Elene Usdin [Weimar art]
Muchos empiezan a señalarme diciendo que ya está cercana mi hora
como heredero; muchos me ven ya como el nuevo dueño de la Compañía y del
Teatro. Antes, ese pensamiento me halagaba; hoy, en cambio, me angustia. Quizás
he vivido demasiado tiempo -como todos en el Teatro- a la sombra de mi padre.
Él lo ha sido todo en este mundo difícil, esencia de espejismos y escuela de
sinsabores, donde el escenario es una débil defensa contra el embate de la
realidad que el público, bienintencionado casi siempre, no consigue dejar del
todo fuera, como sus abrigos en el guardarropa. Su figura augusta e imponente
de gigante asequible, de anciano aniñado, de galán intempestivo sigue siendo el
rompeolas de todas las crisis que hemos sufrido en el Teatro en las últimas
décadas.
Cuando deambulo por
los pasillos del edificio, a veces me detengo a contemplar, con cierta
imposible nostalgia, las fotos de las primeras representaciones de mi padre; él
era hijo de un viejo primer actor al que nunca le habían dado su sitio, y
comenzó como comparsa en la Compañía; poco a poco, se ganó la confianza del
antiguo dueño, un viejo carcamal empeñado en representar siempre las mismas
funciones retrógradas. Con el tiempo se convirtió en su favorito, su esperanza,
y llegó a prometerle que sería su heredero, si mantenía su mismo designio
empresarial y artístico; mi padre, contra la opinión del suyo, -especialista en
monólogos dramáticos- así lo hizo un día delante del público, en un gesto -por
ende- bastante teatral. Cuando murió el vejestorio, se puso de acuerdo con los
viejos actores de la Compañía, y algunos meritorios ambiciosos, dispuestos a
cualquier cosa con tal de salir a escena, para hacer algunos cambios externos,
sin alterar demasiado la estructura de la empresa. De tal suerte, desechó la vieja
tramoya, y creó con la ayuda de su equipo de viejos nuevos hombres unos
espectáculos vanguardistas e interactivos, que proporcionaban al público,
ansioso de novedades, la ilusión de que participaba en la obra, y de que su
contribución era útil. La escena se pobló también de comedias eróticas y
picantes, que se presentaba como un signo de modernidad, frente a las máquinas
casi tridentinas del predecesor. Se hicieron, asimismo, muchos grandes
espectáculos gratuitos, y se levantaron muchos nuevos teatros en las
provincias. Ésta fue, sin duda, la mejor época de mi padre: sólo precisaba
salir a escena para que el público se deshiciera en
aplausos, era el rostro inevitable en la televisión y la prensa, y los
políticos y las grandes fortunas buscaban su compañía, de tal modo que engrosó
un pingüe capital en comisiones, haciendo de mediador y patrocinador en toda
clase de negocios.
Por otra parte, su éxito con las mujeres siempre ha sido
innegable. Sus romances con las actrices de la Compañía han sido de antiguo la
comidilla de ésta, que ha mirado siempre con más conmiseración que desprecio a
mi pobre y sufrida madre, una humilde figurante que empezó en el Teatro casi a
la par que su marido. Los diversos directores han transigido con las queridas
que mi padre promocionaba a primeras actrices y otros chanchullos suyos, cada
vez más alejados de las bambalinas, a cambio de que les dejara hacer a su
antojo con el dinero de la caja, y la cartelera.
Al contemplar ahora
algunas de las grietas del venerable teatro, me doy cuenta de que la venalidad
de los directores, sostenida y tolerada por mi padre para que no se metieran
con la suya, se ha hecho evidente por el descenso imparable de la taquilla,
provocada asimismo por aquélla. Mi padre declaró que la situación del Teatro
iba a cambiar, y que él iba a dar ejemplo; no obstante, mi hermana y el chulo
de su marido metieron la mano en la caja, y él no hizo otra cosa que mandarla
de gira por el extranjero, con el patrocinio de uno de sus magnates amigos. Los
abucheos, que antes sólo se producían de manera esporádica en el paraíso,
empiezan a extenderse de manera insidiosa al patio de butacas. Mi padre intenta
aparentar que nada ha pasado, pero los años no han pasado en balde tampoco para
él. A veces, tal es su carisma, consigue apaciguar el coso, con uno de sus
gestos tan conocidos, o algún breve parlamento, que arranca aplausos
interminables de los espectadores más nostálgicos, pero las fuerzas le fallan.
Cuando empezó a tener problemas de espalda y cadera (a los que no han sido
extraños los excesos de su vida de crápula entrañable), y se vio obligado a
llevar un bastón casi permanentemente, uno de sus amigos dramaturgos escribió
para él algunas comedias de enredo en las que se justificaba su salida a escena
con el báculo, porque el protagonista -siempre él, y siempre galán- simulaba
una enfermedad, y los tramoyistas tenían órdenes de colocar objetos ad hoc en la escena, en los que
pudiera apoyarse mi padre si sentía que le fallaban las piernas; en otra pieza,
él se la pasaba andando a pasitos muy cortos para no despertar a su mujer, que
dormía en la habitación de al lado, mientras él dialogaba a tumba abierta con
una amante esporádica, que le había seguido hasta casa; en una de las últimas,
en las que las dos muletas han hecho ominosa presencia, él aparenta acabar de
sufrir un accidente de ski, y la primera actriz, una de sus viejas amantes,
realiza, en una escena que se ha hecho famosa, un juego pícaro con uno de los
bastones, que mi padre sostiene en el aire, mientras se apoya en el otro.
He visto llorar en
silencio a algunos de sus más acérrimos seguidores de las primeras filas, que
notaban estas triquiñuelas, y algunos irreprimibles gestos de dolor de mi
padre; ésta es su infinita tragedia, pues un gran actor como él no necesita
compasión, sino reconocimiento y aplausos; no desea otra vida que ésta, y
siento, a veces, al verlo apoyar la cabeza contra el telón antes de la función,
que teme -y desea- que el espectáculo acabe junto con él.


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