MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

martes, 29 de diciembre de 2020

CONTINUIDAD DE LA RADIO


 

Okamoto Kiichi



La radio ha jugado un papel variable en mi vida: tengo un vago recuerdo de radionovelas en mi infancia, y fue un paso adelante en mi preadolescencia hacerme con un pequeño transistor, aunque no sabía exactamente qué escuchar. Luego, me aficioné a algunas radios musicales (pocas, como Onda Jerez, los 40 Principales nunca me gustaron) en un gran radiocasete donde podía grabar canciones en las cintas magnéticas de entonces, comienzos de los años 80 del siglo XX. Posteriormente, me aficioné a Radio 3 y Radio 2 (más tarde conocida como Radio Clásica), aunque limitándome a un número reducido de programas (Caravana de hormigas -eran muy críticos y desparecieron-, Discópolis, Diálogos 3, Cuando los elefantes sueñan con la música, Música de Nadie, Música antigua, El mundo de la fonografía, Los raros...).

Ha sido una gran revolución, y una garantía de la supervivencia de la radio, la escucha en línea; así, en mi ordenador puedo oír, según un sistema de azar ordenado que rige mis escuchas y lecturas, Antena Dois, BBC Radio 3, BR-Klassik, France culture, France musique, Radio clásica, Rai radio 3, Rai radio classica, radios hispanoamericanas, y una lista de reproducción elaborada por mí mismo.

No siendo eso bastante, mi último gran descubrimiento ha sido el mundo de los podcast, a través del sitio Ivoox, a los que recurro desde mi móvil cuando camino, o hago alguna faena doméstica mecánica como barrer, fregar, tender o poner lavadoras. Es la supervivencia de la palabra, abierta a las más diversas temáticas (historia, filosofía, ciencia, astronomía, música, literatura, etc.), que compite en ese contexto con ventaja con los vídeos de Youtube, que también veo (sobre todo cuando friego, y puedo mirar enfrente).

Nada sin embargo, puede sustituir a la lectura vespertina (o matutina en el autobús al trabajo, en la que estoy leyendo todo Chéjov), en sus diversos soportes ya posibles, para la que sí necesito el silencio, sin el que es muy difícil cualquier estremecimiento del alma.


jueves, 3 de diciembre de 2020

FUTURO DE LA HUMANIDAD

 



Dan McPharlin




Konstantín Tsiolkovski, "La tierra es la cuna de la humanidad, pero no siempre se puede vivir en la cuna para siempre".



Nuestro sol, que está a la mitad de su existencia, se convertirá en una gigante roja en unos cinco mil millones de años, arrasando los planetas rocosos, entre ellos la Tierra, que se convertirá en una roca privada de cualquier forma de vida. Parece que en unos mil millones de años el sol brillará mucho más, y lo del cambio climático parecerá una broma cuando los océanos empiecen a evaporarse.

Resulta, pues, evidente que la Humanidad por propio impulso o por pura necesidad se dará a la colonización del sistema solar, primero, y del perímetro galáctico, después, si consigue desarrollar una tecnología adecuada según modelos como la escala de Kardashov, y no se ha extinguido por el camino, claro está.

Puede parecer ocioso pensar en estas cosas, como me dijo alguien, si se está esperando, por ejemplo, la segunda venida de Cristo. Pero es de suponer que Cristóbal Colón y sus hombres en sus cascarones de nuez también la esperaban, y eso no les impidió hacer a escala planetaria lo que los humanos tendrán que hacer en un futuro que no podemos siquiera imaginar, ya que nuestras presunciones sobre éste se basan necesariamente en nuestras percepciones y conocimientos actuales de la Realidad.


lunes, 30 de noviembre de 2020

COMPRAS Y CORONAVIRUS

 



Centro Comercial, Burbank (California, mediados de los años 60 del siglo XX) (D.R.)


Veo de cara a las Navidades la misma estrategia enloquecida que se produjo tras el fin del confinamiento mirando al verano. Se nos animó a consumir, a viajar, a ir a hoteles y restaurantes, a convivir con el virus, en suma. Y así se pudo hablar de "segunda ola", metáfora que oculta la realidad de un crecimiento imparable de los contagios que se produjo desde entonces.

Ahora adelantan ya los políticos y medios del régimen una "tercera ola", curándose en salud por la mano que abrirán para una "campaña de Navidad" que será fallida a la par que mortífera -igual que la de verano- por las aglomeraciones y el aumento de personas en espacios cerrados. Uno escucha con estupor que en algunos cacicatos autonómicos dejarán salir a los ancianos de las residencias para exponerlos al abrazo del oso vírico en las olvidables comidas navideñas, despliegues, por lo general, de hipocresía que podríamos ahorrarnos; y en otros de esos feudos de los partidos del Estado hay disputas por autorizar un número de comensales: 6, 10, 10 y niños aparte, cuando lo que deberían aconsejar es que nadie se reuniera salvo con la familia con la que convive. 

Pero no, se lanza en cambio la operación de mercadotecnia a gran escala de las vacunas -que no son tales- para dar esperanzas a una población educada en la complacencia, el egoísmo cortoplacista, y la servidumbre voluntaria, teniendo así  como espejo a nuestra partidocracia y su inmoralidad constituyente (cuius regio, eius religio); población no acostumbrada ya, por tanto, a la frustración y al sacrificio y dada a una vocación de dependencia creciente del Estado, en clara consonancia con la fábula del buen pastor de Jorge Santayana.

Algunos miserables, por otra parte, señalan el presunto éxito de la vuelta a las escuelas, cuando esa menguada enseñanza que se ofrece se logra a base de ahogar la voz en la mascarilla y de agarrotarnos el cuerpo de frío, mientras las mezquinas exigencias burocráticas sí que no menguan, si no que pueden incluso aumentar, como si nada pasara.

