Francesco Allegrini
Bruce Gilden
En el pasado verano coronavírico fueron frecuentes las llamadas a evitar las aglomeraciones en playas, restaurantes, bares y discotecas, al tiempo que nos animaban, de acuerdo con la "nueva normalidad" engendrada por el poder partidocrático para las masas de votantes aborregados, a viajar y a consumir en la hostelería, que acabó hundiéndose ante la falta de medidas tomadas por la casta política, que siempre podía echarle la culpa a "los jóvenes" de lo que era presumible que parte de ellos hicieran, sin que le importara un pimiento hacer una política de prevención desde el poder, que no tuviera que ver con el calculado coste electoral.
Ahora, al volver al trabajo me he encontrado con otro tipo de aglomeraciones, éstas sí bien vistas o consideradas inevitables o aptas para ser tratadas como si no existieran: las de 30 alumnos y más por clase en los colegios y las aglomeraciones en autobuses (evito el atestado y tropicalmente caluroso autobús de las 8). Empiezo a acostumbrarme, pero los primeros días me ha resultado terriblemente inquietante y entristecedor el tener delante de mí clases de una treintena de alumnos enmascarillados (a veces con medios de fortuna) separados por unos 50 centímetros, y yo en el estrecho pasillo que va desde la puerta de la clase abierta, pasando por la pizarra, hasta la ventana igualmente abierta junto a la mesa del profesor (las corrientes de aire me han provocado un primer enfriamiento que me ha tenido k.o. unos días, y ahora llevo más capas para postergar la recaída, pero toda ventilación es poca). Se me dice que debo mantener la distancia de seguridad con los alumnos, pero si me aparto un poco de la pizarra ya estoy encima del de la primera fila. Esto provoca, por otra parte, que tenga problemas para oír a los alumnos del fondo, acrecentados además si hay ruido en el pasillo o en la clase de al lado, mientras veo a algún compañero irresponsable pasearse entre las mesas.
A mediados de esta semana, me he sentido súbitamente mejor, como si ya estuviera aclimatándome a esta situación, y encontrando mis tiempos y estrategias para trabajar en esta extraña "presencialidad", que me hace sentirme incómodo, no haciendo mi trabajo como podría en circunstancias normales, y que no sé si se prolongará, mientras la maquinaria burocrática sigue su marcha, impasible e hipócrita, sobre todas las incongruencias presentes y futuras.
Benozzo Gozzoli, La Cavalcata dei Magi, pared oeste, 1459-60, fresco, capilla del Palacio Medici-Riccardi, Florencia
"[...] El bailoteo de unos pocos cirios alumbraba, como si los fuera pintando, los frescos de Benozzo Gozzoli que cubrían totalmente los muros del pequeño oratorio. No he visto jamás una cabalgata de tan bella fantasía. El juvenil Lorenzo, el emperador de Bizancio y el patriarca de Constantinopla, representaban a los Reyes Magos en el séquito triunfal. Clarice Strozzi me había explicado a quiénes retrataban los otros personajes: Pandolfo Malatesta, señor de Rímini; Galeazzo Maria Sforza, hijo del duque de Milán; los Médicis; Victorino da Feltre, Nicolás da Uzzano, el propio Gozzoli... Desfilaban, metálicos, multicolores, ataviados con lujoso capricho, sobre caballos de jaeces espléndidos, en un paisaje de cipreses y torres -Careggi, San Gimignano-, de rocas, de bosques, de jardines, como si se encaminaran centelleando hacia una fiesta en la corte florentina. Camellos y animales feroces contribuían a la extravagancia. Volaban los pájaros misteriosos. Y quien me impresionaba más era ese muchacho que lleva un leopardo a la grupa del corcel [...]"
Manuel Mújica Láinez, Bomarzo, Planeta, 1980, p. 171
Arturo Nathan (1891-1944) no fue un hombre con mucha suerte. Hijo de una cosmopolita familia judía, nació en Trieste (entonces parte del Imperio Austrohúngaro), aunque conservó la nacionalidad británica de su padre. Tuvo que abandonar su pasión por la filosofía, para seguir la carrera comercial paterna, y, como ciudadano británico, participar en la Primera Guerra Mundial, experiencia de la que salió profundamente traumatizado. Se le recomendó la pintura como terapia, y comenzó una carrera autodidacta que le llevó a obtener cierto reconocimiento en los años 30. Posteriormente, su condición de judío le llevó a la muerte en un campo de concentración en 1944.
En el cuadro de la imagen, llamado "El exiliado" de 1928, Nathan se autorretrata en un vestimenta propia de un prisionero, como será el mismo años más tarde, y en una postura de recogimiento interior, con la cabeza baja y las manos entre las piernas, resaltada por la simetría compositiva del cuadro.
Nathan parece comunicarnos un exilio interior, un repliegue sobre sí mismo, doliente pero sereno, forzado o voluntario, que se traduce en colores y tonos que entreveran la realidad de fondo pintada. Me impresiona ahora más aún este cuadro al ver el tipo de exilio interno al que me ha forzado el coronavirus: la pérdida de contactos y referentes, la falta de empatía de creyentes en la "nueva normalidad", el entorpecimiento de las acciones de la vida cotidiana... Ahora con la forzosa vuelta al trabajo, tomo aún más conciencia del peligro, y pienso que, bueno, con 54 años he hecho cierto número de cosas de las que puedo sentirme orgulloso, que hay también cierto número de fracasos que jalonan mi existencia, pero que he mandado al futuro algunas flechas de papel impreso que tal vez hagan blanco en algún corazón... Eso, poniéndose en lo peor posible.
La escritura me ha ayudado mucho en estos meses de semiconfinamiento familiar; ha sido para mí como la pintura para Arturo Nathan, un intento de convertir en belleza estados de ánimo tan avasalladores como efímeros, pasajeros como uno mismo. Me gustaría, imagino que igual que Nathan, continuar con lo que hago, que es sentir esa pequeña magia cotidiana de que algo cobre vida propia bajo mis dedos. Así sea.
Albert Birkle
La crisis del coronavirus produce diversos efectos en la gente. Percibo en personas que me rodean una persistente ansiedad que resulta contagiosa en la medida que no sé cómo ayudarlas. Personalmente, vivo en un estado de calma tensa, siendo consciente, que no feliz. El periodo de confinamiento, y esta "nueva normalidad" propagandista que nuestro gobierno partidocrático nos vendió a través de los medios de comunicación del régimen, me ha hecho recentrarme en mí mismo y ser dolorosamente consciente de mi edad, y de la fragilidad de todo lo que me rodea, de las falsas seguridades.
Intentar adaptarse a lo que se espera de uno, sacrificarse a las insaciables exigencias de la vida actual, que acaba conduciendo a la angustia y la neurosis, revela su escaso valor cuando se ve como el mundo se derrumba a nuestro alrededor. Uno se siente, pues, más libre para odiar y para amar, para ver la miseria y la incongruencia en sí mismo y los demás.
Ese estado de desconexión en el que me sumerjo fácilmente, y que me hizo sufrir y gozar en el pasado, por no poder sentirme nunca integrado o identificado totalmente en ningún grupo, se está convirtiendo últimamente en casi permanente. Escribo, escribo, y escribo, "como el perro ladra", decía H. G. Wells, pues la muerte está en el aire, y perder un tanto la cordura me parece la única forma de conservarla.