MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL
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sábado, 11 de mayo de 2013

DEL AMOR


El amor es una urgencia que a cierta edad empieza a verse sometida a ciertas consideraciones: conveniencia, distancia, economía, y otros cálculos difusos; la diferencia de años puede convertirse también en una fuente de angustia, o tal vez de alivio, en cuanto se acepta resignadamente volverse contemplador de lo bello, aunque no exento de deseo, contra los preceptos kantianos. El amor es un fantasma que perseguimos gustosamente, y que se alimenta de efluvios, reñidos con la cobardía, y, sobre todo, con el desaliento.

sábado, 4 de mayo de 2013

VIAJE A ARLES (VI)


No deja de sorprender en la visita a Arles el amor y la presencia de la tauromaquia. Visitamos en esta ocasión el anfiteatro a pocos días de la celebración de la Feria de Arles, y aún eran visible en el coso los restos de los festejos y en las galerías el olor hondo de los astados.




El viejo anfiteatro romano en el propio museo Arles antique es representado en maqueta con un espectáculo de combate de gladiadores contra toros, y cuya presencia no falta tampoco en mosaicos que reproducen el rapto de Europa, e incluso en los restos del teatro romano casi colindante.






Los elementos taurinos no faltan en otros lugares de la ciudad, en forma de grafitis, secciones de librerías o restaurantes, en los que es evidente que son algo más que productos de decoración, como en la brasserie des Ateliers o en La Bodeguita.







Quizás contribuya a esta presencia tumultuosa de lo taurino la cercanía de lo rural; Arles es el municipio más extenso y disperso de Francia, y está marcado por su inclusión en la Camarga, en cuyas feraces dehesas pudimos visitar una manada, la manade Cavallini; los gardians a caballo (el caballo típico de la región, de patas y cabeza cortas, destinado al trabajo, pero no exentos de belleza), nos acercaron un pequeño grupo de la manada con sus cabestros, aunque no ejemplares de los toros destinados a las courses camarguaises por ser peligroso, según nos dijeron; éstos se distinguen de los toros de lidia españoles por ser más pequeños y de cuernos alirados. En las manadas de la Camarga no se realiza, como en España, la tienta muy temprana para separar a los toros destinados a la lidia, por lo que permanecen más tiempo con la manada, y los animales son herrados a caballo. También pudimos contemplar los juegos de los gardians, y sus hastas típicas de tridente, presente en la llamada cruz de la Camarga.













viernes, 19 de abril de 2013

VIAJE A ARLES (V)


He estado de nuevo en Arles con el grupo de alumnos de 3º de ESO que participaban este año en el intercambio escolar con el colegio Van Gogh. Han sido diez días intensos de actividades escolares, visitas, y excursiones, que le dejan a uno un poco magullado, y con cierto, exagerando, estrés postraumático a la vuelta, pero contento. Al haber pasado sólo un año, uno se encuentra, no sin cierta mezcla de alegría y desencanto, con los mismos guías, comerciantes, y camareras, como la bellísima chica que trabaja con fascinante garbo en el restaurante Le Criquet. Es muy difícil no acabar amando esta entrañable ciudad de Arles, y su decadente, por más que humana, belleza, en la que se decantan influencias romanas, italianas, y españolas, ligadas por el agridulce toque de la nostalgia en una intemporalidad reconfortante.










domingo, 20 de mayo de 2012

VIAJE A ARLES (IV)

En cualquier población francesa, grande o pequeña, es inevitable encontrar algún monumento a los caídos en las dos guerras mundiales, sobre todo en la primera; en los pueblos pequeños figuran incluso en las estelas conmemorativas los nombres de tales soldados. Estremece un poco contemplar los testimonios de esta ya muda tragedia. La matanza alcanzó una dimensión tal en la primera guerra mundial (2 millones de franceses muertos), que el país no llegó a recuperarse, y en 1939 se estuvo lejos de las cifras de movilización de 1914. El desmedido porcentaje de bajas llevó en la Gran Guerra a formar los regimientos con hombres de distintas regiones, para evitar la posibilidad creciente de que murieran todos los varones de una misma localidad. Tal medida tuvo como consecuencia inopinada la consolidación definitiva de la lengua francesa como vehículo de comunicación frente a los distintos dialectos o lenguas regionales, que, incluso hoy, no se enseñan en la escuela pública.





