The Shining, Stanley Kubrick
-"Ya es mala suerte -pensó Pugnacio- casi dos
meses sin venir al centro de trabajo, y tengo que coincidir en el ascensor con
este facha", mientras miraba con apenas indisimulada contrariedad a la
alta y espigada figura masculina que entraba en el ascensor.
-"Buenos días", dijo Pugnacio, con cierta mezcla de
desafío y deseo de autoafirmación, para compensar los centímetros que
diferenciaban a ambas personas.
-"Buenos días", contestó aquella estantigua, tras
carraspear un momento y mirar a los zapatos del homúnculo, pues había hecho
como si no lo hubiera visto.
Pugnacio ya había
marcado el segundo piso en el tablero del ascensor, y verificó con alivio que
su compañero de breve viaje apoyaba un largo y blanquecino dedo en el botón de
la tercera y última planta. Pugnacio sonrió para sus adentros, y recordó cuándo
vio por primera vez a aquel tipo en la Facultad; él era entonces ordenanza,
poco antes de que lo nombraran liberado sindical; de eso hacía ya diez años,
pero tenía que reconocer que el aspecto del aquel entonces becario no había
cambiado: un tipo larguirucho, con gafas, un pelo castaño claro grasiento, y
unos aires de grandeza y de suficiencia que no habían hecho más que aumentar
desde que consiguió la plaza definitiva como profesor en la institución. En
aquella época no era extraño verle acompañar a todas partes al Jefe de su
Departamento hablando con grandes aspavientos e impostación de la voz, como si
estuviera revelándole el secreto de Fátima, y cuando se pasaba por conserjería
le daba un tal engolamiento a sus palabras, unos ademanes, y unos tales
silencios premonitorios que todo el mundo se sentía cohibido a dejar todo lo
que estuviera haciendo y a estar pendiente de lo que dijera; y todo ese teatro
las más de las veces sólo para preguntar si había llegado un paquete a su
nombre de la Universidad de cómo-carajo-se pronuncia-eso, y que si patatín, que
si patatán. A Pugnacio la cortesía condescendiente y señoritil de este tipo y
de otros de su calaña no le engañaba en absoluto (todos esos aires de
superioridad porque, en muchas ocasiones, no habían hecho más que dorar la
píldora a sus jefes, y saber intrigar y esperar la ocasión de la oposición endogámica
preparada ad hoc);
afortunadamente, Pugnacio había conseguido las horas de liberado sindical, y
había podido alejarse de toda aquella fauna.
Una sacudida y una
repentina oscuridad le sacaron de su ensimismamiento. El ascensor se había
parado entre la primera y la segunda planta; afortunadamente, la luz volvió
casi en el acto, acompañada de un carraspeo del escuchimizado profesor, que,
estoicamente, había tenido apenas tiempo de cruzar los brazos. El reducido
espacio de los ascensores ha adiestrado a la gente a sentirse indiferente a los
demás; y en ése el sindicalista y el profesor, aquél mirando sus mangas y
zapato y éste concentrado en un punto indefinido de la puerta metálica,
mantenían una distancia sideral y vertiginosa, aunque sus codos casi se
tocaran.
-Se ha parado, dijo Pugnacio, en un tono apagado e impersonal,
similar a aquel en que se dirigía hacía una década al personal docente, cosa
que le provocó un respingo interior.
-Cierto, musitó el profesor, arrastrando cada sílaba, como si le
costara interiormente determinar qué le molestaba más: quedarse atrapado en el
ascensor, o que aquel tipo le dirigiera la palabra.
-¿Podría usted darle al botón de alarma, ya que lo tiene más a
mano?-añadió Pugnacio, un poco tenso él también, sin saber muy bien por qué.
-Sin duda, contestó el profesor, haciendo un pequeño giro con el
brazo en el aire antes de presionar el botón, como para compensar el hecho de
que no se hubiera adelantado él en ese pedestre detalle.
-Ha sido el corte de luz el que ha provocado la parada de la
maquinaria, supongo que los mismos conserjes podrán arreglarlo, añadió
Pugnacio, como para romper el encanto del mimo de su vecino.
