Esteban Maroto
lunes, 30 de marzo de 2020
domingo, 22 de marzo de 2020
CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (VII): VANESA
Lloyd Degrane
Vanesa, la vecina del 3º sintió
cerrarse en falso el portón de la calle, y por los resoplidos y
carraspeos supo que era M. quien había entrado en la finca. A ella
no se le escapaba nada. Ahora se estaba preparando para salir.
Dio un suspiro: pensaba a veces que su vida no había sido fácil.
Había tenido al primero de sus gorditos muy de joven y de penalti, y
su Pepe había tenido que ponerse a trabajar de peón de albañil, o
de lo que le saliera. Ahora podría pasarse por la plaza, ver si
compraba alguna cosa, y tomar café con sus amigas donde siempre,
pues había mandado a los niños a ver a su abuela. Ayer tuvo otra
discusión con Pepe, a quien se le estaba poniendo cada vez más cara
de sieso: que si los niños estaban muy gordos, Vane, que si comían
muchas pizzas, que la madre les daba todas las porquerías que
querían, que no cocinaba bastante, que la casa estaba sucia, y que
estaba hasta los cojones de no poder ver la tele cuando volvía a
casa, de tanto que tener escucharla quejarse con esa cara de bruja
que se le estaba poniendo. Y ella que qué quería él, que buscara
un mejor trabajo, que no tenía tiempo, que había tenido que echar
más horas en la casa de la vieja esa, y acompañarla más tiempo,
que si quería cocina que aprendiera, y así no tendría que llamar
al telepizza, que si los niños estaban gordos era porque se le
estaban poniendo las hechuras de su madre de él, que es que nada
bueno podía salir de esa familia; que si ella misma estaba más
gorda era de los disgustos, y que a él se le había puesto cara de
cabrón, y que la dejara en paz... Escuchó entonces un ruido como de
muebles que se arrastran. Para ella que venían del piso de
estudiantes sito encima del de M. Parece que no se han ido este fin
de semana; habrá fiesta, pues, ¡pobre M.! Aunque a ella le
inquietaban más algunos ruidos que había empezado a escuchar en el
ático, que le quedaba justamente encima. La alegría socarrona que
le entró cuando M. le dijo que el joputa de allí se había ido se
tornó en una indefinida desazón cuando recordó esos sonidos que
había escuchado los últimos días: primero, una música como de
cánticos apagados de duración variable que se manifestaban a
cualquier hora del día, y que terminaban tan súbitamente como
empezaban, y luego, ese ruido sordo contra el techo, como de algo
enorme que se estuviera arrastrando o reptando por el suelo de la
casa de arriba; no, no era el ruido de arrastar muebles; eso era otra
cosa, como si ese movimiento pesado y rasposo tuviera que
corresponder a algo articulado y estar acompañado de una respiración
cuyo acompasamiento Vane sólo podía intuir; y aparte, algunas risas
agudas de mujer, puntuadas por el bordoneo irregular de una voz
grave, al que se unía a veces en triplete, tras escucharse un
portazo, otra voz masculina en un tono más agudo, aunque sin llegar
a entenderse lo que decía.
-“¿Que
qué es?, un artista, dice” -le dijo M., y Vanesa dijo ¡ah!,
abriendo la boca y levantando el mentón, como si ya no hubiera más
que decir.
domingo, 8 de marzo de 2020
CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (VI): ARIEL COBOLÍ
Wallace Kirkland
-“M.,
¿qué ha pasado? -le preguntó su mujer casi agarrándolo del
cuello, cuando pasó al lado de su puesto-, ¿quién es esa china?,
¿qué quería ese Balazul?”
“¡Yo qué sé quién es esa
china!, ¡riéndose de mí, la hija de puta, que le coma el nabo al
del ático!. ¡Joder, quilla, pero es peor el que estaba dentro! Un
tío largo con cara de loco, amigote o yo qué sé del de las barbas;
la ha estado liando en la pescadería, dando voces como si estuviera
majara, y… ¿qué dijo?, ¿que ya lo conocería mejor?. Espero que
no se venga también éste a vivir a la finca..”.
“Eso va a ser peor que un piso
de gitanos, M. Esa gente es muy rara, y no me gusta nada” -dijo su
mujer antes de pasar a atender a una cliente parada delante de una
caja de tomates.
M. aprovechó para largarse.
Atravesó dando zancadas la plaza, y salió por uno de sus laterales.
