MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL
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domingo, 9 de septiembre de 2018

ADONIS Y ATALANTA





Amigo lector:

Han pasado varias semanas desde mi última carta abierta. Debo reconocer que este verano ha sido particularmente movido, y ha puesto a prueba mis nervios, más templados de los que yo creía al principio. Mi participación en las asambleas de julio del MCRC y mi elección como vocal de la Junta Directiva de dicha asociación, -sorprendido aún por la actitud de los traidores al pensamiento de Antonio García-Trevijano que pretenden destruir el movimiento creado por él-, un grave problema familiar que me ha dado quebraderos legales de cabeza hasta que ha quedado encauzado, algún problema de salud, y una obra en casa han configurado la carta sísmica de mi ánimo. Espero, amigo, amiga, que a ti te haya ido mejor, aunque hay que desconfiar de las Tebaidas veraniegas, que, al poco de volver al trabajo, se desvanecen en el olvido, o peor en quejumbroso recuerdo. Seré muy raro, pero no para mí no supone ningún trauma volver a mi trabajo. Yo lo elegí, y hay millones que no lo tienen, los parados, que han desaparecido si os fijáis de los discursos políticos. Por otra parte, es cierto que mi colectivo, el de los profesores de secundaria, es uno muy machacado a la par que sumiso, y eso puede explicar muchas actitudes. Pero la verdad y la dignidad siempre por delante, y las cosas no serán lo mismo, os lo aseguro.

En un reciente desplazamiento en coche por la provincia, me vino el recuerdo de viajes similares realizados siendo niño en autos de familiares: el sol de la tarde que restallaba vivaracho o ya moribundo en los campos baldíos y cansinos, los meandros de la ruta colgados de la espera tediosa, el tropel de imágenes que eso desencadenaba en mi mente vagarosa: espejos, mujeres, más carreteras, ansias de infinito, cursos de agua, indefinida angustia... Nunca he hecho uso de mi carnet de conducir, y la carretera a veces me vuelve a colocar en ese estado de trance inane pero conmovedor al cabo. ¿Qué más podría esperar, yo, pobre sombra rodada?

En mi mesilla de noche me ha acompañado parte de este verano el libro décimo de las Metamorfosis de Ovidio. Siempre da éste la impresión de utilizar el leit-motiv de las transformaciones según el hilo temporal de la cronología mítica, tan determinada en la Antigüedad para ilustrar tabúes sexuales como la transexualidad en el caso de Ifis (aunque este mito pertenece al final del libro noveno, vv. 704-797), la pederastia en el Orfeo desencantado por el suceso de Eurídice (Ille etiam Thracum populis fuit auctor amorem / in teneros transferre mares citraque iuuentam / aetatis breue uer et primos carpere flores [10, 83-85]), quien será el encargado de cantar los amores homosexuales de Júpiter y Apolo por Ganímedes y Jacinto, el fetichismo de Pigmalión, el ansia incestuosa de Mirra, el peor de los pecados, -la prohibición universal señala por Lévi-Strauss que impedía el intercambio de mujeres entre las poblaciones primitivas-así afirmado por el propio Orfeo (...Scelus est odisse parentem; / hic amor est odio maius scelus... [10, 314-315]), de acuerdo con la sobria y conceptuosa expresión poética del poeta sulmonense, tendente al paralelismo, y a la construcción quiástica; también canta Orfeo al fruto de ese amor prohibido, Adonis, condenado a un triste final, así como la bella y veloz Atalanta, víctimas de la imprudencia y de la impiedad.





