MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

viernes, 21 de agosto de 2026

EL ASCENSOR

 


The Shining, Stanley Kubrick



-"Ya es mala suerte -pensó Pugnacio- casi dos meses sin venir al centro de trabajo, y tengo que coincidir en el ascensor con este facha", mientras miraba con apenas indisimulada contrariedad a la alta y espigada figura masculina que entraba en el ascensor.

-"Buenos días", dijo Pugnacio, con cierta mezcla de desafío y deseo de autoafirmación, para compensar los centímetros que diferenciaban a ambas personas.

-"Buenos días", contestó aquella estantigua, tras carraspear un momento y mirar a los zapatos del homúnculo, pues había hecho como si no lo hubiera visto.

         Pugnacio ya había marcado el segundo piso en el tablero del ascensor, y verificó con alivio que su compañero de breve viaje apoyaba un largo y blanquecino dedo en el botón de la tercera y última planta. Pugnacio sonrió para sus adentros, y recordó cuándo vio por primera vez a aquel tipo en la Facultad; él era entonces ordenanza, poco antes de que lo nombraran liberado sindical; de eso hacía ya diez años, pero tenía que reconocer que el aspecto del aquel entonces becario no había cambiado: un tipo larguirucho, con gafas, un pelo castaño claro grasiento, y unos aires de grandeza y de suficiencia que no habían hecho más que aumentar desde que consiguió la plaza definitiva como profesor en la institución. En aquella época no era extraño verle acompañar a todas partes al Jefe de su Departamento hablando con grandes aspavientos e impostación de la voz, como si estuviera revelándole el secreto de Fátima, y cuando se pasaba por conserjería le daba un tal engolamiento a sus palabras, unos ademanes, y unos tales silencios premonitorios que todo el mundo se sentía cohibido a dejar todo lo que estuviera haciendo y a estar pendiente de lo que dijera; y todo ese teatro las más de las veces sólo para preguntar si había llegado un paquete a su nombre de la Universidad de cómo-carajo-se pronuncia-eso, y que si patatín, que si patatán. A Pugnacio la cortesía condescendiente y señoritil de este tipo y de otros de su calaña no le engañaba en absoluto (todos esos aires de superioridad porque, en muchas ocasiones, no habían hecho más que dorar la píldora a sus jefes, y saber intrigar y esperar la ocasión de la oposición endogámica preparada ad hoc); afortunadamente, Pugnacio había conseguido las horas de liberado sindical, y había podido alejarse de toda aquella fauna.

 

         Una sacudida y una repentina oscuridad le sacaron de su ensimismamiento. El ascensor se había parado entre la primera y la segunda planta; afortunadamente, la luz volvió casi en el acto, acompañada de un carraspeo del escuchimizado profesor, que, estoicamente, había tenido apenas tiempo de cruzar los brazos. El reducido espacio de los ascensores ha adiestrado a la gente a sentirse indiferente a los demás; y en ése el sindicalista y el profesor, aquél mirando sus mangas y zapato y éste concentrado en un punto indefinido de la puerta metálica, mantenían una distancia sideral y vertiginosa, aunque sus codos casi se tocaran.

-Se ha parado, dijo Pugnacio, en un tono apagado e impersonal, similar a aquel en que se dirigía hacía una década al personal docente, cosa que le provocó un respingo interior.

-Cierto, musitó el profesor, arrastrando cada sílaba, como si le costara interiormente determinar qué le molestaba más: quedarse atrapado en el ascensor, o que aquel tipo le dirigiera la palabra.

-¿Podría usted darle al botón de alarma, ya que lo tiene más a mano?-añadió Pugnacio, un poco tenso él también, sin saber muy bien por qué.

-Sin duda, contestó el profesor, haciendo un pequeño giro con el brazo en el aire antes de presionar el botón, como para compensar el hecho de que no se hubiera adelantado él en ese pedestre detalle.

-Ha sido el corte de luz el que ha provocado la parada de la maquinaria, supongo que los mismos conserjes podrán arreglarlo, añadió Pugnacio, como para romper el encanto del mimo de su vecino.