No sabe ya uno dónde mirar que no le asquee, y siento temor por el gran desastre social y económico que puede avecinarse, sin nadie que nos defenda. El número creciente de gente que veo sin mascarillas por las calles o cogiendo ascensores se me antoja un anuncio de todo eso.


jueves, 5 de noviembre de 2020

BURBUJA VÍRICA

 



Bubble


La actual pandemia del coronavirus está marcada por la prescrita asepsia y el aislamiento. En el microcosmo de los colegios, en cambio, se prodigan los contactos, y la cercanía, más verbal que física en la mayoría de ocasiones, de los alumnos resulta un alivio respecto a la conciencia depresiva que se adueñaba de uno durante el confinamiento duro de marzo y siguientes. El sentimiento de burbuja persiste, empero, en las relaciones con los compañeros y la administración: la tentación del castillo de Kafka.

Ahora que se anuncia un nuevo confinamiento, siquiera parcial, siento el temor de tener que acabar quedándome en casa de nuevo y enseñar por internet. Prefiero ahora mil veces el contacto humano, aunque sea menguado, a través de mascarillas y separación -que no distancia de seguridad- respecto a los alumnos. Recuerdo haberme sentido muy nervioso, desubicado y cansado los primeros días de clase. Ahora algunas personas me dicen que estoy en situación de riesgo en mi trabajo. Pues sí, claro, sólo hay que parar a pensarlo un segundo: un edificio pequeño con varios centenares de personas dentro, ventilación de fortuna, y clases de 30 a 34 alumnos. Pero no me dan otra opción...

No puedo evitar a veces sentirme irritado, rechazando pantomimas y paripés de circunstancia. Nos asomamos cada día al tranquilo borde de un abismo, cuando el miedo apunta al ver llegar un autobús con todas las ventanillas cerradas. Hay que abrirlas. Yo abro las que están a mi alcance, para que entre el aire y el frío bienhechor, mientras contemplo a tantos adocenados en su inconsciencia.

No me hago, finalmente, la falsa esperanza de obtener alguna enseñanza del parásito invisible, sólo sobrevivir a este sentimiento de que mis gestos se vuelven definitivos.



sábado, 10 de octubre de 2020

AGLOMERACIONES

 



Bruce Gilden


En el pasado verano coronavírico fueron frecuentes las llamadas a evitar las aglomeraciones en playas, restaurantes, bares y discotecas, al tiempo que nos animaban, de acuerdo con la "nueva normalidad" engendrada por el poder partidocrático para las masas de votantes aborregados, a viajar y a consumir en la hostelería, que acabó hundiéndose ante la falta de medidas tomadas por la casta política, que siempre podía echarle la culpa a "los jóvenes" de lo que era presumible que parte de ellos hicieran, sin que le importara un pimiento hacer una política de prevención desde el poder, que no tuviera que ver con el calculado coste electoral.

Ahora, al volver al trabajo me he encontrado con otro tipo de aglomeraciones, éstas sí bien vistas o consideradas inevitables o aptas para ser tratadas como si no existieran: las de 30 alumnos y más por clase en los colegios y las aglomeraciones en autobuses (evito el atestado y tropicalmente caluroso autobús de las 8). Empiezo a acostumbrarme, pero los primeros días me ha resultado terriblemente inquietante y entristecedor el tener delante de mí clases de una treintena de alumnos enmascarillados (a veces con medios de fortuna) separados por unos 50 centímetros, y yo en el estrecho pasillo que va desde la puerta de la clase abierta, pasando por la pizarra, hasta la ventana igualmente abierta junto a la mesa del profesor (las corrientes de aire me han provocado un primer enfriamiento que me ha tenido k.o. unos días, y ahora llevo más capas para postergar la recaída, pero toda ventilación es poca). Se me dice que debo mantener la distancia de seguridad con los alumnos, pero si me aparto un poco de la pizarra ya estoy encima del de la primera fila. Esto provoca, por otra parte, que tenga problemas para oír a los alumnos del fondo, acrecentados además si hay ruido en el pasillo o en la clase de al lado, mientras veo a algún compañero irresponsable pasearse entre las mesas.

A mediados de esta semana, me he sentido súbitamente mejor, como si ya estuviera aclimatándome a esta situación, y encontrando mis tiempos y estrategias para trabajar en esta extraña "presencialidad", que me hace sentirme incómodo, no haciendo mi trabajo como podría en circunstancias normales, y que no sé si se prolongará, mientras la maquinaria burocrática sigue su marcha, impasible e hipócrita, sobre todas las incongruencias presentes y futuras.


lunes, 5 de octubre de 2020

LA CABALGATA


 

Benozzo Gozzoli, La Cavalcata dei Magi, pared oeste, 1459-60, fresco, capilla del Palacio Medici-Riccardi, Florencia


"[...] El bailoteo de unos pocos cirios alumbraba, como si los fuera pintando, los frescos de Benozzo Gozzoli que cubrían totalmente los muros del pequeño oratorio. No he visto jamás una cabalgata de tan bella fantasía. El juvenil Lorenzo, el emperador de Bizancio y el patriarca de Constantinopla, representaban a los Reyes Magos en el séquito triunfal. Clarice Strozzi me había explicado a quiénes retrataban los otros personajes: Pandolfo Malatesta, señor de Rímini; Galeazzo Maria Sforza, hijo del duque de Milán; los Médicis; Victorino da Feltre, Nicolás da Uzzano, el propio Gozzoli... Desfilaban, metálicos, multicolores, ataviados con lujoso capricho, sobre caballos de jaeces espléndidos, en un paisaje de cipreses y torres -Careggi, San Gimignano-, de rocas, de bosques, de jardines, como si se encaminaran centelleando hacia una fiesta en la corte florentina. Camellos y animales feroces contribuían a la extravagancia. Volaban los pájaros misteriosos. Y quien me impresionaba más era ese muchacho que lleva un leopardo a la grupa del corcel [...]" 