Imagen: Bartholomeus Breenbergh, Venus mourning the death of Adonis, 01646

viernes, 2 de junio de 2017

ROBINSONES




Esta mañana ha venido a buscarme un grupo de mis alumnos de 2º de Bachibac para hacerme un regalo. Era una foto enmarcada de la ceremonia de graduación en la que posábamos casi todos. Unos me abrazaban, dándome las gracias, y me emocionó su detalle. Atrás ha quedado un largo curso, en el que ellos y yo hemos arriesgado mucho; ellos, porque eran la primera promoción que se presentaban a la prueba para obtener el título Baccalauréat con el actual tema de estudio "Viajes y viajeros", y yo, porque me comprometía a prepararlos sin tener la más mínima idea de cómo sería el contenido del examen al que se presentarían (pues, por otra parte, la Junta de Andalucía se desentiende de ofrecer una formación adecuada a los profesores Bachibac -ayer me dijeron que en Torre Triana hay cuatro personas que se dedican exclusivamente al programa Bachibac; si esto es verdad, resulta verdaderamente escandaloso-). Por ello, el verano pasado me dediqué a leer las dos obras principales del programa, Vendredi ou les limbes du Pacifique de Michel Tournier, y Mon voyage en Amérique de Blaise Cendrars, así como otras tales como el Robinson Crusoe de Daniel Defoe en una traducción al francés, por la necesidad evidente y tan reveladora de conocer las fuentes, y Tristres Tropiques de Claude Lévi-Strauss, no sólo porque Tournier hubiera sido discípulo de éste, sino, sobre todo, por la dimensión más amplia de comprensión del tema del descubrimiento del Otro que yo precisaba, y que llena, sui generis, la novela de Tournier. Leí, asimismo, la escasísima bibliografía que existe en francés sobre la literatura de viajes que me era asequible; ese verano me trajo también el descubrimiento de una genial y reciente robinsonada como es Ce qu'il advint du Sauvage blanc de François Garde (02012), y que utilicé en el 2º trimestre como libro de lectura, para profundizar en ese tema de la Alteridad desde otros puntos de vista complementarios al de Tournier, demasiado marcado por el color de época de paso de los años 60 a los 70. Cendrars era, por otra parte, para mí un viejo y querido conocido desde mi lectura adolescente de La mano cortada, que volví a leer en esta ocasión en francés, así como L'homme foudroyé que leo en la actualidad.
Me devané los sesos para buscar el nexo común entre la solipsista utopía insular sesentera de Tournier y el diario de un dandy baudelaireniano de viaje voluntariamente solitario a Nueva York, y la hallé en la idea del viaje iniciático que, de diferentes maneras, aparece en ambas obras. Así, el viaje fallido del náufrago Robinson le lleva a iniciar un viaje interior caracterizado por múltiples y dolorosas pruebas en una primera lucha contra la tentación de la locura producto de la forzosa soledad, que le lleva a construir una sociedad para él solo según las reglas de la ética protestante precapitalista (como afirmaba el propio Tournier en alguna entrevista haciendo hermeneusis de sí mismo) descrita por Max Weber, y que variará definitivamente de rumbo ante la presencia avasalladora de Viernes, personaje de tesis construido como revulsivo antirracista y anticolonialista, que le ayudará a devenir un "ser solar", ingenioso y artificioso trasunto orientalizante de los Gemelos de la Ciudad solar del tarot; tal soledad será, por otra parte, la conditio sine qua non que el joven y aún imbuido de efluvios literarios decimonónicos Cendrars se impone para llegar a una catarsis aderezada por la contemplación de lo sublime de la naturaleza desatada que le conduce al pleno compromiso con su vocación artística.
En fin, todo esto queda a beneficio de inventario, y lo más importante es que espero haber servido de ayuda a mis alumnos en este curso, que, salvo una indeseada e indeseable sorpresa de última hora ajena a mi voluntad y que ha comprometido el carácter externo que deben tener estas pruebas, ha sido una muy grata experiencia para mí.

Hasta siempre, chicos y chicas, no os olvidaré.