 

         Éste no se dignó a contestar, ni a hacer el más mínimo gesto que pudiera entenderse como una aquiescencia a lo dicho por Pugnacio, quien se sintió un tanto humillado por el pensamiento de haber hablado de más ante aquel presuntuoso engreído. Suspiró con cierta resignación. Otra contrariedad más. El jefe del Comité le había llamado: tenía que dejarse ver más por el centro, que la cosa estaba calentita, y que la imagen del sindicato se estaba deteriorando. Pero Pugnacio se decía que para qué iba a ir, si para lo que hacía podría presentarse una vez cada quince días, o al mes; además, no le gustaba encontrarse con saludos forzados, y algunas sonrisas irónicas que le prodigaban ya desde hacía algún tiempo en la Facultad entre sus antiguos compañeros. Compañeros; esa palabra que le había llenado tanto la boca antaño, y que había repartido junto con folletos y carteles en las jornadas previas a las huelgas, y en las manifestaciones, y que le había emocionado a veces utilizar en las comidas sindicales, y en las copas de sobremesa. Facturas. Ahora le molestaban con lo de las facturas. Pero no tenían que ir contra él, las comidas se justificaban por ser reuniones de trabajo, y si era muy abultada la cuenta, se decía que había ido más gente de la prevista inicialmente, y en paz. Para él habían sido impagables esos momentos de camaradería compartida, con los ojitos chispeantes y la risa floja sobre los cubatas, tras haber puesto de limpio a todo el facherío de la Facultad, y del gobierno. Ahora querían molestarlos y cuestionarlos, a ellos, representantes de los trabajadores, cuando tanto corrupto capitalista y neoliberal se iba de rositas cada día... se sobresaltó mucho también cuando supo que el gobierno eliminaba los puestos de liberados; el jefe del Comité, sin embargo, le tranquilizó con un gesto muy evidente de la mano abierta, "de aquí no nos mueve nadie". Pugnacio echó una fugaz mirada de reojo al otro pasajero del ascensor, "seguimos aquí para vigilaros, cabrones; seguís viviendo tan bien, porque nosotros os lo permitimos". No obstante, Pugnacio llevaba muy mal las quejas del personal del centro: que les habían recortado el sueldo, atribuido funciones extraordinarias, aumentado la jornada laboral, reducido los días de asuntos propios, etc. sin que los sindicatos hubieran dicho esta boca es mía; él se había sentido particularmente abochornado un día que presentaba junto con el jefe del Comité, y otros compañeros, un power-point con las propuestas del nuevo convenio colectivo, y un listillo saltó diciendo que la Junta de Gobierno de la Facultad ya había aprobado un par de días antes una nueva tanda de medidas restrictivas de sus derechos laborales; el Jefe del Comité apenas pudo salir del trance, diciendo que no tenía noticias de tal acuerdo, y le encargó luego en privado que averiguara si había gente del personal laboral que estuviera intentando organizar un sindicato propio.

 

