MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL
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viernes, 18 de agosto de 2017

LA ENFERMEDAD MORTAL




En su obra La enfermedad mortal o Tratado de la desesperación, Sören Kierkeegard considera a ésta como el pecado definitivo, cuya otra cara sería la fe, al separar al yo de su fundamento que es Dios, provocando su perdición, y analiza dialécticamente sus varias formas. Ésta adopta, por ejemplo, la forma de escándalo bajo el tipo de la desesperación del perdón de los pecados, es decir, la creencia de que no existe perdón para éstos, lo cual implicaría, para la escatología cristiana, la imposibilidad de acceder al Cielo, y para la especifícamente católica, la imposibilidad del sacramento de la confesión.
En este tema incide la película Afterdeath (02015), que me ha obsesionado -más que gustado- hasta el punto de verla varias veces. En ella un grupo de jóvenes, fallecidos en el derrumbe de una discoteca, se reencuentran en un escenario logradamente onírico: una casa a orillas de una playa a la que arriban como después de un naufragio, en cuya arena encuentran la inscripción Even the good are damned "Incluso los buenos están condenados". Tabula rasa, es por otra parte, el lema que encuentran junto a la puerta de la casa, batida regularmente por la luz de un faro que los atormenta. Las habitaciones de la casa están formadas a partir de los recuerdos de los distintos jóvenes difuntos. En ella topan con una demónica presencia en forma de humo azulado, que se enerva ante la manifestación o confesión de sus pecados, y que les acabará revelando que se encuentran en la antesala del infierno, una especie de purgatorio fallido y sin esperanza, pues ninguno puede redimir sus pecados, que son, como dice uno de los personajes, "un cáncer, un seguro de eternidad (en el infierno)", lo que lleva -última revelación aterradora- a que el Cielo esté vacío. Mientras que el espacio alrededor de la casa va desapareciendo y comprimiéndose, la desesperación les lleva a pensar que si uno de ellos, pecador, consigue entrar en el Cielo, desaparecerá el Más Allá, "y la gente podrá vivir sus vidas en paz".
La película en su aspecto visual, resulta interesante por la parquedad de los elementos empleados, el faro, que oníricamente siempre está, como en el sueño de Homero, a la misma distancia por mucho que los difuntos intenten acercarse a él, la playa, y la casa que hace pensar en el famoso cuadro de Wyeth:






Por otra parte, el faro me recuerda el de la novela de Jules Verne "El faro del fin del mundo", inspirada en el auténtico situado en el extremo sur del continente sudamericano, y que puede haber inspirado la imaginación de los directores.



Así, el faro o la forma de la que es variante, la torre, puede aparecer como antisímbolo de esperanza, en obras como ésta de Arturo Nathan:





Este sucinto decorado confluye para crear una atmósfera claustrofóbicamente doméstica, en la que los personajes ilustran una idea negativa de la religión en su aspecto salvífico. La justificación por la fe y no por las obras, característica del Protestantismo, no me parece ajena a la base argumental de esta película inglesa. Una vez perdida la fe, sólo cabe concebir los aspectos negativos del presunto Más Allá, pues como afirma san Pablo en su epístola a los Romanos 3, 23 -cita que abre la película-: "Porque todos pecaron, y se hallan privados de la gloria de Dios". Así pues, incluso los buenos se condenarán, pues no pueden librarse de la huella indeleble del pecado, inherente al ser humano.


domingo, 14 de agosto de 2016

ESTRELLAS





Se habla mucho estos días de las estrellas fugaces, ese enjambre de meteoritos visibles conocidos como Perseidas. Dada la llamada contaminación lumínica de las ciudades, es necesario ir a un descampado para observarlas en su fugaz esplendor. También pueden observarse desde un barco en alta mar; ver un cielo estrellado en la casi más profunda oscuridad fue una de mis mejores experiencias de un crucero que realicé años ha. La proa estaba completamente a oscuras, con algunos escasos pasajeros sentados en hamacas contemplando ese helada negrura tachonada de miríadas de puntos luminosos de sobrecogedora belleza.
Hubo un tiempo en que me interesaba mucho por las constelaciones. Compré, pues, hace poco, los Astronomica de Manilio de la Loeb Classical Library, y sigue en la lista de espera de mis lecturas latinas, pues sigo saborendo el Lucrecio de Agustín García-Calvo. Últimamente, empero, ese decorado fijo que luce sobre mi terraza me atrae menos en su absurdamente lejana certitud. Abismáticas distancias que hacen ociosa cualquier consideración sobre visitas de OVNIs. Dice Claude Lévi-Strauss en sus Tristes Tropiques que la humanidad sólo viviría una experiencia similar a la del descubrimiento de América si se descubriera vida inteligente en algún planeta. La gran diferencia -afirma- está en que esas distancias son teóricamente superables, mientras que los hombres de Colón temían dar con la nada exterminadora. Por otra parte, C. S. Lewis en su libro Los milagros defendía que el descubrimiento de vida racional en otro planeta no invalidaría el principio de la Redención: sólo probaría, en su opinión, que la Providencia divina habría dispuesto de otra forma de Salvación para estos seres. Retruécanos del ingenio o no, ese tan deseado giro copernicano de la humanidad no le serviría de mucho a un planeta tan alejado en siderales años-luz de cualquier posibilidad de contacto, dejándonos durante siglos aún en nuestra prístina deriva solitaria, enamorados, a la par que hastiados, de nosotros mismos y de nuestra angustia exploradora.





