MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

domingo, 23 de febrero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (V)





Rinko Kawauchi



M. escuchó la risa cantarina de la chica oriental, cuando dio una culada al intentar incorporarse precipitadamente para enrostrar al nuevo vecino del ático. Tuvo la impresión fugaz de que los ojos rasgados de la joven, que lo miraban fijamente, estaban de algún modo desconectados muscularmente de la boca dentada que reía de su aspecto en el suelo, con las piernas abiertas y recogidas, y las dos manos apoyadas en el suelo detrás de su espalda.

-“Levántese, amigo M.” -dijo Labasú en el tono difusamente cordial de un médico, y éste dio un brinco y se puso de pie con una agilidad que no correspondía con su pinta abotargada, mientras sentía que el calor del rubor se le subía al rostro-. “Se ha caído usted por intentar recoger mi tarjeta, ¡qué considerado es usted!, y qué muestra más natural de aprecio me ha ofrecido; pero no se preocupe, ¡tengo muchas!” El vecino se volvió entonces a la joven, a la que habló en una especie de jerigonza incomprensible para M., y ésta, tras hacer un leve inclinación de cabeza, sacó una tarjeta de uno de los bolsillos delanteros de su ajustado pantalón, y se la tendió, para agacharse de continuo ágilmente y recoger la tarjeta sucia y arrugada que había atrapado bajo su calzado.

“Tome, M.” -le dijo el vecino tendiéndole el trozo de cartulina, al tiempo que lo tomaba suavemente por un codo-. M. giró la cabeza en dirección a la chica, pero había desaparecido de su vista.

-“Quisiera que me acompañara, si es usted tan amable, a la zona del pescado. Para que me recomiende algo, es la primera vez que vengo.”

-“¡coño!, ¡y la china!...”, acertó sólo a pensar M. antes de que Labasú lo condujera con suavidad pero con firmeza al interior del mercado.

Y así entraron en la zona de la pescadería; una hilera de puestos blancos separados por tabiques alicatados e iluminados por lámparas se sucedían en doble hilera enfrentada. “¡Hum! -murmuró el artista-, algunos de estos pecados tienen peor aspecto que ciertos precitos...” Comenzó a preguntarse M. a qué precintos se refería, cuando una risa estrenduosa resonó al lado del vecino.

-“¡Es verdad!, Agar, ¡joder!, ¡qué mala pinta tiene ese pescado!, ¡me cago en la hostia!” Ya pudo M. olvidarse rápidamente de la china, al contemplar a ese nuevo individuo que se había pegado al lado de su acompañante: un tipo muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que los observaba con una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos desbordaban de unas sandalias mugrientas. Aunque lo que más impresionaría a M. -si hubiera sido un observador sensible- sería el rostro del sujeto, una cara rectangular de barbilla saliente y como esculpida en granito, que se antojaba el espolón de unos duros pómulos que protegían una nariz plana y medio hundida en ese mascarón agresivo que se prolongaba hacia arriba en una frente elevada y huidiza en la que nacía un pelo corto y canoso que empezaba a ralear; el labio superior de una boca vivaracha y de dientes amarillentos tendía a unirse cuando hablaba con la nariz que se arrugaba en un mohín que parecía reflejar un asco y desdén constante.

“Hola, Lorai, te presento a M., vecino y presidente de la comunidad de la finca...”

“¿Es éste? -dijo el llamado Lorai, señalando a M. con un dedo huesudo, el rictus aludido del labio, y sin intención aparente de darle la mano-, ¡no me jodas!”. Se quedó mirando un segundo a Labasú, mordiéndose un labio, y se giró de seguido a los puestos de pescado, mientras caminaban los tres.

-“Mirad, esa merluza tiene pinta de estar resfriada, de las veces que la habrán sacado y metido en las cámaras; ¡eh!, ¿por qué esos puestos no tienen el pescado sobre hielo?, ¡qué mal huele aquí! -el tal Lorai hablaba cada vez más alto, agitando sus manos huesudas, que parecían sacadas de un grabado de anatomista, atrayendo las miradas de algunos paisanos-, ¡eh!, ese tipo se está tomando un botellín en el mostrador, y, ¡anda, la hostia!, ese otro se está fumando disimuladamente un cigarrito en un rincón del puesto… Sí, tú, ¿qué miras?, ¡y en ese otro dicen que no limpian el pescado!, ¡claro, acabáramos!, así está de brazos cruzados, el tío…, ¿A dónde me has traído, Agar?, ¿era necesario esto? Me voy a la playa a ver cómo es”.

