MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

viernes, 7 de agosto de 2026

LA GATERA

 



Définition d’un Gouvernement despotique : un ordre de choses où le supérieur est vil et l’inférieur avili. Chamfort, Maximes et Pensées, DXCIX (éd. Bever, 1923).

 

         Últimamente me da por pasear. Me levanto casi con la ciudad, a pesar de estar parado. Desde hace unos meses me siento atraído por los solares. Conozco un barrio que está casi arrasado: un par de calles mugrientas, sucias de orín y cacas de perro, espíritu de sus amos, y el resto son solares. Hay uno enorme y vasto, rodeado de la preceptiva valla metálica, y al que se asoman unos viejos edificios harapientos y apuntalados, hilos de la red de miseria del centro de la ciudad; hay otro solar enfrente que cavaron en hondo entre dos edificios (todavía no se han caído los carteles de venta de garajes), y ahí ha quedado, como el hueco de una muela extraída por error; también cuenta con su valla, primero de madera, luego metálica, tras la que los intelectuales del barrio arrojan los cascos de botellas de cerveza vacíos que beben apoyados en ella. Enfrente de éste, se ve un edificio de viviendas vacío y cerrado a cal y canto. Cuando yo trabajaba en la notaría pasaban por ella muchas operaciones de compraventa de esta clase de inmuebles, aparte de las de los consabidos apartamentos. Yo había estudiado empresariales, y me contrataron en la notaría como administrativo a tiempo completo, pues no daban abasto con el personal de siempre. Es cierto que allí se veía desfilar una marea humana variopinta, aunque había algunos personajes recurrentes como el abogado simpático y contemporizador, y las agentes de las inmobiliarias, apretadas y moteadas de mechas, siempre dispuestas a la carcajada extemporánea; eran el cortejo de toda esa reata de ilusos, que reían y se palmoteaban las espaldas, y todo porque iban a entramparse hasta las cejas para décadas con hipotecas de más de mil euros al mes, ya que el banco les ofrecía crédito a manos llenas, aunque no tuvieran trabajo fijo (puro oxímoron). Algunos dejaban que se les abultara impudentemente en los bolsillos del pantalón o de la cazadora el sobre rebosante de billetes para hacer los pagos en negro a los vendedores de pisos e intermediarios. Yo observaba todo esto con discreción, pues hay quienes me han dicho de siempre que mi mirada les pone nerviosos; tal vez deberían preocuparse más por el careto que se les ha quedado cuando todo el garito se ha ido al carajo. Recuerdo muy bien al señor notario, con su aire de viejo seminarista, hacer de oficiante, entre hierático y condescendiente, de estas ceremonias, que él abandonaba con su consabida frase de "les dejo a ustedes que arreglen sus asuntos", justo antes de que los sobres arrugados y henchidos se pusieran encima de la mesa, y dedos ávidos y hábiles contaran las partes del león. Un mar de dinero, sí señor, que a veces las Cajas, a falta de líquido tenían que pedir en el extranjero; Cajas en cuyos consejos de administración se sentaban los políticos y sindicalistas del tanto monta; los que organizaban las revalorizaciones astronómicas del suelo, que repercutían luego en el precio desorbitado de las viviendas, y que son ahora los mismos que salvan a esas Cajas facinerosas con miles de millones de euros de la gente, euros que salen de los impuestos con los que machacan a los que tienen ya sobre sus espaldas, en muchos casos, la losa de un henchida hipoteca.

 

         Escucho decir a intelectuales orgánicos que hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades, y que, al cabo, tenemos los políticos que nos merecemos. Pero no es así, nos han estafado y robado por encima de nuestras posibilidades, y la corrupción se ha extendido desde arriba, desde el político que promete pensiones, asistencia, y subsidios para todos, y títulos educativos prácticamente gratis, chantajeando a los profesores con leyes de "contenidos mínimos", hasta el notario, que hace la vista gorda en su propia casa al fraude. La gente es culpable, en todo caso -y mucho es de por sí- de cobardía, estupidez y conformismo hacia esta casta de chupasangres, que les permiten votar cada cuatro años por ganaderías, sin que se represente más que a sí misma. Lo que veo, además, es una especie de vergonzoso consenso de silencio, que va desde el tertuliano sectario hasta el escritor solipsista. Contemplaba no hace mucho a todos esos que salían a la calle porque se decían indignados, y sabía que no duraría mucho; la indignación es el paso previo a la resignación; el odio, en cambio, es superior, más fuerte y duradero que el amor.

 

         Yo también me dejé llevar por esa corriente; las mujeres te lían, y te convencen; anda, vamos a comprar ese apartamento, nos darán el crédito y con uno de nuestros sueldos pagaremos la hipoteca; y esto debe de ser como el pecado -para el que crea en él-, un sí es no es, una languidez irreflexiva que precede al paso irreversible. Y ahora llevo un año en el paro, pues en la notaria apenas hay movimiento, y por todas partes están igual.

 

         Sigo parado delante del edificio; han revocado la fachada -se ve que el ayuntamiento quiere este sepulcro bien blanqueado-, bien tapiado y pintado las ventanas de modo que ahora no se ve ya el indecente tabique de ladrillos tras el balcón, sino que éste sobresale de una pared desnuda y lisa, como una provocación surrealista. En el tabique de una de las ventanas enrejadas del bajo, alguien hizo hace tiempo un boquete, y se convirtió en refugio de gatos; la gente les dejaba agua y comida, y de noche los veía corretear acera arriba y abajo; ahora lo han tapado estos borricos con un desmesurado pegotón de cemento. Como me toque mucho los cojones voy a venir esta noche con la machota, y voy a abrir yo mismo el boquete, para que al menos los gatos disfruten de abrigo.

 

Malditos seáis todos.