MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

domingo, 28 de junio de 2026

LOS AUSENTES

 


Matthiew Pillsbury et alii [Spencer Alley blog]

    

Pepa no vivía tranquila desde el desahucio de sus vecinos de al lado, los Pérez. Todo había sido muy rápido, y sin que ella se diera apenas cuenta. Cierto es que era una familia muy discreta; los dos trabajaban, aunque no conseguía recordar en qué, y tenían dos hijos pequeños. "Por no pagar", le dijeron en el patio de la vivienda cuando preguntó la causa del desahucio. "No pagar, eso no está bien", pensó Pepa. Si no hubiera visto por la mirilla de la puerta, desde donde controlaba todo lo que pasaba en la entreplanta que compartía con los Pérez, un fin de semana el amontonamiento apresurado de cajas de cartón, el ir y venir del sr. Pérez, y un par de hombres, no hubiera notado nada anormal; es verdad que últimamente los hábitos de la familia habían cambiado: no entraban y salían a las mismas horas que antaño, y un breve período de gritos y discusiones dio paso a un silencio creciente e inquietante; lo único que se mantenía fijo eran los movimientos de los niños, que iban y venían del colegio como siempre. Supo entretanto que los Pérez, primero él, y luego ella, habían perdido el trabajo. "Pues al parecer tienen una hipoteca de aúpa", escuchó comentar a un vecino. A ella le caía simpático el sr. Pérez, quien la saludaba siempre con esa cortesía apresurada que a nada compromete y siempre alivia. No obstante, una vez vio Pepa al sr. Pérez parado en mitad de la escalera, ("¿por qué no habrá cogido el ascensor?"), con un pie adelantado, y como si le costara subir; entonces, levantó la vista, y tardó quizás demasiado, un segundo tal vez de más en saludar a Pepa; ésta le devolvió el saludo un tanto azorada, y cogió el ascensor. Luego supo que llevaban dos meses sin pagar la comunidad. "No pagar; eso no está bien", concluyó Pepa.   Un día vio desde la mirilla a un policía, y a un hombre de traje y corbata con una carpeta de pie delante de la puerta de los Pérez, mientras otro tipo, en cuclillas, parecía manipular la cerradura. Pepa le preguntó a su sobrino el gafas, quien la visitaba con cierta frecuencia qué pasaría con el piso de los Pérez. "Probablemente, el banco intentará venderlo, o, en último extremo, subastarlo", respondió el sobrino a su tía solterona, a la que seguía frecuentando, igual que en su adolescencia, mayormente por sus excelentes guisos. "Y los Pérez, ¿podrían volver a comprar su piso?". El sobrino la miró, con cierta triste condescendencia, "tía, los Pérez tienen que seguir pagando el préstamo que les dio el banco para comprar su casa". "¡Eso es absurdo!, ¿cómo van a seguir pagando algo que les han quitado por no pagar?". Entonces, el sobrino irguió el mentón, y puso la voz campanuda: "tía, el gobierno permitió a los bancos hacer una nueva tasación a la baja de los pisos sobrevalorados vendidos durante la burbuja inmobiliaria, y por mucho que les permitieran devolver el piso los Pérez como dación en pago, seguirían debiendo dinero al banco". Pepa asintió aunque no había entendido casi nada de lo que le había dicho el listillo de su sobrino, que a pesar de sus 40 años, seguía pareciendo el niño regordete al que le gustaba pellizcar los cachetes. "El gobierno, -pensó-, ¿cuál?, ¿el que yo voto o el otro?". Qué importaba, pues habían permitido que les pasara eso a los Pérez; y el banco, ¿no podía haber esperado a que los Pérez encontraran un trabajo?". Su sobrino chasqueó la lengua, y negó con la cabeza, antes las reflexiones espontáneas de su testaruda pariente. "Tía, desgraciadamente, el mundo no funciona según tu lógica de perogrullo, todo es mucho más.…" "¿Sabes cuál es el banco de los Pérez?", le interrumpió Pepa.

-¿cómo quieres que lo sepa, tía?

 -Espera -dijo Pepa, y trajo al sobrino dos viejas carpetas- toma, ya te toca echarle un vistazo a mis papeles, que hace tiempo que no me los miras; que se note que has hecho una carrera.   

Con un gesto mecánico, el gafas abrió una de las abultadas carpetas, y un reguero de facturas, recibos, y comunicaciones bancarias se desparramó sobre sus rodillas.   

-¿Qué pretendes, tía?

 -Quiero saber si le debo algo al banco. 