Manuel Mújica Láinez, Bomarzo, Planeta, 1980, p. 171


lunes, 14 de septiembre de 2020

EL EXILIADO

 



Arturo Nathan (1891-1944) no fue un hombre con mucha suerte. Hijo de una cosmopolita familia judía, nació en Trieste (entonces parte del Imperio Austrohúngaro), aunque conservó la nacionalidad británica de su padre. Tuvo que abandonar su pasión por la filosofía, para seguir la carrera comercial paterna, y, como ciudadano británico, participar en la Primera Guerra Mundial, experiencia de la que salió profundamente traumatizado. Se le recomendó la pintura como terapia, y comenzó una carrera autodidacta que le llevó a obtener cierto reconocimiento en los años 30. Posteriormente, su condición de judío le llevó a la muerte en un campo de concentración en 1944.

En el cuadro de la imagen, llamado "El exiliado" de 1928, Nathan se autorretrata en un vestimenta propia de un prisionero, como será el mismo años más tarde, y en una postura de recogimiento interior, con la cabeza baja y las manos entre las piernas, resaltada por la simetría compositiva del cuadro.

Nathan parece comunicarnos un exilio interior, un repliegue sobre sí mismo, doliente pero sereno, forzado o voluntario, que se traduce en colores y tonos que entreveran la realidad de fondo pintada. Me impresiona ahora más aún este cuadro al ver el tipo de exilio interno al que me ha forzado el coronavirus: la pérdida de contactos y referentes, la falta de empatía de creyentes en la "nueva normalidad", el entorpecimiento de las acciones de la vida cotidiana... Ahora con la forzosa vuelta al trabajo, tomo aún más conciencia del peligro, y pienso que, bueno, con 54 años he hecho cierto número de cosas de las que puedo sentirme orgulloso, que hay también cierto número de fracasos que jalonan mi existencia, pero que he mandado al futuro algunas flechas de papel impreso que tal vez hagan blanco en algún corazón... Eso, poniéndose en lo peor posible.

La escritura me ha ayudado mucho en estos meses de semiconfinamiento familiar; ha sido para mí como la pintura para Arturo Nathan, un intento de convertir en belleza estados de ánimo tan avasalladores como efímeros, pasajeros como uno mismo. Me gustaría, imagino que igual que Nathan, continuar con lo que hago, que es sentir esa pequeña magia cotidiana de que algo cobre vida propia bajo mis dedos. Así sea.

 

martes, 11 de agosto de 2020

DESCONEXIÓN

 


Albert Birkle


La crisis del coronavirus produce diversos efectos en la gente. Percibo en personas que me rodean una persistente ansiedad que resulta contagiosa en la medida que no sé cómo ayudarlas. Personalmente, vivo en un estado de calma tensa, siendo consciente, que no feliz. El periodo de confinamiento, y esta "nueva normalidad" propagandista que nuestro gobierno partidocrático nos vendió a través de los medios de comunicación del régimen, me ha hecho recentrarme en mí mismo y ser dolorosamente consciente de mi edad, y de la fragilidad de todo lo que me rodea, de las falsas seguridades.

Intentar adaptarse a lo que se espera de uno, sacrificarse a las insaciables exigencias de la vida actual, que acaba conduciendo a la angustia y la neurosis, revela su escaso valor cuando se ve como el mundo se derrumba a nuestro alrededor. Uno se siente, pues, más libre para odiar y para amar, para ver la miseria y la incongruencia en sí mismo y los demás. 

Ese estado de desconexión en el que me sumerjo fácilmente, y que me hizo sufrir y gozar en el pasado, por no poder sentirme nunca integrado o identificado totalmente en ningún grupo, se está convirtiendo últimamente en casi permanente. Escribo, escribo, y escribo, "como el perro ladra", decía H. G. Wells, pues la muerte está en el aire, y perder un tanto la cordura me parece la única forma de conservarla.


martes, 21 de julio de 2020

LOS ÚLTIMOS CARTUCHOS





Alphonse-Marie-Adolphe de Neuville



Es notable la composición de este cuadro de 1873, que recrea la guerra franco-prusiana de 1870. De izquierda a derecha se desarrolla una escena dinámica que demuestra distintas actitudes ante el combate. A la izquierda, por donde normalmente se ilumina el cuadro, un rayo de luz atraviesa la ventana y resalta una cortina al viento sobre dos combatientes que gastan, como indica el título, sus últimos cartuchos en las postrimerías de esta gran derrota francesa. La expresión dramática del soldado colonial recuerda a personajes de Delacroix o a nuestro español Fortuny.

Hacia el centro la figura del soldado en diagonal apoyado sobre un aparador ayuda a equilibrar la composición, y da paso al segundo grupo de personajes, los heridos, como los que aparecen junto al quicio de la puerta, que crea un necesario segundo foco de luz, además de un trampantojo volumétrico, para iluminar la escena en la que destaca el último personaje a la derecha, el joven soldado de gesto desdeñoso con las manos en los bolsillos, símbolo de la indiferencia y heraldo de la derrota, realzado por el cadáver que blanquea a su espalda.

viernes, 3 de julio de 2020

TÁNGER





Nicolas Comment


Una mujer cruza la puerta a su verdadera identidad en Tánger, ciudad natal del escritor Tahar Ben Jelloun, autor de L'enfant de sable, libro que he leído con mis alumnos de Bachibac durante cuatro cursos. La historia de Ahmed, nacido mujer pero obligado por su padre a vivir como hombre para que no se perdiera la herencia familiar según la ley coránica, hasta que en su juventud decide liberarse de esa carga esquizofrénica y asumir su verdadera identidad sexual, que tampoco le proporcionará la felicidad.