Se dirigió, acto seguido, al ultramarinos cercano a comprar un litro
de cerveza, que en su manaza parecería un botellín de quinto, y, de
camino, llamó a la puerta metálica del pequeño almacén de Paco,
un chamarilero conocido suyo.
“¡Está abierto!” -gritó
una voz aguardentosa desde el interior. M. empujó el batiente
metálico, y tuvo acceso a un pequeño cuarto, en el que lo primero
que se veía era un retrato del general Franco, flanqueado por un
cuadro de un Cristo resurrecto; había también algunas viejas sillas
de oficina, y relojes de cuco en esa antesala que deba al almacén
herrumbroso de Paco, quien estaba sentado en un ángulo de la salita.
La vista de M. subió de los pies peludos calzados en unas chanclas a
la cara sin afeitar y eternamente malhumorada del chatarrero, que
parecía congelada en una mirada aviesa y en el purito que colgaba de
una esquina de su boca; su pelo canoso y grasiento daba la réplica a
la calva reluciente de M.
“¡Hola, Paco!, vengo a por el
juego de brocas del que me hablaste el otro día”.
“¡Ah, sí” -respondió el
dueño del local, levantándose con un gruñido, para desaparecer
acto seguido en la penumbra del almacén.
M. echó un vistazo distraído a
las sillas en las que solían sentarse los borrachuzos amigos del
dueño, y la gente que le traía cachivaches. En la esquina de un
aparador, junto a un marco de aluminio, colgaba un viejo chapiri de
la legión que había llevado Paco en sus tiempos.
-“Aquí está -dijo el
exlegionario, tendiendo a M. un estuche negro y rayado-. Toma; lo que
te dije ayer, ni un euro menos. Me lo trajo un enganchado de los que
viene a desayunar al comedor de aquí cerca. ¡Sinvergüenzas! Les
dan de desayunar, luego de comer, y las paguitas las tienen para
vicios, y tiempo libre para rebuscar en la basura. A cargar sacos los
ponía yo, y ya verás cómo se les acaban las historias. Sí, sí,
en los soportales se ponen a dormir; sí, que se los lleve el alcalde
comunista a su casa. Vale, adiós”.
M.salió ufano del antro, y tras
pasar por el ultramarinos a comprar un litro de cerveza, retomó el
camino de casa. Al llegar a la esquina de su calle, que se abría
sobre una plaza, sintió un escalofrío y se detuvo; un sentimiento
de alarma le embargó, como si hubiera olvidado algo importante que
traer. Giró su cabeza pequeña en proporción a su corpachón y
embutida en la gorra negra al sentir una especie de corriente fría
en los pliegues carnosos de su nuca.
-“¡Bueeenas!, ¿me permite una
pregunta?”
Quien así le hablaba era figura
masculina alta y regordeta, aunque no tanto como la de M., pues se
trataba de un hombre de unos 40 años, de formas anchas pero masivas,
no fofas como las de M. Su cara era ancha, de grandes rasgos; sus
ojos, pequeños y vivos, estaban bastante separados de una nariz
regordeta y respingona, que hacía pensar en un cerdito, y una frente
cuadrada y mediana quedaba rematada por un pelo castaño rojizo
peinado en punta. La boca, en cambio, contrastaba por su finura de
labios con las bastedad del conjunto del rostro.
-“No,
no tengo…” -respondió M., haciendo ademán de seguir andando.
-“No,
no, amigo, no le pido nada -dijo en tono suave y riente el otro-;
sólo si puede indicarme cómo llegar a esta dirección”, y le
mostró un trozo de papel arrugado y grasiento.
M. dio un respingo: se trataba de
su casa, en esa misma calle. “Sí, ¡ejem!, es aquí casi al final
de la calle, entre dos bares”.
“¡Ah!, ¿vive usted aquí?
-dijo el tipo gordito con un acento que a M. se le antojó
sudamericano o canario-; ¡sí!, ¿no conocerá usted por casualidad
al señor Labasú, es amigo mío”.
“Esto…, sí” -titubeó, M.
que se sentía crecientemente aprensivo ante las amistades de su
nuevo vecino.
-“¡Oh,
tanto gusto, señor! Permitame que me presente. Me llamo Cobolí,
Ariel Cobolí -dijo el amigo del del ático, tendiéndole una mano
regordeta y caliente-. ¿Seremos vecinos entonces?, ¡qué lindo!,
¿puedo ayudarle con lo que lleva?, ¡qué simpático!”
