Vladimir Fuka
Al
poco, y al hilo de estas apariciones, se dio cuenta de que ya no veía
al vecino del ático, más o menos desde la época en que empezó a
ver por la finca a este señor de gafas de pasta gruesa y negra, y de
barba larga entrecana, que parecía salido de la revista La Codorniz.
Escamado, aprovechó una subida a la azotea, para observar la puerta
del ático; nada parecía haber cambiado. No, algo sí: ya no estaba
sobre la puerta el distintivo de la empresa de seguridad que había
contratado ese sujeto, porque la puerta de la calle no cerraba bien,
y llevaba mucho tiempo sin arreglarse.
Bajó
rápido a contárselo a su mujer. “Sí, ya me he dado cuenta -dijo
ella, con una sonrisa maliciosa-; ¿se habrán ido? Pero qué raro,
habríamos sentido la mudanza… acaso les irá mal, y no podrán
pagar la alarma, en todo caso me alegro -concluyó ella con un brillo
de triunfo en los ojos-; ahora estaremos mejor aquí, sin ese borde
sabelotodo”.
-“¿Y
el tipo que sube a su casa? Tiene pinta de capullo, de santurrón;
será amigo suyo...” -dijo encogiendo los hombros M., al tiempo que
su mujer llamaba a la vecina del 5º, que vivía debajo del ático,
por si sabía algo del tema o había oído ruidos inhabituales (Ya M.
le preguntaba antes maliciosamente si escuchaba al del ático y a su
mujer hacer ruidos).
De
pronto, oyeron llamar a la puerta. A M. se le erizó el vello de la
nuca, resto de la batalla perdida contra la calvicie, con un
sentimiento de alarma irracional que quiso sacudirse en el acto.
-“¿Quién
será? -preguntó de manera estúpida-.
-“No
sé -dijo su mujer en tono neutro-, ve a abrir”.
M.
trotó por el corredor de su casa con paso primero firme, luego más
cauteloso. Puso casi al mismo tiempo la mano en el tirador de la
puerta, y el ojo en la mirilla, y lo que vio le dejó el labio
inferior colgando: en la visión angular que le ofrecía ésta
aparecía el pequeño individuo que subía aquellos días a la última
planta. Sin atreverse a llamar a su mujer, que se había quedado en
la habitación al fondo del pasillo, carraspeó, y abrió la puerta
con forzada desenvoltura:
-“Sí,
¿qué desea?” -avanzó M., receloso, pero no intimidado ante el
homúnculo que le sonreía de oreja a oreja.
-“Buenas
tardes, permítame que me presente: me llamo Agar Labasú, soy el
nuevo vecino del ático.”
-“¿Qué?,
¿qué?” -balbució M., abriendo como platos sus claros ojos.
-“Agar
Labasú; parece vasco, ¿verdad?” -rió con risa apagada bajo su
radiante mirada el extraño.
-“¿Qué?,
¿vecino ha dicho?” -repitió M. sacudiendo un inexistente
flequillo.
Si
la sorpresa no hubiera bloqueado a M., podría haber observado mejor
mientras hablaba a su interlocutor. Era un hombre, sin duda, de talla
inferior a la media, aunque sin resultar ridículo o deforme. Su
cuerpo era proporcionado, y tal vez atlético en su tórax y hombros.
Tenía una frente pequeña orlada de un cabellera negrogrisácea y
corta, de la que una larga barba veteada de canas desde debajo de la
boca hasta su punta parecía la prolongación natural. Resultaba, sin
duda, el marco natural para las gafas gruesas de pasta negra que
llevaba sobre una nariz pequeña y afilada, parteluz natural de unos
ojos chispeantes con un no sé qué de burlones que compensaban la
aparentemente escasa movilidad de una boca enmarcada de labios
gruesos, aunque disimulados en cierta medida por la barba canosa.
Esa
aparente capacidad de hablar casi sin mover los labios en lo que
parecía un leve tartamudeo alarmó inconscientemente a M., quien
tuvo que hacerse repetir la explicación del hombre:
-“Sí,
hombre, no se sorprenda; esas cosas pasan. Soy el nuevo propietario
del ático. Ahora somos vecinos”, -dijo risueño el nuevo
cohabitante del edificio al tiempo que tendía una mano pequeña,
pero firme y velluda, a M. “Vaya, le veo un tanto apesumbrado,
espero que no le hubiera cogido demasiado cariño al anterior
propietario -volvió a reír el nuevo vecino-. Bueno, el
administrador de la comunidad me dijo que era usted el presidente
actual, y he venido a presentarme”.
M.
observaba como si nunca hubiera visto nada igual el pantalón de
pinza negro, a juego con el tres cuartos de pana, y el jersey gris
de marca, y no vio la tarjeta que le tendía el hombre.
-“Tenga;
es un poco anticuado esto de las tarjetas, pero yo soy así, ya lo
verá” -dijo el copropietario, sin dejar de prologar como en
sostenuto su risita. “Señora” -exclamó de seguido ante la
aparición de la mujer de M. con una casi imperceptible inclinación
de cabeza.
-“¿Qué
ha pasado con… el otro?” -le espetó la mujer mirándolo de
arriba a abajo.
“¡Oh!,
no se preocupen. Motivos laborales le han llevado a cambiar de
domicilio de manera forzosa e inopinada. A través de un amigo común
hemos arreglado todo el asunto a nuestra entera satisfacción”. La
sonrisa del hombre se dilataba a medida que hablaba con la pareja
enmudecida. “Bueno, amigos, ya tendremos ocasión de hablar. Quedo
a su disposición. Hasta la vista”. Y sin más decir desapareció
escaleras abajo con un trotecito alegre.


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