MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

domingo, 23 de febrero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (V)





Rinko Kawauchi



M. escuchó la risa cantarina de la chica oriental, cuando dio una culada al intentar incorporarse precipitadamente para enrostrar al nuevo vecino del ático. Tuvo la impresión fugaz de que los ojos rasgados de la joven, que lo miraban fijamente, estaban de algún modo desconectados muscularmente de la boca dentada que reía de su aspecto en el suelo, con las piernas abiertas y recogidas, y las dos manos apoyadas en el suelo detrás de su espalda.

-“Levántese, amigo M.” -dijo Labasú en el tono difusamente cordial de un médico, y éste dio un brinco y se puso de pie con una agilidad que no correspondía con su pinta abotargada, mientras sentía que el calor del rubor se le subía al rostro-. “Se ha caído usted por intentar recoger mi tarjeta, ¡qué considerado es usted!, y qué muestra más natural de aprecio me ha ofrecido; pero no se preocupe, ¡tengo muchas!” El vecino se volvió entonces a la joven, a la que habló en una especie de jerigonza incomprensible para M., y ésta, tras hacer un leve inclinación de cabeza, sacó una tarjeta de uno de los bolsillos delanteros de su ajustado pantalón, y se la tendió, para agacharse de continuo ágilmente y recoger la tarjeta sucia y arrugada que había atrapado bajo su calzado.

“Tome, M.” -le dijo el vecino tendiéndole el trozo de cartulina, al tiempo que lo tomaba suavemente por un codo-. M. giró la cabeza en dirección a la chica, pero había desaparecido de su vista.

-“Quisiera que me acompañara, si es usted tan amable, a la zona del pescado. Para que me recomiende algo, es la primera vez que vengo.”

-“¡coño!, ¡y la china!...”, acertó sólo a pensar M. antes de que Labasú lo condujera con suavidad pero con firmeza al interior del mercado.

Y así entraron en la zona de la pescadería; una hilera de puestos blancos separados por tabiques alicatados e iluminados por lámparas se sucedían en doble hilera enfrentada. “¡Hum! -murmuró el artista-, algunos de estos pecados tienen peor aspecto que ciertos precitos...” Comenzó a preguntarse M. a qué precintos se refería, cuando una risa estrenduosa resonó al lado del vecino.

-“¡Es verdad!, Agar, ¡joder!, ¡qué mala pinta tiene ese pescado!, ¡me cago en la hostia!” Ya pudo M. olvidarse rápidamente de la china, al contemplar a ese nuevo individuo que se había pegado al lado de su acompañante: un tipo muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que los observaba con una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos desbordaban de unas sandalias mugrientas. Aunque lo que más impresionaría a M. -si hubiera sido un observador sensible- sería el rostro del sujeto, una cara rectangular de barbilla saliente y como esculpida en granito, que se antojaba el espolón de unos duros pómulos que protegían una nariz plana y medio hundida en ese mascarón agresivo que se prolongaba hacia arriba en una frente elevada y huidiza en la que nacía un pelo corto y canoso que empezaba a ralear; el labio superior de una boca vivaracha y de dientes amarillentos tendía a unirse cuando hablaba con la nariz que se arrugaba en un mohín que parecía reflejar un asco y desdén constante.

“Hola, Lorai, te presento a M., vecino y presidente de la comunidad de la finca...”

“¿Es éste? -dijo el llamado Lorai, señalando a M. con un dedo huesudo, el rictus aludido del labio, y sin intención aparente de darle la mano-, ¡no me jodas!”. Se quedó mirando un segundo a Labasú, mordiéndose un labio, y se giró de seguido a los puestos de pescado, mientras caminaban los tres.