M. había comenzado ya a andar
escoltado de aquel individuo imponente, vestido con un sweater, y
unas calzonas y tenis, que dejaban ver unas piernas gordas como
jamones y sin un pelo. El tal Ariel -insistió en que M. lo tuteara-
empezó a hablarle sobre lo bonita y agradable que le resultaba la
ciudad, de lo bien que se comía a buen precio, etc. etc. M., por su
parte, iba a preguntarle de dónde venía cuando algo llamó su
atención al unísono: no lejos de ellos vieron a un señor mayor con
cara de susto tambalearse al pasarle por ambos flancos y a escasos
centímetros dos chicas jóvenes, de no más de 18 años, montadas en
patines eléctricos, a gran velocidad.
Dos señoras mayores que
empujaban sendos carritos las increparon: “¡niñas!, ¡dónde vais
tan rápido!; por poco tirais al suelo a ese señor...”
-“¡Poneos a correr viejas, que
es lo que tenéis que hacer!, ¡ja, ja, ja,ja!” -respondió una de
las chicas mientras la otra la coreaba, haciendo zigzags con su
patinete.
-“¡Ah, mi niño! -dijo Ariel
Cobolí entornado los ojos-, lo de estas chicas no está nada bien.
Hay que respetar a los mayores. Esos cacharros los carga el
diablo...”. M. masculló algún improperio y lugar común sobre la
juventud, y llegaron así al portal de la casa.
-“Bueno, amigo M., muchas
gracias por llevarme hasta aquí; voy a dejarle, no obstante, para
dar una vuelta por estas calles tan lindas; y a pie, que es como se
disfruta de las cosas” -dijo despidiéndose con un fofo apretón de
manos de M., quien no veía el momento de subir a su casa para
apurarse en paz su cerveza.
viernes, 6 de marzo de 2020
domingo, 23 de febrero de 2020
CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (V)
Rinko Kawauchi
M. escuchó la risa cantarina de
la chica oriental, cuando dio una culada al intentar incorporarse
precipitadamente para enrostrar al nuevo vecino del ático. Tuvo la
impresión fugaz de que los ojos rasgados de la joven, que lo miraban
fijamente, estaban de algún modo desconectados muscularmente de la
boca dentada que reía de su aspecto en el suelo, con las piernas
abiertas y recogidas, y las dos manos apoyadas en el suelo detrás de
su espalda.
-“Levántese, amigo M.” -dijo
Labasú en el tono difusamente cordial de un médico, y éste dio un
brinco y se puso de pie con una agilidad que no correspondía con su
pinta abotargada, mientras sentía que el calor del rubor se le subía
al rostro-. “Se ha caído usted por intentar recoger mi tarjeta,
¡qué considerado es usted!, y qué muestra más natural de aprecio
me ha ofrecido; pero no se preocupe, ¡tengo muchas!” El vecino se
volvió entonces a la joven, a la que habló en una especie de
jerigonza incomprensible para M., y ésta, tras hacer un leve
inclinación de cabeza, sacó una tarjeta de uno de los bolsillos
delanteros de su ajustado pantalón, y se la tendió, para agacharse
de continuo ágilmente y recoger la tarjeta sucia y arrugada que
había atrapado bajo su calzado.
“Tome, M.” -le dijo el vecino
tendiéndole el trozo de cartulina, al tiempo que lo tomaba
suavemente por un codo-. M. giró la cabeza en dirección a la chica,
pero había desaparecido de su vista.
-“Quisiera que me acompañara,
si es usted tan amable, a la zona del pescado. Para que me recomiende
algo, es la primera vez que vengo.”
-“¡coño!,
¡y la china!...”, acertó sólo a pensar M. antes de que Labasú
lo condujera con suavidad pero con firmeza al interior del mercado.
Y así entraron en la zona de la
pescadería; una hilera de puestos blancos separados por tabiques
alicatados e iluminados por lámparas se sucedían en doble hilera
enfrentada. “¡Hum! -murmuró el artista-, algunos de estos pecados
tienen peor aspecto que ciertos precitos...” Comenzó a preguntarse
M. a qué precintos se refería, cuando una risa estrenduosa resonó
al lado del vecino.
