Martin Parr
Paco estaba a punto de echar la baraja de la frutería, cuando le
llamó María. Le dijo que quería hablarle de algo del partido. Su tono
misterioso y apresurado le desazonó un poco, pero tenía que reconocer que,
últimamente, con el montaje del negocio, estaba un tanto alejado de los azares
del partido, cuando hasta hace nada no se perdía una reunión, y se sentía
obligado, por tanto, a atender a la llamada perentoria de su compañera. Revisó
las cajas de fruta, y adecentó un poco la trastienda del local. Tras un año en
el paro al ser despedido de su puesto de mecánico en una empresa de automoción,
se decidió a abrir con su mujer esta tienda. Él no era tonto, y había hecho un
pequeño estudio de mercado: una frutería es un tipo de negocio ideal para un
local de modestas dimensiones, y exige una muy pequeña inversión, y, si se abre
en la zona adecuada, puede ir muy bien. Su mujer había trabajado de jovencita
en la frutería de una tía suya, y fue ella la que le desaconsejó la idea de
abrir un garito exclusivamente ecológico, sobre todo por los precios; podrían
tener una sección de productos ecológicos, para determinado público que siempre
convenía mimar, pero sólo lo ampliarían si iba bien ese segmento de negocio, y
así lo hicieron. Las cosas ahora, en su comienzo, no les iban mal, y se estaban
haciendo una clientela fiel, en parte por la simpatía de la pareja, y el don de
gentes de Paco, capaz de hablar y dar consejos de una materia como la
horticultura en la que no era más que un mero neófito.
Unos golpecitos
quedos en el escaparate le sacaron de su ensimismamiento. Era María. Con su
media melena rojiza, y sus camisas floreadas, aquella mujer que frisaba ya los
cincuenta, le había caído siempre simpática a Paco desde que la conoció en la
asamblea local del partido. Juntos habían repartido propaganda, pegado
carteles, y montado tenderetes para distribuir el manifiesto sobre política
municipal que habían elaborado bajo la dirección de Antonio, el coordinador
local.
-Hola, Paco hijo, ¿cómo estás? -dijo María estampándole sendos y
sonoros besos en las mejillas-, no te veo prácticamente desde la inauguración
de la frutería. Se te echa mucho de menos en la sede. Sí, imagino que has
estado muy ocupado con el negocio. Claro, pero no te olvidamos, sabes, si tú
supieras. ¿Puedo sentarme? Vengo un poco alterá. No, estoy bien, no te preocupes. Pero si tú supieras, las
cosas han cambiado mucho en tu ausencia...
Paco observó atentamente a la mujer que se abanicaba con un
folleto de propaganda del partido, y arrimó una silla a su lado, junto a las
verduras.
-¿Qué ha pasado, María?
-Te necesitamos allí, Paco -dijo la mujer suspirando, y agarrando
su mano- Antonio es muy bueno, pero se está equivocando -La mujer bajó la
mirada, y echó una ojeada a la caja de tomates raf.
-No entiendo en qué se puede estar equivocando el bueno de
Antonio, María. ¿Es por lo de las listas para las elecciones municipales?
-Sí, Paco, eso es. Se dice que piensa presentar una lista a la
asamblea en la que no estamos casi ninguno de los de siempre, y que va a meter
a algunos de sus amigos abogados, esos de corbata a los que casi nunca hemos
visto el pelo de la dehesa.
Paco se sintió
profundamente turbado, ¿no iba a contar con él Antonio? No podía creerlo. Ni
siquiera se le había pasado por la cabeza no ir como número dos en las listas
para las elecciones municipales del año siguiente. Se podía decir que él y
Antonio eran uña y carne. Es cierto que Antonio, el único de ellos con
experiencia política, pues había llegado a ser hace unos años concejal por un
partido independiente ahora extinto, era el que había levantado el partido a
nivel local. Pero eso no lo hubiera logrado sin su ayuda, y su capacidad para,
digámoslo así, traducir las directivas de Antonio al creciente cuerpo de
afiliados al novel partido, formado en su gran mayoría por gente entusiasta,
pero con muy escasa, o nula, formación política. Hacía dos meses que no veía al
coordinador local, ni siquiera para tomar copas. Lo que hacía cinco minutos le
hubiera parecido normal, ahora empezaba a resultarle sospechoso.