-“Mirad, esa merluza tiene pinta de estar resfriada, de las veces que la habrán sacado y metido en las cámaras; ¡eh!, ¿por qué esos puestos no tienen el pescado sobre hielo?, ¡qué mal huele aquí! -el tal Lorai hablaba cada vez más alto, agitando sus manos huesudas, que parecían sacadas de un grabado de anatomista, atrayendo las miradas de algunos paisanos-, ¡eh!, ese tipo se está tomando un botellín en el mostrador, y, ¡anda, la hostia!, ese otro se está fumando disimuladamente un cigarrito en un rincón del puesto… Sí, tú, ¿qué miras?, ¡y en ese otro dicen que no limpian el pescado!, ¡claro, acabáramos!, así está de brazos cruzados, el tío…, ¿A dónde me has traído, Agar?, ¿era necesario esto? Me voy a la playa a ver cómo es”.

Y dicho y hecho, se dio la vuelta, y desapareció raudo entre un mar de carritos de la compra.

“Disculpe usted a Lorai, M. -dijo Labasú sin que éste tuviera tiempo de decir nada, aunque el rápido parpadeo de sus ojos tras sus gafas, indicaba el azoramiento y el enfado de M.-. Ya se sabe lo que se dice de las gentes del Norte, todo impulsividad y franqueza. Además, Lorai ha tenido una vida difícil, pero cuando se le conoce mejor se lo acaba apreciando, ya verá”.

M. detuvo el paso delante del puesto de un pescadero amigo suyo, y se hicieron las debidas presentaciones. El nuevo vecino repitió su nombre ante las vacilaciones de M., que apretaba en un puño la nueva tarjeta recibida, para hablar luego brevemente con el pescadero sobre el género a la venta. Decididamente, M. odiaba a ese tipo.


“Bueno, M., debo dejarle. Muchas gracias de nuevo por sus consejos. Mandaré a Lorai a comprar alguna vez a este puesto de su amigo, si es que puede soportarlo” -se despidió el vecino del ático con una amplia sonrisa y un leve gesto de la mano.

domingo, 9 de febrero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (IV)




Tania Franco Klein




Unos alaridos o berridos preludieron el desencadenamiento de una música atronadora en el piso de arriba. M. se levantó del sofá lanzando sordos exabruptos: era hora de ir a hacer algunos mandados. Se puso una camiseta negra, que creía que le estilizaba, y gorra de visera del mismo color, y bajó las escaleras; atravesó el vestíbulo donde estaba el bidón de la discordia, y pasó por su lado sin levantar su tapa; se rascó la barriga y abrió la puerta mal encajada. Era un nuevo día. Iría al mercado cercano a ver a su mujer en el puesto de verduras que poseía, y luego pasaría por el colmado a por un litro de cerveza. Lanzó una mirada aviesa de soslayo al camarero del bar situado debajo de su casa, que empezaba a montar las mesas para el público.

Las calles no estaban aún muy concurridas: algún ciclista sonámbulo, empeñado en un videojuego mental de no echar jamás pie a tierra y de esquivar a los medrosos peatones como obstáculos, y algunos vecinos paseando a sus cohortes de perros de cuerdas multicolores. Algún chucho suelto se acercaba a la falange, y provocaba un lío inextricable de correas entre los canes rampantes, a cuyo alboroto acudía el dueño despistado del perro desatado, riendo las gracias de su chucho o no, según la cara del auriga canino. Un tipo de nariz gorda y verrugosa comenzaba a montar su puesto de ostiones en los aledaños de otro bar de la calle; los vendía como viagra local con su voz aguardentosa, pero la imagen que más podría convenir sería la de una ruleta rusa para turistas incautos, los únicos que los compraban y consumían alegremente, al tiempo que constituían los solos clientes de algún que otro bar de la zona que los parroquianos no frecuentaban por falta de temeridad. “¡Qué pasa, picha!”, saludó M. al tipo al pasar a su lado; sus fosas nasales se expandieron instintivamente, pero aún era algo pronto para que se las llenara el olor de aceite requemado de alguna cocina de bar. Esquivando algún orín del suelo, accedió finalmente al mercado.