Imagen: Winslow Homer

domingo, 21 de agosto de 2016

FIRE ISLAND




He conocido dos referencias literarias en la literatura a  Fire Island, la famosa isla neoyorquina, conocida como bastión veraniego de la comunidad gay se dice que desde los años 60 del siglo XX. Sin embargo, en Tristes Tropiques de Claude Lévi-Strauss (01957), remontándose a sus recuerdos de finales de los años 30, ilustra ya este carácter. El sabio francés habla del "absurdo geográfico siniestro" que supone la isla, "flecha de arena desprovista de vegetación que se extiende a lo largo de Long Island", enfrentada a un violento mar, y a la que llama "Venecia al revés", dada la inestabilidad del terreno, que obligaba a sus habitantes a usar una red de pasarelas de madera formando una carretera sobre pilares. Señalaba, Lévi-Strauss que estaba habitada por parejas masculinas "atraídas quizás por la inversión general de todos los términos", cuyo única fuente de habituallamiento era el colmado situado al pie del embarcadero, en el que llenaban sus carritos de niño, único vehículo que podía superar la estrechez de las vías, llenos de las botellas de leche del fin de semana "que ningún bebé beberá".
50 años después, Fire Island se convierte en uno de los escenarios principales de The dancer from the dance, famosa novela de Andrew Holleran publicada en 01978, traducida espléndidamente al español tres años después por Antonio Samons con el título de "El danzarín y la danza" para Argos Vergara. Como se ha señalado en una reciente entrevista, fue la primera vez en que personajes gays interactúan dentro de una comunidad gay más amplia desde Jean Genet, en unos felices tiempos preSIDA. Al comienzo de dicha novela, uno de los personajes rememora en la isla en otoño, de la que una tormenta ha barrido su apariencia veraniega, las fiestas celebradas en bungalows y en mansiones con piscina, y el bosquecillo donde se ejercía el amor de media tarde, especie de paraíso barrido poco después por la terrible plaga. Para mi experiencia de lector adolescente, me resultaba inusitada tanto la temática homosexual como el vocabulario contemporáneo, pues no había leído hasta entonces novelas ambientadas en la actualidad. La modélica traducción de Samons proponía así traducciones como "programador de discos" para el término disc-jockey, que no ha prevalecido frente a otros como el castizo "pinchadiscos" o el ininteligente actual "dj" (diyi), que aparecía recurrentemente en las descripciones de las fiestas de los protagonistas, víctimas de "los pecados de ojos", a decir de uno de los personajes, lector de san Agustín.






Imagen 1: Andy Warhol, Fiesta en Fire Island, 01982, vía Art Blart.
Imagen 2: Tom Chianti, Fire Island Pines. Polaroids 1975-1983, via Feuilleton blog.

The Temptations, Law of the land; Barrabas, Woman; Patti Jo, Make me believe in you.

domingo, 14 de agosto de 2016

ESTRELLAS





Se habla mucho estos días de las estrellas fugaces, ese enjambre de meteoritos visibles conocidos como Perseidas. Dada la llamada contaminación lumínica de las ciudades, es necesario ir a un descampado para observarlas en su fugaz esplendor. También pueden observarse desde un barco en alta mar; ver un cielo estrellado en la casi más profunda oscuridad fue una de mis mejores experiencias de un crucero que realicé años ha. La proa estaba completamente a oscuras, con algunos escasos pasajeros sentados en hamacas contemplando ese helada negrura tachonada de miríadas de puntos luminosos de sobrecogedora belleza.
Hubo un tiempo en que me interesaba mucho por las constelaciones. Compré, pues, hace poco, los Astronomica de Manilio de la Loeb Classical Library, y sigue en la lista de espera de mis lecturas latinas, pues sigo saborendo el Lucrecio de Agustín García-Calvo. Últimamente, empero, ese decorado fijo que luce sobre mi terraza me atrae menos en su absurdamente lejana certitud. Abismáticas distancias que hacen ociosa cualquier consideración sobre visitas de OVNIs. Dice Claude Lévi-Strauss en sus Tristes Tropiques que la humanidad sólo viviría una experiencia similar a la del descubrimiento de América si se descubriera vida inteligente en algún planeta. La gran diferencia -afirma- está en que esas distancias son teóricamente superables, mientras que los hombres de Colón temían dar con la nada exterminadora. Por otra parte, C. S. Lewis en su libro Los milagros defendía que el descubrimiento de vida racional en otro planeta no invalidaría el principio de la Redención: sólo probaría, en su opinión, que la Providencia divina habría dispuesto de otra forma de Salvación para estos seres. Retruécanos del ingenio o no, ese tan deseado giro copernicano de la humanidad no le serviría de mucho a un planeta tan alejado en siderales años-luz de cualquier posibilidad de contacto, dejándonos durante siglos aún en nuestra prístina deriva solitaria, enamorados, a la par que hastiados, de nosotros mismos y de nuestra angustia exploradora.





Imagen: Joseph Cornell, 01954, vía Art Blart blog.