René Maltête
M. levantó la tapa del bidón de la basura sito en el vestíbulo del edificio comunitario; otra vez habían dejado una bolsa de basura, sin sacar el contenedor a la calle. Masculló su enfado, mientras sacaba una foto con su móvil de la bolsa, para ponerla en el grupo de whatsapp de los vecinos del bloque. Cruzó el vestíbulo luego hasta el ascensor, con la tentación reprimida de echar una mirada hacia arriba, a uno de los pisos alquilados por temporadas a estudiantes.
Hacía unos días le había gritado uno de los copropietarios desde el hall a su ventana:
-“¡Quillo,
otra vez hay basura en el bidón!, ¡no voy a sacarlo más a la
calle, y mira…, mañana si hay voy a coger la bolsa y voy a ir
llamando puerta por puerta a ver de quién es”.
-“No,
-respondió M. con su voz estentórea, acompañada de un ligero
temblor de su papada, mientras veía pasar al lado del otro al joputa
del ático, al que ninguno de los dos saludaba-, yo sé de quién se
trata, lo que quiero es pillarlo; quedamos mañana abajo a las 8 de
la mañana, que voy al gimnasio, y lo esperamos.”
El
copropietario que estaba en el vestíbulo, bajo la ventana de M.,
siguió refunfuñando y amenazando sordamente un rato, sin pararse,
sin duda, a pensar un instante que, por un lado, M. con su vozarrón
ya habría alertado a toda la finca, y que, por otro, con su
descomunal barriga, el grandote de M. no resultaba muy creíble
cuando decía que iba al gimnasio, y menos a las 8 de la mañana.
M.
tenía estudiantes justo encima de su piso; tíos como trinquetes,
que parecían estar todo el tiempo de berrea, dado los gritos que
daban, y el ruido que hacían. Hace unos años, cuando era presidente
de la comunidad el del ático, subía a protestar, y llamaba incluso
al dueño del apartamento, que no vivía allí. Pero, en los últimos
tiempos, éste se dejaba ver más y asistía incluso a las asambleas
de comunidad, donde se ponía de su parte en contra del del ático,
un listo tonto, que había conseguido de chiripa a buen precio y de
primera mano sobre plano el ático del edificio, porque el hijo del
dueño de la constructora de ese edificio de nueva construcción
había preferido quedarse con un chalet en la provincia, mientras que
él, que vivía cómodamente en un pueblo cercano con sus perros,
tuvo que cambiarse, por capricho de su mujer, a este piso bajo
comprado de segunda mano por una barbaridad en tiempos del pelotazo,
y que lo había dejado endeudado de por vida. Así que ahora se
limitaba a rezongar y gruñir, echando un vistazo de soslayo a la
rubia de su mujer, cuando algún ruido o alarido del piso de arriba
le sobresaltaba.
Para
colmo de males, su piso bajo, que daba hasta no hace mucho a una
calle tranquila, y semidesierta, sufría ahora de la expansión
turística del barrio, que había convertido la susodicha vía en un
sucesión ininterrumpida de terrazas y bares. No podía, pues,
asomarse a su ventana sin dejar de ver -y sobre todo oír- debajo de
su casa las mesas llenas de comensales, o la gente de pie trasegando
cubatas al son de la simpática música callejera de acordeonistas,
cantautores de ocasión, y flamencos de fortuna, que se entrecuzaban
con el colorido étnico de los vendedores de baratijas. Fruncía
entonces los labios con furia pensando en el pavo del ático, que se
le había adelantado en comprarlo, que estaría ahora cómodamente
sentado en su salón, ajeno al leve rumor que le llegaba desde la
calle a través de su amplia terraza, mientras que él se comía todo
el estrépito bullanguero del día y la noche de su alegre calle. Lo
peor de todo era encontrarse entonces con la acerada mirada de su
mujer, que parecía colmarle de reproches. ¿Pero qué culpa tenía
él, si la idea había sido suya? Él ponía verde como ella a los
del ático delante de la gente del bloque, y para malmeter no se
quedaba corto. Esto, no obstante, sólo había logrado que el del
ático se volviera suspicaz, y que en las últimas asambleas se
dirigiera a él con desprecio y signos evidentes de burla en su
manera de poner los brazos en jarras delante de él, y de desmontar
sus acusaciones; sólo le quedó el recurso de irse, y de dejar a su
mujer para que fuera a las próximas reuniones, donde se las pintaba
de maravilla.
Ahora
la cosa iba mejor con el grupo de whatsapp: que hay que arreglar
algo, se piden presupuestos; que hay que decidirse, se dice que hay
un propietario moroso que debe una serie de cuotas, y que hasta que
no pague, no se arregla nada, la gente dice amén, pues es más fácil
por whatsapp, que si no hay que escribir más, y se van dilatando las
cosas, y que pierda el que se queda en minoría que ya sabemos quién
es; y que si yo me jodo, que se jodan también los demás.
Tal
brillante dialéctica fue la que desarrolló M durante algún tiempo,
hasta que en la finca empezaron a producirse movimientos extraños: a
veces se cruzaba en el vestíbulo con un señor bajito con barba que
parecía subir en el ascensor a la última planta, y lo veía cada
vez con más frecuencia.


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