Luis estaba enamorado. Conocer a Livia había cambiado su vida.
Siempre tan enrevesado e irresoluto, había acabado buscado el amor en sus
viajes; las vicisitudes, empero, de la distancia habían dado al traste con
todas sus tentativas. Gracias al tesón y a la fortuna, había conseguido
finalmente trabajo en su ciudad natal, y allí conoció a Livia una tarde a
través de un chat. Su primer
encuentro a ciegas tuvo algo de expectante serenidad. Luis sintió un
estremecimiento al verla surgir de detrás de una de las estanterías del centro
comercial donde se habían dado cita, aun antes de que ella se presentara con
una media sonrisa divertida e irónica. Dijo que iba a aprovechar el encuentro
para comprar algo que venía buscando. "Por supuesto", balbuceó Luis,
quien en ese momento hubiera visto como lo más normal del mundo salir de allí
cargando las bolsas de su nueva amiga. La dependienta, intuitiva, debió de
percibir ese mar de leva que ondulaba en las sonrisas y las miradas esquivas de
ambos, pues les trató con la discreta complicidad que se puede presumiblemente
mostrar a una pareja de enamorados que hacen juntos sus compras.
Desde aquel día Luis
no dejó de chatear con ella, ni de verla, cuando los emoticonos naufragaban en
la obviedad de los sobreentendidos pícaros. Se había rendido a su largo pelo
negro ondulado, a su tez olivácea, y a la frágil entereza que emanaba de la
mediana profundidad doliente de sus ojos negros, a los que hacía brillar
alborozados el medio arco de su sonrisa discretamente pintada. Su primer beso,
por cierto, estuvo precedido incluso de ciertos signos que Luis no quiso interpretar
como ominosos: se hallaban en un pub, y en un momento dado entraron como en
tromba una de esas "ex" de famosos que salen en la tele, escoltada de
algunos reconocibles cotillas televisivos que se agracian con el nombre de
periodistas, y de los que no podría temer nunca un acoso sexual. Livia y Luis
comentaron divertidos el suceso, mientras sus bocas se acercaban; Luis no pudo,
ni supo, ni quiso terminar lo que estaba diciendo, cuando sus labios se
fundieron en un beso apasionado, tanto más prolongado cuanto parecía que se le
iba la vida en ello, con los de Livia. Salieron de aquel antro de moda con el
corazón encogido como colegiales, y ya nunca pudieron separarse. Luis iba a
visitarla todos los días a su apartamento alquilado; y al poco tiempo, ya se quedaba
a dormir allí; por la mañana desayunaban juntos, y Luis acompañaba a Livia a
llevar a Lidia a la guardería, antes de separarse para ir a sus respectivos
trabajos. "Por cierto, tengo una hija", le había dicho Livia a Luis
en su segunda cita, inclinando un poco el busto hacia delante sobre la mesa de
la cafetería, y sin dejar de sonreír. "Bien", balbuceó Luis, quien
escuchó aquella frase igual que si Livia le hubiera dicho que iba el día
siguiente a la peluquería, tan absorto estaba en aquel rostro, y aquel cuerpo
del que surgían palabras y gestos que eran como una música en cierto modo
necesaria; Luis, empero, parpadeó, y, en un fracción de segundo, la mesa
nacarada de aquel local se le antojó un tablero de ajedrez sobre el que se
estuviera jugando una partida crucial. "¿Cuántos años tiene?", acertó
a preguntar Luis, como aliviado. "Cuatro -respondió Livia divertida- y se
llama Lidia". Ella entonces no le ahorró detalles: 32 años, divorciada
hace tres, su matrimonio había sido un desastre, consecuencia de un error.
"¿Y el padre?", preguntó Luis, intentando que su voz sonara lo más
natural posible. "Oh, se fue a trabajar muy lejos de aquí -respondió
Livia, quien agitó una mano, como si borrara algo en el aire-, y no quiere
saber nada de la niña. No le he pedido que cumpla el convenio, pues prefiero
tener a mi hija lejos de un tipo así". Livia de seguido lo miró de hito en
hito, y Luis frunció las cejas y apretó los labios, en signo de aprobación.
No hacía mucho que
Luis había vuelto a la ciudad, y no tenía donde vivir, aparte de la casa de sus
padres, en la que no quería demorarse mucho tiempo. Tampoco le gustaba la idea
de apalancarse en casa de Livia, aunque allí se sentía a sus anchas, pues ella
era un mujer muy organizada y detallista, tenía la casa muy bonita, y él
incluso le estaba cogiendo cariño a la pequeña, una especie de Livia a escala.
