Tania Franco Klein
Unos
alaridos o berridos preludieron el desencadenamiento de una música
atronadora en el piso de arriba. M. se levantó del sofá lanzando
sordos exabruptos: era hora de ir a hacer algunos mandados. Se puso
una camiseta negra, que creía que le estilizaba, y gorra de visera
del mismo color, y bajó las escaleras; atravesó el vestíbulo donde
estaba el bidón de la discordia, y pasó por su lado sin levantar su
tapa; se rascó la barriga y abrió la puerta mal encajada. Era un
nuevo día. Iría al mercado cercano a ver a su mujer en el puesto de
verduras que poseía, y luego pasaría por el colmado a por un litro
de cerveza. Lanzó una mirada aviesa de soslayo al camarero del bar
situado debajo de su casa, que empezaba a montar las mesas para el
público.
Las
calles no estaban aún muy concurridas: algún ciclista sonámbulo,
empeñado en un videojuego mental de no echar jamás pie a tierra y
de esquivar a los medrosos peatones como obstáculos, y algunos
vecinos paseando a sus cohortes de perros de cuerdas multicolores.
Algún chucho suelto se acercaba a la falange, y provocaba un lío
inextricable de correas entre los canes rampantes, a cuyo alboroto
acudía el dueño despistado del perro desatado, riendo las gracias
de su chucho o no, según la cara del auriga canino. Un tipo de nariz
gorda y verrugosa comenzaba a montar su puesto de ostiones en los
aledaños de otro bar de la calle; los vendía como viagra local con
su voz aguardentosa, pero la imagen que más podría convenir sería
la de una ruleta rusa para turistas incautos, los únicos que los
compraban y consumían alegremente, al tiempo que constituían los
solos clientes de algún que otro bar de la zona que los parroquianos
no frecuentaban por falta de temeridad. “¡Qué pasa, picha!”,
saludó M. al tipo al pasar a su lado; sus fosas nasales se
expandieron instintivamente, pero aún era algo pronto para que se
las llenara el olor de aceite requemado de alguna cocina de bar.
Esquivando algún orín del suelo, accedió finalmente al mercado.
Su
mujer lo vio llegar a su puesto de verduras con un quinto de cerveza
en la mano. “¿Qué M.?, ¿de sabadito?”, le preguntó una señora
ya añosa aferrada a su carrito, con una afabilidad que contrastaba
con el ademán antipático de su mujer (M. podría haber dicho en su
descargo que era el gesto que su esposa prodigaba a todo el mundo,
clientes incluidos). “Sí, señora; hoy no trabajo, ¡sus
muertos!”, respondió M. mirando por encima de la anciana a un
puesto de comidas cercano. Apoyó entonces un codo en una esquina
mientras apuraba su cerveza, y su santa atendía a los clientes. En
un momento en que no había nadie la verdulera le habló:
-“¿Has
sabido algo del nuevo del ático? No me gusta ese tipo. Parece como
maricón, y esa pinta...”.
-“No,
nada nuevo -dijo M., desperezándose-; si casi nadie en la finca sabe
que se ha ido el joputa”.
-“Mira
quién viene por ahí -dijo la verdulera haciendo un leve gesto con
su cabeza-”. M. miró hacia donde indicaba su cónyuge y vio a una
mujer que andaba arrastrado una pierna, cuyo paso forzado acentuaba
el balanceo de un brazo inerte. “La que trabajaba en el
Ayuntamiento, ¡se daba unos aires!, y mírala ahora”. M. no
prestaba atención a sus palabras; en su mente volvió a surgir la
imagen del tipo de nombre tan raro. Metió la mano en un bolsillo, y
rozó los pliegues de un cartón arrugado. ¡La tarjeta!, ¿es que la
había guardado en ese pantalón? M. desplegó la tarjeta con dos
dedos mientras daba otro buche al botellín, y ladeándose
inconscientemente como si no quisiera que nadie lo viera, leyó para
sí el nombre: “AGAR LABASÚ. Artista”. M. escudriñó por encima
de las gafas los caracteres góticos. Escritor y pintor, había dicho
el administrador que era. Y, ¿por qué había venido a vivir allí?
Es cierto que el ático era muy bueno, amplio, tranquilo, soleado, y
con unas magníficas vistas -recordaba M. de las veces que subió
allí cuando todavía se hablaba con el anterior propietario, y
miraba todo con ojos desencajados-,
y ahora debía de valer una pasta con la plaza de garaje incluido
(¡sus muertos!). Pero el barrio era popular, y esos tipos… Debía
de ser un bohemio, o un caprichoso… ¡Espera! -pensó M.-, voy a
mirarlo en Google. Sacó el móvil, y tecleó el nombre tras meterse
el botellín vacío en un bolsillo: vio entonces una serie de
entradas en inglés, y en otra lengua desconocida para él; arrugó
el ceño, la única palabra que le resultaba fácilmente reconocible
era “museum”. ¡Bah!, pensó y se guardó el teléfono en el otro
bolsillo con el gesto del niño que pasa de un trasto a otro cuando
el primero se le resiste. Y la tarjeta… ¿dónde estaba? M. se miró
la protuberante barriga, y luego delante de sí: ahí, estaba en el
suelo, en medio de la gente que pasaba delante del puesto. Avanzó
hacia ella, y cuando iba a agacharse, una repentina corriente de aire
se la llevó volando.
“¡M.!”,
gritó su mujer, pero M. no la escuchaba, y fue a coger el papelito
unos metros más allá. Mientras se inclinaba de nuevo
trabajosamente, vio cómo una bota lustrosa pisaba la tarjeta.
Acuclillado, M. levantó la vista, que montó de unos pechos
puntiagudos enfundados en un jersey negro de cuello vuelto al rostro
de mandíbula cuadrada de una chica oriental que le mostraba una
doble hilera de dientes lactescentes en el marco de una media melena
de pelo negrísimo con flequillo cortado a tazón.
“¡Hombre!
-giró M. el cuello a la izquierda sin levantarse al reconocer la voz
de Labasú-, ¡si tenemos aquí a nuestro querido presidente!”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario