MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

domingo, 9 de febrero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (IV)




Tania Franco Klein




Unos alaridos o berridos preludieron el desencadenamiento de una música atronadora en el piso de arriba. M. se levantó del sofá lanzando sordos exabruptos: era hora de ir a hacer algunos mandados. Se puso una camiseta negra, que creía que le estilizaba, y gorra de visera del mismo color, y bajó las escaleras; atravesó el vestíbulo donde estaba el bidón de la discordia, y pasó por su lado sin levantar su tapa; se rascó la barriga y abrió la puerta mal encajada. Era un nuevo día. Iría al mercado cercano a ver a su mujer en el puesto de verduras que poseía, y luego pasaría por el colmado a por un litro de cerveza. Lanzó una mirada aviesa de soslayo al camarero del bar situado debajo de su casa, que empezaba a montar las mesas para el público.

Las calles no estaban aún muy concurridas: algún ciclista sonámbulo, empeñado en un videojuego mental de no echar jamás pie a tierra y de esquivar a los medrosos peatones como obstáculos, y algunos vecinos paseando a sus cohortes de perros de cuerdas multicolores. Algún chucho suelto se acercaba a la falange, y provocaba un lío inextricable de correas entre los canes rampantes, a cuyo alboroto acudía el dueño despistado del perro desatado, riendo las gracias de su chucho o no, según la cara del auriga canino. Un tipo de nariz gorda y verrugosa comenzaba a montar su puesto de ostiones en los aledaños de otro bar de la calle; los vendía como viagra local con su voz aguardentosa, pero la imagen que más podría convenir sería la de una ruleta rusa para turistas incautos, los únicos que los compraban y consumían alegremente, al tiempo que constituían los solos clientes de algún que otro bar de la zona que los parroquianos no frecuentaban por falta de temeridad. “¡Qué pasa, picha!”, saludó M. al tipo al pasar a su lado; sus fosas nasales se expandieron instintivamente, pero aún era algo pronto para que se las llenara el olor de aceite requemado de alguna cocina de bar. Esquivando algún orín del suelo, accedió finalmente al mercado.

Su mujer lo vio llegar a su puesto de verduras con un quinto de cerveza en la mano. “¿Qué M.?, ¿de sabadito?”, le preguntó una señora ya añosa aferrada a su carrito, con una afabilidad que contrastaba con el ademán antipático de su mujer (M. podría haber dicho en su descargo que era el gesto que su esposa prodigaba a todo el mundo, clientes incluidos). “Sí, señora; hoy no trabajo, ¡sus muertos!”, respondió M. mirando por encima de la anciana a un puesto de comidas cercano. Apoyó entonces un codo en una esquina mientras apuraba su cerveza, y su santa atendía a los clientes. En un momento en que no había nadie la verdulera le habló:

-“¿Has sabido algo del nuevo del ático? No me gusta ese tipo. Parece como maricón, y esa pinta...”.

-“No, nada nuevo -dijo M., desperezándose-; si casi nadie en la finca sabe que se ha ido el joputa”.

-“Mira quién viene por ahí -dijo la verdulera haciendo un leve gesto con su cabeza-”. M. miró hacia donde indicaba su cónyuge y vio a una mujer que andaba arrastrado una pierna, cuyo paso forzado acentuaba el balanceo de un brazo inerte. “La que trabajaba en el Ayuntamiento, ¡se daba unos aires!, y mírala ahora”. M. no prestaba atención a sus palabras; en su mente volvió a surgir la imagen del tipo de nombre tan raro. Metió la mano en un bolsillo, y rozó los pliegues de un cartón arrugado. ¡La tarjeta!, ¿es que la había guardado en ese pantalón? M. desplegó la tarjeta con dos dedos mientras daba otro buche al botellín, y ladeándose inconscientemente como si no quisiera que nadie lo viera, leyó para sí el nombre: “AGAR LABASÚ. Artista”. M. escudriñó por encima de las gafas los caracteres góticos. Escritor y pintor, había dicho el administrador que era. Y, ¿por qué había venido a vivir allí? Es cierto que el ático era muy bueno, amplio, tranquilo, soleado, y con unas magníficas vistas -recordaba M. de las veces que subió allí cuando todavía se hablaba con el anterior propietario, y miraba todo con ojos desencajados-, y ahora debía de valer una pasta con la plaza de garaje incluido (¡sus muertos!). Pero el barrio era popular, y esos tipos… Debía de ser un bohemio, o un caprichoso… ¡Espera! -pensó M.-, voy a mirarlo en Google. Sacó el móvil, y tecleó el nombre tras meterse el botellín vacío en un bolsillo: vio entonces una serie de entradas en inglés, y en otra lengua desconocida para él; arrugó el ceño, la única palabra que le resultaba fácilmente reconocible era “museum”. ¡Bah!, pensó y se guardó el teléfono en el otro bolsillo con el gesto del niño que pasa de un trasto a otro cuando el primero se le resiste. Y la tarjeta… ¿dónde estaba? M. se miró la protuberante barriga, y luego delante de sí: ahí, estaba en el suelo, en medio de la gente que pasaba delante del puesto. Avanzó hacia ella, y cuando iba a agacharse, una repentina corriente de aire se la llevó volando.

¡M.!”, gritó su mujer, pero M. no la escuchaba, y fue a coger el papelito unos metros más allá. Mientras se inclinaba de nuevo trabajosamente, vio cómo una bota lustrosa pisaba la tarjeta. Acuclillado, M. levantó la vista, que montó de unos pechos puntiagudos enfundados en un jersey negro de cuello vuelto al rostro de mandíbula cuadrada de una chica oriental que le mostraba una doble hilera de dientes lactescentes en el marco de una media melena de pelo negrísimo con flequillo cortado a tazón.


¡Hombre! -giró M. el cuello a la izquierda sin levantarse al reconocer la voz de Labasú-, ¡si tenemos aquí a nuestro querido presidente!”.

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