Le dijo, pues, a su novia que estaba buscando un apartamento. Contra lo que
Luis pudiera temerse, ella le apoyó entusiásticamente, y se ofreció a
acompañarle en las visitas a pisos, pues "dan mucho gato por liebre",
dijo Livia. Dado que él tenía puesto fijo -añadió-, podía permitirse buscar un
piso para comprar, pues alquilar era tirar el dinero, y tal como estaba el
mercado, podía revender el piso en poco tiempo si no le iba bien, incluso
ganando dinero, pues había mucha demanda y oferta. A Luis se le soltaba algo en
el pecho, cuando la escuchaba hablar así, con su aire de entendida, mostrado
sus blanquísimos y menudos dientes, y enarcando ligeramente las cejas. Ella,
gracias a Dios, también estaba fija, tenía también dinero ahorrado, y había
acariciado la idea de comprar un piso.
Luis amaba
tiernamente a Livia, con una intensidad que le resultaba, a veces, hasta
embarazosa. Disfrutaba particularmente en la madrugada, cuando ella, dormida,
buscaba de tanto en tanto su abrazo, y él la contemplaba en su enigmática
indefensión y pacífico abandono, libre de las máscaras diurnas; él la
estrechaba dulcemente contra su pecho, y, en ocasiones, una lágrima rodaba por
su mejilla, dueño de un secreto de dicha imposible de compartir.
Luis no habría sido
capaz de decir en qué momento dejaron de buscar piso para él, para pasar a
buscarlo para ambos; lo cierto es que vivían una vorágine de visitas, y
entrevistas, pateándose agencias inmobiliarias, y pendientes todo el día de
teléfonos y carteles de venta. Luis sonreía, y aceptaba divertido dejarse
llevar por el ímpetu de Livia, que parecía haber tomado las riendas de la
cuestión.
Al principio, se
manejaban por sí mismos llamando a los teléfonos de las revistas ad hoc, y de los carteles de "se
vende". Aquello tenía mucho de salir por la tarde con la novia, viendo un
par de pisos por llenar el rato, que era como inmiscuirse un tanto en vidas
ajenas, visitas de cortesía a desconocidos que solían terminar
indefectiblemente con un "ya llamaremos"; a Luis le gustaba atrapar
juguetón a Livia cuando bajaban por la escalera o, en los menos casos, por el
ascensor, abrazarla, y besarla mientras comentaba algún detalle divertido o excéntrico
del piso que acababan de visitar o de sus moradores.
Más adelante, y dado que no salían de
un círculo vicioso, recurrió Livia a las agencias inmobiliarias. A Luis le
mareaban esos escaparates llenos de fotos de viviendas, y de precios en euros,
sirtes de un hipotecado porvenir; 130.000, 150.000, 220.000 € eran cantidades
evanescentes y precarias frente a su contundente traducción en pesetas, que a
Luis todavía le daba pereza hacer mentalmente. A Livia, en cambio, tales
muestrarios le encandilaban más que los de las tiendas de moda, y se hizo una
experta en deducir el carácter del inmueble en función de lo que se mostraba y
decía, pero también, y sobre todo, por lo que no se explicitaba.
Esta segunda etapa estuvo marcada por
las visitas guiadas de los agentes inmobiliarios a toda clase de hogares, pisos
vacíos, en plena mudanza, o virtuales, esto es, sobre plano, que también se
vendían. En Luis bullía cierta aprensión cuando visitaban casas con sus
habitantes aún dentro; en los gestos, y las amables miradas esquivas percibía
incongruencias y secretos que le hacían sentirse miserable por entrometerse en
la intimidad de personas, que, por gusto o por necesidad, exhibían su
privacidad cotidiana a una reata de extraños como si de una instalación
artística postmoderna se tratase. Así, en una casa habitada por un padre ya
anciano y su hija, que deseaban mudarse a otra ciudad para estar más cerca del
resto de su familia, Luis se sintió acongojado por el aroma inaprensible de una
vetusta y vivida biblioteca, signo conmovedor de una vida familiar aposentada,
frente a los indicios de profundo desorden que emanaban de los platos sucios y
unas manchas de huevo seco en la sufrida encimera de la decente cocina, al par
que de la mirada obsesiva y torva de la huesuda hija, triste Erinia medicada.