Aunque lo que más me impresionó del libro fue la aparición de J.L. Borges como personaje cuando el hilo de la historia se pierde, o mejor dicho, se bifurca en las versiones aportadas por varios personajes. La novela deviene, así, un homenaje al "intrincado" escritor hispano, modelo de la ruptura narrativa de la obra del escritor marroquí, convertida en poética ruina circular. 

Cuando preguntaba por Borges, sólo uno o dos alumnos, como mucho, por curso lo conocían (el lector con un mínimo conocimiento lingüístico, e insumiso a la imposición totalitaria y acientífica del lenguaje inclusivo entenderá que eran chicos y chicas). Me parecía, por más que llevo años en la enseñanza siendo testigo del grado creciente de ignorancia de todo, increíble que no conocieran a uno de los autores más importantes del siglo XX. Había que hacer algo. Así que me puse a explicar las numerosas referencias y citas borgianas en la obra de Ben Jelloun, e ilustrarlas con audiciones de cuentos de Borges, y pequeños documentales y dramatizaciones, que explicaran también el cambio de estructura narrativa de la obra en estudio.

Recuerdo que el título del programa Bachibac para esas dos promociones era "La francofonía abierta a las culturas del mundo". Eso hace pensar que no existe una "Hispanofonía", pues no es necesaria, el castellano, luego español, fue asimilado como lengua madre de forma rápida en sus territorios de Ultramar, mientras que el francés quedó como la lengua administrativa de los colonizadores. La Francofonía como institución y precario proyecto de influencia neocolonial es un ejemplo de lo que Gustavo Bueno llamaba la diferencia entre los imperios generadores, como el español, que pretendió asimilar a los indígenas a su cultura, hecho variablemente censurable, pero que está en la base de la cultura híbrida de Hispanoamérica, y los imperios depredadores, como el francés, basado en la mera explotación de recursos y el racismo cultural estanco.

Tal explícita pasión borgiana sería, en fin, más extraña en un autor nacido en Francia, que suelen sobre todo leerse entre ellos, y permitía lanzar un anzuelo misterioso a los alumnos (¡uf! casi escribo 'alumnado') de lengua española, para lo que me tocó aportar el cebo.

jueves, 25 de junio de 2020

LAS VUELTAS DEL TUNEL





Dennis Cooper



Sólo hay nuevos recodos en este túnel siniestro de la cotidianidad, y se sigue tomando aire en la espera de algún rastro de luz en la lejanía. Nos mantuvieron a todos bajo arresto domiciliario que respetamos obedientemente, y ahora nos animan a retomar una "nueva normalidad" plagada de contagios, por salvar lo que se pueda de la economía de servicios que es para lo que dejaron los políticos de nuestra partidocracia a este país, por conseguir, para ellos, su "homologación" con las partidocracias europeas.
  
Veo ahora a muchos de los que estaban sumisamente encerrados, hacer burla de la distancia de seguridad, y pasar de la mascarilla, ya que en la vita nuova que les concede graciosamente el gobierno les está permitido ahora volver a beber codo con codo en cualquier sitio, aunque la amenaza siga igual de presente, pues es en lo único en lo que parecían pensar. Me hacen pensar en el protagonista del cuento de Chéjov "Fiebre tifoidea" en el que éste, tras contraer la enfermedad y contagiarla accidentalmente a su hermana, que muere, siente la primera euforia de la recuperación al recobrar la consciencia para luego ceder "a la tristeza de cada día, y al sentimiento de una pérdida irreparable". Tal mera decencia humana parece faltar hoy día.

martes, 2 de junio de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (XIII)





Édouard Chimot



Son los otros quienes mueren, no yo. Veo a mi madre, a la que hasta ahora he abastecido y visitado a distancia en su confinamiento, sentado a su puerta, y ahora que puede salir a la calle acompañada siempre por mí por sus acrecidos problemas de movilidad, es cuando tengo miedo, por ambos. Hasta ahora he repetido los gestos de asepsia y distancia social a rajatabla y de forma mecánica, lo que me ha valido el distanciamiento cordial de amigos que ya archivaron el problema; pero es la presencia de la vejez, de su desamparo y debilidad lo que me desarma. Si fuera verdaderamente amante de la filosofía, me prepararía para morir.

sábado, 30 de mayo de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (XII)





Dennis Cooper's blog



El verano no será lo que era: piscinas y playas se verán afectadas en su esencia multitudinaria. No te acerques a otros, no tragues agua, ¿permanecerá el virus en el líquido elemento?, ¿se podrá nadar con seguridad?, controles, límites, mascarillas... imposibles puertas al campo del hacinamiento estival. Al cabo, habrá gente que hará como que vigila, y otros que harán como que respetan las normas, como en un colegio expandido. Muchas piscinas permanecerán, en cambio, cerradas como secuela de una larga y vírica sequía. Y nos habremos convertido todos en un pueblo de secano, y, pobres, sin piscina municipal.

miércoles, 27 de mayo de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (XI)





