MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

viernes, 17 de febrero de 2017

ARTE MODERNITARIO





En este autorretrato del artista israelí Amnon David Ar (n. 01973) podrían señalarse las características del arte modernitario denunciadas por Antonio García-Trevijano Forte en su obra Ateísmo estético, Arte del siglo XX. De la modernidad al modernismo (02007). Rasgos fundamentales de este arte modernitario son la relegación de la imaginación e intuición creadora canalizada a través del dominio de las diversas técnicas artísticas, en favor de una deshumanización del arte, en la que la conceptualización previa determina el objeto artístico final, sin dejar hueco a la intuición creadora en el proceso, por lo que el arte acaba asimilándose a la artesanía, y derivando en arte decorativo apto para su masificación, consagrando la tiranía de la apreciación de lo bonito sobre lo bello, e incluso lo sublime. Tal conceptualización, a menudo abstractalizante y alejada de la naturaleza, acaba incluso prescindiendo de la aspiración a la maestría técnica. Así, el artista se presenta desnudo, él mismo como objeto de provocación como sustitutivo de su falta de intuición creadora, pintando en vez de en un lienzo directamente sobre una ventana (con lo que señala el carácter primordialmente decorativo de su práxis), líneas y masas de color que recuerdan las de Piet Mondrian, uno de los más insignes representantes del neoplasticismo abstracto, cuyos diseños ilustran en la actualidad multitud de estampados y cojines.
Finalmente, el fracaso de este arte para transmitir las emociones y la vislumbre privilegiada de la realidad propia del artista de genio que sabe hacerlo a través del dominio de la técnica artística, lleva al público a prostenarse ante la necesidad de "entender" lo que no suele ser en la mayoría de las ocasiones una huera extravagancia sinsentido e inestética, pero que hace el festín de los hierofantes de la crítica del arte, de artistas desaprensivos y de todo el negocio de galerías y subastas.


Imagen: Amnon David Ar


martes, 14 de febrero de 2017

LOS FUNCIONARIOS Y EL MOVIMIENTO DE CIUDADANOS HACIA LA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL




En la Primera Asamblea del MCRC celebrada en Madrid el 10 de diciembre de 02016, un asistente se levantó inopinadamente para preguntar qué miembros de la mesa y de la asamblea recibían dinero del Estado. Al estupor siguió la indignación generalizada cuando esta persona no quiso aclarar por qué hacía tal pregunta intempestiva.

La impertinencia y la malicia de tal cuestión me parece basada en una obtusa confusión entre gobierno y Estado, por la que se entienda que el cuerpo de funcionarios está al servicio del gobierno de turno, irremediablemente corrupto en una partidocracia. Nada más lejos, sin embargo, de la realidad. La eliminación del sistema de cesantías se puso en marcha para evitar precisamente esta dependencia. Así, un funcionario de carrera cumplirá plenamente su deber si se niega a firmar las dietas irregulares que le presente el típico cargo político nombrado a dedo en el sistema clientelar inoculado en la Administración.

El funcionario de carrera es un servidor público, y, como persona dotada de conciencia, sabe que se debe a la sociedad civil de la que surge la construcción artificial que es el Estado, y más debe ser así cuando ésta está al servicio de una oligarquía política únicamente atenta a sus propios intereses, que pretende confundir con los del Estado. Esta conciencia es más fuerte entre los funcionarios de las escalas medias y básica que entre los miembros de la alta administración o la universidad, más cercanos o dependientes del magma de la corrupción partidocrática. Buscando ejemplos en lo personal, puedo decir que, en mi condición de funcionario de carrera y miembro del Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria tengo que dar a veces a mis alumnos la asignatura de Valores Éticos. Así, en el libro de texto, cuando se plantea el tema de la democracia, se pone el caso de un chico que se plantea si votará o no en el futuro, dada las variadas opciones políticas que existen, y la misma división que tal variedad provoca en su misma familia. Al preguntarle a mis alumnos, qué piensan de esto, ellos me dicen que sí que les gustaría votar, y conocer mejor las opciones políticas existentes en el marco de esa incuestionada obligación moral implícita de participar en el régimen político existente. Entonces, les pregunto si le dejarían a alguien que no conocen 3.000 €, bajo la promesa de que se los devolverá quizás con creces pasados 4 años, y bajo la condición de que no lo volverán a ver ni le pregunten nada entretanto de lo que está haciendo con su dinero, y de que esperen a que sea él el que les dé la oportunidad de reclamarles esa suma. Todos, evidentemente, responden que no harían ese préstamo. Entonces, les digo que ese dinero es su voto, y que lo que entregan tan irracionalmente es más valioso que el dinero, por lo que no hay que quedarse en la mera superficie de las cosas. Entender después lo que es una verdadera democracia les es muy natural.

