MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

viernes, 24 de julio de 2026

EL HEREDERO


 

Elene Usdin [Weimar art]



Muchos empiezan a señalarme diciendo que ya está cercana mi hora como heredero; muchos me ven ya como el nuevo dueño de la Compañía y del Teatro. Antes, ese pensamiento me halagaba; hoy, en cambio, me angustia. Quizás he vivido demasiado tiempo -como todos en el Teatro- a la sombra de mi padre. Él lo ha sido todo en este mundo difícil, esencia de espejismos y escuela de sinsabores, donde el escenario es una débil defensa contra el embate de la realidad que el público, bienintencionado casi siempre, no consigue dejar del todo fuera, como sus abrigos en el guardarropa. Su figura augusta e imponente de gigante asequible, de anciano aniñado, de galán intempestivo sigue siendo el rompeolas de todas las crisis que hemos sufrido en el Teatro en las últimas décadas.

 

         Cuando deambulo por los pasillos del edificio, a veces me detengo a contemplar, con cierta imposible nostalgia, las fotos de las primeras representaciones de mi padre; él era hijo de un viejo primer actor al que nunca le habían dado su sitio, y comenzó como comparsa en la Compañía; poco a poco, se ganó la confianza del antiguo dueño, un viejo carcamal empeñado en representar siempre las mismas funciones retrógradas. Con el tiempo se convirtió en su favorito, su esperanza, y llegó a prometerle que sería su heredero, si mantenía su mismo designio empresarial y artístico; mi padre, contra la opinión del suyo, -especialista en monólogos dramáticos- así lo hizo un día delante del público, en un gesto -por ende- bastante teatral. Cuando murió el vejestorio, se puso de acuerdo con los viejos actores de la Compañía, y algunos meritorios ambiciosos, dispuestos a cualquier cosa con tal de salir a escena, para hacer algunos cambios externos, sin alterar demasiado la estructura de la empresa. De tal suerte, desechó la vieja tramoya, y creó con la ayuda de su equipo de viejos nuevos hombres unos espectáculos vanguardistas e interactivos, que proporcionaban al público, ansioso de novedades, la ilusión de que participaba en la obra, y de que su contribución era útil. La escena se pobló también de comedias eróticas y picantes, que se presentaba como un signo de modernidad, frente a las máquinas casi tridentinas del predecesor. Se hicieron, asimismo, muchos grandes espectáculos gratuitos, y se levantaron muchos nuevos teatros en las provincias. Ésta fue, sin duda, la mejor época de mi padre: sólo precisaba salir a escena para que el público se deshiciera en aplausos, era el rostro inevitable en la televisión y la prensa, y los políticos y las grandes fortunas buscaban su compañía, de tal modo que engrosó un pingüe capital en comisiones, haciendo de mediador y patrocinador en toda clase de negocios.

 

Por otra parte, su éxito con las mujeres siempre ha sido innegable. Sus romances con las actrices de la Compañía han sido de antiguo la comidilla de ésta, que ha mirado siempre con más conmiseración que desprecio a mi pobre y sufrida madre, una humilde figurante que empezó en el Teatro casi a la par que su marido. Los diversos directores han transigido con las queridas que mi padre promocionaba a primeras actrices y otros chanchullos suyos, cada vez más alejados de las bambalinas, a cambio de que les dejara hacer a su antojo con el dinero de la caja, y la cartelera.

 

         Al contemplar ahora algunas de las grietas del venerable teatro, me doy cuenta de que la venalidad de los directores, sostenida y tolerada por mi padre para que no se metieran con la suya, se ha hecho evidente por el descenso imparable de la taquilla, provocada asimismo por aquélla. Mi padre declaró que la situación del Teatro iba a cambiar, y que él iba a dar ejemplo; no obstante, mi hermana y el chulo de su marido metieron la mano en la caja, y él no hizo otra cosa que mandarla de gira por el extranjero, con el patrocinio de uno de sus magnates amigos. Los abucheos, que antes sólo se producían de manera esporádica en el paraíso, empiezan a extenderse de manera insidiosa al patio de butacas. Mi padre intenta aparentar que nada ha pasado, pero los años no han pasado en balde tampoco para él. A veces, tal es su carisma, consigue apaciguar el coso, con uno de sus gestos tan conocidos, o algún breve parlamento, que arranca aplausos interminables de los espectadores más nostálgicos, pero las fuerzas le fallan. Cuando empezó a tener problemas de espalda y cadera (a los que no han sido extraños los excesos de su vida de crápula entrañable), y se vio obligado a llevar un bastón casi permanentemente, uno de sus amigos dramaturgos escribió para él algunas comedias de enredo en las que se justificaba su salida a escena con el báculo, porque el protagonista -siempre él, y siempre galán- simulaba una enfermedad, y los tramoyistas tenían órdenes de colocar objetos ad hoc en la escena, en los que pudiera apoyarse mi padre si sentía que le fallaban las piernas; en otra pieza, él se la pasaba andando a pasitos muy cortos para no despertar a su mujer, que dormía en la habitación de al lado, mientras él dialogaba a tumba abierta con una amante esporádica, que le había seguido hasta casa; en una de las últimas, en las que las dos muletas han hecho ominosa presencia, él aparenta acabar de sufrir un accidente de ski, y la primera actriz, una de sus viejas amantes, realiza, en una escena que se ha hecho famosa, un juego pícaro con uno de los bastones, que mi padre sostiene en el aire, mientras se apoya en el otro.