Alfred Eisenstaedt



Veleta de fases de desconfinamiento. Soplan vientos contrarios e ignotos. Eolo en cuarentena. Mascarilla no, y ahora sí, obligatoria, cuando por mero sentido común debió haber estado siempre presente. Ahora ves a personas por la calle quitándosela en nombre de la "nueva normalidad" de la semana siguiente, y a algún miserable haciendo el gesto de limpiarse el culo con ella. Gente así lo que quiere es olvidar, y los políticos del régimen miran sus encuestas, mientras sopla, variable, el viento inficionado.

martes, 12 de mayo de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (X)





I.C. Rapoport



Volver a salir, poco a poco, en horas tasadas. Recorro un poco las calles antes tan frecuentadas, callejeo y me pierdo por recovecos. Guantes y mascarillas me acompañan como cuando sólo bajaba al supermercado o a la farmacia. Veo mucha gente que se conduce como si nada hubiera pasado, como si nada pasara. De pronto, me sobresalto de ver mi propia sombra. Miro las tiendas cerradas y las terrazas donde la gente se sienta intentando, básicamente, olvidar, pasando de la "nueva normalidad" que la oligarquía partidocrática quiere imponerles, dosificada. Regreso a casa, y las piernas me pesan como si hubiera caminado bajo la gravedad de Júpiter.

sábado, 9 de mayo de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (IX)





Umberto Boccioni



La calle prohibida vista desde los balcones de los aplausos tumultuosos a su hora, surgida primero espontáneamente y luego adoptada como consigna de obligado cumplimiento por el Estado de partidos que todo quiere controlar en su propio beneficio, y que así se olvide las penurias y contagios del mismo personal sanitario al que se quiere aplaudir, multiplicados por la corrupción e incompetencia de la casta partidocrática. Mirar a los vecinos de balcón, sentirse libres y unidos por unos minutos, jaleados por las inquietantes sirenas de los coches de la policía, para luego encerrarnos de nuevo en nuestras casas con nuestras propias miserias y soledad de obediencia debida.

miércoles, 6 de mayo de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (VIII)





DR   via



El amor sufre también en estos tiempos, parafraseados, del coronavirus: las parejas añejas se miran de reojo en la amplificación pesadillesca de la monotonía que provoca el confinamiento, cuanto más obvio resulta que sería más plausible buscar el santo Grial que la chispa perdida; los ligones nocturnos se contemplan en casa, Narcisos de selfie, absortos y obtusos en su soledad merecida; los jóvenes amantes (palabra proscrita por la nueva mojigatería pseudoprogresista) separados constatan lo difícil de la distancia cercana, a pesar de las pantallas del videodeseo. Y viejas novias aparecen a veces en el sueño que es, como sabían los griegos, hermano de la muerte.

domingo, 3 de mayo de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (VII)





Edward Burne Jones



¿Hubo Casandras para este terrible desastre? En una sociedad marcada presuntamente por el progreso científico -que no moral como puede verse cada día en las redes- no debería de haber lugar para ellas. Pero a lo largo del tiempo ha habido, hay y habrá personas marcadas por el destino de la desdichada chica troyana, la peor de las tragedias y castigos: conocer la verdad, saber lo que va a pasar, y que nadie te crea, porque lo peor de todo es eso, saber.


jueves, 30 de abril de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (VI)





Studio Babayeva



Miramos atrás en esta época de incertidumbre, heraldo de una "nueva normalidad", en la neolengua de la Partidocracia, de aún mayor angustia y dolor por lo que ya no volverá. Así, nos emocionan los recuerdos, y los embellecemos, lo que nos hace más viejos de pronto, como decía Vasili Grossman en su libro "Vida y destino" del niño judío que, camino del campo de concentración y la muerte, recordaba en el tren momentos felices del pasado igual que un anciano.

jueves, 16 de abril de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (V)





James Archer



Solo ante una soledad compartida. Recogimiento y nostalgia de la vida activa. Se reduce la actividad vital, en parte para resistir el bombardeo de optimismo que llega desde la televisión: cientos de muertos anónimos, convertidos en cifras, en cuyo carácter decreciente se insiste mientras se escamotea las lagrimas. Entretanto, los sectarios miserables de ambos lados se lanzan los proyectiles de su servidumbre voluntaria a los políticos que nos parasitan y nos impiden ser libres.


lunes, 13 de abril de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (IV)





Luca Signorelli


¿Para cuándo la resurrección de nuestros cuerpos maltrechos, reservorios de la nueva Peste? Ninguna forma espiritual, sino una nueva carnalidad nos prometía la fe de nuestros padres, huesos y carne inmunes al mal. Pero ahora sólo nos cabe esperar poder erguirnos con cierta dignidad sobre nuestra derrota.




sábado, 11 de abril de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (III)





Steven Campbell



Guardar las distancias, incluso dentro de casa, si se sospecha del mal invisible, que puede traerse de la calle, prendido, cual plaga mosaica, de suelas y ropas. La sospecha manifestada en centímetros y metros, supersticiosa y culpable esperanza de protección cuando se practica con quien se ama, mientras que el mundo luce, vedado, como un cuadro tras las ventanas.

jueves, 9 de abril de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (II)





Pilar Quinteros



Las casas arden por dentro de angustia y de incertidumbre. Se encienden como si pudieran volverse caparazones de sus habitantes, y servirles de fútil protección para su navegación por las inciertas calles donde vagabundea, como siempre lo ha hecho por otra parte, la muerte invisible.

martes, 7 de abril de 2020

ARTE PARA UN CONFINAMIENTO (I)





Adrian Ghenie



El confinamiento, internamiento o arresto domiciliario motivado en la pandemia del Covid-19 ha desatado una furiosa necesidad de estar en contacto: whatsapp, llamadas, videollamadas, aplausos colectivos... Eso y la insuficiencia de esa comunicación provoca angustia, cierta ansiedad, y el deseo de aislarse un tanto para observar la realidad y meditarla.