En consecuencia, las legiones de personal sanitario, cuerpos de seguridad del Estado, y cuerpos de maestros y profesores, por su cercanía al ciudadano y la voluntad de servicio inherente al impulso vocacional cuando éste existe, pueden y deben ser germen de la libertad y la verdad.     



Imagen: Ernst Tooker

viernes, 10 de febrero de 2017

LA MUERTE COMO AMIGA





"Señora de mis días", llamó Abel Martín a la Muerte en su agonía, que quiso sonreírle, pero no sabía. Esta machadiana personificación de la muerte se inserta en una tradición realmente antigua. La muerte es una amiga, pues libra al sabio de los sinsabores y desengaños de la vida material, y le abre las puertas de la verdadera Vida.
La desesperación del perdón de los pecados, la enfermedad mortal para Kierkegaard, abrió la puerta a la angustia, y a la posterior indiferencia amnésica respecto a la muerte que caracteriza a nuestras sociedades del Bienestar.
Por otra parte, la no existencia de la muerte mientras estamos vivos, sofístico consuelo epicúreo, y el melancólico carpe diem que resuena desde las tumbas romanas se asumen de modo hedonista y superficial en nuestro mundo. Así, el pretender vivir cada día como si fuera el último resultaría muy cansado y estresante, aparte de absurdo.
La vida es, en fin, corta y larga al mismo tiempo, marcada por ritmos naturales implacables. No se debería tener miedo a la muerte más allá del instintivo, si hacia el final de nuestra vida nos sentimos orgullosos de nuestro trabajo, y del legado que dejamos tras de nosotros, aliviándonos de la fatiga del sí mismo.







Imagen: Alfred Rethel, Der Tod als Freund

miércoles, 8 de febrero de 2017

SÓCRATES Y LAS LEYES





En el Critón platónico Sócrates rechaza la petición de su discípulo homónimo de huir de su condena a muerte en Atenas. Invocadas las Leyes, convertidas en Ideas y personificadas, éstas señalan su inseparable unión a la polis, teniendo pues a Sócrates como "hijo y esclavo" de ellas (ékgonos kai dúlos). Huir, en consecuencia, de la ciudad sería un intento de destruir la propia patria.
Esta confusión máxima entre Estado, Nación y Derecho le sirve a Sócrates para justificar su servidumbre voluntaria ante las leyes, que en su boca le amenazan también con el castigo de sus Hermanas del Hades, si las incumple.
El Derecho no nace, empero, de ninguna inspiración divina, sino como instrumento para resolver conflictos concretos; es más no hay noción de justicia, si no existen primero las leyes. Su sacralización está en la base del perverso concepto de "obediencia debida", encarnado en la figura del Eichmann condenado en La banalidad del mal de Arendt. Es lícito, pues, para el ciudadano rebelarse de manera pacífica contra las leyes y sentencias injustas, tanto más cuanto no procedan ni de un poder legislativo ni de un poder judicial independiente, sino sometidos al poder ejecutivo totalizador neofascista de los partidos estatalistas como en la partidocracia española actual, que ha reproducido bicefálicamente (y ahora tetracefálicamente) el modelo del partido único del Fascio, con el sistema de integración de las masas en el estado a través del sistema electoral proporcional. 