-¿Pero quién dice eso, María? ¿lo sabes con certeza?
-La gente del partido, Paco. Fali me dijo que alguien le contó que
oyó a Antonio hablar con esos de las corbatas que afilió hace seis meses al
partido, diciéndoles que los necesitaba para las listas, pues quería proponer a
la asamblea local una competitiva, formada por gente preparada y competente.
Todos están muy preocupados, Paco. Antonio va a dejar el partido como un pajar.
-Me resulta difícil creerlo, María, aunque no dudo de tu palabra.
Sería una auténtica traición. Quizás debería llamar a Antonio, y aclarar las
cosas.
-No, espera, Paco -dijo la mujer, volviéndole a coger la mano-. Ya
sabes cómo es Antonio. Lleva muy bien las cosas, pero es un pelín prepotente, y
te acusará de Dios sabe qué, predisponiendo a la gente contra ti. Acuérdate de
cuándo vino el líder del partido desde Madrid; apenas nos dejó acercarnos a él,
como el perro del jardinero, ya sabes, que ni come ni deja beber. Las cosas
siempre tienen que ser como él dice, y todo porque ha sido concejal. A mí
personalmente, siempre me ha dado un poco de repelús, con esos aires que se da, y ese tic en el ojo... bueno, a
mí me deja indiferente como mujer, y ya no es ningún jovencito... Te voy a
decir una cosa; la gente de la asamblea me ha pedido que venga a verte, ¿quién?
Rafa, Fali, Pepi, Rosa, Luis, Vanesa... Ya no confían en Antonio. Es duro
decirlo así Paco, pero es la verdad. Tú no eres como él; tú eres como nosotros,
y no tienes nada que envidiarle; tú lees los periódicos, y escuchas las
tertulias; te expresas muy bien, y eras tan capaz de tomar el puerro por las
hojas como el listillo de Antonio. Tú nunca nos manipularías. Y la gente lo
sabe. En fin, Paco, allí quieren que lideres una lista alternativa.
-¿Pero eso no podría considerarse una traición de mi parte, María?
teniendo en cuenta, sobre todo, que Antonio no ha movido ficha...
-¡Pues por eso mismo, Paco! Si nos adelantamos, no podrá hacer
nada para convencer a la gente a su favor, y si se enfada, descubriría su juego
oculto, pues cualquier miembro de la asamblea local tiene derecho a presentar
una lista para someterla a la aprobación de ella. Sé que es difícil para ti,
Paco. Pero mira, cuando tuve que cerrar la mercería y me quedé en paro, yo
nunca había pensado antes en la política; nuestro partido es joven, y lucha
contra la corrupción de los grandes, y eso fue lo que me gustó, y la alegría de
encontrar gente como yo; no necesitamos políticos profesionales entre nosotros,
que todo lo estropean, y menos ahora que las encuestas dicen que podemos sacar
concejales. Además, Antonio tiene un buen sueldo; él no sabe lo que es estar en
el paro; nosotros somos del pueblo, y podemos comprender mejor que nadie las
necesidades de la gente; ya se sabe, la crisis, y estar todo el día trabajando
por cuatro gordas... -la mujer apretó la mano de Paco, y buscó inquisitivamente
su mirada.
-Está bien, María, cuento contigo. Mañana intentaré pasarme por la
sede para empezar a mover a la gente. Tú puedes ir tranquilizando al personal,
y pidiéndole prudencia.
Tras despedir a la compañera, Paco acabó de echar la baraja, y se miró las uñas, cuya suciedad le cansaba tanto últimamente limpiar.


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