domingo, 5 de abril de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (VIII): LORAI






Dora Maar




-¡Queca!, ¡Quequi! -volvió a gritar el hombre asomándose de nuevo bajo los soportales del viejo edificio del antiguo balneario de la playa, cuyo espacio umbrío y arenoso ya había recorrido tres veces. Decididamente, no había sido una buena idea llevar a la perra allí, y soltarle la correa, cosa que nunca hacía. Pero ya era mayorcita, Quequi, y quería que tuviera esa experiencia, y pensó hacerlo esa mañana antes de llevarla a lavar a la peluquería canina cercana. La ribera de esa caleta se presentaba cargada de nostalgia otoñal: ya era de nuevo el señorío de las gaviotas y sus crías que multiplicaban sobre la arena sombría el rosario trífido de sus huellas bajo un cielo grisáceo, del que a veces traslucía un claror del sol que pugnaba por colarse entre las nubes; e incluso las palomas de paso incierto se atrevían a errar entre las voluminosas gaviotas buscando algo que echarse al buche. El hombre dirigió su vista a la derecha, hacia los límites del antiguo baluarte, donde flotaban las variopintas barcas de los pescadores sobre un turbio mar de color mercurial, y luego hacia la izquierda, donde un tenue oleaje se ensortijaba en el espigón limítrofe. Nada. Sólo algún caminante mañanero se recortaba contra la orilla, en la que la arena, hendida y granujienta, esperaba ser cubierta de nuevo por la marea creciente.

-¡Eh, amigo!, ¿es suya esta perra? -escuchó el hombre a su espalda, y giró sobresaltado, pues acababa justo de darse la vuelta para enrostrar el frente oceánico, y a nadie había visto.

La voz provenía de un tipo muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que lo observaba con una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos desbordaban de unas sandalias mugrientas. El hombre pensó que quizás debería de ser uno de los vagabundos que duermen bajo las arcadas del antiguo balneario, convertido ahora en otro edificio estatal cerrado al disfrute ciudadano, pero ver que llevaba a su perrita bajo uno de sus sarmentosos brazos le libró de toda aprensión. El tipo estaba plantado delante de él con una franca sonrisa que, paradójicamente, acentuaba lo prominente y óseo de sus rasgos faciales, que la perra parecía contemplar con respeto y aprensión desde el hueco de su brazo.

-¡Qué maja es esta perrita! -dijo el extraño individuo entregándosela a su dueño con delicadeza; éste aprovechó para enganchar la correa extensible al pequeño arnés negro tachonado de pequeños botones plateados que llevaba Quequi, y la puso sobre la arena firme, donde sus patitas dejaban una leve marca. La perra, de unos 5 kilos, tenía un pelo blanco no muy tupido pero lustroso; era un cruce de bichón y de Yorkshire, con unos ojos y hocico alargado negros, y una expresión inteligente, aunque desconfiada.

-¿Dónde la encontró?

-Ah, por ahí detrás. Parecía asustada.

-Muchas gracias. Nunca la suelto de la correa ni la había traído jamás a la playa, y fíjese… la perdí de vista, no sé cómo.

-Tiene una cara muy graciosa. Ya es mayorcita. Debe de tener unos 13 años, ¿verdad?

-Sí, exacto. ¿Entiende usted de perros?.

-Bueno, donde yo resido habitualmente hay alguno grande, pero no es majo como éste. Mire, no quiero asustarle, pero al cogerla he notado un bultito junto a una mama; yo de usted la llevaría al veterinario, por descartar que fuera un tumor, pues una vez que empiezan estas cosas, no sale una sola, y a esa edad… -El hombre se le quedó mirando de hito en hito, mientras la perra se le enroscaba entre las piernas, rozando su cabecita contra uno de sus tobillos.

-Muchas gracias de nuevo -dijo el hombre haciendo ademán de despedirse, mientras empezaba a andar hacia donde la perra tiraba, avanzando y retrocediendo gracias a la correa extensible.

-Disculpe -insistió el interlocutor, poniéndose a su altura- ¿Es usted de aquí? ¿sí? Acabo de llegar a la ciudad; paro en casa de un amigo, y casi lo primero que he hecho es venir a la playa. Es bonita. ¿Hay otras, no?.

-Sí, digamos en la zona nueva o externa de la ciudad. A mí particularmente, me gusta ésta; al ser una caleta el agua es más tranquila, y se puede nadar, a lo que vengo yo en verano temprano, pues luego esto es un hervidero de gente”.

- Nadar. ¡Qué maravilla! Me da usted envidia. Llegar aquí cuando el sol no ha salido todavía a su espalda, confiarse a estas aguas, y entrar en comunión con un elemento que no es el nuestro, que nos acoge benévolamente un rato, si aceptamos humildemente sus reglas, y luego nos devuelve a la playa, dejándonos con una paz que sólo es un anhelo oculto de perpetuarse en un placentero misterio de exultación indefinible...

-¡Sí, exactamente es eso! -dijo el hombre sonriendo al de los anteojos que caminaba a su lado, y detrás de la perra que se desplazaba en abanico sobre la arena olisqueando acá y allá-; usted lo ha definido como es; así me siento, sí. Es un momento muy mío, que no puedo compartir.

