido particularmente abochornado un día que presentaba junto con el jefe del Comité, y otros compañeros, un power-point con las propuestas del nuevo convenio colectivo, y un listillo saltó diciendo que la Junta de Gobierno de la Facultad ya había aprobado un par de días antes una nueva tanda de medidas restrictivas de sus derechos laborales; el Jefe del Comité apenas pudo salir del trance, diciendo que no tenía noticias de tal acuerdo, y le encargó luego en privado que averiguara si había gente del personal laboral que estuviera intentando organizar un sindicato propio.

 

         El profesor, por su parte, empezó a acariciarse insistentemente una de sus huesudas y vellosas muñecas. No era un día de suerte éste, quedarse encerrado en el ascensor con un desconocido; era, ciertamente, una situación incómoda, como la provocada por la visita que hacían las limpiadoras a su despacho cada día para vaciar su inmaculada papelera; éstas sabían que era inútil esperar que respondiera a su saludo, pero insistían en ello mientras alborotaban la paz de su sancta sanctorum. No era, en efecto, una buena época: empezaban a atosigarle ofreciéndole créditos, y, por tanto, más horas de clase; que si el departamento tenía muy pocos alumnos, -decían-, que se habían esforzado mucho por conseguir más docencia, etc.; que lo diera otro -pensó el profesor-, habían hinchado ya mucho el departamento, que les dieran esas horas a alguno de los últimos en entrar; le fastidiaban además pidiéndole artículos y trabajos de investigación para justificar su generosa reducción de horas lectivas, y las subvenciones que recibían; pero él ya había despiezado y troceado su tesis doctoral mucho más y mejor que un matarife en una matanza extremeña, de suerte que ya sólo le quedaba por publicar los almibarados agradecimientos. ¿Qué esperaban ya de él?; era un profesor universitario, miembro de una élite que se le antojaba doliente. Era casi imposible, dada la situación actual, que llegara a ser catedrático, ¡que lo dejaran en paz! Esa insistencia, encima, de convocarle para reuniones, y por las tardes para más inri, cuando se encontraba en casa descansando del ajetreo mañanero de la Facultad (y todo a sabiendas de que no pensaba ir, pero todo sea por fastidiar...). Los comienzos de curso eran siempre para él ocasión de gran estrés; así se le comentaba hacía poco en una librería de viejo a un antiguo alumno de los cursos de doctorado; éste le contestó que qué le iba a contar a él que era ahora profesor de instituto, y antes de que aquél pudiera sentirse incómodo, se interesó por el libro que hojeaba; era un viejo manual del antiguo bachillerato, cuyas virtudes comenzó a ensalzar el profesor de la Facultad, sin prestar atención a las quejas amargas del docente de enseñanza secundaria que le explicaba que las leyes educativas en vigor desde los años 90 habían bajado mucho los niveles de conocimiento y exigencia por comparación a los que él había recibido. Afortunadamente, el universitario se detuvo a tiempo antes de confesar que era el tipo de libros que él usaba para preparar sus clases de los primeros cursos, que era los que solicitaba siempre dar, al dignarse observar el rostro del otro, cuyos ojos se entrecerraban con un brillo de inteligencia a medida que él comparaba las ventajas de diversos manuales de aquella época de cara a la enseñanza actual, que sí que le resultó definitivamente incómodo.

 

         El profesor se sentía muchas veces incomprendido, ante las reacciones de la gente, que parecía siempre muy ocupada o indiferente para escuchar sus pausadas palabras. Habrían conocido, entonces, su verdadera pasión secreta, aquello que, sin duda, les habría admirado, y que no podía salir de los muros de su casa, básicamente por falta de espacio: las batallas navales. Gracias a la generosidad de su madre, podía disponer de un gran salón donde poder reconstruir batallas inmortales como la de Jutlandia, el río de la Plata, o la de Leyte. A eso dedicaba la mayor parte de su tiempo, y cantidades ingentes de dinero. Libros, foros de internet, y el trabajo en su minitaller sobre maquetas de elaboración propia eran su verdadero motivo de orgullo, y el hecho de que muy escasas personas, a happy few, conocieran su afición, le hacían sentirse poseedor de un secreto, y una ciencia, que le elevaba sobre la masa de mediocres que le rodeaba, y le agotaba con sus exigencias mundanas. Sentía marcada preferencia por la segunda guerra mundial, que le permitía además lucir sus minuciosas maquetas de aleación ultraligera. ¡Cuántas veces se había sentido al borde de las lágrimas reconstruyendo la implacable e inmisericorde persecución del acorazado Bismarck, o la gesta heroica del Kapitän Langsdorff en el río de la Plata (la última batalla naval clásica), y su tanto más caballeroso cuanto triste final! Por el contrario, la reconstrucción de las grandes batallas navales del Pacífico nunca había acabado de satisfacerlo (a pesar del tiempo y dinero dedicado), pues no creía haber reflejado suficientemente el papel de la aviación en los distintos eventos, debido principalmente a su negativa a usar maquetas prefabricadas, y a cierta desvinculación sentimental (pese a su desprecio a la prepotencia yanqui), que sólo había recuperado en plenitud al rehacer admirablemente el complejo orden de batalla de la olvidada liza de Jutlandia de 1916.

 

         Una sacudida le sacó de su ensimismamiento. El ascensor comenzaba a moverse. Bajaban a la primera planta.

-Es una vergüenza el estado de las instalaciones de la Facultad -dijo Pugnacio-, pienso presentar ahora mismo una queja.

-Desde luego que sí -carraspeó el profesor-, tiene usted toda la razón, ¡qué de tiempo han tardado en rescatarnos! A mí también me van a oír.

 

         El ascensor se paró con cierta brusquedad, y Pugnacio y el profesor salieron de él en orden inverso, tan absorbidos en sus respectivos pensamientos refunfuñantes que obviaron decirse adiós.