Y dicho y hecho, se dio la vuelta, y desapareció raudo entre un mar de carritos de la compra.

“Disculpe usted a Lorai, M. -dijo Labasú sin que éste tuviera tiempo de decir nada, aunque el rápido parpadeo de sus ojos tras sus gafas, indicaba el azoramiento y el enfado de M.-. Ya se sabe lo que se dice de las gentes del Norte, todo impulsividad y franqueza. Además, Lorai ha tenido una vida difícil, pero cuando se le conoce mejor se lo acaba apreciando, ya verá”.

M. detuvo el paso delante del puesto de un pescadero amigo suyo, y se hicieron las debidas presentaciones. El nuevo vecino repitió su nombre ante las vacilaciones de M., que apretaba en un puño la nueva tarjeta recibida, para hablar luego brevemente con el pescadero sobre el género a la venta. Decididamente, M. odiaba a ese tipo.


“Bueno, M., debo dejarle. Muchas gracias de nuevo por sus consejos. Mandaré a Lorai a comprar alguna vez a este puesto de su amigo, si es que puede soportarlo” -se despidió el vecino del ático con una amplia sonrisa y un leve gesto de la mano.

domingo, 9 de febrero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (IV)




Tania Franco Klein




Unos alaridos o berridos preludieron el desencadenamiento de una música atronadora en el piso de arriba. M. se levantó del sofá lanzando sordos exabruptos: era hora de ir a hacer algunos mandados. Se puso una camiseta negra, que creía que le estilizaba, y gorra de visera del mismo color, y bajó las escaleras; atravesó el vestíbulo donde estaba el bidón de la discordia, y pasó por su lado sin levantar su tapa; se rascó la barriga y abrió la puerta mal encajada. Era un nuevo día. Iría al mercado cercano a ver a su mujer en el puesto de verduras que poseía, y luego pasaría por el colmado a por un litro de cerveza. Lanzó una mirada aviesa de soslayo al camarero del bar situado debajo de su casa, que empezaba a montar las mesas para el público.

Las calles no estaban aún muy concurridas: algún ciclista sonámbulo, empeñado en un videojuego mental de no echar jamás pie a tierra y de esquivar a los medrosos peatones como obstáculos, y algunos vecinos paseando a sus cohortes de perros de cuerdas multicolores. Algún chucho suelto se acercaba a la falange, y provocaba un lío inextricable de correas entre los canes rampantes, a cuyo alboroto acudía el dueño despistado del perro desatado, riendo las gracias de su chucho o no, según la cara del auriga canino. Un tipo de nariz gorda y verrugosa comenzaba a montar su puesto de ostiones en los aledaños de otro bar de la calle; los vendía como viagra local con su voz aguardentosa, pero la imagen que más podría convenir sería la de una ruleta rusa para turistas incautos, los únicos que los compraban y consumían alegremente, al tiempo que constituían los solos clientes de algún que otro bar de la zona que los parroquianos no frecuentaban por falta de temeridad. “¡Qué pasa, picha!”, saludó M. al tipo al pasar a su lado; sus fosas nasales se expandieron instintivamente, pero aún era algo pronto para que se las llenara el olor de aceite requemado de alguna cocina de bar. Esquivando algún orín del suelo, accedió finalmente al mercado.

Su mujer lo vio llegar a su puesto de verduras con un quinto de cerveza en la mano. “¿Qué M.?, ¿de sabadito?”, le preguntó una señora ya añosa aferrada a su carrito, con una afabilidad que contrastaba con el ademán antipático de su mujer (M. podría haber dicho en su descargo que era el gesto que su esposa prodigaba a todo el mundo, clientes incluidos). “Sí, señora; hoy no trabajo, ¡sus muertos!”, respondió M. mirando por encima de la anciana a un puesto de comidas cercano. Apoyó entonces un codo en una esquina mientras apuraba su cerveza, y su santa atendía a los clientes. En un momento en que no había nadie la verdulera le habló:

-“¿Has sabido algo del nuevo del ático? No me gusta ese tipo. Parece como maricón, y esa pinta...”.