Éste no se dignó a
contestar, ni a hacer el más mínimo gesto que pudiera entenderse como una
aquiescencia a lo dicho por Pugnacio, quien se sintió un tanto humillado por el
pensamiento de haber hablado de más ante aquel presuntuoso engreído. Suspiró
con cierta resignación. Otra contrariedad más. El jefe del Comité le había
llamado: tenía que dejarse ver más por el centro, que la cosa estaba calentita,
y que la imagen del sindicato se estaba deteriorando. Pero Pugnacio se decía
que para qué iba a ir, si para lo que hacía podría presentarse una vez cada
quince días, o al mes; además, no le gustaba encontrarse con saludos forzados,
y algunas sonrisas irónicas que le prodigaban ya desde hacía algún tiempo en la
Facultad entre sus antiguos compañeros. Compañeros; esa palabra que le había
llenado tanto la boca antaño, y que había repartido junto con folletos y carteles
en las jornadas previas a las huelgas, y en las manifestaciones, y que le había
emocionado a veces utilizar en las comidas sindicales, y en las copas de
sobremesa. Facturas. Ahora le molestaban con lo de las facturas. Pero no tenían
que ir contra él, las comidas se justificaban por ser reuniones de trabajo, y
si era muy abultada la cuenta, se decía que había ido más gente de la prevista
inicialmente, y en paz. Para él habían sido impagables esos momentos de
camaradería compartida, con los ojitos chispeantes y la risa floja sobre los
cubatas, tras haber puesto de limpio a todo el facherío de la Facultad, y del
gobierno. Ahora querían molestarlos y cuestionarlos, a ellos, representantes de
los trabajadores, cuando tanto corrupto capitalista y neoliberal se iba de
rositas cada día... se sobresaltó mucho también cuando supo que el gobierno
eliminaba los puestos de liberados; el jefe del Comité, sin embargo, le
tranquilizó con un gesto muy evidente de la mano abierta, "de aquí no nos
mueve nadie". Pugnacio echó una fugaz mirada de reojo al otro pasajero del
ascensor, "seguimos aquí para vigilaros, cabrones; seguís viviendo tan
bien, porque nosotros os lo permitimos". No obstante, Pugnacio llevaba muy
mal las quejas del personal del centro: que les habían recortado el sueldo,
atribuido funciones extraordinarias, aumentado la jornada laboral, reducido los
días de asuntos propios, etc. sin que los sindicatos hubieran dicho esta boca
es mía; él se había sentido particularmente abochornado un día que presentaba junto
con el jefe del Comité, y otros compañeros, un power-point con las propuestas del nuevo convenio colectivo, y un
listillo saltó diciendo que la Junta de Gobierno de la Facultad ya había
aprobado un par de días antes una nueva tanda de medidas restrictivas de sus
derechos laborales; el Jefe del Comité apenas pudo salir del trance, diciendo
que no tenía noticias de tal acuerdo, y le encargó luego en privado que
averiguara si había gente del personal laboral que estuviera intentando
organizar un sindicato propio.
El profesor, por su
parte, empezó a acariciarse insistentemente una de sus huesudas y vellosas
muñecas. No era un día de suerte éste, quedarse encerrado en el ascensor con un
desconocido; era, ciertamente, una situación incómoda, como la provocada por la
visita que hacían las limpiadoras a su despacho cada día para vaciar su
inmaculada papelera; éstas sabían que era inútil esperar que respondiera a su
saludo, pero insistían en ello mientras alborotaban la paz de su sancta sanctorum. No era, en efecto, una
buena época: empezaban a atosigarle ofreciéndole créditos, y, por tanto, más
horas de clase; que si el departamento tenía muy pocos alumnos, -decían-, que
se habían esforzado mucho por conseguir más docencia, etc.; que lo diera otro
-pensó el profesor-, habían hinchado ya mucho el departamento, que les dieran
esas horas a alguno de los últimos en entrar; le fastidiaban además pidiéndole
artículos y trabajos de investigación para justificar su generosa reducción de
horas lectivas, y las subvenciones que recibían; pero él ya había despiezado y
troceado su tesis doctoral mucho más y mejor que un matarife en una matanza
extremeña, de suerte que ya sólo le quedaba por publicar los almibarados
