Maurizio Cattelan (Spencer Alley blog)
M.
sopesaba pensativo la carta en sus manos desde hacía ya un rato, como si
guardara un terrible secreto. No había, sin duda, nada de eso. El acostumbrado
membrete era del enésimo congreso de poetas andaluces por la inclusión, la interculturalidad
y la perspectiva de género. Ya lo sabía. Era la invitación a participar en él
como ponente y estrella de alguna mesa redonda. Las subvenciones de la Junta
determinaban grandemente la temática de estos congresos, y le habían dicho que ese año la
cosa iba sobre las identidades transgénero y su reflejo en la poesía contemporánea,
o algo así.
Sus dedos repasaban las rugosidades del
membrete como si fueran caracteres Braille, apurando masoquistamente una
sensación de hastío, como en espera de una catarsis inexpresable. Observó también
distraídamente el montón de libros y revistas que se acumulaba sobre la mesa, y
doquiera en su despacho. Tantos años de trabajo y de esperanzas, tiempo
petrificado en pasta de celulosa aún flexible. Tenía varios libros que reseñar
para la revista cultural para la que hacía colaboraciones desde hacía años,
módicamente remuneradas, pero que le permitían ver su firma estampada todas las
semanas en la prensa, y no caer así en el limbo de los publicadores
guadianescos. Su currículum literario era, ya entrado en los cincuenta, muy
amplio: una veintena de poemarios y plaquettes publicados, así como una
miríada de reseñas literarias y artículos en la prensa nacional y local; había
ganado, asimismo, toda clase de premios literarios locales, comarcales,
provinciales, regionales, autonómicos, aunque todavía le faltaba el gran Premio
Nacional, para el que la lista de espera era verdaderamente luenga. Y luego
estaba su puesto de funcionario en la Diputación Provincial, su auténtico
ganapán desde hacía veinte años; lo cual suponía, empero, una parte no problemática
de su cotidianidad: él era un poeta, y de la poesía nadie vive. Llevaba esta
servidumbre laboral en cierto modo a gala, e inseparable de su idiosincrasia
artística: nunca había sido capaz de escribir un relato, y mucho menos una
novela. Se sentía incapaz y desalentado. Es cierto que su editor le propuso
tiempo ha que escribiera alguna novela sobre la Guerra Civil, sobre los años
postreros del Franquismo, o sobre los inicios de la Transición. Pero la simple
idea de inventar una trama, y documentarse le ponía el alma en los pies, y poco
podía él hablar de política, ya que su primera juventud la pasó fumando porros
y persiguiendo faldas, de acuerdo con una pose pasota que encajaba muy bien,
por otra parte, con su índole sensible y contemplativa. Tampoco se sentía
atraído por la reciente moda de los microrrelatos, los aforismos (muy pocos
pueden contar -pensaba- con la frívola brillantez de un Wilde o la sensibilidad
moral de un La Rochefoucauld o un Chamfort) y otras formas de twiteratura.
Ahora bien, él se había sentido siempre
naturalmente de izquierdas. De hecho, conoció a su mujer en una manifestación
estudiantil en los años 80. De aquellos años recordaba, sobre todo, la zozobra
de sus primeras lecturas poéticas, las noches de vaso en mano y genialidades
desesperadas en busca de sexo con alguna poetisa -o incluso poeta- de mirada
abismática y neuras pujantes, y algunas vivencias de camaradería con otros
colegas imposibles ya de revivir. Luego vinieron los congresos subvencionados,
los políticos invitados, los malabarismos verbales y los chistes de la nueva
sacristía de lo políticamente correcto al tiempo que crecían las ediciones a
cargo del erario de diputaciones y comunidades autónomas.
M. había desarrollado la habilidad de
mantener las distancias con la polémica política incluso en sus artículos de
opinión sobre la actualidad, haciendo un vuelapluma impresionista sobre los
aspectos costumbristas de la realidad social y, aun así, mantener su marchamo
de escritor progresista, lo que le permitía codearse con unos y otros sin caer
nunca en la acritud del debate ideológico, que no le interesaba en absoluto por
otro lado.
No obstante, de un tiempo a esta parte,
una rabia sorda crecía en él. No era cierto que se leyera más poesía en tiempos
de crisis; las ventas no habían subido, y ya le disgustaba asistir a firmas de
libros, donde acaba tan ansioso como en un baile de colegio por la falta de
oportunidades; por otra parte, muchos periódicos y revistas habían cerrado, y
la mayoría de los que quedaban eran ya reacios a pagar por colaboraciones y
artículos, por lo que este modesto complemento a su sueldo de oficinista se
había casi extinguido.
Se sentía un tanto asediado incluso en
su casa; no había conseguido que su hijo, ahora adolescente, se interesara lo
más mínimo por lo artístico, y eso que lo recordaba a veces en su infancia
asomado un momento a la puerta de su despacho para espiar a su polvoriento
padre a la luz de la media tarde antes de desaparecer por los recovecos de su
memoria. Se le antojaba ahora otro bruto insensible de zapatillones
inverosímiles, gorra ladeada y vocabulario simiesco. Sus hijos eran sus libros,
hijos mudos y múltiples, cuyo encuentro ocasional en algún mercadillo,
desparramados por el suelo, le producía una inexplicable sensación de
culpabilidad y de ternura. Todo para qué, el mejor poeta que él había conocido
había muerto casi inédito en Málaga de una sobredosis a finales de los 80, y él
seguía allí con los pies fríos tras una mesa...
Su mujer, entonces, abrió la puerta de improviso:
"M.,
la nevera está vacía, y yo ya he ido al supermercado dos veces la semana
pasada, así que a ver si te mueves un poco, ¿vale?"
"Sí,
perdona, dame unos minutos que preparo la lista de la compra", respondió,
deslizando la carta bajo el libro que estaba leyendo.
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