-“¡Es verdad!, Agar, ¡joder!,
¡qué mala pinta tiene ese pescado!, ¡me cago en la hostia!” Ya
pudo M. olvidarse rápidamente de la china, al contemplar a ese nuevo
individuo que se había pegado al lado de su acompañante: un tipo
muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que los observaba con
una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura
redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y
unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos
pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos
desbordaban de unas sandalias mugrientas. Aunque lo que más
impresionaría a M. -si hubiera sido un observador sensible- sería
el rostro del sujeto, una cara rectangular de barbilla saliente y
como esculpida en granito, que se antojaba el espolón de unos duros
pómulos que protegían una nariz plana y medio hundida en ese
mascarón agresivo que se prolongaba hacia arriba en una frente
elevada y huidiza en la que nacía un pelo corto y canoso que
empezaba a ralear; el labio superior de una boca vivaracha y de
dientes amarillentos tendía a unirse cuando hablaba con la nariz que
se arrugaba en un mohín que parecía reflejar un asco y desdén
constante.
“Hola, Lorai, te presento a M.,
vecino y presidente de la comunidad de la finca...”
“¿Es éste? -dijo el llamado
Lorai, señalando a M. con un dedo huesudo, el rictus
aludido del labio,
y sin intención aparente de darle la mano-, ¡no me jodas!”. Se
quedó mirando un segundo a Labasú, mordiéndose un labio, y se giró
de seguido a los puestos de pescado, mientras caminaban los tres.
-“Mirad, esa merluza tiene
pinta de estar resfriada, de las veces que la habrán sacado y metido
en las cámaras; ¡eh!, ¿por qué esos puestos no tienen el pescado
sobre hielo?, ¡qué mal huele aquí! -el tal Lorai hablaba cada vez
más alto, agitando sus manos huesudas, que parecían sacadas de un
grabado de anatomista, atrayendo las miradas de algunos paisanos-,
¡eh!, ese tipo se está tomando un botellín en el mostrador, y,
¡anda, la hostia!, ese otro se está fumando disimuladamente un
cigarrito en un rincón del puesto… Sí, tú, ¿qué miras?, ¡y en
ese otro dicen que no limpian el pescado!, ¡claro, acabáramos!, así
está de brazos cruzados, el tío…, ¿A dónde me has traído,
Agar?, ¿era necesario esto? Me voy a la playa a ver cómo es”.
Y dicho y hecho, se dio la
vuelta, y desapareció raudo entre un mar de carritos de la compra.
“Disculpe usted a Lorai, M.
-dijo Labasú sin que éste tuviera tiempo de decir nada, aunque el
rápido parpadeo de sus ojos tras sus gafas, indicaba el azoramiento
y el enfado de M.-. Ya se sabe lo que se dice de las gentes del
Norte, todo impulsividad y franqueza. Además, Lorai ha tenido una
vida difícil, pero cuando se le conoce mejor se lo acaba apreciando,
ya verá”.
M. detuvo el paso delante del
puesto de un pescadero amigo suyo, y se hicieron las debidas
presentaciones. El nuevo vecino repitió su nombre ante las
vacilaciones de M., que apretaba en un puño la nueva tarjeta
recibida, para hablar luego brevemente con el pescadero sobre el
género a la venta. Decididamente, M. odiaba a ese tipo.
“Bueno, M., debo dejarle.
Muchas gracias de nuevo por sus consejos. Mandaré a Lorai a comprar
alguna vez a este puesto de su amigo, si es que puede soportarlo”
-se despidió el vecino del ático con una amplia sonrisa y un leve
gesto de la mano.
lunes, 17 de febrero de 2020
domingo, 9 de febrero de 2020
CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (IV)
Tania Franco Klein
Unos
alaridos o berridos preludieron el desencadenamiento de una música
atronadora en el piso de arriba. M. se levantó del sofá lanzando
sordos exabruptos: era hora de ir a hacer algunos mandados. Se puso
una camiseta negra, que creía que le estilizaba, y gorra de visera
del mismo color, y bajó las escaleras; atravesó el vestíbulo donde
estaba el bidón de la discordia, y pasó por su lado sin levantar su
tapa; se rascó la barriga y abrió la puerta mal encajada. Era un
nuevo día. Iría al mercado cercano a ver a su mujer en el puesto de
verduras que poseía, y luego pasaría por el colmado a por un litro
de cerveza. Lanzó una mirada aviesa de soslayo al camarero del bar
situado debajo de su casa, que empezaba a montar las mesas para el
público.
Las
calles no estaban aún muy concurridas: algún ciclista sonámbulo,
empeñado en un videojuego mental de no echar jamás pie a tierra y
de esquivar a los medrosos peatones como obstáculos, y algunos
vecinos paseando a sus cohortes de perros de cuerdas multicolores.
