MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL
Mostrando entradas con la etiqueta JAVIER MOLINA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JAVIER MOLINA. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de febrero de 2014

ARTE SOBRE PAPEL






En la central de arte PRÁCTIKA de Cádiz (c. Parlamento, 11) se expone hasta el próximo siete de marzo una muestra de la obra del pintor y grabador gaditano Javier Molina bajo el título genérico de "Sobre papel". Así, pueden contemplarse acuarelas sobre papel,




grabados en talla dulce,



y grabados calcográficos al aguafuerte, prendas del completo dominio que posee el artista de esta difícil técnica.









Junto a estas obras se exponen acuarelas y óleos sobre cartón,







La exposición cuenta asimismo con una muestra de obras al óleo de mayor tamaño del autor, como las tituladas "Tarde lluviosa", y "viernes".



Es un placer añadido poder disfrutar de la conversación del artista, dotado de una gran capacidad discursiva y de una profunda pasión artística y humana que transmite en el acto cuando habla de arte.





jueves, 6 de febrero de 2014

SOBRE PAPEL




Mañana es el vernissage de una exposición de obras sobre papel del pintor y grabador gaditano Javier Molina. Una excelente ocasión para reencontrarse con las densas atmósferas creadas por este artista singular.

viernes, 16 de marzo de 2012

CUADROS PARA UN BLOG (II)

Esta semana he terminado una copia infiel al acrílico de un cuadro de Paul Cézanne, La mer à l'Estaque (Musée d'Orsay, París), en el que trabajaba desde hace unos meses, y que me aconsejó iniciar mi amigo el pintor Javier Molina. Si es cierto que cada pintor tiene su técnica, a mi me ha costado adaptarme al estilo pictórico de Cézanne, salvaje, pero, al mismo tiempo, lleno de poesía y sutileza. Éste anticipa, y contiene in nuce todo lo que serán las vanguardias posteriores, al poner en primer plano la subjetividad de la percepción sobre la mímesis plástica, a diferencia, por ejemplo, de los impresionistas. Sobre un fondo fantasmagórico e irreal de montañas y cielos de azules y violetas, diluidos con tonos más cálidos en un casi imperceptible gradación de una extrema delicadeza, al que el mar blanquiazualado aporta un paréntesis de realidad y de calma, el pintor nos sumerge en un agreste y colorido paisaje boscoso, compuesto a base de manchas y agresivas pinceladas en diagonal a las que no falta la adustez puntillista de tonos más fríos en una especie de caos cromático del que la vista sólo se reposa en la medida en que toma distancia. La pintura es bella a la par que inquietante, y refleja la obsesión del pintor por este paisaje primigenio de la Provenza que frecuentó a partir de 1864, y que abandonó en 1902 por la proliferación, decía, de bípedos y de luz eléctrica. Intuición e impulso poético, en definitiva, que el pintor intenta materializar a veces como si intentara, más que pintarlo, rayarlo o grabarlo sobre el lienzo. El arte es inseparable del sufrimiento, pues, quizás, lo que merece la pena nace con dolor.