Imágenes de Moulès, Arles y Avignon.

viernes, 4 de mayo de 2012

VIAJE A ARLES (III)

Francia es un país que no deja nunca de sorprender. Siendo de una cultura predominantemente de izquierda en su tradición ilustrada, los franceses muestran un gran apego a la tierra y a sus tradiciones. Eso explica, por ejemplo, esa pasión tan gala por el bricolaje, y que lleva a que haya gente que se compre un terreno, y se construya su propia casa con la ayuda de amigos; en este sentido, pude asistir en el pueblo de Moulès (cerca de Arles) a una fiesta de la transhumancia con motivo de la primavera, en la que el ganado atraviesa el pueblo acompañado de gente vestida con los trajes tradicionales, y se realiza una bendición de los corderos, al tiempo que la gente hace un mercadillo de carácter anual para vender cosas viejas con fines benéficos.



Esta realidad podría arrancar, quizás, la sonrisa de algún pseudointelectual urbanita con el codo hecho a la barra de los pubs, lo que sería ejemplificador de lo que he vivido en España desde mi infancia, en la que recuerdo que se hacía burla de la figura del "cateto" (era uno de los disfraces de carnaval favoritos, y un tipo parodiado en canciones humorísticas), como representante del mundo rural que no sé por qué, parecía asociarse indisolublemente al franquismo en esos primeros años de la llamada Transición, en los que se ensalzaba a un homo nouus urbano, ligado al frívolo brillo de candilejas culturales de los primeros años 80, y en trance de volverse "progresista". Otro, sin duda, de los falsos dilemas impuestos por el camelo de la Transición; en Francia, al menos, la gente puede elegir directamente al Jefe del Estado en elecciones a dos vueltas (y no como aquí, donde hemos tragado con la forma de Estado sin haber podido decidir sobre ella por separado en el pack podrido que nos vendieron), y la libertad política no se encuentra secuestrada por el sistema electoral proporcional de listas y sus partidos, consagrados por la Constitución del 78 como órganos de un Estado sin separación de poderes, y, por tanto, sin auténtica democracia.
Inseparable de ese amor por el campo, me parece la enorme afición a los toros que existe en el sur de Francia: carteles, grafitis, "ferias", corridas (maravilloso el coso existente en el anfiteatro romano de Arles), las llamadas courses camarguaises, secciones en las librerías dedicadas a temas taurinos... Allí pude hojear un libro extremadamente interesante, que recogía las aportaciones de diversos profesores universitarios franceses en un coloquio celebrado en Arles poco después de la prohibición de las corridas promulgada por la Generalitat catalana (que atribuían a "la fiebre nacionalista, la anti-España, las circunstancias políticas, etc. Para imaginarse un futuro sin España, Barcelona debía reinventarse un pasado sin toros"), que pretendía refutar los argumentos del movimiento anti-taurino, y su base ideológica, el animalismo, entendido como "la doctrina que sitúa al Animal en general en el centro de las preocupaciones morales. El animalismo contemporáneo consiste, en efecto, no en tener una conducta respetuosa hacia las especies animales, sino a confundirlas a todas con inofensivos animales de compañía transformados en puros objetos fetiche. Por eso se ha podido decir que cuánto más se ama a los animales, menos conocidos y reconocidos son en su propia naturaleza. Se puede decir también que el animalismo, lejos de ser la prolongación del humanismo, es, en muchos aspectos, su negación".



sábado, 28 de abril de 2012

VIAJE A ARLES (II)