-“No, nada nuevo -dijo M., desperezándose-; si casi nadie en la finca sabe que se ha ido el joputa”.

-“Mira quién viene por ahí -dijo la verdulera haciendo un leve gesto con su cabeza-”. M. miró hacia donde indicaba su cónyuge y vio a una mujer que andaba arrastrado una pierna, cuyo paso forzado acentuaba el balanceo de un brazo inerte. “La que trabajaba en el Ayuntamiento, ¡se daba unos aires!, y mírala ahora”. M. no prestaba atención a sus palabras; en su mente volvió a surgir la imagen del tipo de nombre tan raro. Metió la mano en un bolsillo, y rozó los pliegues de un cartón arrugado. ¡La tarjeta!, ¿es que la había guardado en ese pantalón? M. desplegó la tarjeta con dos dedos mientras daba otro buche al botellín, y ladeándose inconscientemente como si no quisiera que nadie lo viera, leyó para sí el nombre: “AGAR LABASÚ. Artista”. M. escudriñó por encima de las gafas los caracteres góticos. Escritor y pintor, había dicho el administrador que era. Y, ¿por qué había venido a vivir allí? Es cierto que el ático era muy bueno, amplio, tranquilo, soleado, y con unas magníficas vistas -recordaba M. de las veces que subió allí cuando todavía se hablaba con el anterior propietario, y miraba todo con ojos desencajados-, y ahora debía de valer una pasta con la plaza de garaje incluido (¡sus muertos!). Pero el barrio era popular, y esos tipos… Debía de ser un bohemio, o un caprichoso… ¡Espera! -pensó M.-, voy a mirarlo en Google. Sacó el móvil, y tecleó el nombre tras meterse el botellín vacío en un bolsillo: vio entonces una serie de entradas en inglés, y en otra lengua desconocida para él; arrugó el ceño, la única palabra que le resultaba fácilmente reconocible era “museum”. ¡Bah!, pensó y se guardó el teléfono en el otro bolsillo con el gesto del niño que pasa de un trasto a otro cuando el primero se le resiste. Y la tarjeta… ¿dónde estaba? M. se miró la protuberante barriga, y luego delante de sí: ahí, estaba en el suelo, en medio de la gente que pasaba delante del puesto. Avanzó hacia ella, y cuando iba a agacharse, una repentina corriente de aire se la llevó volando.

“¡M.!”, gritó su mujer, pero M. no la escuchaba, y fue a coger el papelito unos metros más allá. Mientras se inclinaba de nuevo trabajosamente, vio cómo una bota lustrosa pisaba la tarjeta. Acuclillado, M. levantó la vista, que montó de unos pechos puntiagudos enfundados en un jersey negro de cuello vuelto al rostro de mandíbula cuadrada de una chica oriental que le mostraba una doble hilera de dientes lactescentes en el marco de una media melena de pelo negrísimo con flequillo cortado a tazón.


“¡Hombre! -giró M. el cuello a la izquierda sin levantarse al reconocer la voz de Labasú-, ¡si tenemos aquí a nuestro querido presidente!”.

domingo, 26 de enero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (III)







Tin Mitchell



M., todavía patidifuso, observó la tarjeta de visita para salir de su pasmo. “AGAR LABASÚ. Artista”, leyó M. en caracteres góticos, y debajo, la dirección del ático, y un número de teléfono móvil.

-“Otro bicho raro”, pensó M., antes de que su mujer cerrara la puerta, y lo enrostrara.

-“¡Bien!, ¡al carajo el joputa y su mujer, la bruja!” -dijo M. al tiempo que levantaba y agitaba el puño cerrado de la mano que no sostenía la tarjeta.

-“Oye, M. -rubricó su mujer con tono desabrido-, por mí le pueden dar por culo a esos dos, pero, ¿no te parece todo esto muy raro?”.

-“¿El qué?, se han ido por fin; ya no tendremos que aguantarlos, y este nuevo ha hablado con el administrador, y yo...”

-“Pareces tonto, hijo. Los dos trabajaban aquí, ¿los dos tienen que cambiar de trabajo al mismo tiempo?, ¿y la mudanza?, ¿quién se va de su casa, aunque la venda, sin llevarse sus cosas? Yo no he visto aquí ningún camión de mudanza, ni gente bajando cajas, ni ahora muebles que tirar, y de noche no lo van a hacer...”