viernes, 10 de febrero de 2012

SAN BLAS EN BENAOCAZ

El viernes pasado fuimos a Benaocaz, que festejaba su fiesta mayor de san Blas, en compañía de mi amigo, el pintor Javier Molina y su compañera, Ángeles. Nos perdimos la tradicional procesión, pero, en cambio, disfrutamos de la amable y generosa hospitalidad del pintor José Antonio Martel durante ese fin de semana. Quizás no era el mejor momento para ir, dada la anunciada ola de frío siberiano, aunque se pudo soportar. Hacía mucho tiempo que no visitaba la sierra, y Benaocaz ya ni me acuerdo. A pesar del frío, disfruté de mis caminatas por el pueblo, y las ruinas del barrio nazarí, cuya entrada me hizo pensar en unas ruinas micénicas. Allí había un par de turistas, padre e hijo, cámara en ristre, que se escurrieron sin penetrar en esa calzada orlada de restos de muros; yo sí lo hice, y no me sorprendió -no sé por qué- ver un grupo de caballos pastando a su aire en un solar; éstos volvieron su pausada testa, y me miraron por un momento, y tuve la sensación de que me traspasaban como si nos separara una miríada de siglos.
El pueblo, enjambre de tortuosas callejuelas encaladas y en vaivén, vive a la sombra rocosa de la sierra, que parece sangrar en esplendorosos atardeceres. Pueblo de perros sueltos, que se muestran fugazmente por las esquinas desiertas, dejadas de vecinos quizás ensimismados en la contemplación de su lejanía y aislamiento, tímida certeza de desconocidas salitas.
La luna llena hacía aún más palmaria la desnudez esencial del paisaje urbanizado, sus oscuras conexiones con una inasible pulsión de eternidad, traducida en una leve inquietud e inexplicable sobrecogimiento.
La anchurosa casa del pintor Martel fue un agradable punto de encuentro, donde mi amigo Molina pudo demostrar su sapiencia culinaria, y tuvimos el placer de escuchar en la velada del sábado la cálida voz de la cantante Therese D'ascoli acompañada a la guitarra por J. C. Blanco, no mucho antes de que se fuera la luz en gran parte del pueblo para no volver ni siquiera a la hora de nuestra partida al mediodía del domingo. Gracias a Dios, la calefacción había estado encendida en el apartahotel en el que nos alojábamos hasta el momento del apagón, y pudimos pasar soportablemente la fría noche. No nos sorprendió ver, pues, por la mañana que la piscinita del hotelito se había helado. Bueno, al menos no podremos decir que este invierno no hemos pasado frío.
Ese fin de semana serrano me sirvió también para poner un poco en orden mis pesamientos al pairo de una leve melancolía, y dejar que creciera en mí el pensamiento de la necesidad de tomar las riendas de la propia vida, y no ceder a las presiones desabridas del entorno, que intenta llevarte por donde no quieres, y a exigirte cada vez más sin recompensa que valga la pena a cambio.





viernes, 10 de junio de 2011

EL CÍCLOPE


El cíclope arrastra su melancolía

entre los ganados que triscan al alba.

Nada parece afectarle del mundo

minúsculo de los humanos que arriban

escasos y náufragos a sus dominios;

bocado propiciatorio resultan,

ellos mismos literatura,

del ojo inmenso, de párpado lento,

cansado de ser el ensueño de un ciego.
 
 
Imagen: Detalle de las pinturas realizadas por Javier Molina para la biblioteca del IES La Caleta.

viernes, 6 de mayo de 2011

PINTURA DEL ALMA

En el local del bar La parra del Veedor, sito en Cádiz, calle Veedor, se ha organizado una muestra de cuadros del pintor y grabador gaditano Javier Molina, que durará hasta finales del presente mes. La selección de cuadros expuestos cubre un período de 19 años en la producción del artista. Molina es un pintor de sentimientos, de intensidad irrenunciable; las aguas de su alma fluyen profundas y tumultuosas, y se transmutan en un azul cargado de ensoñaciones y matices. Este predominio de tonos puede ya verse en la obra más antigua de las expuestas,


"Paseantes" (1992), donde la fugaz realidad humana representada parece diluirse en una cuesta, en la que se superpone, duplicada cual esfuerzo de Sísifo condenado a la nada,  a la tristeza levemente difuminada en el cuadro.
Esta leve presencia de lo humano está ausente por completo en obras posteriores como