Su mujer lo vio llegar a su puesto de verduras con un quinto de cerveza en la mano. “¿Qué M.?, ¿de sabadito?”, le preguntó una señora ya añosa aferrada a su carrito, con una afabilidad que contrastaba con el ademán antipático de su mujer (M. podría haber dicho en su descargo que era el gesto que su esposa prodigaba a todo el mundo, clientes incluidos). “Sí, señora; hoy no trabajo, ¡sus muertos!”, respondió M. mirando por encima de la anciana a un puesto de comidas cercano. Apoyó entonces un codo en una esquina mientras apuraba su cerveza, y su santa atendía a los clientes. En un momento en que no había nadie la verdulera le habló:

-“¿Has sabido algo del nuevo del ático? No me gusta ese tipo. Parece como maricón, y esa pinta...”.

-“No, nada nuevo -dijo M., desperezándose-; si casi nadie en la finca sabe que se ha ido el joputa”.

-“Mira quién viene por ahí -dijo la verdulera haciendo un leve gesto con su cabeza-”. M. miró hacia donde indicaba su cónyuge y vio a una mujer que andaba arrastrado una pierna, cuyo paso forzado acentuaba el balanceo de un brazo inerte. “La que trabajaba en el Ayuntamiento, ¡se daba unos aires!, y mírala ahora”. M. no prestaba atención a sus palabras; en su mente volvió a surgir la imagen del tipo de nombre tan raro. Metió la mano en un bolsillo, y rozó los pliegues de un cartón arrugado. ¡La tarjeta!, ¿es que la había guardado en ese pantalón? M. desplegó la tarjeta con dos dedos mientras daba otro buche al botellín, y ladeándose inconscientemente como si no quisiera que nadie lo viera, leyó para sí el nombre: “AGAR LABASÚ. Artista”. M. escudriñó por encima de las gafas los caracteres góticos. Escritor y pintor, había dicho el administrador que era. Y, ¿por qué había venido a vivir allí? Es cierto que el ático era muy bueno, amplio, tranquilo, soleado, y con unas magníficas vistas -recordaba M. de las veces que subió allí cuando todavía se hablaba con el anterior propietario, y miraba todo con ojos desencajados-, y ahora debía de valer una pasta con la plaza de garaje incluido (¡sus muertos!). Pero el barrio era popular, y esos tipos… Debía de ser un bohemio, o un caprichoso… ¡Espera! -pensó M.-, voy a mirarlo en Google. Sacó el móvil, y tecleó el nombre tras meterse el botellín vacío en un bolsillo: vio entonces una serie de entradas en inglés, y en otra lengua desconocida para él; arrugó el ceño, la única palabra que le resultaba fácilmente reconocible era “museum”. ¡Bah!, pensó y se guardó el teléfono en el otro bolsillo con el gesto del niño que pasa de un trasto a otro cuando el primero se le resiste. Y la tarjeta… ¿dónde estaba? M. se miró la protuberante barriga, y luego delante de sí: ahí, estaba en el suelo, en medio de la gente que pasaba delante del puesto. Avanzó hacia ella, y cuando iba a agacharse, una repentina corriente de aire se la llevó volando.

¡M.!”, gritó su mujer, pero M. no la escuchaba, y fue a coger el papelito unos metros más allá. Mientras se inclinaba de nuevo trabajosamente, vio cómo una bota lustrosa pisaba la tarjeta. Acuclillado, M. levantó la vista, que montó de unos pechos puntiagudos enfundados en un jersey negro de cuello vuelto al rostro de mandíbula cuadrada de una chica oriental que le mostraba una doble hilera de dientes lactescentes en el marco de una media melena de pelo negrísimo con flequillo cortado a tazón.


¡Hombre! -giró M. el cuello a la izquierda sin levantarse al reconocer la voz de Labasú-, ¡si tenemos aquí a nuestro querido presidente!”.