M. se acordó entonces del cambio de cocina que hizo la vecina del 3º, esos viejos muebles grasientos en el vestíbulo, de los que corría hasta el usillo un charquito amarillo marrón. No, era raro, como decía su mujer.

-“Este ático, además, le habrá costado una pasta a ese tal Blabasul; a ver, qué dice: 'artista'; artista de qué. Mira, mejor que llames al administrador, y le preguntes qué sabe de este asunto; no vayamos a caer de la sartén al fuego”.

El administrador… quedó un momento pensativo M. Sí, no era el primero que tenían. Al inicial promovió M. que lo cambiaran, pues, en su opinión, no resolvía el problema del moroso, y por favoritismo, pues en las asambleas de comunidad dejaba hablar al del ático aunque los demás que hablaran -él, la vecina del 3º, y el propietario de pisos de estudiantes- dijeran lo contrario.

Su mujer lo sacó de su ensimismamiento: “llámalo, ahora, que estará en su despacho”.

M. marcó el número en el móvil. “Sí, ¿es el administrador?” Una voz metálica y enronquecida respondió afirmativamente al otro lado. Efectivamente -decía la voz-, el señor Labasú había comparecido en su despacho hacía un mes, mostrándole una copia del contrato de compraventa del ático, y presentándole disculpas en nombre del antiguo propietario por no haberse despedido convenientemente, ya que había tenido que hacer un cambio de domicilio con gran premura. El sr. Labasú era un escritor y pintor de reconocido prestigio, por más que de gran modestia, y hacía tiempo que deseaba venir a vivir a una ciudad como la nuestra, donde encontrar reposo e inspiración. El hecho de contar con un amigo común había facilitado que los trámites de compraventa se realizaran con celeridad y a plena satisfacción de ambas partes. El sr. Labasú, finalmente, deseaba ser una parte activa y solidaria de la comunidad, por lo que se ponía a disposición de ésta, etc, etc.

-“Vaya, -dijo M.- el administrador parecía acatarrado. Que nada, que dice...” y M. repitió con sus palabras a su mujer lo que aquél le acaba de explicar. Ésta lo miró con sus cejas enarcadas, y torció el gesto. “A ver qué clase de gente nos va a meter aquí”, musitó chasqueando los labios…

domingo, 12 de enero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (II): Agar Labasú




Vladimir Fuka




Al poco, y al hilo de estas apariciones, se dio cuenta de que ya no veía al vecino del ático, más o menos desde la época en que empezó a ver por la finca a este señor de gafas de pasta gruesa y negra, y de barba larga entrecana, que parecía salido de la revista La Codorniz. Escamado, aprovechó una subida a la azotea, para observar la puerta del ático; nada parecía haber cambiado. No, algo sí: ya no estaba sobre la puerta el distintivo de la empresa de seguridad que había contratado ese sujeto, porque la puerta de la calle no cerraba bien, y llevaba mucho tiempo sin arreglarse.

Bajó rápido a contárselo a su mujer. “Sí, ya me he dado cuenta -dijo ella, con una sonrisa maliciosa-; ¿se habrán ido? Pero qué raro, habríamos sentido la mudanza… acaso les irá mal, y no podrán pagar la alarma, en todo caso me alegro -concluyó ella con un brillo de triunfo en los ojos-; ahora estaremos mejor aquí, sin ese borde sabelotodo”.

-“¿Y el tipo que sube a su casa? Tiene pinta de capullo, de santurrón; será amigo suyo...” -dijo encogiendo los hombros M., al tiempo que su mujer llamaba a la vecina del 5º, que vivía debajo del ático, por si sabía algo del tema o había oído ruidos inhabituales (Ya M. le preguntaba antes maliciosamente si escuchaba al del ático y a su mujer hacer ruidos).

De pronto, oyeron llamar a la puerta. A M. se le erizó el vello de la nuca, resto de la batalla perdida contra la calvicie, con un sentimiento de alarma irracional que quiso sacudirse en el acto.

-“¿Quién será? -preguntó de manera estúpida-.

-“No sé -dijo su mujer en tono neutro-, ve a abrir”.