"Jueves", perteneciente a una serie consagrada a los días de la semana, en la que el pintor refleja principalmente interiores, privilegiados por el sueño y la recreación poética que se expresa en pinceladas hondas y un sutil cromatismo, que dan a las obras una intensidad inefable, casi dolorosa en esa poesía amalgamada en los espacios cerrados de la predilección del artista. O bien, esa presencia humana es un elemento onírico, como puede verse en

el cuadro "Domingo", en el que constituye una ensoñación casi fantasmal, anecdótica y preterible, que se esfuma sobre el azul de la barra del bar, reflejo del azul intenso del exterior, paisaje del sueño. En la obra más reciente


de las expuestas, "Tarde lluviosa", el pintor saca a pasear su mundo interior afuera, bajo la lluvia, en un evocador y profundo juego cromático, en el que el azul omnipresente, plasmado en meticulosas pinceladas, parece llevar casi al límite las posibilidades poéticas y evocadoras de un alma que se desagua en visajes de pura belleza.

martes, 3 de mayo de 2011

CUADROS PARA UN BLOG

Acabo de terminar un cuadro, de esos que pinto en ratos perdidos; se trata de una copia infiel al acrílico de un óleo de Darío de Regoyos titulado "Pancorbo: el tren que pasa" (1909). Elegí esta obra como contraste con el cuadro de Turner que copié anteriormente. Me gustó de esta pintura su riqueza de colorido, y su encuadre tortuoso que enmarca un entorno idílico y evocador, aunque desolado, donde las dos pequeñas figuras infantiles saludan al azul oscuro del tren, que parece queder fundirse con los tonos azul-verdosos que predominan en el rico cromatismo de la obra, y quedarse ahí para siempre. La copia es más fauve que el original, como dice el hijo de un buen amigo; me he confiado a la panoplia cromática del acrílico y a mi (im)pericia de aficionado.
Como ya dije, el acrílico es una técnica limpia que te permite pintar en casa, sin las servidumbres (ni las grandezas) del óleo.
Me ha ocurrido a veces que cuando alguien se entera de que pinto, me pidan un cuadro en el acto y por las buenas. A nadie se le ocurre, como dice mi amigo el pintor Javier Molina, al conocer a un fontanero pedirle que te arregle el grifo por la cara. Y como el Dinero es la Realidad, como decía Agustín García Calvo, al que me diga esto le pediré 200€, y así seguro que me dejan tranquilo.

martes, 12 de abril de 2011

NÚMEROS

Ayer conversaba con unos amigos, y disfrutaba mucho con su charla; contaban que habían estado en Florencia una semana con sus parejas en un piso alquilado, y todo lo que habían visto allí; artistas ellos mismos, son además, grandes conocedores de Leonardo, Miguel Ángel, Rafael y otros creadores del Renacimiento. Florencia, una ciudad donde todo está calculado para facilitar la vida, donde hasta los peldaños de las escaleras están construidos para deslizarse subiendo. Los dejé a eso de las 11 de la noche, pues debía levantarme muy temprano al día siguiente, y ya estaba cansado. Sentí nostalgia de esa Tebaida florentina, que he visitado sólo una vez de pasada, y también de un mundo que se me escapa, por falta de tiempo y desacuerdo de números. Me doy cuenta de que me atenazan mil y un cálculos, y obligaciones, y me gustaría tener un espacio de distensión, una cábala del reposo, que me permita mirar frente a frente a Dios, y su Enigma, y no pasar por alto, como un idiota, aquello que me conforma, sea para ensalzarlo, sea para negarlo. Pero no vivir así, a regañadientes, y espiando la sombra de lo que podría llegar a ser, o no. La Pasión no es lo importante, ni esa tontería kavafiana del camino por el camino, lo definitivo es la Resurrección, la Transformación. La ruptura empieza por dentro.