Algún chucho suelto se acercaba a la falange, y provocaba un lío
inextricable de correas entre los canes rampantes, a cuyo alboroto
acudía el dueño despistado del perro desatado, riendo las gracias
de su chucho o no, según la cara del auriga canino. Un tipo de nariz
gorda y verrugosa comenzaba a montar su puesto de ostiones en los
aledaños de otro bar de la calle; los vendía como viagra local con
su voz aguardentosa, pero la imagen que más podría convenir sería
la de una ruleta rusa para turistas incautos, los únicos que los
compraban y consumían alegremente, al tiempo que constituían los
solos clientes de algún que otro bar de la zona que los parroquianos
no frecuentaban por falta de temeridad. “¡Qué pasa, picha!”,
saludó M. al tipo al pasar a su lado; sus fosas nasales se
expandieron instintivamente, pero aún era algo pronto para que se
las llenara el olor de aceite requemado de alguna cocina de bar.
Esquivando algún orín del suelo, accedió finalmente al mercado.
Su
mujer lo vio llegar a su puesto de verduras con un quinto de cerveza
en la mano. “¿Qué M.?, ¿de sabadito?”, le preguntó una señora
ya añosa aferrada a su carrito, con una afabilidad que contrastaba
con el ademán antipático de su mujer (M. podría haber dicho en su
descargo que era el gesto que su esposa prodigaba a todo el mundo,
clientes incluidos). “Sí, señora; hoy no trabajo, ¡sus
muertos!”, respondió M. mirando por encima de la anciana a un
puesto de comidas cercano. Apoyó entonces un codo en una esquina
mientras apuraba su cerveza, y su santa atendía a los clientes. En
un momento en que no había nadie la verdulera le habló:
-“¿Has
sabido algo del nuevo del ático? No me gusta ese tipo. Parece como
maricón, y esa pinta...”.
-“No,
nada nuevo -dijo M., desperezándose-; si casi nadie en la finca sabe
que se ha ido el joputa”.
-“Mira
quién viene por ahí -dijo la verdulera haciendo un leve gesto con
su cabeza-”. M. miró hacia donde indicaba su cónyuge y vio a una
mujer que andaba arrastrado una pierna, cuyo paso forzado acentuaba
el balanceo de un brazo inerte. “La que trabajaba en el
Ayuntamiento, ¡se daba unos aires!, y mírala ahora”. M. no
prestaba atención a sus palabras; en su mente volvió a surgir la
imagen del tipo de nombre tan raro. Metió la mano en un bolsillo, y
rozó los pliegues de un cartón arrugado. ¡La tarjeta!, ¿es que la
había guardado en ese pantalón? M. desplegó la tarjeta con dos
dedos mientras daba otro buche al botellín, y ladeándose
inconscientemente como si no quisiera que nadie lo viera, leyó para
sí el nombre: “AGAR LABASÚ. Artista”. M. escudriñó por encima
de las gafas los caracteres góticos. Escritor y pintor, había dicho
el administrador que era. Y, ¿por qué había venido a vivir allí?
Es cierto que el ático era muy bueno, amplio, tranquilo, soleado, y
con unas magníficas vistas -recordaba M. de las veces que subió
allí cuando todavía se hablaba con el anterior propietario, y
miraba todo con ojos desencajados-,
y ahora debía de valer una pasta con la plaza de garaje incluido
(¡sus muertos!). Pero el barrio era popular, y esos tipos… Debía
de ser un bohemio, o un caprichoso… ¡Espera! -pensó M.-, voy a
mirarlo en Google. Sacó el móvil, y tecleó el nombre tras meterse
el botellín vacío en un bolsillo: vio entonces una serie de
entradas en inglés, y en otra lengua desconocida para él; arrugó
el ceño, la única palabra que le resultaba fácilmente reconocible
era “museum”. ¡Bah!, pensó y se guardó el teléfono en el otro
bolsillo con el gesto del niño que pasa de un trasto a otro cuando
el primero se le resiste. Y la tarjeta… ¿dónde estaba? M. se miró
la protuberante barriga, y luego delante de sí: ahí, estaba en el
suelo, en medio de la gente que pasaba delante del puesto. Avanzó
hacia ella, y cuando iba a agacharse, una repentina corriente de aire
se la llevó volando.