M. trotó por el corredor de su casa con paso primero firme, luego más cauteloso. Puso casi al mismo tiempo la mano en el tirador de la puerta, y el ojo en la mirilla, y lo que vio le dejó el labio inferior colgando: en la visión angular que le ofrecía ésta aparecía el pequeño individuo que subía aquellos días a la última planta. Sin atreverse a llamar a su mujer, que se había quedado en la habitación al fondo del pasillo, carraspeó, y abrió la puerta con forzada desenvoltura:

-“Sí, ¿qué desea?” -avanzó M., receloso, pero no intimidado ante el homúnculo que le sonreía de oreja a oreja.

-“Buenas tardes, permítame que me presente: me llamo Agar Labasú, soy el nuevo vecino del ático.”

-“¿Qué?, ¿qué?” -balbució M., abriendo como platos sus claros ojos.

-“Agar Labasú; parece vasco, ¿verdad?” -rió con risa apagada bajo su radiante mirada el extraño.

-“¿Qué?, ¿vecino ha dicho?” -repitió M. sacudiendo un inexistente flequillo.

Si la sorpresa no hubiera bloqueado a M., podría haber observado mejor mientras hablaba a su interlocutor. Era un hombre, sin duda, de talla inferior a la media, aunque sin resultar ridículo o deforme. Su cuerpo era proporcionado, y tal vez atlético en su tórax y hombros. Tenía una frente pequeña orlada de un cabellera negrogrisácea y corta, de la que una larga barba veteada de canas desde debajo de la boca hasta su punta parecía la prolongación natural. Resultaba, sin duda, el marco natural para las gafas gruesas de pasta negra que llevaba sobre una nariz pequeña y afilada, parteluz natural de unos ojos chispeantes con un no sé qué de burlones que compensaban la aparentemente escasa movilidad de una boca enmarcada de labios gruesos, aunque disimulados en cierta medida por la barba canosa.

Esa aparente capacidad de hablar casi sin mover los labios en lo que parecía un leve tartamudeo alarmó inconscientemente a M., quien tuvo que hacerse repetir la explicación del hombre:

-“Sí, hombre, no se sorprenda; esas cosas pasan. Soy el nuevo propietario del ático. Ahora somos vecinos”, -dijo risueño el nuevo cohabitante del edificio al tiempo que tendía una mano pequeña, pero firme y velluda, a M. “Vaya, le veo un tanto apesumbrado, espero que no le hubiera cogido demasiado cariño al anterior propietario -volvió a reír el nuevo vecino-. Bueno, el administrador de la comunidad me dijo que era usted el presidente actual, y he venido a presentarme”.

M. observaba como si nunca hubiera visto nada igual el pantalón de pinza negro, a juego con el tres cuartos de pana, y el jersey gris de marca, y no vio la tarjeta que le tendía el hombre.

-“Tenga; es un poco anticuado esto de las tarjetas, pero yo soy así, ya lo verá” -dijo el copropietario, sin dejar de prologar como en sostenuto su risita. “Señora” -exclamó de seguido ante la aparición de la mujer de M. con una casi imperceptible inclinación de cabeza.

-“¿Qué ha pasado con… el otro?” -le espetó la mujer mirándolo de arriba a abajo.

“¡Oh!, no se preocupen. Motivos laborales le han llevado a cambiar de domicilio de manera forzosa e inopinada. A través de un amigo común hemos arreglado todo el asunto a nuestra entera satisfacción”. La sonrisa del hombre se dilataba a medida que hablaba con la pareja enmudecida. “Bueno, amigos, ya tendremos ocasión de hablar. Quedo a su disposición. Hasta la vista”. Y sin más decir desapareció escaleras abajo con un trotecito alegre.

NARANA




Esteban Maroto, "Narana"


domingo, 29 de diciembre de 2019

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (I): MANUEL FIELATO




René Maltête




M. levantó la tapa del bidón de la basura sito en el vestíbulo del edificio comunitario; otra vez habían dejado una bolsa de basura, sin sacar el contenedor a la calle. Masculló su enfado, mientras sacaba una foto con su móvil de la bolsa, para ponerla en el grupo de whatsapp de los vecinos del bloque. Cruzó el vestíbulo luego hasta el ascensor, con la tentación reprimida de echar una mirada hacia arriba, a uno de los pisos alquilados por temporadas a estudiantes. 

Hacía unos días le había gritado uno de los copropietarios desde el hall a su ventana:

-“¡Quillo, otra vez hay basura en el bidón!, ¡no voy a sacarlo más a la calle, y mira…, mañana si hay voy a coger la bolsa y voy a ir llamando puerta por puerta a ver de quién es”.