Imagen: Jean-Louis Courtinat, 01974

viernes, 3 de febrero de 2017

AMORES DESIGUALES





El profeta Mahoma se enamoró de su última esposa, Fátima, cuando ésta era una niña de 6 años, pero su padre no permitió el casamiento hasta que ésta tuvo 9 años. De ahí probablemente la permisividad del uso social islámico a los matrimonios entre viejos y niñas. Nuestra cultura, en cambio, considera esto una práctica aberrante, y casi contra natura. La defensa de los derechos de la infancia, y la alarma y repugnancia social que suscita la pederastia ha aumentado, si cabe, este rechazo.
No obstante, en otras épocas no tan lejanas los valores han sido fluctuantes. Así, resulta hoy embarazoso y extravagante pensar en la pasión de Dante por los presuntos 9 años de Beatriz, en el matrimonio de Machado con su Leonor de 14 años, o en la fuga de André Gide a Londres con un chico de 16 años. A un nivel puramente literario, es imposible no pensar en La muerte en Venecia de Thomas Mann, donde se narra la pasión homosexual del escritor cincuentón Aschenbach por la belleza mórbida de los 14 años de Tadzio. Todas estas prácticas y sentimientos serían severamente condenados o ridiculizados sin paliativos en nuestra actualidad.
Este rechazo se manifiesta de manera magistral en el famoso cuadro de Vasili Pukirev, "El matrimonio desigual", donde los brazos cruzados del joven de la derecha, autorretrato en realidad, expresan la rebelión de la sangre joven contra la aviesa, rijosa, y desconfiada mirada del viejo novio, y la indignidad de los familiares, frente a la actitud hierática de la jovencísima novia, la única figura investida de dignidad en el conjunto.




Imagen: Vasili Pukirev, 01862

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿ES LA SEGUNDA REPÚBLICA UN MODELO POLÍTICO A SEGUIR?





La Segunda República Española fue grosso modo una república parlamentaria, cuyo sistema electoral era uno proporcional de listas parcialmente abiertas (un sistema paradójicamente menos cerrado que el actual español, el de nuestro régimen partidocrático neofranquista). No existía, pues, una democracia formal caracterizada por la separación de poderes y la representación política basada en el sistema electoral mayoritario de distrito uninominal a doble vuelta (precisamente aquél al que puso fin la República de Weimar, abriendo la puerta a la utilización por parte del nazifascismo del sistema proporcional para sus propósito de utilizar las votaciones como medio de integración de las masas en el Estado).
No tenía, pues, que ver con una República Constitucional presidencialista, en la que el Jefe del Estado tendría poderes realmente ejecutivos, y existirían mecanismos para resolver los conflictos que se crearan con el poder legistativo de la Cámara de Diputados, elegidos ambos poderes en elecciones separadas. Por su parte, el llamado poder judicial -poder presque nul según Montesquieu-, mantendría su independencia al ser elegidos sus miembros por los concernidos en su desempeño (los funcionarios de justicia).
En la Segunda República española el Presidente era elegido por las Cámaras, y carecía realmente de independencia de los partidos, y de poderes ejecutivos propios. Tal debilidad del sistema se manifestó en la incapacidad del gobierno, sometido a los intereses de los partidos y otras organizaciones, para controlar a las fuerzas reaccionarias, a las revolucionarias y a las separatistas, desembocando en el desastre que todos conocemos.
Puede, decirse, en fin que los actuales nostálgicos de dicha República con sus banderitas tricolores -a parte de ser, en el fondo, no más que unos monárquicos de facto por su acomodación a la actual Monarquía de partidos- ignoran que la historia no puede repetirse, ni siquiera bajo la forma de caricatura, y que la única manera de recuperar esta forma de gobierno es la instauración de una República Constitucional como la explicada arriba, tras un verdadero proceso constituyente, que no sea el producto de un tejemaneje secreto entre los jerarcas del franquismo y los nuevos mandarines de la falsa oposición, como la Carta Otorgada de 01978.


Imagen: Robert Capa

viernes, 27 de enero de 2017

ÚLTIMAS HORAS DE MAÏAKOVSKI





La vista se cansa

bajo la pluma el papel se desgarra garabateado

la pantalla del ordenador ni seduce ni incita

los gestos, antaño preparatorios, sólo alimentan

sospechas, ahora, de sinsentido, payaso del tedio:

el arte ya no espesa el vacío,

ni las envidias propias y ajenas bruñen espejos.

Es la pistola metáfora aguada, coda irreversible,

fiel y brutal corrector de la desolación programada.





Poema publicado por primera vez en la revista "Voladas" nº 6, a la que rindo homenaje.

