Dora Maar
-¡Queca!,
¡Quequi! -volvió a gritar el hombre asomándose de nuevo bajo los
soportales del viejo edificio del antiguo balneario de la playa, cuyo
espacio umbrío y arenoso ya había recorrido tres veces.
Decididamente, no había sido una buena idea llevar a la perra allí,
y soltarle la correa, cosa que nunca hacía. Pero ya era mayorcita,
Quequi, y quería que tuviera esa experiencia, y pensó hacerlo esa
mañana antes de llevarla a lavar a la peluquería canina cercana. La
ribera de esa caleta se presentaba cargada de nostalgia otoñal: ya
era de nuevo el señorío de las gaviotas y sus crías que
multiplicaban sobre la arena sombría el rosario trífido de sus
huellas bajo un cielo grisáceo, del que a veces traslucía un claror
del sol que pugnaba por colarse entre las nubes; e incluso las
palomas de paso incierto se atrevían a errar entre las voluminosas
gaviotas buscando algo que echarse al buche. El hombre dirigió su
vista a la derecha, hacia los límites del antiguo baluarte, donde
flotaban las variopintas barcas de los pescadores sobre un turbio mar
de color mercurial, y luego hacia la izquierda, donde un tenue oleaje
se ensortijaba en el espigón limítrofe. Nada. Sólo algún
caminante mañanero se recortaba contra la orilla, en la que la
arena, hendida y granujienta, esperaba ser cubierta de nuevo por la
marea creciente.
-¡Eh,
amigo!, ¿es suya esta perra? -escuchó el hombre a su espalda, y
giró sobresaltado, pues acababa justo de darse la vuelta para
enrostrar el frente oceánico, y a nadie había visto.
La voz provenía de un tipo muy
alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que lo observaba con una
mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura
redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y
unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos
pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos
desbordaban de unas sandalias mugrientas. El hombre pensó que quizás
debería de ser uno de los vagabundos que duermen bajo las arcadas
del antiguo balneario, convertido ahora en otro edificio estatal
cerrado al disfrute ciudadano, pero ver que llevaba a su perrita bajo
uno de sus sarmentosos brazos le libró de toda aprensión. El tipo
estaba plantado delante de él con una franca sonrisa que,
paradójicamente, acentuaba lo prominente y óseo de sus rasgos
faciales, que la perra parecía contemplar con respeto y aprensión
desde el hueco de su brazo.
-¡Qué
maja es esta perrita! -dijo el extraño individuo entregándosela a
su dueño con delicadeza; éste aprovechó para enganchar la correa
extensible al pequeño arnés negro tachonado de pequeños botones
plateados que llevaba Quequi, y la puso sobre la arena firme, donde
sus patitas dejaban una leve marca. La perra, de unos 5 kilos, tenía
un pelo blanco no muy tupido pero lustroso; era un cruce de bichón y
de Yorkshire, con unos ojos y hocico alargado negros, y una expresión
inteligente, aunque desconfiada.
-¿Dónde la encontró?
-Ah, por ahí detrás. Parecía
asustada.
-Muchas gracias. Nunca la suelto
de la correa ni la había traído jamás a la playa, y fíjese… la
perdí de vista, no sé cómo.
-Tiene una cara muy graciosa. Ya
es mayorcita. Debe de tener unos 13 años, ¿verdad?
-Sí, exacto. ¿Entiende usted de
perros?.
-Bueno, donde yo resido
habitualmente hay alguno grande, pero no es majo como éste. Mire, no
quiero asustarle, pero al cogerla he notado un bultito junto a una
mama; yo de usted la llevaría al veterinario, por descartar que
fuera un tumor, pues una vez que empiezan estas cosas, no sale una
sola, y a esa edad… -El hombre se le quedó mirando de hito en
hito, mientras la perra se le enroscaba entre las piernas, rozando su
cabecita contra uno de sus tobillos.
-Muchas gracias de nuevo -dijo el
hombre haciendo ademán de despedirse, mientras empezaba a andar
hacia donde la perra tiraba, avanzando y retrocediendo gracias a la
correa extensible.
-Disculpe
-insistió el interlocutor, poniéndose a su altura- ¿Es usted de
aquí? ¿sí? Acabo de llegar a la ciudad; paro en casa de un amigo,
y casi lo primero que he hecho es venir a la playa. Es bonita. ¿Hay
otras, no?.
-Sí, digamos en la zona nueva o
externa de la ciudad. A mí particularmente, me gusta ésta; al ser
una caleta el agua es más tranquila, y se puede nadar, a lo que
vengo yo en verano temprano, pues luego esto es un hervidero de
gente”.
- Nadar. ¡Qué maravilla! Me da
usted envidia. Llegar aquí cuando el sol no ha salido todavía a su
espalda, confiarse a estas aguas, y entrar en comunión con un
elemento que no es el nuestro, que nos acoge benévolamente un rato,
si aceptamos humildemente sus reglas, y luego nos devuelve a la
playa, dejándonos con una paz que sólo es un anhelo oculto de
perpetuarse en un placentero misterio de exultación indefinible...
-¡Sí,
exactamente es eso! -dijo el hombre sonriendo al de los anteojos que
caminaba a su lado, y detrás de la perra que se desplazaba en
abanico sobre la arena olisqueando acá y allá-; usted lo ha
definido como es; así me siento, sí. Es un momento muy mío, que no
puedo compartir.
- Es
curiosa la playa, cierto -continuó el hombre de anteojos, que
hablaba mirando hacia arriba, y con las manos a la espalda, girando
rítmicamente su cabeza para mirar de soslayo y sonriendo al hombre
del perro-, parece un espejismo de la eternidad en su engañosa
invariabilidad, pero su paisaje me resulta más cambiante que el de
cualquier bosque o montaña por el que haya pasado; lo que tiene de
permanente, la arena, las olas, el flujo y reflujo de las mareas,
sólo es el ritmo sobre el que desarrollar la percepción de detalles
que son un semillero de intuiciones.
-Vaya, eso es muy poético, ¿es
usted artista?
-¡Qué va!, yo no; solamente que
he tenido mucho tiempo para observar este mundo. Y usted, ¿qué es?.
-Yo soy profesor, profesor de
instituto.
-Bien; noble y difícil profesión
-dijo el de los anteojos cruzando los brazos y llevándose dos dedos
a la barbilla-. Parece que a la perra le gusta la playa.
-Sí, eso parece; la volveré a
traer. Pero sin soltarla, claro.
- Bueno, tengo que dejarle.
Encantado de conocerle -dijo tendiendo una mano huesuda-, me llamo
Lorai. Quizás volvamos a vernos por aquí. Sí, el placer ha sido
también mío. Y cuidado con los alumnos, sus padres, ...y también
con los vecinos.


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