Imagen: Joseph Cornell, 01954, vía Art Blart blog.

sábado, 31 de agosto de 2013

RECUERDOS DEL JAPÓN (III)


“Bosque de árboles secos”. Frente al muro, los ojos
entrecerrados, sentía la inmovilidad de mi nuca,
dolores de mis rodillas, desaparición de mis piernas.
Oía el roce definitivo de la madera
contra la áspera tela de las túnicas negras.
El palmetazo en la espalda a hueco de mundos sonaba.
En el silencio ensordecedor se acolchaba la mente.
Se diluía mi yo sin palabras a que aferrarse.
Me hundía en la mismidad del rumor de la calle y los pájaros,
cuyo trino pausado eterno vibraba en mis huesos.
Paz y olvido más acá de la muerte presente
entre esas cuatro paredes, trasunto del Universo.
Insoportable de nítida la realidad resultaba
mientras abría los ojos, y el mundo y sus signos fraguaban
de nuevo; lo más lejos era que un hombre sin Dios llegaría.

(2008)


Imagen: zazen

sábado, 24 de agosto de 2013

RECUERDOS DEL JAPÓN (II)


Fue gracias a unos amigos del grupo de práctica de Tai Chi que supe a mediados de los años 90 que había cerca de Cádiz un dojo o centro de meditación zen, o za-zen "meditación sentado", según los principios del budismo zen japonés introducidos modernamente en Occidente por el maestro Taisen Deshimaru. Efectivamente, se encontraba en una localidad de la provincia, y, supe al poco de frecuentarlo, que había otro centro de meditación budista, en este caso tibetana, ¡en la misma calle! Ignoro si los parroquianos estaban al tanto de lo que pasaba tras aquella puerta sin reclamos, de aluminio y cristal esmerilado de apariencia tan poco oriental. Aquel dojo era un parvo local con un vestíbulo enmoquetado, dotado de un biombo y de percheros para cambiarse, donde los veteranos se vestían sus kolomos, o trajes negros de monje, y sus kesa; se pasaba de allí por un arco, a uno de cuyos lados se hallaban apilados los zafus o cojines de meditación, al tatami o sala de meditación en cuyo centro se hallaba una mesa con un mantel blanco y algunos objetos budistas. Los practicantes entraban haciendo el gassho o saludo, y se colocaban a poca distancia el uno del otro (el espacio no daba para más), sentándose en su zafu frente a la pared encalada, y adoptando la postura del loto (cada cual en la medida de su elasticidad muscular, claro está); la meditación basada en la respiración abdominal y elusiva de la distracción del pensamiento, sólo era interrumpida por algún koan o enseñanza tradicional del godo, o guardián del dojo, breves frases que parecían brotar no de su garganta sino de alguna caverna profunda de su interior, y por su paseo ritual con el kyosaku, o bastón de monje zen, cuyos palmetazos eran requeridos por quien quisiera con un gassho, con el fin de aliviar la tensión de la espalda; al final de cada sesión se cantaba el Hannya Shigyo de cara a los símbolos del Buda (aunque el godo insistían en que no se trataba de una religión lo que se practicaba allí).
La experiencia de la meditación me era gratificante; se salía de aquel cubículo con la impresión de que los sentidos se habían limpiado y sensibilizado, con una calma poderosa, por así decirlo, y con una energía que no sé si podría compararse a una borrachera de oxígeno.
Me gustaba, pues, ir allí a pesar del dolor de las rodillas; con todo, me fui distanciando poco a poco de la práctica hasta cancelar totalmente las visitas al dojo; a ello no fue ajeno el hecho del abandono repentino del dojo por parte de su carismático godo, tras unas jornadas de meditación en el campo, a las que asistió un monje amigo suyo, quien le reprochó mesuradamente el que hubiera roto los lazos, digámoslo así, con el dojo-madre; el godo dio por zanjada la discusión con apretones de manos y risas, pero ya no volvió a ir más al dojo, sin dar ninguna explicación, dejando con un palmo de narices al pequeño grupo de practicantes que había aglutinado en torno a él.
Este incidente me hizo reflexionar en cómo cualquier filosofía, religión, o vías cualesquiera, pueden ser no más que un mero caparazón autojustificatorio si el individuo en cuestión está dominado por la soberbia, el egoísmo, y carece de un intelecto realmente profundo, cuna de una verdadera sabiduría; en trances posteriores de mi vida la práctica de la meditación no me ayudó por sí sola a resolver mis cuitas y dilemas, sino la búsqueda de la verdad de uno mismo en el choque, a veces brutal, con la realidad.
No obstante, a veces practico la respiración abdominal, y sé que aquel pequeño grupo de practicantes perseveró y persevera en el za-zen en su recoleto dojo, y los admiro por eso.
He encontrado, por ende, otros casos de gentes que utilizan la religión, retorciendo sus postulados, para justificar su modo de vida egoísta, y abusivo, lo que me ha demostrado que siempre se debe emplear la inteligencia en cualquier circunstancia, y no hacer nunca suspensión de ella.