El sobrino estalló en una risa floja, que su tía acogió impertérrita. 

No, si tu madre va a tener razón cuando decía que eras tonto -pensó Pepa.

 -De acuerdo, tía -dijo ahogándose de risa-, le pararemos los pies a ésos del banco; no te preocupes.   

        Desde entonces, Pepa redobló la vigilancia de la entreplanta, pues los meses iban transcurriendo, y los nuevos vecinos no llegaban. Ella, que se pasaba las tardes viendo los programas de cotilleo, quitaba el volumen del televisor, cuando creía oír algún ruido, y se asomaba a la mirilla, sobresaltada, después de que vio en la tele un reportaje sobre una gente rara llamada "okupas", que se metía en las casas embargadas; también vio en la tele las manifestaciones y las sentadas que se hacían para parar desahucios. Los Pérez no hubieran dado ese espectáculo, eran gente muy discreta -pensó Pepa con desagrado.

    Su susto fue mayúsculo cuando supo que había gente que iba por los bloques buscando expresamente pisos embargados, para vender a otros "la patada en la puerta". Algo hay que hacer- pensó Pepa, y preguntó en la vecindad qué había sido de los Pérez; le llegaron noticias confusas de que la mujer estaba con los niños en casa de sus padres, y de que el marido no estaba ya con ellos.   

-Quiero que me traigas un perro - le dijo un día a su rollizo sobrino. 

-¿Qué dices, tía?, un perro... ¿para qué?, si a ti nunca te han gustado los animales... 

-Me siento muy sola, y el perro dicen que hace mucha compañía. 

-Pero, tía, un perro hay que cuidarlo, vacunarlo, sacarlo a pasear.... Yo podría venir más a menudo -pensó- pero frunció los labios en el acto. 

-Tú no te preocupes por eso, y haz lo que te pide tu tía Pepa; por cierto, quiero que no sea muy alto, para tenerlo en el piso, pero que ladre fuerte como los grandes; ¡ah!, y no te vayas por las ramas con el precio.

    El sobrino asintió, ya acostumbrado a las rarezas de la solterona.  Pepa ya no sería así menos que la vecina del bajo, que paseaba su insufrible Yorkshire como si fuera un mastín; pequeño, sí pero que ladraba con un falsete agudo desesperado e inextinguible a cualquiera que osara franquear la puerta de la finca. Atenta, por ende, a las recurrentes recomendaciones que se daban en la tele, para protegerse de los ladrones durante la ausencia vacacional, comenzó Pepa a revisar el buzón de los Pérez, y a sacar con la mano como mejor podía las cartas y folletos que ya rebosaban, y que serían indicio para los "okupas", y sus rastreadores de que las viviendas vacías. 

-¿Qué es eso? -preguntó Pepa señalando al negro bulto cuadrúpedo y saltarín que se enredaba entre las piernas de su sobrino delante de su puerta. 

-Es el perro que me pediste. 

-¿negro? -sólo acertó a preguntar la vieja dama, fascinada por la elasticidad de la criatura. 

-Te lo he traído de una protectora de animales, tía; así no te ha costado nada, y ya viene vacunado. La gente que va allí a adoptar no suele querer perros negros, y son los que se quedan más tiempo en riesgo de que los sacrifiquen, me lo ha dicho una amiga mía que trabaja, allí y me ha facilitado la adopción - dijo el sobrino con una media sonrisa. "Vaya, a ver si sientas ya la cabeza", pensó Pepa, quien no dejaba de mirar con cierta aprensión al can que la contemplaba de hito en hito con la lengua afuera. 

-¿Y ladra?

 -Bueno, imagino que sí...Por cierto se llama... 

-Lelo, se llama Lelo, igual que tú; anda entra.   

    Pepa estuvo, pues, unos meses muy entretenida con su inquilino. Le enseñó dónde podía sentarse, dónde no podía dormir, ni hacer sus necesidades, y aprendió a sacarlo a pasear, actividad a la que acabó cogiéndole gusto. Entretanto, descubrió que el perro no ladraba, sino que emitía una especie de ahogados aullidos, eso sí, un tanto espeluznantes. Sea como fuere, a Pepa la llenaba de orgullo el encontrarse en el vestíbulo del edificio con el perro escandaloso de la vecina del bajo, y ver cómo éste retrocedía entre agudos ladridos ante el arrugado hocico tembloroso y amenazante de Lelo. "Maricón, no vales pa ná", pensaba Pepa, mientras franqueaba el portal de la finca. El hecho de sacar de paseo al perro varias veces al día, le había llevado al hábito de contar con cierto detenimiento el amplio número de carteles anaranjados -su tono variaba en función del tiempo que llevaran expuestos a la intemperie-, que anunciaban la venta o alquiler de pisos. No podía entonces evitar pensar en los Pérez. Su pensamiento volvía a ellos cuando en su ocioso deambular pasaban por delante de alguna oficina bancaria, con sus chillones colores azules, rojos, o naranjas; Pepa miraba con cierta absorta atención -algo que nunca le había ocurrido hasta entonces-, los carteles que cubrían ocasionalmente las cristaleras, y que reproducían a gentes sonrientes que parecían tender una mano invitando a entrar. "Desalmados", pensaba Pepa sin entender muy bien por qué.   

