Wallace Kirkland
-“M.,
¿qué ha pasado? -le preguntó su mujer casi agarrándolo del
cuello, cuando pasó al lado de su puesto-, ¿quién es esa china?,
¿qué quería ese Balazul?”
“¡Yo qué sé quién es esa
china!, ¡riéndose de mí, la hija de puta, que le coma el nabo al
del ático!. ¡Joder, quilla, pero es peor el que estaba dentro! Un
tío largo con cara de loco, amigote o yo qué sé del de las barbas;
la ha estado liando en la pescadería, dando voces como si estuviera
majara, y… ¿qué dijo?, ¿que ya lo conocería mejor?. Espero que
no se venga también éste a vivir a la finca..”.
“Eso va a ser peor que un piso
de gitanos, M. Esa gente es muy rara, y no me gusta nada” -dijo su
mujer antes de pasar a atender a una cliente parada delante de una
caja de tomates.
M. aprovechó para largarse.
Atravesó dando zancadas la plaza, y salió por uno de sus laterales.
Se dirigió, acto seguido, al ultramarinos cercano a comprar un litro
de cerveza, que en su manaza parecería un botellín de quinto, y, de
camino, llamó a la puerta metálica del pequeño almacén de Paco,
un chamarilero conocido suyo.
“¡Está abierto!” -gritó
una voz aguardentosa desde el interior. M. empujó el batiente
metálico, y tuvo acceso a un pequeño cuarto, en el que lo primero
que se veía era un retrato del general Franco, flanqueado por un
cuadro de un Cristo resurrecto; había también algunas viejas sillas
de oficina, y relojes de cuco en esa antesala que deba al almacén
herrumbroso de Paco, quien estaba sentado en un ángulo de la salita.
La vista de M. subió de los pies peludos calzados en unas chanclas a
la cara sin afeitar y eternamente malhumorada del chatarrero, que
parecía congelada en una mirada aviesa y en el purito que colgaba de
una esquina de su boca; su pelo canoso y grasiento daba la réplica a
la calva reluciente de M.
“¡Hola, Paco!, vengo a por el
juego de brocas del que me hablaste el otro día”.
“¡Ah, sí” -respondió el
dueño del local, levantándose con un gruñido, para desaparecer
acto seguido en la penumbra del almacén.
M. echó un vistazo distraído a
las sillas en las que solían sentarse los borrachuzos amigos del
dueño, y la gente que le traía cachivaches. En la esquina de un
aparador, junto a un marco de aluminio, colgaba un viejo chapiri de
la legión que había llevado Paco en sus tiempos.
-“Aquí está -dijo el
exlegionario, tendiendo a M. un estuche negro y rayado-. Toma; lo que
te dije ayer, ni un euro menos. Me lo trajo un enganchado de los que
viene a desayunar al comedor de aquí cerca. ¡Sinvergüenzas! Les
dan de desayunar, luego de comer, y las paguitas las tienen para
vicios, y tiempo libre para rebuscar en la basura. A cargar sacos los
ponía yo, y ya verás cómo se les acaban las historias. Sí, sí,
en los soportales se ponen a dormir; sí, que se los lleve el alcalde
comunista a su casa. Vale, adiós”.
M.salió ufano del antro, y tras
pasar por el ultramarinos a comprar un litro de cerveza, retomó el
camino de casa. Al llegar a la esquina de su calle, que se abría
sobre una plaza, sintió un escalofrío y se detuvo; un sentimiento
de alarma le embargó, como si hubiera olvidado algo importante que
traer. Giró su cabeza pequeña en proporción a su corpachón y
embutida en la gorra negra al sentir una especie de corriente fría
en los pliegues carnosos de su nuca.
-“¡Bueeenas!, ¿me permite una
pregunta?”
Quien así le hablaba era figura
masculina alta y regordeta, aunque no tanto como la de M., pues se
trataba de un hombre de unos 40 años, de formas anchas pero masivas,
no fofas como las de M. Su cara era ancha, de grandes rasgos; sus
ojos, pequeños y vivos, estaban bastante separados de una nariz
regordeta y respingona, que hacía pensar en un cerdito, y una frente
cuadrada y mediana quedaba rematada por un pelo castaño rojizo
peinado en punta. La boca, en cambio, contrastaba por su finura de
labios con las bastedad del conjunto del rostro.
-“No,
no tengo…” -respondió M., haciendo ademán de seguir andando.
-“No,
no, amigo, no le pido nada -dijo en tono suave y riente el otro-;
sólo si puede indicarme cómo llegar a esta dirección”, y le
mostró un trozo de papel arrugado y grasiento.
M. dio un respingo: se trataba de
su casa, en esa misma calle. “Sí, ¡ejem!, es aquí casi al final
de la calle, entre dos bares”.
“¡Ah!, ¿vive usted aquí?
-dijo el tipo gordito con un acento que a M. se le antojó
sudamericano o canario-; ¡sí!, ¿no conocerá usted por casualidad
al señor Labasú, es amigo mío”.
“Esto…, sí” -titubeó, M.
que se sentía crecientemente aprensivo ante las amistades de su
nuevo vecino.
-“¡Oh,
tanto gusto, señor! Permitame que me presente. Me llamo Cobolí,
Ariel Cobolí -dijo el amigo del del ático, tendiéndole una mano
regordeta y caliente-. ¿Seremos vecinos entonces?, ¡qué lindo!,
¿puedo ayudarle con lo que lleva?, ¡qué simpático!”
M. había comenzado ya a andar
escoltado de aquel individuo imponente, vestido con un sweater, y
unas calzonas y tenis, que dejaban ver unas piernas gordas como
jamones y sin un pelo. El tal Ariel -insistió en que M. lo tuteara-
empezó a hablarle sobre lo bonita y agradable que le resultaba la
ciudad, de lo bien que se comía a buen precio, etc. etc. M., por su
parte, iba a preguntarle de dónde venía cuando algo llamó su
atención al unísono: no lejos de ellos vieron a un señor mayor con
cara de susto tambalearse al pasarle por ambos flancos y a escasos
centímetros dos chicas jóvenes, de no más de 18 años, montadas en
patines eléctricos, a gran velocidad.
Dos señoras mayores que
empujaban sendos carritos las increparon: “¡niñas!, ¡dónde vais
tan rápido!; por poco tirais al suelo a ese señor...”
-“¡Poneos a correr viejas, que
es lo que tenéis que hacer!, ¡ja, ja, ja,ja!” -respondió una de
las chicas mientras la otra la coreaba, haciendo zigzags con su
patinete.
-“¡Ah, mi niño! -dijo Ariel
Cobolí entornado los ojos-, lo de estas chicas no está nada bien.
Hay que respetar a los mayores. Esos cacharros los carga el
diablo...”. M. masculló algún improperio y lugar común sobre la
juventud, y llegaron así al portal de la casa.
-“Bueno, amigo M., muchas
gracias por llevarme hasta aquí; voy a dejarle, no obstante, para
dar una vuelta por estas calles tan lindas; y a pie, que es como se
disfruta de las cosas” -dijo despidiéndose con un fofo apretón de
manos de M., quien no veía el momento de subir a su casa para
apurarse en paz su cerveza.


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