Imagen: Taisen Deshimaru

lunes, 12 de agosto de 2013

NOCHE BLANCA DE LOS BARRIOS DEL PÓPULO Y SANTA MARÍA

Este evento, celebrado el pasado sábado bajo la organización de Cádiz Ilustrada, tenía como fin contribuir a la restauración del Monasterio de Santa María. Se realizaron visitas guiadas por los barrios del Pópulo y Santa María, y se abrieron de noche varias iglesias, que ofrecían diversas exposiciones, también guiadas. Fue una oportunidad singular de contemplar obras de arte que no son de acceso público, a pesar de mi prevención inicial de asistir a cualquiera de estas "noches blancas", que suponen per se un barbarismo lingüístico (la nuit blanche francesa, abriga el concepto de 'noche en vela, de vigilia'). El recorrido por el barrio del Pópulo, guiado por D. José Manuel Romo, nos llevó, entre otros lugares, por el antiguo colegio de San Martín (que fue el mío primero, y cuyo primer día, con su puerta y su campana, y yo diciéndole a mi madre que nos fuéramos, no he podido olvidar);





La llamada Casa del Almirante, uno de los edificios históricos civiles de la ciudad cerrado a cal y canto;


y ya fuera del barrio del Pópulo, cerrado por la antigua muralla medieval, y en los antiguos arrabales del barrio de Santa María (donde, por cierto, nací) visitamos la casa Lasquetty, antigua casa solariega recientemente restaurada como bloque de viviendas, y en la que se ofreció también un espectáculo flamenco;





situada como está a tiro de piedra de la iglesia de Santa María, de la que puede admirarse su singular fachada, y torre, dotada de celosías de las que se servían las monjas concepcionistas para otear la ciudad.



Más tarde visitamos la iglesia de San Juan de Dios, anexa al antiguo hospital del mismo nombre (donde nació un servidor), ahora residencia geriátrica. Aparte del interior de la iglesia, pudo visitarse, por turnos guiados, la sacristía, sita tras una pequeña puerta bajo el altar, y que parecía un polvoriento gabinete anticuario, en el que el tiempo se apretuja mixtificador contra el espacio menguante;









aunque la visita principal consistía en la Capilla Sacramental, recoleta y angosta, reservada a los monjes para su oración; una auténtica maravilla por su abigarramiento, y al mismo tiempo su incitación al recogimiento, con esos pequeños reclinatorios ante el altar, en cuyos espejos, ya sin azogue, se reflejaban obsesivamente las luces de la velas, que, como en un relato borgiano, debían multiplicar al infinito los reflejos en los azulejos de las paredes, convirtiendo en miríadas las órdenes religiosas allí representadas por un artista napolitano.












Concluimos la jornada visitando la iglesia de Santo Domingo, muy cercana a mi casa natal, así como de su sacristía;







Me impresionó la belleza del claustro, uno de esos recuerdos quizás negados a mi infancia;





En una capilla del claustro se ofrecía la exposición Domus Aurea, en la que llamaba la atención la riqueza de los brocados y orfebrería, pareja a la ingenuidad de la figuración religiosa, quintaesencia de una fe popular incapaz quizás de abstraerse del fulgor del oropel.












Fue, en fin, una oportunidad única, y quien sabe si irrepetible, de contemplar lugares y obras únicas de ese Cádiz quizás demasiado oculto; si el sueño es, como se dice, la medida de la felicidad vimos que alguno se quedó ya ahíto, y emprendimos el regreso.