Foto: Paco Gómez

martes, 10 de agosto de 2010

TURNER CONTRA TURNER


Aquí os muestro mi última obra pictórica, una copia difusa al acrílico de un cuadro de Turner titulado "El Temeraire remolcado al dique seco" (1839) -éste fue uno de los navíos de línea ingleses que participó en la batalla de Trafalgar, y se lo representa en su último viaje al desguace en 1838-. Mi amigo, el pintor Javier Molina, me aconsejó que copiara a Turner; y, ciertamente, ha sido una dura tarea, lidiar con el acrílico para acercarme, aun de soslayo, a la inefable riqueza cromática del óleo original. Pero creo que me ha servido para adquirir mayor pericia en el manejo del color (¡rara alquimia en verdad!) No os muestro el original por lo de lo odioso, ya sabéis. Sin embargo, es en este juego de comparaciones con los grandes maestros que Turner copiaba en la que se basa una exposición que se celebra actualmente en Madrid.
Tomás (del blog El exilio de Puerta Tierra), querido compañero de aficiones artísticas, me envió hace poco, a modo de amistosa "provocación", un artículo de Vicente Verdú publicado en El País, que reproduzco a continuación:

Turner o la impostura



VICENTE VERDÚ 08/07/2010


No es precisamente hermosa o jovial la exposición Turner y los maestros que se expone actualmente en el Museo del Prado. Oscura, tenebrosa, abrumadora, desasosegante, el recorrido va conduciendo por una de esas muestras que, si también atraen al turista, no lo retribuyen ni con el azúcar a granel de Sorolla ni con las aromáticas violetas de Monet. Aquí, con Turner, se trata de un paisaje como de ultratumba que traspasa grandes escenarios tan brumosos que podrían haber nacido todos en la laguna Estigia. Inquietud y malestar entre una luz que, en su mayoría, es palmatoria, mortecinos o enfermos los focos que bañan el cuadro.


Y no solamente se trata de la luminotecnia interior, sangrante y ayuna, sino que Turner (1775-1851) es por sí un autor que, si se exceptúan sus acuarelas, parece volver mísera y rancia aún la más bella influencia del pretérito. Por si faltaba poco, es grande el incomodo que se deriva de sus pesados plagios, siempre inferiores al original, tanto en sus figuras toscas como muñecos como en su angustiosa obsesión por ser Claudio de Lorena.


El legado total de Turner se compone de unos trescientos óleos y alrededor de treinta mil dibujos y acuarelas. Muy pronto reveló sus extraordinarias cualidades para el dibujo y, sin precedente familiar alguno puesto que su padre era un peluquero en Covent Garden, su educación no había pasado de primaria y era feísimo, logró ingresar en la recién fundada Royal Academy con 14 años.


Entrar allí y prestar obediencia estricta a la pintura de los grandes maestros ya muertos era una misma cosa. De ahí su devota imitación de Poussin, Rembrandt, Watteau o Rubens e incluso de predecesores como Gainsborough, Constable o Wilson.


La copia era la regla pero la regla del copyright también empezó por esa época (1774), un año antes de su nacimiento. Aprender copiando, sí, pero no vender algo plagiando. Aunque, como siempre y según experimentó Turner, no faltaban compradores de copias, ricos comerciantes que no querían o no alcanzaban a pagar por un Wilson o un Girtin auténticos.


De este modo Turner, gran copista, fue ganando el dinero que no tenía: P. G. Hamerton, precoz biógrafo de Turner escribió de él: "tenía la pasión del arte (...) y la pasión mucho más extendida de amasar dinero".


Aprender copiando sería, sin eufemismos, el lema de la exposición que celebra El Prado. ¿Fue más allá de este quehacer copista la potencia creadora del artista? Hasta hace relativamente poco la disputa entre quienes tuvieron a Turner por "tosco" y quienes lo consideraban "genial" no había dejado de crecer. Ahora, no obstante, se ha convertido en lugar común exaltarlo como un "descomunal" innovador y lábaro del impresionismo.


La realidad expositiva, para quienes deseen vivir esa penumbra de las salas en Turner y sus maestros, será, como es lógico, de acuerdo al ojo con que aquello se mire: the beauty is in the eye of the beholder.


"El pintor de la luz" se le denomina en los textos del catálogo pero más preciso sería llamarle el pintor que despinta con luz lo que no sabe pintar claramente. Luz que vela la insuficiencia, resplandores que falsean la nada preexistente. O que lo pretenden.


