Marine Tillé
Nuestros amigos estaban muy contentos, cuando nos llamaron por
teléfono; quedamos a comer un día con ellos mi mujer y yo, y entre plato y
plato, nos contaron que tenían las llaves de su nueva casa. A los postres, él,
Jose, nos dijo que el banco en el que trabaja le había ofrecido el piso a muy
buen precio, como suele hacer con sus empleados; se puso entonces más serio, y
dijo que ese piso no provenía de un desahucio, sino del pago de una deuda de la
familia que lo poseía, y que se lo había cedido al banco para liquidarla; él
nunca aceptaría -afirmó varias veces- un piso de tan desdichado origen.
Muy ufanos al
terminar la comida, insistieron en pagar ellos, y nos invitaron, acto seguido,
a ver el apartamento; aceptamos encantados, y nos dirigimos a pie al edificio,
que estaba cerca del restaurante. Aquél no era muy nuevo, pero sí parecía
sólido y bien mantenido, con unos ascensores un tanto renqueantes. Alabaron
Jose y María de antemano las vistas que había
desde la octava planta donde se encontraba su casa, y mientras giraba la llave
en la cerradura, disculparon el desorden del piso, que iba a necesitar muchos
arreglos. Ciertamente, el aspecto de la vivienda resultaba un tanto
descorazonador, y parecía que hubiera sido abandonado poco ha y
precipitadamente, dada la cantidad de objetos que aparecían apilados o
desperdigados por el suelo de las diversas estancias. Esta impresión era,
empero, traicionada por el estado de la tarima del salón, que estaba arañada y
despegada en algunas partes, y por el derribo de algún tabique, que hacía
pensar en una abandono más prolongado en el tiempo.
Al tiempo que
nuestros amigos comentaban entusiasmados las reformas que harían en cada
habitación (para lo que ya habían contratado una cuadrilla de albañiles), yo
observaba atentamente lo que quedaba de cada una, y mi mujer les respaldaba
animadamente en sus proyectos de reforma, pues le encantan este tipo de cosas.
De cierto, la decoración, hacía pensar en una vivienda de los años 70: eran
parlantes a este respecto la sufrida tarima del salón, los frisos de las paredes
de un corredor que habían sobrevivido heroicamente a las décadas, las puertas
con su cristalera esmerilada de tonos indefinidamente amarillentos, y el sofá
de escay y el papel pintado de un saloncito, al que no faltaba el cuadro de
nebulosos paisajes norteños, cabaña junto al río, y arces en perspectiva, tanto
más irreal cuanto que había sido derribado el tabique que lo separaba de una
inmensa y destartalada cocina, y que parecía, a escala recuperada, uno de los
cuartitos de una casa de muñecas. Con todo, lo más inquietante eran los objetos
que aún se hallaban en las habitaciones: libros, discos, DVDs, y revistas de
distintos años constituían la prueba insidiosa de que aquella casa había sido
vivida con calor y plenitud; era, pues, fácil distinguir aún cuál había sido la
habitación de los niños, ya más que adolescentes en el momento de la marcha, y
cuál la de los padres; en ella podían verse en el suelo, ausentes de pudor, un
par de babuchas de paño tal que revoleadas, y unas gafas cuidadosamente dobladas,
cuya montura plateada, y su descomunal grosor, las identificaban como propiedad
de una persona no ciertamente joven. Me perturbó particularmente este último
objeto, por el aire de orden que proporcionaba a un cuadro de desorden y de
aparente huida precipitada.
Nuestros amigos
sorteaban hábilmente estos objetos en la descripción de sus sueños de futuro,
pero yo estuve varias veces tentado de agacharme a examinarlos, y, si no lo
hice, fue por las miradas inquisitivas de mi mujer, siempre atenta a mis silencios.
Me intrigaba saber cuál había sido el sentir de esas personas al hacer
arqueología de su existencia, y cuáles habían sido los criterios para haber
desechado esas pertenencias en concreto. Eran, probablemente, el fondo del
cajón, el bolsillo que se vacía volviéndolo del revés; habían quedado de nuevo
a la luz, tramposos al par que desafiantes, la última retaguardia, los
veteranos que avanzan a primera línea cuando el combate es ya desesperado.
Como tampoco era
asunto mío, acabé sumándome a las risas que producía en mi mujer la imitación
que hacía Jose del acento gutural del pueblerino que iba a ser el capataz de la
obra; ella contraatacó recordando aquella maldición neogitana de que te veas en
una obra, que estas obras no son amores, añadí yo. Seguimos con estas chanzas y
pullas en el ascensor, hasta despedirnos efusivamente, y María y mi mujer,
primero en broma y luego no tanto, quedaron para ir juntas al Ikea a buscar
muebles.