 

         He visto llorar en silencio a algunos de sus más acérrimos seguidores de las primeras filas, que notaban estas triquiñuelas, y algunos irreprimibles gestos de dolor de mi padre; ésta es su infinita tragedia, pues un gran actor como él no necesita compasión, sino reconocimiento y aplausos; no desea otra vida que ésta, y siento, a veces, al verlo apoyar la cabeza contra el telón antes de la función, que teme -y desea- que el espectáculo acabe junto con él.


viernes, 10 de julio de 2026

LA MUDANZA

 



Marine Tillé


Nuestros amigos estaban muy contentos, cuando nos llamaron por teléfono; quedamos a comer un día con ellos mi mujer y yo, y entre plato y plato, nos contaron que tenían las llaves de su nueva casa. A los postres, él, Jose, nos dijo que el banco en el que trabaja le había ofrecido el piso a muy buen precio, como suele hacer con sus empleados; se puso entonces más serio, y dijo que ese piso no provenía de un desahucio, sino del pago de una deuda de la familia que lo poseía, y que se lo había cedido al banco para liquidarla; él nunca aceptaría -afirmó varias veces- un piso de tan desdichado origen.

 

         Muy ufanos al terminar la comida, insistieron en pagar ellos, y nos invitaron, acto seguido, a ver el apartamento; aceptamos encantados, y nos dirigimos a pie al edificio, que estaba cerca del restaurante. Aquél no era muy nuevo, pero sí parecía sólido y bien mantenido, con unos ascensores un tanto renqueantes. Alabaron Jose y María de antemano las vistas que había desde la octava planta donde se encontraba su casa, y mientras giraba la llave en la cerradura, disculparon el desorden del piso, que iba a necesitar muchos arreglos. Ciertamente, el aspecto de la vivienda resultaba un tanto descorazonador, y parecía que hubiera sido abandonado poco ha y precipitadamente, dada la cantidad de objetos que aparecían apilados o desperdigados por el suelo de las diversas estancias. Esta impresión era, empero, traicionada por el estado de la tarima del salón, que estaba arañada y despegada en algunas partes, y por el derribo de algún tabique, que hacía pensar en una abandono más prolongado en el tiempo.

 

         Al tiempo que nuestros amigos comentaban entusiasmados las reformas que harían en cada habitación (para lo que ya habían contratado una cuadrilla de albañiles), yo observaba atentamente lo que quedaba de cada una, y mi mujer les respaldaba animadamente en sus proyectos de reforma, pues le encantan este tipo de cosas. De cierto, la decoración, hacía pensar en una vivienda de los años 70: eran parlantes a este respecto la sufrida tarima del salón, los frisos de las paredes de un corredor que habían sobrevivido heroicamente a las décadas, las puertas con su cristalera esmerilada de tonos indefinidamente amarillentos, y el sofá de escay y el papel pintado de un saloncito, al que no faltaba el cuadro de nebulosos paisajes norteños, cabaña junto al río, y arces en perspectiva, tanto más irreal cuanto que había sido derribado el tabique que lo separaba de una inmensa y destartalada cocina, y que parecía, a escala recuperada, uno de los cuartitos de una casa de muñecas. Con todo, lo más inquietante eran los objetos que aún se hallaban en las habitaciones: libros, discos, DVDs, y revistas de distintos años constituían la prueba insidiosa de que aquella casa había sido vivida con calor y plenitud; era, pues, fácil distinguir aún cuál había sido la habitación de los niños, ya más que adolescentes en el momento de la marcha, y cuál la de los padres; en ella podían verse en el suelo, ausentes de pudor, un par de babuchas de paño tal que revoleadas, y unas gafas cuidadosamente dobladas, cuya montura plateada, y su descomunal grosor, las identificaban como propiedad de una persona no ciertamente joven. Me perturbó particularmente este último objeto, por el aire de orden que proporcionaba a un cuadro de desorden y de aparente huida precipitada.

 

         Nuestros amigos sorteaban hábilmente estos objetos en la descripción de sus sueños de futuro, pero yo estuve varias veces tentado de agacharme a examinarlos, y, si no lo hice, fue por las miradas inquisitivas de mi mujer, siempre atenta a mis silencios. Me intrigaba saber cuál había sido el sentir de esas personas al hacer arqueología de su existencia, y cuáles habían sido los criterios para haber desechado esas pertenencias en concreto. Eran, probablemente, el fondo del cajón, el bolsillo que se vacía volviéndolo del revés; habían quedado de nuevo a la luz, tramposos al par que desafiantes, la última retaguardia, los veteranos que avanzan a primera línea cuando el combate es ya desesperado.

 

         Como tampoco era asunto mío, acabé sumándome a las risas que producía en mi mujer la imitación que hacía Jose del acento gutural del pueblerino que iba a ser el capataz de la obra; ella contraatacó recordando aquella maldición neogitana de que te veas en una obra, que estas obras no son amores, añadí yo. Seguimos con estas chanzas y pullas en el ascensor, hasta despedirnos efusivamente, y María y mi mujer, primero en broma y luego no tanto, quedaron para ir juntas al Ikea a buscar muebles.