MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

viernes, 2 de octubre de 2026

ANSCHLUSS

 


Adrian Ghenie



He descolgado el teléfono. Quizás aquí abajo no me vean si vienen. La lista de regalos de reyes, el amigo invisible, la comida de empresa siguen sobre la mesa.... No olvido la última reunión con el comité de empresa. Los representantes sindicales, que ya no hacen reivindicaciones laborales, proponen ahora medidas de la llamada igualdad de género, y se quejan del sexismo de las circulares internas de la corporación. Comencé a esbozar una sonrisa, pero me acordé de que nuestra firma tiene convenios con la administración educativa, y la disimulé con un discreto carraspeo. "los empleados" dejaron su puesto a "los empleados" y "las empleadas", quienes se mutaron en "emplead@s" para cesar ahora ante "el personal laboral". Yo fui antaño personal laboral de la Administración pública. Fue una época de mucho trabajo, pero de una sensación de estabilidad que no había conocido antes. Mi mujer y yo compramos entonces un apartamento en una finca muy bonita, ocupada por unas pocas parejas jóvenes o de mediana edad, sin hijos como nosotros. Fue un auténtico acontecimiento cuando los del segundo C adoptaron un perro; todos parábamos al dueño en el vestíbulo para acariciar al perro y comentar con aquél. Yo estuve tentado de buscar uno, pero mi mujer no quería; dijo que estropearía el sofá, y que fastidiaría nuestras vacaciones. Ella siempre tan práctica. Ya antes de casarnos estábamos de acuerdo en no tener hijos "así tendremos tiempo para nosotros -me decía ella-. Lo de los hijos es una esclavitud de por vida". Ciertamente, hemos hecho muchos viajes, y gastado copiosas sumas en chorradas, aunque me gustaría que cocináramos más, y que ella no viera el sexo como variante de un masaje de pies... A veces me aburro del plasma, y salgo a andar sin rumbo fijo por las calles; si veo a algún conocido, lo evito, y vuelvo a la postre a casa, menos angustiado pero siempre solo... como ahora; sé que podría seguir trabajando una hora más, dos o tres, ¿qué importa? Es curioso, pero pienso ahora con nostalgia en la época que siguió a mi despido de la Corporación pública; nos despidieron a unos cuantos para enchufar a afines al partido que entonces la gobernaba; algunos la denunciamos por despido improcedente, y ganamos el pleito. La sentencia obligaba a readmitirnos, pero el abogado de la Corporación nos dijo off the record antes de la vista que el nuevo partido que la regía no quería allí a nadie que hubiera trabajado con los otros. Nos propusieron cuadruplicar la indemnización a cambio de nuestra renuncia a la reincorporación, y tuve que aceptar y callar. Con ese dinero pude vivir un par de años holgadamente hasta que encontré de nuevo trabajo en esta oficina.

 

         Alguien se acerca por el pasillo, no saldré, ahora no. Me acuerdo del juego del refugio al que jugaba con mi hermano de niño; cruzábamos unas sillas, y las cubríamos con una manta, simulando que estábamos dentro de una nave espacial; él daba las órdenes y establecía la ruta; yo deseaba que aquello no terminara, y le suplicaba en silencio que sus mentiras no concluyeran. No, no saldré hasta que la nave no llegue a la base estelar.