Baste un solo y rotundo ejemplo para hacerse cargo de su incompetencia: la comparación entre el cuadro Puerto con la Villa Médecis realizado por Claudio de Lorena en 1637 (Galleria degli Uffizi) y la réplica de toda su composición en Régulo (Tate Britain) hecha por Turner cuando era ya un señor de 62 años.
¿Un genio Turner? A la historia de la pintura le convienen las cosas claras y a las escuelas o los museos también. Por admiración, por reverencia, por deseo de contactar con lo sagrado, las colas populares para comprobar "la magia de Turner" continuarán acaso hasta su clausura el 19 de septiembre. Otra cola, sin embargo, mucho más corta pero todavía posible sería la que tuviera como saludable finalidad, constatar el largo efecto profesional de una impostura.



Touché, y por mi parte, reproduzco un artículo publicado en ABC por Natividad Pulido (22/06/10) de un tono distinto:

El ADN artístico de Turner

El cielo amanecía ayer en Madrid muy magrittiano (azul y con nubes), pero por la tarde se fue tornando turneriano (ventoso, plomizo, tormentoso), en honor al protagonista del día, con permiso claro, de José Saramago.



Cuando Joseph Mallord William Turner ingresó a los 14 años como estudiante en la Royal Academy de Londres, su director, Sir Joshua Reynolds —otro de los grandes pintores británicos—, animaba a sus alumnos a estudiar las obras maestras de sus predecesores. Un adolescente Turner siguió a rajatabla los consejos de tan insigne profesor: los estudió a fondo, los escudriñó, los reinterpretó a su manera, se midió con ellos, les rindió homenaje... Y de ese cara a cara con la Historia de la Pintura nació uno de los mayores paisajistas que ha dado nunca el arte.


Ya en los años setenta se intentó en Gran Bretaña enfrentar en una exposición a Turner con sus maestros, pero se descartó el proyecto por considerarlo de alto riesgo: se creyó que peligraba su reputación, por si no aguantaba la comparación. Pero David Solkin —director adjunto de The Courtauld Institute of Art y comisario general de esta muestra— no se rindió hasta que en 2002 la Tate Britain aceptó su idea. Tardó siete años en tomar forma. Finalmente se hizo realidad, involucrando para ello a otros dos grandes museos, el Louvre y el Prado. Tras su paso por Londres y París, esta impresionante exposición llega el martes a la pinacoteca madrileña, con importantes novedades. Explica Javier Barón, comisario para España, que el Prado incluye obras maestras del artista que no estuvieron en las anteriores sedes.


Viaje póstumo a España


Pese a que Turner fue un gran viajero, nunca vino a España. Hoy Velázquez y Goya l acogen en su casa. Pero no viene solo. Cuarenta grandes obras de Turner (un eto reunir tanta obra maestra de este artista de culto) se miden con otras tantas creaciones de sus maestros y coetáneos, aquellos artistas a los que admiraba. La idea de la muestra tiene su origen en vida del propio Turner. Francis Egerton, tercer duque de Bridgewater, le encargó un lienzo que hiciera pareja con una obra de Willem van de Velde, el Joven, «Un temporal en ciernes» (1672). La respuesta artística de Turner a ese cuadro fue «Barcos holandeses en un temporal» (1881). Le añadió centímetros al lienzo y dramatismo a la composición. Es sólo uno de los muchos y emocionantes encuentros que mantiene Turner —bien con maestros que le influyeron, bien con coetáneos con los que rivalizó— en esta exposición, patrocinada por la Fundación AXA y que cuenta con la colaboración de la Comunidad de Madrid.