Imagen: retrato de Vladimir Maïakovski por Aleksandr Rodchenko, 01924


miércoles, 25 de enero de 2017

¿ES ESPAÑA UN PAÍS MONÁRQUICO?






Se da por sentado que España es un país monárquico por tradición, como Inglaterra. No obstante, habría que plantear varios peros a tal afirmación. Como forma de gobierno propia del Antiguo Régimen, en España lo ha sido en paralelo a otras naciones continentales europeas. Tras la convulsión, empero, de la Revolución Francesa, la monarquía en nuestro país se ha mantenido por el apoyo del ejército, primero, del extranjero de los Cien Mil Hijos de San Luis de la Santa Alianza para mantener su pacto de restauración de las monarquías del Antiguo Régimen, y luego con el sostén de los distintos pronunciamientos militares decimonónicos que acabaron desembocando en la Restauración borbónica en la persona de Alfonso XII en 01874 tras el breve paréntesis de la I República. Hasta ese momento, la política española estuvo marcada por ese llamado "baile de generales". Ya en el siglo XX, Alfonso XIII se apoyó en la dictadura de Primo de Rivera, hasta las famosas elecciones municipales de 01931, que le llevaron a huir precipitada y deshonrosamente (dejó atrás a su familia) a Cartagena, camino de Roma.
El vencedor de la Guerra Civil, el general Franco, católico tradicionalista y autoritario más que fascista, para legitimar more suo su régimen dictatorial, decidió nombrar como sucesor al nieto de Alfonso XIII, don Juan Carlos de Borbón, para lo cual había conseguido previamente que su padre, don Juan, lo enviara a España para recibir la educación que el dictador consideraba adecuada. Una vez que quedaron claras las intenciones de Franco, don Juan exigió a su hijo que no aceptara ser el sucesor de un dictador. El delfín de Franco, empero, prefirió traicionar a su padre y jurar los Principios del Movimiento. Experto en traiciones, decidió también traicionar a su padre adoptivo y su Instauración (en la que significativamente el monarca es también Capitán general de los Ejércitos), favoreciendo un régimen basado en el acuerdo entre las fuerzas vivas del régimen franquista y la oposición, a su vez traidora al designio de ruptura democrática de la Junta Democrática dirigida por Antonio García-Trevijano. Había nacido, pues, la Monarquía de partidos, basada en una Carta Otorgada, que no Constitución nacida de un proceso constituyente, y en el llamado Estado de las Autonomías, como instrumento de corrupción, clientelismo y desnacionalización promultiestatalista de la sociedad civil.
El balance no ha podido ser, en fin, más desolador: la monarquía no ha hecho nada más que favorecer el auge separatista, y ser cómplice de la corrupción de los partidos estatales, esperando que los gobiernos sucesivos de los dos partidos mayoritarios hicieran la vista gorda con la propia. Así, el rey Juan Carlos I, al que la historia no juzgará tan favorablemente a medida que siga derrumbándose el pacto de silencio creado en torno a él por el régimen y sus medios, asustado como su abuelo y cargado de escándalos sexuales y económicos, abdicó repentinamente tras unas elecciones europeas en las que vio tambalearse la exclusividad en la alternancia en el poder de las dos patas del régimen, geminación del antiguo partido único. Pudimos asistir luego a la vergonzante y apresurada toma de posesión de su sucesor, a la que el llamado absurdamente ahora "rey emérito" (como si pudiera haber dos) no se dignó siquiera asistir. Todo lo cual, sin duda, no contribuye a demostrar que exista una tradición monárquica en España, donde la mayoría del pueblo pasó de ser franquista a juancarlista sin solución de continuidad, y donde la monarquía de partidos sólo tiene razón de existir mientras continúe este régimen partidocrático, en el que no existe ni democracia representativa ni separación de poderes.