agradecimientos. ¿Qué esperaban ya de él?; era un profesor universitario,
miembro de una élite que se le antojaba doliente. Era casi imposible, dada la
situación actual, que llegara a ser catedrático, ¡que lo dejaran en paz! Esa
insistencia, encima, de convocarle para reuniones, y por las tardes para más
inri, cuando se encontraba en casa descansando del ajetreo mañanero de la
Facultad (y todo a sabiendas de que no pensaba ir, pero todo sea por
fastidiar...). Los comienzos de curso eran siempre para él ocasión de gran
estrés; así se le comentaba hacía poco en una librería de viejo a un antiguo
alumno de los cursos de doctorado; éste le contestó que qué le iba a contar a
él que era ahora profesor de instituto, y antes de que aquél pudiera sentirse
incómodo, se interesó por el libro que hojeaba; era un viejo manual del antiguo
bachillerato, cuyas virtudes comenzó a ensalzar el profesor de la Facultad, sin
prestar atención a las quejas amargas del docente de enseñanza secundaria que
le explicaba que las leyes educativas en vigor desde los años 90 habían bajado
mucho los niveles de conocimiento y exigencia por comparación a los que él
había recibido. Afortunadamente, el universitario se detuvo a tiempo antes de
confesar que era el tipo de libros que él usaba para preparar sus clases de los
primeros cursos, que era los que solicitaba siempre dar, al dignarse observar
el rostro del otro, cuyos ojos se entrecerraban con un brillo de inteligencia a
medida que él comparaba las ventajas de diversos manuales de aquella época de
cara a la enseñanza actual, que sí que le resultó definitivamente incómodo.
El profesor se
sentía muchas veces incomprendido, ante las reacciones de la gente, que parecía
siempre muy ocupada o indiferente para escuchar sus pausadas palabras. Habrían
conocido, entonces, su verdadera pasión secreta, aquello que, sin duda, les
habría admirado, y que no podía salir de los muros de su casa, básicamente por
falta de espacio: las batallas navales. Gracias a la generosidad de su madre,
podía disponer de un gran salón donde poder reconstruir batallas inmortales
como la de Jutlandia, el río de la Plata, o la de Leyte. A eso dedicaba la
mayor parte de su tiempo, y cantidades ingentes de dinero. Libros, foros de
internet, y el trabajo en su minitaller sobre maquetas de elaboración propia
eran su verdadero motivo de orgullo, y el hecho de que muy escasas
personas, a happy few,
conocieran su afición, le hacían sentirse poseedor de un secreto, y una
ciencia, que le elevaba sobre la masa de mediocres que le rodeaba, y le agotaba
con sus exigencias mundanas. Sentía marcada preferencia por la segunda guerra
mundial, que le permitía además lucir sus minuciosas maquetas de aleación
ultraligera. ¡Cuántas veces se había sentido al borde de las lágrimas
reconstruyendo la implacable e inmisericorde persecución del acorazado
Bismarck, o la gesta heroica del Kapitän Langsdorff
en el río de la Plata (la última batalla naval clásica), y su tanto más
caballeroso cuanto triste final! Por el contrario, la reconstrucción de las
grandes batallas navales del Pacífico nunca había acabado de satisfacerlo (a pesar
del tiempo y dinero dedicado), pues no creía haber reflejado suficientemente el
papel de la aviación en los distintos eventos, debido principalmente a su
negativa a usar maquetas prefabricadas, y a cierta desvinculación sentimental
(pese a su desprecio a la prepotencia yanqui), que sólo había recuperado en
plenitud al rehacer admirablemente el complejo orden de batalla de la olvidada
liza de Jutlandia de 1916.
Una sacudida le sacó
de su ensimismamiento. El ascensor comenzaba a moverse. Bajaban a la primera
planta.
-Es una vergüenza el estado de las instalaciones de la Facultad
-dijo Pugnacio-, pienso presentar ahora mismo una queja.
-Desde luego que sí -carraspeó el profesor-, tiene usted toda la
razón, ¡qué de tiempo han tardado en rescatarnos! A mí también me van a oír.
El ascensor se paró
con cierta brusquedad, y Pugnacio y el profesor salieron de él en orden
inverso, tan absorbidos en sus respectivos pensamientos refunfuñantes que
obviaron decirse adiós.


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