- Es curiosa la playa, cierto -continuó el hombre de anteojos, que hablaba mirando hacia arriba, y con las manos a la espalda, girando rítmicamente su cabeza para mirar de soslayo y sonriendo al hombre del perro-, parece un espejismo de la eternidad en su engañosa invariabilidad, pero su paisaje me resulta más cambiante que el de cualquier bosque o montaña por el que haya pasado; lo que tiene de permanente, la arena, las olas, el flujo y reflujo de las mareas, sólo es el ritmo sobre el que desarrollar la percepción de detalles que son un semillero de intuiciones.

-Vaya, eso es muy poético, ¿es usted artista?

-¡Qué va!, yo no; solamente que he tenido mucho tiempo para observar este mundo. Y usted, ¿qué es?.

-Yo soy profesor, profesor de instituto.

-Bien; noble y difícil profesión -dijo el de los anteojos cruzando los brazos y llevándose dos dedos a la barbilla-. Parece que a la perra le gusta la playa.

-Sí, eso parece; la volveré a traer. Pero sin soltarla, claro.

- Bueno, tengo que dejarle. Encantado de conocerle -dijo tendiendo una mano huesuda-, me llamo Lorai. Quizás volvamos a vernos por aquí. Sí, el placer ha sido también mío. Y cuidado con los alumnos, sus padres, ...y también con los vecinos.

domingo, 22 de marzo de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (VII): VANESA



Lloyd Degrane



Vanesa, la vecina del 3º sintió cerrarse en falso el portón de la calle, y por los resoplidos y carraspeos supo que era M. quien había entrado en la finca. A ella no se le escapaba nada. Ahora se estaba preparando para salir. Dio un suspiro: pensaba a veces que su vida no había sido fácil. Había tenido al primero de sus gorditos muy de joven y de penalti, y su Pepe había tenido que ponerse a trabajar de peón de albañil, o de lo que le saliera. Ahora podría pasarse por la plaza, ver si compraba alguna cosa, y tomar café con sus amigas donde siempre, pues había mandado a los niños a ver a su abuela. Ayer tuvo otra discusión con Pepe, a quien se le estaba poniendo cada vez más cara de sieso: que si los niños estaban muy gordos, Vane, que si comían muchas pizzas, que la madre les daba todas las porquerías que querían, que no cocinaba bastante, que la casa estaba sucia, y que estaba hasta los cojones de no poder ver la tele cuando volvía a casa, de tanto que tener escucharla quejarse con esa cara de bruja que se le estaba poniendo. Y ella que qué quería él, que buscara un mejor trabajo, que no tenía tiempo, que había tenido que echar más horas en la casa de la vieja esa, y acompañarla más tiempo, que si quería cocina que aprendiera, y así no tendría que llamar al telepizza, que si los niños estaban gordos era porque se le estaban poniendo las hechuras de su madre de él, que es que nada bueno podía salir de esa familia; que si ella misma estaba más gorda era de los disgustos, y que a él se le había puesto cara de cabrón, y que la dejara en paz... Escuchó entonces un ruido como de muebles que se arrastran. Para ella que venían del piso de estudiantes sito encima del de M. Parece que no se han ido este fin de semana; habrá fiesta, pues, ¡pobre M.! Aunque a ella le inquietaban más algunos ruidos que había empezado a escuchar en el ático, que le quedaba justamente encima. La alegría socarrona que le entró cuando M. le dijo que el joputa de allí se había ido se tornó en una indefinida desazón cuando recordó esos sonidos que había escuchado los últimos días: primero, una música como de cánticos apagados de duración variable que se manifestaban a cualquier hora del día, y que terminaban tan súbitamente como empezaban, y luego, ese ruido sordo contra el techo, como de algo enorme que se estuviera arrastrando o reptando por el suelo de la casa de arriba; no, no era el ruido de arrastar muebles; eso era otra cosa, como si ese movimiento pesado y rasposo tuviera que corresponder a algo articulado y estar acompañado de una respiración cuyo acompasamiento Vane sólo podía intuir; y aparte, algunas risas agudas de mujer, puntuadas por el bordoneo irregular de una voz grave, al que se unía a veces en triplete, tras escucharse un portazo, otra voz masculina en un tono más agudo, aunque sin llegar a entenderse lo que decía.

-“¿Que qué es?, un artista, dice” -le dijo M., y Vanesa dijo ¡ah!, abriendo la boca y levantando el mentón, como si ya no hubiera más que decir.


domingo, 8 de marzo de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (VI): ARIEL COBOLÍ





Wallace Kirkland





-“M., ¿qué ha pasado? -le preguntó su mujer casi agarrándolo del cuello, cuando pasó al lado de su puesto-, ¿quién es esa china?, ¿qué quería ese Balazul?”

“¡Yo qué sé quién es esa china!, ¡riéndose de mí, la hija de puta, que le coma el nabo al del ático!. ¡Joder, quilla, pero es peor el que estaba dentro! Un tío largo con cara de loco, amigote o yo qué sé del de las barbas; la ha estado liando en la pescadería, dando voces como si estuviera majara, y… ¿qué dijo?, ¿que ya lo conocería mejor?. Espero que no se venga también éste a vivir a la finca..”.

“Eso va a ser peor que un piso de gitanos, M. Esa gente es muy rara, y no me gusta nada” -dijo su mujer antes de pasar a atender a una cliente parada delante de una caja de tomates.

M. aprovechó para largarse. Atravesó dando zancadas la plaza, y salió por uno de sus laterales. Se dirigió, acto seguido, al ultramarinos cercano a comprar un litro de cerveza, que en su manaza parecería un botellín de quinto, y, de camino, llamó a la puerta metálica del pequeño almacén de Paco, un chamarilero conocido suyo.