-“No, -respondió M. con su voz estentórea, acompañada de un ligero temblor de su papada, mientras veía pasar al lado del otro al joputa del ático, al que ninguno de los dos saludaba-, yo sé de quién se trata, lo que quiero es pillarlo; quedamos mañana abajo a las 8 de la mañana, que voy al gimnasio, y lo esperamos.”

El copropietario que estaba en el vestíbulo, bajo la ventana de M., siguió refunfuñando y amenazando sordamente un rato, sin pararse, sin duda, a pensar un instante que, por un lado, M. con su vozarrón ya habría alertado a toda la finca, y que, por otro, con su descomunal barriga, el grandote de M. no resultaba muy creíble cuando decía que iba al gimnasio, y menos a las 8 de la mañana.

M. tenía estudiantes justo encima de su piso; tíos como trinquetes, que parecían estar todo el tiempo de berrea, dado los gritos que daban, y el ruido que hacían. Hace unos años, cuando era presidente de la comunidad el del ático, subía a protestar, y llamaba incluso al dueño del apartamento, que no vivía allí. Pero, en los últimos tiempos, éste se dejaba ver más y asistía incluso a las asambleas de comunidad, donde se ponía de su parte en contra del del ático, un listo tonto, que había conseguido de chiripa a buen precio y de primera mano sobre plano el ático del edificio, porque el hijo del dueño de la constructora de ese edificio de nueva construcción había preferido quedarse con un chalet en la provincia, mientras que él, que vivía cómodamente en un pueblo cercano con sus perros, tuvo que cambiarse, por capricho de su mujer, a este piso bajo comprado de segunda mano por una barbaridad en tiempos del pelotazo, y que lo había dejado endeudado de por vida. Así que ahora se limitaba a rezongar y gruñir, echando un vistazo de soslayo a la rubia de su mujer, cuando algún ruido o alarido del piso de arriba le sobresaltaba.

Para colmo de males, su piso bajo, que daba hasta no hace mucho a una calle tranquila, y semidesierta, sufría ahora de la expansión turística del barrio, que había convertido la susodicha vía en un sucesión ininterrumpida de terrazas y bares. No podía, pues, asomarse a su ventana sin dejar de ver -y sobre todo oír- debajo de su casa las mesas llenas de comensales, o la gente de pie trasegando cubatas al son de la simpática música callejera de acordeonistas, cantautores de ocasión, y flamencos de fortuna, que se entrecuzaban con el colorido étnico de los vendedores de baratijas. Fruncía entonces los labios con furia pensando en el pavo del ático, que se le había adelantado en comprarlo, que estaría ahora cómodamente sentado en su salón, ajeno al leve rumor que le llegaba desde la calle a través de su amplia terraza, mientras que él se comía todo el estrépito bullanguero del día y la noche de su alegre calle. Lo peor de todo era encontrarse entonces con la acerada mirada de su mujer, que parecía colmarle de reproches. ¿Pero qué culpa tenía él, si la idea había sido suya? Él ponía verde como ella a los del ático delante de la gente del bloque, y para malmeter no se quedaba corto. Esto, no obstante, sólo había logrado que el del ático se volviera suspicaz, y que en las últimas asambleas se dirigiera a él con desprecio y signos evidentes de burla en su manera de poner los brazos en jarras delante de él, y de desmontar sus acusaciones; sólo le quedó el recurso de irse, y de dejar a su mujer para que fuera a las próximas reuniones, donde se las pintaba de maravilla.

Ahora la cosa iba mejor con el grupo de whatsapp: que hay que arreglar algo, se piden presupuestos; que hay que decidirse, se dice que hay un propietario moroso que debe una serie de cuotas, y que hasta que no pague, no se arregla nada, la gente dice amén, pues es más fácil por whatsapp, que si no hay que escribir más, y se van dilatando las cosas, y que pierda el que se queda en minoría que ya sabemos quién es; y que si yo me jodo, que se jodan también los demás.

Tal brillante dialéctica fue la que desarrolló M durante algún tiempo, hasta que en la finca empezaron a producirse movimientos extraños: a veces se cruzaba en el vestíbulo con un señor bajito con barba que parecía subir en el ascensor a la última planta, y lo veía cada vez con más frecuencia.