Définition d’un
Gouvernement despotique : un ordre de choses où le supérieur est vil et
l’inférieur avili. Chamfort, Maximes
et Pensées, DXCIX (éd. Bever, 1923).
Últimamente me da por pasear. Me
levanto casi con la ciudad, a pesar de estar parado. Desde hace unos meses me siento
atraído por los solares. Conozco un barrio que está casi arrasado: un par de
calles mugrientas, sucias de orín y cacas de perro, espíritu de sus amos, y el
resto son solares. Hay uno enorme y vasto, rodeado de la preceptiva valla
metálica, y al que se asoman unos viejos edificios harapientos y apuntalados,
hilos de la red de miseria del centro de la ciudad; hay otro solar enfrente que
cavaron en hondo entre dos edificios (todavía no se han caído los carteles de
venta de garajes), y ahí ha quedado, como el hueco de una muela extraída por
error; también cuenta con su valla, primero de madera, luego metálica, tras la
que los intelectuales del barrio arrojan los cascos de botellas de cerveza
vacíos que beben apoyados en ella. Enfrente de éste, se ve un edificio de
viviendas vacío y cerrado a cal y canto. Cuando yo trabajaba en la notaría
pasaban por ella muchas operaciones de compraventa de esta clase de inmuebles,
aparte de las de los consabidos apartamentos. Yo había estudiado empresariales,
y me contrataron en la notaría como administrativo a tiempo completo, pues no
daban abasto con el personal de siempre. Es cierto que allí se veía desfilar
una marea humana variopinta, aunque había algunos personajes recurrentes como
el abogado simpático y contemporizador, y las agentes de las inmobiliarias,
apretadas y moteadas de mechas, siempre dispuestas a la carcajada extemporánea;
eran el cortejo de toda esa reata de ilusos, que reían y se palmoteaban las
espaldas, y todo porque iban a entramparse hasta las cejas para décadas con
hipotecas de más de mil euros al mes, ya que el banco les ofrecía crédito a
manos llenas, aunque no tuvieran trabajo fijo (puro oxímoron). Algunos dejaban
que se les abultara impudentemente en los bolsillos del pantalón o de la
cazadora el sobre rebosante de billetes para hacer los pagos en negro a los
vendedores de pisos e intermediarios. Yo observaba todo esto con discreción,
pues hay quienes me han dicho de siempre que mi mirada les pone nerviosos; tal
vez deberían preocuparse más por el careto que se les ha quedado cuando todo el
garito se ha ido al carajo. Recuerdo muy bien al señor notario, con su aire de
viejo seminarista, hacer de oficiante, entre hierático y condescendiente, de
estas ceremonias, que él abandonaba con su consabida frase de "les dejo a
ustedes que arreglen sus asuntos", justo antes de que los sobres arrugados
y henchidos se pusieran encima de la mesa, y dedos ávidos y hábiles contaran
las partes del león. Un mar de dinero, sí señor, que a veces las Cajas, a falta
de líquido tenían que pedir en el extranjero; Cajas en cuyos consejos de
administración se sentaban los políticos y sindicalistas del tanto monta; los
que organizaban las revalorizaciones astronómicas del suelo, que repercutían
luego en el precio desorbitado de las viviendas, y que son ahora los mismos que
salvan a esas Cajas facinerosas con miles de millones de euros de la gente,
euros que salen de los impuestos con los que machacan a los que tienen ya sobre
sus espaldas, en muchos casos, la losa de un henchida hipoteca.
Escucho decir a intelectuales orgánicos
que hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades, y que, al cabo,
tenemos los políticos que nos merecemos. Pero no es así, nos han estafado y
robado por encima de nuestras posibilidades, y la corrupción se ha extendido
desde arriba, desde el político que promete pensiones, asistencia, y subsidios
para todos, y títulos educativos prácticamente gratis, chantajeando a los
profesores con leyes de "contenidos mínimos", hasta el notario, que
hace la vista gorda en su propia casa al fraude. La gente es culpable, en todo
caso -y mucho es de por sí- de cobardía, estupidez y conformismo hacia esta
casta de chupasangres, que les permiten votar cada cuatro años por ganaderías,
sin que se represente más que a sí misma. Lo que veo, además, es una especie de
vergonzoso consenso de silencio, que va desde el tertuliano sectario hasta el
escritor solipsista. Contemplaba no hace mucho a todos esos que salían a la
calle porque se decían indignados, y sabía que no duraría mucho; la indignación
es el paso previo a la resignación; el odio, en cambio, es superior, más fuerte
y duradero que el amor.
Yo también me dejé llevar por esa
corriente; las mujeres te lían, y te convencen; anda, vamos a comprar ese
apartamento, nos darán el crédito y con uno de nuestros sueldos pagaremos la
hipoteca; y esto debe de ser como el pecado -para el que crea en él-, un sí es
no es, una languidez irreflexiva que precede al paso irreversible. Y ahora
llevo un año en el paro, pues en la notaria apenas hay movimiento, y por todas
partes están igual.
Sigo parado delante
del edificio; han revocado la fachada -se ve que el ayuntamiento quiere este
sepulcro bien blanqueado-, bien tapiado y pintado las ventanas de modo que
ahora no se ve ya el indecente tabique de ladrillos tras el balcón, sino que
éste sobresale de una pared desnuda y lisa, como una provocación surrealista.
En el tabique de una de las ventanas enrejadas del bajo, alguien hizo hace
tiempo un boquete, y se convirtió en refugio de gatos; la gente les dejaba agua
y comida, y de noche los veía corretear acera arriba y abajo; ahora lo han
tapado estos borricos con un desmesurado pegotón de cemento. Como me toque
mucho los cojones voy a venir esta noche con la machota, y voy a abrir yo mismo
el boquete, para que al menos los gatos disfruten de abrigo.
Malditos seáis todos.