    Un día Pepa oyó unos pasos en el pasillo de la entreplanta, y se pegó a la mirilla de la puerta: un hombre de mediana edad, y aspecto un tanto desastrado, llamaba al timbre de la puerta de los Pérez, mientras echaba miradas aparentemente distraídas a su alrededor. Pepa no llegó nunca a comprender de dónde sacó el valor para abrir la puerta de golpe, y encarar al extraño. 

-¡Buenos días! ¿qué desea? - le espetó Pepa, mientras Lelo se escurría entre sus piernas, y se allegaba sumisamente al desconocido para olisquearle los pies. 

-Buenos días, señora. Venía a pedir una ayuda, pero aquí parece que no vive nadie... -respondió el hirsuto individuo, quien sonreía con una extraña mueca, y ya tendía una mano amarillenta a la anciana. 

-Se equivoca. Mis vecinos han tenido que ir al hospital a atender a un familiar, pero yo me encargo de cogerles los recados. No, no tengo nada, lo siento. Buenos días. 

Pepa cerró la puerta detrás de sí, dando a Lelo justo el tiempo de pasar el umbral.

    Cuando se fue el extraño, Pepa salió de nuevo al descansillo, y se paró delante de la puerta de los Pérez. Efectivamente, mostraba un aspecto descuidado en sus goznes y en su pomo que delataba el abandono. "Dios sabe cómo estará el interior después de tantos meses". La anciana compró, pues, un producto limpiador para dejar la puerta reluciente como una patena, lo que no dejó de provocar el estupor de la limpiadora del edificio, para íntimo regocijo de Pepa.   

    Durante los meses siguientes, el piso de los Pérez monopolizó casi por completo los sueños de su vecina. De tal suerte, Pepa soñaba en ocasiones que se encontraba dentro del apartamento con sus avíos de limpieza, pero angustiada por la certeza de que en unos minutos llegaría una pareja a ver el piso, y de que ella era la encargada de mostrárselo; otras veces, se veía a ella misma en el luminoso y acogedor salón de la familia -cuyo hogar nunca por cierto había visitado-, sentada, y viendo la tele, mientras escuchaba en la cocina anexa hablar y reír al matrimonio Pérez; este sueño, empero, acababa alguna vez en sobresalto, si, al abrirse la puerta de la cocina, en lugar de la sonriente sra. Pérez ofreciéndole un café, aparecía el sr. Pérez sólo en calzoncillos mirándola con la expresión de aquel día en la escalera, o surgía un gitano tocando la trompeta detrás de una cabra. Si Pepa se diera maña para dibujar -pensaba-, podría levantar un plano de la casa de sus vecinos, de tantas veces que la había visitado en sueños. Siempre lamentaba, no obstante, no llevar nunca un regalo para los niños.   

    La obsequiosa vecina se sentía ya incapaz de contar el tiempo que había pasado desde el desahucio de los Pérez, ¿un año?, ¿dos? Una mañana que salía de su casa con Lelo, se quedó observando la entreplanta, y sintió que echaba algo en falta. Claro, ¡qué tonta he sido! -pensó. Pepa salió de la tienda de los chinos, con una bolsa de plástico combada por el peso de los dos objetos que contenía en su interior. Volvió, pues, sigilosa a su casa, y salió al descansillo muy atenta a los posibles pasos en la escalera o al ruido del ascensor que subiera. Colocó cuidadosamente un felpudo ante la puerta de sus vecinos ausentes, y otro delante de la suya; los había comprado con letras rojas para los Pérez, que son más llamativas, y verdes para ella. Tras advertirle a Lelo de que allí no podía hacer pipí, leyó las letras incomprensibles del felpudo. "uel-come", repitió para sí misma, y se giró para entrar en su casa, chasqueando la lengua con un gesto de satisfacción.


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