“¡Está abierto!” -gritó una voz aguardentosa desde el interior. M. empujó el batiente metálico, y tuvo acceso a un pequeño cuarto, en el que lo primero que se veía era un retrato del general Franco, flanqueado por un cuadro de un Cristo resurrecto; había también algunas viejas sillas de oficina, y relojes de cuco en esa antesala que deba al almacén herrumbroso de Paco, quien estaba sentado en un ángulo de la salita. La vista de M. subió de los pies peludos calzados en unas chanclas a la cara sin afeitar y eternamente malhumorada del chatarrero, que parecía congelada en una mirada aviesa y en el purito que colgaba de una esquina de su boca; su pelo canoso y grasiento daba la réplica a la calva reluciente de M.

“¡Hola, Paco!, vengo a por el juego de brocas del que me hablaste el otro día”.

“¡Ah, sí” -respondió el dueño del local, levantándose con un gruñido, para desaparecer acto seguido en la penumbra del almacén.

M. echó un vistazo distraído a las sillas en las que solían sentarse los borrachuzos amigos del dueño, y la gente que le traía cachivaches. En la esquina de un aparador, junto a un marco de aluminio, colgaba un viejo chapiri de la legión que había llevado Paco en sus tiempos.

-“Aquí está -dijo el exlegionario, tendiendo a M. un estuche negro y rayado-. Toma; lo que te dije ayer, ni un euro menos. Me lo trajo un enganchado de los que viene a desayunar al comedor de aquí cerca. ¡Sinvergüenzas! Les dan de desayunar, luego de comer, y las paguitas las tienen para vicios, y tiempo libre para rebuscar en la basura. A cargar sacos los ponía yo, y ya verás cómo se les acaban las historias. Sí, sí, en los soportales se ponen a dormir; sí, que se los lleve el alcalde comunista a su casa. Vale, adiós”.

M.salió ufano del antro, y tras pasar por el ultramarinos a comprar un litro de cerveza, retomó el camino de casa. Al llegar a la esquina de su calle, que se abría sobre una plaza, sintió un escalofrío y se detuvo; un sentimiento de alarma le embargó, como si hubiera olvidado algo importante que traer. Giró su cabeza pequeña en proporción a su corpachón y embutida en la gorra negra al sentir una especie de corriente fría en los pliegues carnosos de su nuca.

-“¡Bueeenas!, ¿me permite una pregunta?”

Quien así le hablaba era figura masculina alta y regordeta, aunque no tanto como la de M., pues se trataba de un hombre de unos 40 años, de formas anchas pero masivas, no fofas como las de M. Su cara era ancha, de grandes rasgos; sus ojos, pequeños y vivos, estaban bastante separados de una nariz regordeta y respingona, que hacía pensar en un cerdito, y una frente cuadrada y mediana quedaba rematada por un pelo castaño rojizo peinado en punta. La boca, en cambio, contrastaba por su finura de labios con las bastedad del conjunto del rostro.

-“No, no tengo…” -respondió M., haciendo ademán de seguir andando.

-“No, no, amigo, no le pido nada -dijo en tono suave y riente el otro-; sólo si puede indicarme cómo llegar a esta dirección”, y le mostró un trozo de papel arrugado y grasiento.

M. dio un respingo: se trataba de su casa, en esa misma calle. “Sí, ¡ejem!, es aquí casi al final de la calle, entre dos bares”.

“¡Ah!, ¿vive usted aquí? -dijo el tipo gordito con un acento que a M. se le antojó sudamericano o canario-; ¡sí!, ¿no conocerá usted por casualidad al señor Labasú, es amigo mío”.

“Esto…, sí” -titubeó, M. que se sentía crecientemente aprensivo ante las amistades de su nuevo vecino.

-“¡Oh, tanto gusto, señor! Permitame que me presente. Me llamo Cobolí, Ariel Cobolí -dijo el amigo del del ático, tendiéndole una mano regordeta y caliente-. ¿Seremos vecinos entonces?, ¡qué lindo!, ¿puedo ayudarle con lo que lleva?, ¡qué simpático!”

M. había comenzado ya a andar escoltado de aquel individuo imponente, vestido con un sweater, y unas calzonas y tenis, que dejaban ver unas piernas gordas como jamones y sin un pelo. El tal Ariel -insistió en que M. lo tuteara- empezó a hablarle sobre lo bonita y agradable que le resultaba la ciudad, de lo bien que se comía a buen precio, etc. etc. M., por su parte, iba a preguntarle de dónde venía cuando algo llamó su atención al unísono: no lejos de ellos vieron a un señor mayor con cara de susto tambalearse al pasarle por ambos flancos y a escasos centímetros dos chicas jóvenes, de no más de 18 años, montadas en patines eléctricos, a gran velocidad.

Dos señoras mayores que empujaban sendos carritos las increparon: “¡niñas!, ¡dónde vais tan rápido!; por poco tirais al suelo a ese señor...”

-“¡Poneos a correr viejas, que es lo que tenéis que hacer!, ¡ja, ja, ja,ja!” -respondió una de las chicas mientras la otra la coreaba, haciendo zigzags con su patinete.

-“¡Ah, mi niño! -dijo Ariel Cobolí entornado los ojos-, lo de estas chicas no está nada bien. Hay que respetar a los mayores. Esos cacharros los carga el diablo...”. M. masculló algún improperio y lugar común sobre la juventud, y llegaron así al portal de la casa.

-“Bueno, amigo M., muchas gracias por llevarme hasta aquí; voy a dejarle, no obstante, para dar una vuelta por estas calles tan lindas; y a pie, que es como se disfruta de las cosas” -dijo despidiéndose con un fofo apretón de manos de M., quien no veía el momento de subir a su casa para apurarse en paz su cerveza.