         El profesor, por su parte, empezó a acariciarse insistentemente una de sus huesudas y vellosas muñecas. No era un día de suerte éste, quedarse encerrado en el ascensor con un desconocido; era, ciertamente, una situación incómoda, como la provocada por la visita que hacían las limpiadoras a su despacho cada día para vaciar su inmaculada papelera; éstas sabían que era inútil esperar que respondiera a su saludo, pero insistían en ello mientras alborotaban la paz de su sancta sanctorum. No era, en efecto, una buena época: empezaban a atosigarle ofreciéndole créditos, y, por tanto, más horas de clase; que si el departamento tenía muy pocos alumnos, -decían-, que se habían esforzado mucho por conseguir más docencia, etc.; que lo diera otro -pensó el profesor-, habían hinchado ya mucho el departamento, que les dieran esas horas a alguno de los últimos en entrar; le fastidiaban además pidiéndole artículos y trabajos de investigación para justificar su generosa reducción de horas lectivas, y las subvenciones que recibían; pero él ya había despiezado y troceado su tesis doctoral mucho más y mejor que un matarife en una matanza extremeña, de suerte que ya sólo le quedaba por publicar los almibarados agradecimientos. ¿Qué esperaban ya de él?; era un profesor universitario, miembro de una élite que se le antojaba doliente. Era casi imposible, dada la situación actual, que llegara a ser catedrático, ¡que lo dejaran en paz! Esa insistencia, encima, de convocarle para reuniones, y por las tardes para más inri, cuando se encontraba en casa descansando del ajetreo mañanero de la Facultad (y todo a sabiendas de que no pensaba ir, pero todo sea por fastidiar...). Los comienzos de curso eran siempre para él ocasión de gran estrés; así se le comentaba hacía poco en una librería de viejo a un antiguo alumno de los cursos de doctorado; éste le contestó que qué le iba a contar a él que era ahora profesor de instituto, y antes de que aquél pudiera sentirse incómodo, se interesó por el libro que hojeaba; era un viejo manual del antiguo bachillerato, cuyas virtudes comenzó a ensalzar el profesor de la Facultad, sin prestar atención a las quejas amargas del docente de enseñanza secundaria que le explicaba que las leyes educativas en vigor desde los años 90 habían bajado mucho los niveles de conocimiento y exigencia por comparación a los que él había recibido. Afortunadamente, el universitario se detuvo a tiempo antes de confesar que era el tipo de libros que él usaba para preparar sus clases de los primeros cursos, que era los que solicitaba siempre dar, al dignarse observar el rostro del otro, cuyos ojos se entrecerraban con un brillo de inteligencia a medida que él comparaba las ventajas de diversos manuales de aquella época de cara a la enseñanza actual, que sí que le resultó definitivamente incómodo.

 

         El profesor se sentía muchas veces incomprendido, ante las reacciones de la gente, que parecía siempre muy ocupada o indiferente para escuchar sus pausadas palabras. Habrían conocido, entonces, su verdadera pasión secreta, aquello que, sin duda, les habría admirado, y que no podía salir de los muros de su casa, básicamente por falta de espacio: las batallas navales. Gracias a la generosidad de su madre, podía disponer de un gran salón donde poder reconstruir batallas inmortales como la de Jutlandia, el río de la Plata, o la de Leyte. A eso dedicaba la mayor parte de su tiempo, y cantidades ingentes de dinero. Libros, foros de internet, y el trabajo en su minitaller sobre maquetas de elaboración propia eran su verdadero motivo de orgullo, y el hecho de que muy escasas personas, a happy few, conocieran su afición, le hacían sentirse poseedor de un secreto, y una ciencia, que le elevaba sobre la masa de mediocres que le rodeaba, y le agotaba con sus exigencias mundanas. Sentía marcada preferencia por la segunda guerra mundial, que le permitía además lucir sus minuciosas maquetas de aleación ultraligera. ¡Cuántas veces se había sentido al borde de las lágrimas reconstruyendo la implacable e inmisericorde persecución del acorazado Bismarck, o la gesta heroica del Kapitän Langsdorff en el río de la Plata (la última batalla naval clásica), y su tanto más caballeroso cuanto triste final! Por el contrario, la reconstrucción de las grandes batallas navales del Pacífico nunca había acabado de satisfacerlo (a pesar del tiempo y dinero dedicado), pues no creía haber reflejado suficientemente el papel de la aviación en los distintos eventos, debido principalmente a su negativa a usar maquetas prefabricadas, y a cierta desvinculación sentimental (pese a su desprecio a la prepotencia yanqui), que sólo había recuperado en plenitud al rehacer admirablemente el complejo orden de batalla de la olvidada liza de Jutlandia de 1916.

 

         Una sacudida le sacó de su ensimismamiento. El ascensor comenzaba a moverse. Bajaban a la primera planta.

-Es una vergüenza el estado de las instalaciones de la Facultad -dijo Pugnacio-, pienso presentar ahora mismo una queja.

-Desde luego que sí -carraspeó el profesor-, tiene usted toda la razón, ¡qué de tiempo han tardado en rescatarnos! A mí también me van a oír.

 

         El ascensor se paró con cierta brusquedad, y Pugnacio y el profesor salieron de él en orden inverso, tan absorbidos en sus respectivos pensamientos refunfuñantes que obviaron decirse adiós.


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