“¡M.!”,
gritó su mujer, pero M. no la escuchaba, y fue a coger el papelito
unos metros más allá. Mientras se inclinaba de nuevo
trabajosamente, vio cómo una bota lustrosa pisaba la tarjeta.
Acuclillado, M. levantó la vista, que montó de unos pechos
puntiagudos enfundados en un jersey negro de cuello vuelto al rostro
de mandíbula cuadrada de una chica oriental que le mostraba una
doble hilera de dientes lactescentes en el marco de una media melena
de pelo negrísimo con flequillo cortado a tazón.
“¡Hombre!
-giró M. el cuello a la izquierda sin levantarse al reconocer la voz
de Labasú-, ¡si tenemos aquí a nuestro querido presidente!”.
sábado, 8 de febrero de 2020
domingo, 26 de enero de 2020
CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (III)
Tin Mitchell
M.,
todavía patidifuso, observó la tarjeta de visita para salir de su
pasmo. “AGAR LABASÚ. Artista”, leyó M. en caracteres góticos,
y debajo, la dirección del ático, y un número de teléfono móvil.
-“Otro
bicho raro”, pensó M., antes de que su mujer cerrara la puerta, y
lo enrostrara.
-“¡Bien!,
¡al carajo el joputa y su mujer, la bruja!” -dijo M. al tiempo que
levantaba y agitaba el puño cerrado de la mano que no sostenía la
tarjeta.
-“Oye,
M. -rubricó su mujer con tono desabrido-, por mí le pueden dar por
culo a esos dos, pero, ¿no te parece todo esto muy raro?”.
-“¿El
qué?, se han ido por fin; ya no tendremos que aguantarlos, y este
nuevo ha hablado con el administrador, y yo...”
-“Pareces
tonto, hijo. Los dos trabajaban aquí, ¿los dos tienen que cambiar
de trabajo al mismo tiempo?, ¿y la mudanza?, ¿quién se va de su
casa, aunque la venda, sin llevarse sus cosas? Yo no he visto aquí
ningún camión de mudanza, ni gente bajando cajas, ni ahora muebles
que tirar, y de noche no lo van a hacer...”
M.
se acordó entonces del cambio de cocina que hizo la vecina del 3º,
esos viejos muebles grasientos en el vestíbulo, de los que corría
hasta el usillo un charquito amarillo marrón. No, era raro, como
decía su mujer.
-“Este
ático, además, le habrá costado una pasta a ese tal Blabasul; a
ver, qué dice: 'artista'; artista de qué. Mira, mejor que llames al
administrador, y le preguntes qué sabe de este asunto; no vayamos a
caer de la sartén al fuego”.
El
administrador… quedó un momento pensativo M. Sí, no era el
primero que tenían. Al inicial promovió M. que lo cambiaran, pues,
en su opinión, no resolvía el problema del moroso, y por
favoritismo, pues en las asambleas de comunidad dejaba hablar al del
ático aunque los demás que hablaran -él, la vecina del 3º, y el
propietario de pisos de estudiantes- dijeran lo contrario.
Su
mujer lo sacó de su ensimismamiento: “llámalo, ahora, que estará
en su despacho”.
M.
marcó el número en el móvil. “Sí, ¿es el administrador?” Una
voz metálica y enronquecida respondió afirmativamente al otro lado.
Efectivamente -decía la voz-, el señor Labasú había comparecido
en su despacho hacía un mes, mostrándole una copia del contrato de
compraventa del ático, y presentándole disculpas en nombre del
antiguo propietario por no haberse despedido convenientemente, ya que
había tenido que hacer un cambio de domicilio con gran premura. El
sr. Labasú era un escritor y pintor de reconocido prestigio, por más
que de gran modestia, y hacía tiempo que deseaba venir a vivir a una
ciudad como la nuestra, donde encontrar reposo e inspiración. El
hecho de contar con un amigo común había facilitado que los
trámites de compraventa se realizaran con celeridad y a plena
satisfacción de ambas partes. El sr. Labasú, finalmente, deseaba
ser una parte activa y solidaria de la comunidad, por lo que se ponía
a disposición de ésta, etc, etc.
-“Vaya,
-dijo M.- el administrador parecía acatarrado. Que nada, que
dice...” y M. repitió con sus palabras a su mujer lo que aquél le
acaba de explicar. Ésta lo miró con sus cejas enarcadas, y torció
el gesto. “A ver qué clase de gente nos va a meter aquí”,
musitó chasqueando los labios…
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