Rinko Kawauchi
M. escuchó la risa cantarina de
la chica oriental, cuando dio una culada al intentar incorporarse
precipitadamente para enrostrar al nuevo vecino del ático. Tuvo la
impresión fugaz de que los ojos rasgados de la joven, que lo miraban
fijamente, estaban de algún modo desconectados muscularmente de la
boca dentada que reía de su aspecto en el suelo, con las piernas
abiertas y recogidas, y las dos manos apoyadas en el suelo detrás de
su espalda.
-“Levántese, amigo M.” -dijo
Labasú en el tono difusamente cordial de un médico, y éste dio un
brinco y se puso de pie con una agilidad que no correspondía con su
pinta abotargada, mientras sentía que el calor del rubor se le subía
al rostro-. “Se ha caído usted por intentar recoger mi tarjeta,
¡qué considerado es usted!, y qué muestra más natural de aprecio
me ha ofrecido; pero no se preocupe, ¡tengo muchas!” El vecino se
volvió entonces a la joven, a la que habló en una especie de
jerigonza incomprensible para M., y ésta, tras hacer un leve
inclinación de cabeza, sacó una tarjeta de uno de los bolsillos
delanteros de su ajustado pantalón, y se la tendió, para agacharse
de continuo ágilmente y recoger la tarjeta sucia y arrugada que
había atrapado bajo su calzado.
“Tome, M.” -le dijo el vecino
tendiéndole el trozo de cartulina, al tiempo que lo tomaba
suavemente por un codo-. M. giró la cabeza en dirección a la chica,
pero había desaparecido de su vista.
-“Quisiera que me acompañara,
si es usted tan amable, a la zona del pescado. Para que me recomiende
algo, es la primera vez que vengo.”
-“¡coño!,
¡y la china!...”, acertó sólo a pensar M. antes de que Labasú
lo condujera con suavidad pero con firmeza al interior del mercado.
Y así entraron en la zona de la
pescadería; una hilera de puestos blancos separados por tabiques
alicatados e iluminados por lámparas se sucedían en doble hilera
enfrentada. “¡Hum! -murmuró el artista-, algunos de estos pecados
tienen peor aspecto que ciertos precitos...” Comenzó a preguntarse
M. a qué precintos se refería, cuando una risa estrenduosa resonó
al lado del vecino.
-“¡Es verdad!, Agar, ¡joder!,
¡qué mala pinta tiene ese pescado!, ¡me cago en la hostia!” Ya
pudo M. olvidarse rápidamente de la china, al contemplar a ese nuevo
individuo que se había pegado al lado de su acompañante: un tipo
muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que los observaba con
una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura
redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y
unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos
pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos
desbordaban de unas sandalias mugrientas. Aunque lo que más
impresionaría a M. -si hubiera sido un observador sensible- sería
el rostro del sujeto, una cara rectangular de barbilla saliente y
como esculpida en granito, que se antojaba el espolón de unos duros
pómulos que protegían una nariz plana y medio hundida en ese
mascarón agresivo que se prolongaba hacia arriba en una frente
elevada y huidiza en la que nacía un pelo corto y canoso que
empezaba a ralear; el labio superior de una boca vivaracha y de
dientes amarillentos tendía a unirse cuando hablaba con la nariz que
se arrugaba en un mohín que parecía reflejar un asco y desdén
constante.
“Hola, Lorai, te presento a M.,
vecino y presidente de la comunidad de la finca...”
“¿Es éste? -dijo el llamado
Lorai, señalando a M. con un dedo huesudo, el rictus
aludido del labio,
y sin intención aparente de darle la mano-, ¡no me jodas!”. Se
quedó mirando un segundo a Labasú, mordiéndose un labio, y se giró
de seguido a los puestos de pescado, mientras caminaban los tres.
-“Mirad, esa merluza tiene
pinta de estar resfriada, de las veces que la habrán sacado y metido
en las cámaras; ¡eh!, ¿por qué esos puestos no tienen el pescado
sobre hielo?, ¡qué mal huele aquí! -el tal Lorai hablaba cada vez
más alto, agitando sus manos huesudas, que parecían sacadas de un
grabado de anatomista, atrayendo las miradas de algunos paisanos-,
¡eh!, ese tipo se está tomando un botellín en el mostrador, y,
¡anda, la hostia!, ese otro se está fumando disimuladamente un
cigarrito en un rincón del puesto… Sí, tú, ¿qué miras?, ¡y en
ese otro dicen que no limpian el pescado!, ¡claro, acabáramos!, así
está de brazos cruzados, el tío…, ¿A dónde me has traído,
Agar?, ¿era necesario esto? Me voy a la playa a ver cómo es”.
Y dicho y hecho, se dio la
vuelta, y desapareció raudo entre un mar de carritos de la compra.
“Disculpe usted a Lorai, M.
-dijo Labasú sin que éste tuviera tiempo de decir nada, aunque el
rápido parpadeo de sus ojos tras sus gafas, indicaba el azoramiento
y el enfado de M.-. Ya se sabe lo que se dice de las gentes del
Norte, todo impulsividad y franqueza. Además, Lorai ha tenido una
vida difícil, pero cuando se le conoce mejor se lo acaba apreciando,
ya verá”.
M. detuvo el paso delante del
puesto de un pescadero amigo suyo, y se hicieron las debidas
presentaciones. El nuevo vecino repitió su nombre ante las
vacilaciones de M., que apretaba en un puño la nueva tarjeta
recibida, para hablar luego brevemente con el pescadero sobre el
género a la venta. Decididamente, M. odiaba a ese tipo.
“Bueno, M., debo dejarle.
Muchas gracias de nuevo por sus consejos. Mandaré a Lorai a comprar
alguna vez a este puesto de su amigo, si es que puede soportarlo”
-se despidió el vecino del ático con una amplia sonrisa y un leve
gesto de la mano.


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