Turner gestó su ADN artístico apropiándose del ADN de otros artistas. El principal, Claudio de Lorena. Tanto lo admiraba que incluso en su testamento Turner dejó expresa voluntad de que sus cuadros se expusieran junto a los del pintor francés. Eso es pasión y no la de los gavilanes... «Paisaje con Jacob, Labán y sus hijas» fue quizá la obra de Claudio de Lorena que más admiraba. Cuelga en el Prado junto con la copia que hizo Turner. Con una diferencia: éste sustituyó las figuras bíblicas por personajes mitológicos de la «Metamorfosis» de Ovidio algo que repetirá en otras ocasiones. Es sólo el primero de muchos intensos «tête» a «tête» que mantienen ambos pintores en el Prado. Pero también hay maravillosos diálogos con Ruisdael, Canaletto, Constable, Tiziano, Veronés, Poussin, Rubens, Rembrandt, Teniers, Watteau, Gainsborough, Wilkie... De unos toma las composiciones, de otros su paleta dorada, sus efectos luminosos. A Rafael —con quien se identificaba— lo pintó en una vista de Roma desde una balconada del Vaticano, presente en la muestra.


Las creaciones de Turner son tan arrebatadas, convulsas y dramáticas como los temporales, los golpes de mar, los naufragios, las tormentas de nieve que pinta. Hijo de un barbero, se convirtió en un coloso, un pintor brutal. Pocos artistas como él atraparon en un lienzo tanta poesía visual. Si no es porque sabemos que no creía en Dios, diríamos que sus óleos y acuarelas estaban tocados por la mano divina, como Miguel Ángel. Pero el único dios en el que Turner creía era la Naturaleza, que consideraba sublime, y que él pintó con todos sus disfraces posibles: serena, bella, feroz, desatada... Abrazaba la idea de comprender lo incomprensible.


«La atmósfera es mi estilo», decía Turner. Con los años, la luz se vuelve más evanescente en sus trabajos y entra en discusión con la «Teoría de los colores» de Goethe. Las formas se difuminan en sus cuadros hasta hacerse casi imperceptibles, la luz se torna cada vez más cegadora (semejan velados fotográficos) y cruza de arriba abajo sus lienzos, como si los rajara. Maravillosa, su «Tormenta de nieve», de la Tate, que parece un rothko en negros, grises y ocres. A Turner la historiografía lo sitúa como precursor del expresionismo abstracto. «Le hubiera horrorizado», apunta Solkin. Pero sus últimas composiciones son pura abstracción. Como el maravilloso «Paz. Sepelio en el mar», conmovedor poema elegiaco pintado por la muerte de David Wilkie.


Turner dudó de si su pintura bastaría para entrar en la inmortalidad, junto a sus amados maestros. Después de visitar esta exposición, no cabe ninguna duda. Está con ellos.

Yo, como esclavo del latín, sólo le corregiría al Sr. Verdú su referencia a la laguna Estigia, pues el nombre correcto es Estige; se trata, con todo, de un error muy extendido.
Suspendo el juicio en este caso, a la espera de poder ver la exposición en persona, si me es posible.
Espero también que por esas carambolas de google no aparezca la imagen de mi copia de Turner entre las imágenes de sus obras que ofrece el servidor (!) Cosas veredes, amigo Sancho...





viernes, 28 de mayo de 2010

IN MEMORIAM


El viernes pasado falleció en trágicas e inesperadas circunstancias Concha Alcalde Cuevas, profesora titular de la Universidad de Cádiz. A mí y a Concha nos unía una pasión tardía por la pintura, y una amistad común con el pintor Javier Molina. Ella era una pintora más apasionada que yo, de un trazo mucha más rápido y seguro que el mío, y mientras yo me llevaba meses y meses dándole vueltas a un cuadro, ella acumulaba acuarelas, pasteles y acrílicos llenos de color, de los que hacía generosa ofrenda. En sus últimos tiempos Concha se estaba dedicando, entre otras cosas, a hacer copias del primer Kandinsy, y parecía que había encontrado su camino dilecto en la abstracción. Concha era una persona discreta y amable, llena de una dulzura interior que afloraba en su sabia sonrisa, que las duras pruebas de la vida no parecían sino haber acentuado. Descansa en paz, querida amiga y artista.

A CONCHA ALCALDE CUEVAS


In memoriam

Un lienzo en blanco a ti te espera, Concha,

para que uses colores ignorados.

