Adrian Ghenie
He descolgado el teléfono. Quizás aquí abajo no me vean si
vienen. La lista de regalos de reyes, el amigo invisible, la comida de empresa
siguen sobre la mesa.... No olvido la última reunión con el comité de empresa.
Los representantes sindicales, que ya no hacen reivindicaciones laborales,
proponen ahora medidas de la llamada igualdad de género, y se quejan del
sexismo de las circulares internas de la corporación. Comencé a esbozar una
sonrisa, pero me acordé de que nuestra firma tiene convenios con la
administración educativa, y la disimulé con un discreto carraspeo. "los
empleados" dejaron su puesto a "los empleados" y "las
empleadas", quienes se mutaron en "emplead@s" para cesar ahora ante "el
personal laboral". Yo fui antaño personal laboral de la Administración
pública. Fue una época de mucho trabajo, pero de una sensación de estabilidad
que no había conocido antes. Mi mujer y yo compramos entonces un apartamento en
una finca muy bonita, ocupada por unas pocas parejas jóvenes o de mediana edad,
sin hijos como nosotros. Fue un auténtico acontecimiento cuando los del segundo
C adoptaron un perro; todos parábamos al dueño en el vestíbulo para acariciar
al perro y comentar con aquél. Yo estuve tentado de buscar uno, pero mi mujer
no quería; dijo que estropearía el sofá, y que fastidiaría nuestras vacaciones.
Ella siempre tan práctica. Ya antes de casarnos estábamos de acuerdo en no
tener hijos "así tendremos tiempo para nosotros -me decía ella-. Lo de los
hijos es una esclavitud de por vida". Ciertamente, hemos hecho muchos
viajes, y gastado copiosas sumas en chorradas, aunque me gustaría que
cocináramos más, y que ella no viera el sexo como variante de un masaje de
pies... A veces me aburro del plasma, y salgo a andar sin rumbo fijo por las
calles; si veo a algún conocido, lo evito, y vuelvo a la postre a casa, menos
angustiado pero siempre solo... como ahora; sé que podría seguir trabajando una
hora más, dos o tres, ¿qué importa? Es curioso, pero pienso ahora con nostalgia
en la época que siguió a mi despido de la Corporación pública; nos despidieron
a unos cuantos para enchufar a afines al partido que entonces la gobernaba;
algunos la denunciamos por despido improcedente, y ganamos el pleito. La
sentencia obligaba a readmitirnos, pero el abogado de la Corporación nos
dijo off the record antes
de la vista que el nuevo partido que la regía no quería allí a nadie que
hubiera trabajado con los otros. Nos propusieron cuadruplicar la indemnización
a cambio de nuestra renuncia a la reincorporación, y tuve que aceptar y callar.
Con ese dinero pude vivir un par de años holgadamente hasta que encontré de
nuevo trabajo en esta oficina.
Alguien se acerca por el pasillo, no saldré, ahora no. Me acuerdo del juego del refugio al que jugaba con mi hermano de niño; cruzábamos unas sillas, y las cubríamos con una manta, simulando que estábamos dentro de una nave espacial; él daba las órdenes y establecía la ruta; yo deseaba que aquello no terminara, y le suplicaba en silencio que sus mentiras no concluyeran. No, no saldré hasta que la nave no llegue a la base estelar.