Imagen: representación de "Escorial" de Michel de Ghelderode en el Teatro Helénico

viernes, 13 de enero de 2017

LIBERTAD DE PENSAMIENTO




Entre 01938 y 01965 Arthur Kaufmann compuso su tríptico Die geistige Emigration, "la emigración intelectual", en el que retrata a un grupo de representantes del mundo de la artes y las ciencias de lengua alemana, huidos a Estados Unidos desde el dominio del III Reich nacionalsocialista.
Estas personas perdieron su libertad de expresión en sus países de origen, pero no la de pensamiento. En la Europa de nuestros días, y centrándonos en España, existe un modo de totalitarismo difuso que ataca directamente a la libertad de pensamiento. Es lo que ha venido a llamarse consenso, que, como modus agendi de la oligarquía política, ha acabado permeando a la sociedad civil. El consenso es en sí antidemocrático y antiintelectual, pues exige el sometimiento a una postura apriorística, en nombre del acuerdo y la concordia, eufemismos de una servidumbre voluntaria que es característica de las sociedades civiles sometidas a los regímenes partidocráticos como el español.
Llegar a un consenso, pues, es la ambición máxima de cualquier reunión o encuentro, sea en la administración o en la sociedad en general. El disenso, por otra parte, sufre además el acoso combinado de lo políticamente correcto, el comunitarismo, la ideología de género y el buenismo, rasgos de la ideología nihilista socialdemócrata, que se caracterizan por su afán de modificar y controlar el lenguaje como vía directa de control del pensamiento.
Así pues, la persona que no quiera limitarse a repetir los eslóganes que le han enseñado en la escuela o en los medios de comunicación, se encontrará con recursos asumidos de autocensura mental, que le llevará a evitar lo que pueda considerarse conflictivo, capaz de herir susceptibilidades, o lo que se afirme con cierta rotundidad y seguridad.
Estamos, en fin, en una época en que adquiere plena validez la afirmación de Thomas Mann de que el que desafía las ideas hechas de una sociedad es un héroe.

viernes, 6 de enero de 2017

DOLENCIAS INCOMPRENDIDAS





En uno de sus numerosos autorretratos, el artista alemán Walter Gramatté (1897-1929), se presenta como la viva imagen de la desolación. Bajo su gorra de combatiente de la I Guerra Mundial, sus pupilas taladran al espectador comunicándole una avasalladora tristeza, desde un rostro demacrado cuyos ojos resaltan bajo unas cejas enarcadas de dolor, y dentro de los trazos rojos magistrales que los enmarcan, y bajan por sus mejillas como surcos ardientes de un llanto inextinguido.

Las dolencias psíquicas a veces no encuentran tan fácil compasión (en su sentido etimológico, compatior, "sufro con"), y comprensión. En España el 30% de las consultas médicas tienen que ver con problemas psíquicos; sin embargo, los médicos suelen agotar todas las pruebas orgánicas hasta derivar al paciente a un psiquiatra. Socialmente, por otra parte, este tipo de enfermedades sufre aún de incomprensión. El enfermo de depresión o ansiedad resulta en ocasiones extravagante para su propia familia o pareja. No se cree que lo que se padece sea algo realmente grave, sino una rareza inquietante que no debe excusarle de soportar todas las presiones que haga falta en su entorno laboral o familiar. Son "agobios que le dan", "manías", "comeduras de coco". Así, por ejemplo, el paciente de ansiedad, cuyo umbral de resistencia a las situaciones estresantes es inferior al del individuo considerado normal (la normalidad que criticaba Erich Fromm), y que debe, por tanto, recibir medicación, no será tan preguntado por su salud como si, pongamos por caso, padeciera de gota. Consecuentemente, muchos pacientes tenderán a considerar su enfermedad como una debilidad vergonzante, digna de ser ocultada como una venérea, como el participante en las votaciones de la partidocracia oculta vergonzosamente a los encuestadores o dentro de una cabina en el colegio electoral su dejación de responsabilidad política en forma de papeleta, pues en su fuero interno no deja de ser consciente de que no está eligiendo realmente nada, y que si vota es porque cree que es un deber -ilusorio- participar en el mantenimiento de la mentira, de la que espera, iluso, obtener, no obstante, algún beneficio indefinido.

Ciertamente, en algunos sectores laborales estas dolencias están contempladas como enfermedad profesional, y, por lo tanto, susceptibles de baja. No obstante, todo este entorno esperará que el enfermo reincorporado al trabajo vuelva como si nada, como si fuera una máquina reparada y reluciente, y no una persona al que este tipo de males no dejen huellas, pues muchos no dejan de ser crónicos, y sólo se pueden mitigar.