En Arles nos alojamos en el barrio de La Roquette, situado en el casco viejo de la ciudad. Se ha convertido en un barrio un tanto bohemio, donde viven muchos estudiantes, y parisinos que se han comprado ahí una segunda residencia, junto a la gente de toda la vida del lugar. Cuadra la belleza de las casas, visible en sus fachadas en tonos crema, y sus vetustos postigos en colores verde, azul o rojo, con lo precario de su viejo equipamiento. Dentro del dúplex en el que me alojé había unos contadores casi idénticos a los que recuerdo de niño en la casa de vecinos en que vivía del barrio de Santa María en Cádiz (y que todavía existen), así como el cableado que acogotaba las paredes, y los cierros, parejos a los de la casa de mi abuela. Sorprende agradablemente comprobar cómo la gente allí gusta de vivir en medio de cierta decorosa decadencia, rodeados de tiendas de barrio, y restaurantes de extraños horarios. Tan diferentes son en esto a la pasión de nuevo rico cateto que ha campeado en España, y que ha tenido una de sus manifestaciones en la burbuja inmobiliaria, en la obsesión por la casa nueva y "totalmente equipada". Así, pasé en numerosas ocasiones delante de una épicerie, llena de productos locales, y siempre estaba cerrada, salvo en una ocasión en que sorprendí a la dueña sentada fuera en una mesita de bar que había sacado para charlar con gente que pasaba; otro restaurante, Le mangelire, muy popular en la zona, sólo abría al mediodía y entre semana, y tenía una de las paredes del pequeño local (eso sí, aprovechado a tope, con mesas minúsculas pegadas unas a otras, algo imposible por aquí con lo que grita la gente en los bares) cubierta de tortuosas estanterías de libros. Me dijo la chica que descansaban a la espera del verano, en el que sí habrían al mediodía y la noche. Por la tarde sí vi que estaba entonces abierto, pero para impartir talleres de historia de arte. Una manera, en fin, de aprovechar vital e intelectualmente el lugar de trabajo, no muy habitual por estos pagos.






sábado, 21 de abril de 2012

VIAJE A ARLES (I)


Acabo de regresar de un viaje de intercambio escolar a Arles (Francia) que ha durado diez días. Aunque se lo conozca parcialmente, siempre choca trabar un contacto más profundo con un sistema escolar distinto al nuestro. Ciertamente, hay muchas diferencias, empezando por los horarios (de 8 a 17:00, con la comida en la cantina a las 12:00), y la labor de profesorado, que se dedica exclusivamente a dar clases (18 horas a la semana como nosotros), y no hace guardias de clase o de patio (para lo que existen vigilantes especiales) -somos denigrados, pero aquí en España le ahorramos así mucho dinero a la administración-; sorprende también que exista enfermería y asistencia social permanente en el centro, así como el respeto y las formas que se guardan normalmente (los alumnos no tutean nunca a los profesores, que cuando vienen a España se sorprenden de la "horizontalidad" de relaciones que se establece en nuestro sistema, que no debería ser mala a priori, pero que tiene las consecuencias que todos conocemos). Los directores no son profesores del centro, como aquí, sino elementos externos, lo que imagino que tendrá sus ventajas e inconvenientes, teniendo siempre en cuenta el factor humano.
El colegio de secundaria al que fuimos (en Francia están separadas la secundaria del bachillerato en centros distintos, lo que a mí me parece mejor, aunque hay opiniones para todos los gustos) se llama Vincent Van Gogh, en recuerdo de la estancia del famoso pintor en la ciudad, y está decorado con una escultura de un toro, simbolizando el amor que existe en la región por la tauromaquia. Una extraña revelación en estos tiempos tan antitaurinos.
Estoy muy agradecido a la profesora organizadora del intercambio en la parte francesa, Mme Castillo, y a sus compañeros, por la acogida y su impecable organización. Esa afición por lo español se ha notado en la amable acogida ofrecida por las familias francesas a nuestros alumnos. Mme Castillo es profesora de español, y disfruté visitando su clase, en la que encontré un espejo invertido de lo que hago yo respecto al francés.

Un día, nuestros alumnos fueron distribuidos en distintas clases del colegio, y yo pedí permiso para asistir a la de latín con algunos de ellos, pues tenía curiosidad por ver cómo se impartía en francés. La profesora, joven, amena y carismática (aunque cordialmente indiferente a mi admiración) explicaba, gracias a textos de Suetonio y Tácito, el episodio del incendio de Roma bajo Nerón, y aprovechó para recordar la formación del acusativo, y explicar la quinta declinación a partir de un diebus que aparecía en el texto, haciendo referencia a la presencia de la raíz indoeuropea di- en palabras como lundi, mardi, etc. Recordé con pesar aquellos tiempos en que en España se enseñaba más latín, y cómo todos nos hemos empobrecido con su relativa pérdida.