En otras ocasiones, las visitas giraban a lo cómico, como en aquella casa de
precio desorbitado donde el dueño, un vejete desastrado, iba detrás de ellos
pulsando mal disimuladamente un aerosol ambientador, mientras contemplaban
atónitos una cocina donde la costra formaba capas geológicas, y el agente, que
parece siempre describir otro piso distinto al que se está visitando,
repitiendo como un mantra sus presuntas ventajas y su carácter de bicoca, les
proponía al mismo tiempo, con su cara ancha de tipo con el que te cruzas en una
boca de metro, que le alquilaran una habitación a su novia estudiante.
La vida, no obstante, seguía
entreverando a Luis y Livia. A pesar de lo incordiante que estaba empezando a
resultarle a Luis la pasión inmobiliaria de Livia, éste la amaba sin remisión,
como si toda su vida anterior quedara justificada y subsumida en esa relación.
Una mañana, tras dejar a la niña Lidia en la guardería, y cuando los dos se
despedían, Livia le cogió a Luis la cara con las manos; sus ojos brillaban como
chispas. "Es muy fácil quererte, ¿sabes?".
Livia hizo buenas migas con una agente,
Pili, que les acompañaba en los últimos tiempos. "Pili nos lleva esta
tarde a ver un piso en una antigua finca reformada en el centro", ella no oyó,
o no quiso oír el suspiro de resignación de Luis. Pili era muy dicharachera,
con un savoir faire propio
de las chicas de barrio que no le hacen ascos a nada, pero que sabía de
contención y de etiqueta cuando de dinero se trataba. No dejaba de hablar ésta,
ensalzando la hermosa claraboya del edificio, mientras subían las escaleras de
mármol hasta el tercer piso, intentando quizás hacerles olvidar la falta de
ascensor. La finca, como muchas viejas de la ciudad, tenía una forma
ligeramente hexagonal en sus plantas, divididas en dos pisos simétricos que
daban al patio interior mediante un corredor acristalado. En el piso que
visitaron esa disposición no aliviaba de cierto carácter opresivo que percibió
Luis casi desde que entraron. Era inmaculadamente blanco, con grandes
habitaciones completamente desnudas que le hicieron a Luis recordar la
película 2001 de Kubrick;
aquél se explicó enseguida su sensación de opresión, y la evocación metafórica
de una nave espacial claustrofóbica: la vivienda carecía de huecos a la calle.
Luis se quedó rezagado un momento observando la curiosa forma ovoide del salón,
mientras Pili y Livia no hacían más que hablar y abrir y cerrar puertas;
"está todo nuevo; el piso está para entrar", oyó decir a Pili, al
momento que una imagen cruzó su mente en una milésima de segundo: vio el salón
lleno de figuras envueltas en túnicas y sentadas en la posición de flor de loto
en torno a un centro que humeaba incienso, y a cuyos flancos otras figuras
accionaban instrumentos de formas extravagantes. Luis se giró sobresaltado a
una esquina donde había algo que le había pasado aparentemente desapercibido:
un cartel que representaba a un tipo de rasgos muy peculiares: una nariz amplia
y chata bajo un marcado arco superciliar, que actuaba como dintel de una frente
estrecha enmarcada por una espectacularmente voluminosa cabellera afro, que no
conseguía, empero, distraer la fascinación que ejercía la intensa mirada de
unos negrísimos ojos, a los que el color azafranado de la túnica que vestía el
personaje parecía convenirle perfectamente. Luis quiso hablar con Livia; éste
había reconocido al personaje como un gurú hindú de ésos que van a visitar
algunas estrellas del cine que firman luego libros de autoayuda. Encontraron
luego un retrato en pequeñito del mismo santón en una hornacina de la cocina,
que contaba con las correspondientes acometidas, pero que nunca había sido
utilizada como tal.
A Luis se le antojaba que la falta de
ventilación de la falsa vivienda -para él alguna especie de templo abandonado
al parecer-, dada la falta de ventanas y el escasísimo aire fresco que podía
venir de un patio cerrado con claraboya, servía a las maravillas para crear
estados de trance, ayudados por el inevitable sahumerio y la música exótica. No
se sorprendió, pues, Luis cuando, al abrir un armario, encontró unas botas de
puntas muy agudas y levantadas, y rematadas en su caña con borlas de piel, que
le habrían ido que ni pintadas -pensó Luis- al sherpa Tensing. Luis preguntó a
Pili por los dueños, y por qué vendían un piso evidentemente sin estrenar; ésta
fue más bien evasiva en sus respuestas, sin dejar de sonreír.


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