MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

jueves, 5 de noviembre de 2026

EL CONGRESO

 


Maurizio Cattelan (Spencer Alley blog)



M. sopesaba pensativo la carta en sus manos desde hacía ya un rato, como si guardara un terrible secreto. No había, sin duda, nada de eso. El acostumbrado membrete era del enésimo congreso de poetas andaluces por la inclusión, la interculturalidad y la perspectiva de género. Ya lo sabía. Era la invitación a participar en él como ponente y estrella de alguna mesa redonda. Las subvenciones de la Junta determinaban grandemente la temática de estos congresos, y le habían dicho que ese año la cosa iba sobre las identidades transgénero y su reflejo en la poesía contemporánea, o algo así.

 

         Sus dedos repasaban las rugosidades del membrete como si fueran caracteres Braille, apurando masoquistamente una sensación de hastío, como en espera de una catarsis inexpresable. Observó también distraídamente el montón de libros y revistas que se acumulaba sobre la mesa, y doquiera en su despacho. Tantos años de trabajo y de esperanzas, tiempo petrificado en pasta de celulosa aún flexible. Tenía varios libros que reseñar para la revista cultural para la que hacía colaboraciones desde hacía años, módicamente remuneradas, pero que le permitían ver su firma estampada todas las semanas en la prensa, y no caer así en el limbo de los publicadores guadianescos. Su currículum literario era, ya entrado en los cincuenta, muy amplio: una veintena de poemarios y plaquettes publicados, así como una miríada de reseñas literarias y artículos en la prensa nacional y local; había ganado, asimismo, toda clase de premios literarios locales, comarcales, provinciales, regionales, autonómicos, aunque todavía le faltaba el gran Premio Nacional, para el que la lista de espera era verdaderamente luenga. Y luego estaba su puesto de funcionario en la Diputación Provincial, su auténtico ganapán desde hacía veinte años; lo cual suponía, empero, una parte no problemática de su cotidianidad: él era un poeta, y de la poesía nadie vive. Llevaba esta servidumbre laboral en cierto modo a gala, e inseparable de su idiosincrasia artística: nunca había sido capaz de escribir un relato, y mucho menos una novela. Se sentía incapaz y desalentado. Es cierto que su editor le propuso tiempo ha que escribiera alguna novela sobre la Guerra Civil, sobre los años postreros del Franquismo, o sobre los inicios de la Transición. Pero la simple idea de inventar una trama, y documentarse le ponía el alma en los pies, y poco podía él hablar de política, ya que su primera juventud la pasó fumando porros y persiguiendo faldas, de acuerdo con una pose pasota que encajaba muy bien, por otra parte, con su índole sensible y contemplativa. Tampoco se sentía atraído por la reciente moda de los microrrelatos, los aforismos (muy pocos pueden contar -pensaba- con la frívola brillantez de un Wilde o la sensibilidad moral de un La Rochefoucauld o un Chamfort) y otras formas de twiteratura.

 

         Ahora bien, él se había sentido siempre naturalmente de izquierdas. De hecho, conoció a su mujer en una manifestación estudiantil en los años 80. De aquellos años recordaba, sobre todo, la zozobra de sus primeras lecturas poéticas, las noches de vaso en mano y genialidades desesperadas en busca de sexo con alguna poetisa -o incluso poeta- de mirada abismática y neuras pujantes, y algunas vivencias de camaradería con otros colegas imposibles ya de revivir. Luego vinieron los congresos subvencionados, los políticos invitados, los malabarismos verbales y los chistes de la nueva sacristía de lo políticamente correcto al tiempo que crecían las ediciones a cargo del erario de diputaciones y comunidades autónomas.

 

         M. había desarrollado la habilidad de mantener las distancias con la polémica política incluso en sus artículos de opinión sobre la actualidad, haciendo un vuelapluma impresionista sobre los aspectos costumbristas de la realidad social y, aun así, mantener su marchamo de escritor progresista, lo que le permitía codearse con unos y otros sin caer nunca en la acritud del debate ideológico, que no le interesaba en absoluto por otro lado.

 

         No obstante, de un tiempo a esta parte, una rabia sorda crecía en él. No era cierto que se leyera más poesía en tiempos de crisis; las ventas no habían subido, y ya le disgustaba asistir a firmas de libros, donde acaba tan ansioso como en un baile de colegio por la falta de oportunidades; por otra parte, muchos periódicos y revistas habían cerrado, y la mayoría de los que quedaban eran ya reacios a pagar por colaboraciones y artículos, por lo que este modesto complemento a su sueldo de oficinista se había casi extinguido.

 

         Se sentía un tanto asediado incluso en su casa; no había conseguido que su hijo, ahora adolescente, se interesara lo más mínimo por lo artístico, y eso que lo recordaba a veces en su infancia asomado un momento a la puerta de su despacho para espiar a su polvoriento padre a la luz de la media tarde antes de desaparecer por los recovecos de su memoria. Se le antojaba ahora otro bruto insensible de zapatillones inverosímiles, gorra ladeada y vocabulario simiesco. Sus hijos eran sus libros, hijos mudos y múltiples, cuyo encuentro ocasional en algún mercadillo, desparramados por el suelo, le producía una inexplicable sensación de culpabilidad y de ternura. Todo para qué, el mejor poeta que él había conocido había muerto casi inédito en Málaga de una sobredosis a finales de los 80, y él seguía allí con los pies fríos tras una mesa...

 

         Su mujer, entonces, abrió la puerta de improviso:

"M., la nevera está vacía, y yo ya he ido al supermercado dos veces la semana pasada, así que a ver si te mueves un poco, ¿vale?"

"Sí, perdona, dame unos minutos que preparo la lista de la compra", respondió, deslizando la carta bajo el libro que estaba leyendo.