Tu sonrisa paciente y delicada

será tu pincel, tu paleta el fondo

de tus ojos acuosos y azulados.

Píntame sobre el pentimento aciago

de tu destino apuntes de belleza

que sobrepujen la esperanza cierta

de tu mirar sereno.

viernes, 30 de abril de 2010

VERNISSAGE

Soy bastante torpe con las manos; no se me dan bien las reparaciones de la casa (cosa que me reprocha resignada y recurrentemente mi pareja), ni tratar con ingenios mecánicos o cibernéticos (mi hermano informático me dijo una vez que soy "incompatible con las máquinas"), a menos que tenga marcados pasos muy detallados y precisos (pásenme el manual de instrucciones, por favor). Ahí van unidas mi tendencia a la ensoñación y a la contemplación, a la que no se si contribuirá en algo mi zurdez.
Para paliar ese desasosiego y torpeza física, de más joven practiqué artes marciales no agresivas (Tai chi y Aikido), en las que tomé conciencia de la importancia de la observación, la concentración, y físicamente, de la prodigiosa ductilidad de las manos. Para no perderla, y ya que no está uno para tantos trotes, decidí recuperar hace unos años una vieja afición de adolescente: el dibujo.
Comencé, pues, a hacer dibujos al carboncillo; cuando me sentí seguro en esta técnica, pasé al pastel; pero, al cabo, tenía ganas de atreverme con la pintura.
Le pedí entonces consejo a mi amigo, el pintor y profesor Javier Molina, que fue también compañero de trabajo. Me aconsejó que, si quería pintar en casa, usara el acrílico, pues el óleo exige una "infraestructura" y ventilación incompatible con los interiores. El acrílico es una pintura plástica a base de polímeros que se inventó hace unos 50 años en Estados Unidos para revestimientos exteriores de edificios. Seca rápidamente, y es cómoda de usar en casa, pues la paleta y los pínceles se limpian rápida y facilmente con agua, y permite, con práctica, claro, conseguir efectos similares al óleo. Comencé pintando bodegones del natural a ratos. Excusadme la vanidad de mostraros el primero que pinté:


Luego, me atreví con las figuras, y pinté, a partir de una foto que tomé personalmente, el claustro del antiguo monasterio de san Juan de la Peña (Huesca), un lugar realmente mágico, donde la piedra, veteada de mil tonos minerales, armoniza extrañamente con las figuras que el hombre ha hecho nacer de ellas:



Ofrezco ahora un detalle. Mención de honor para quien encuentre la firma, y la descifre:


En la actualidad, estoy haciendo una copia de un cuadro de Turner (el que representa al navío Temeraire de camino al desguace). Tardo mucho tiempo en pintar un cuadro (me puedo llevar más de un curso con uno), y con Turner estoy aprendiendo la difícil alquimia de la mezcla de colores, tan desesperante a veces. En algunos libros aconsejan una paleta de hasta 12 colores, pero pienso que con 5 (blanco, rojo, azul, amarillo y negro) o 6 (más ocre) uno puede manejarse, y acercarse, con la práctica, a la magia de esa combinatoria cromática que fraguó en el iris de Dios.

miércoles, 28 de octubre de 2009

JUDIT Y HOLOFERNES

Me precio de tener como amigo a Javier Molina, gran pintor, gran profesor y gran persona. Haber vivido juntos épocas difíciles nos hizo desarrollar una profunda camaradería que trascendía nuestras diferentes visiones del mundo. He aquí un poema inspirado en su cuadro homónimo, que tengo el honor de poseer:





               JUDIT Y HOLOFERNES



Onda pura rosada la piel de Judit en el lecho,

donde husmea un gatuno y gris Holofernes, perdido

por montuosos meandros que otean pezones sagrados.

Animalesco caudillo, guerrero ahíto de sangre,

busca el calor femenino donde se salve su savia,

ciego al hierro que anida bajo su presa adorada.