MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

domingo, 5 de abril de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (VIII): LORAI






Dora Maar




-¡Queca!, ¡Quequi! -volvió a gritar el hombre asomándose de nuevo bajo los soportales del viejo edificio del antiguo balneario de la playa, cuyo espacio umbrío y arenoso ya había recorrido tres veces. Decididamente, no había sido una buena idea llevar a la perra allí, y soltarle la correa, cosa que nunca hacía. Pero ya era mayorcita, Quequi, y quería que tuviera esa experiencia, y pensó hacerlo esa mañana antes de llevarla a lavar a la peluquería canina cercana. La ribera de esa caleta se presentaba cargada de nostalgia otoñal: ya era de nuevo el señorío de las gaviotas y sus crías que multiplicaban sobre la arena sombría el rosario trífido de sus huellas bajo un cielo grisáceo, del que a veces traslucía un claror del sol que pugnaba por colarse entre las nubes; e incluso las palomas de paso incierto se atrevían a errar entre las voluminosas gaviotas buscando algo que echarse al buche. El hombre dirigió su vista a la derecha, hacia los límites del antiguo baluarte, donde flotaban las variopintas barcas de los pescadores sobre un turbio mar de color mercurial, y luego hacia la izquierda, donde un tenue oleaje se ensortijaba en el espigón limítrofe. Nada. Sólo algún caminante mañanero se recortaba contra la orilla, en la que la arena, hendida y granujienta, esperaba ser cubierta de nuevo por la marea creciente.

-¡Eh, amigo!, ¿es suya esta perra? -escuchó el hombre a su espalda, y giró sobresaltado, pues acababa justo de darse la vuelta para enrostrar el frente oceánico, y a nadie había visto.

La voz provenía de un tipo muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que lo observaba con una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos desbordaban de unas sandalias mugrientas. El hombre pensó que quizás debería de ser uno de los vagabundos que duermen bajo las arcadas del antiguo balneario, convertido ahora en otro edificio estatal cerrado al disfrute ciudadano, pero ver que llevaba a su perrita bajo uno de sus sarmentosos brazos le libró de toda aprensión. El tipo estaba plantado delante de él con una franca sonrisa que, paradójicamente, acentuaba lo prominente y óseo de sus rasgos faciales, que la perra parecía contemplar con respeto y aprensión desde el hueco de su brazo.

-¡Qué maja es esta perrita! -dijo el extraño individuo entregándosela a su dueño con delicadeza; éste aprovechó para enganchar la correa extensible al pequeño arnés negro tachonado de pequeños botones plateados que llevaba Quequi, y la puso sobre la arena firme, donde sus patitas dejaban una leve marca. La perra, de unos 5 kilos, tenía un pelo blanco no muy tupido pero lustroso; era un cruce de bichón y de Yorkshire, con unos ojos y hocico alargado negros, y una expresión inteligente, aunque desconfiada.

-¿Dónde la encontró?

-Ah, por ahí detrás. Parecía asustada.

-Muchas gracias. Nunca la suelto de la correa ni la había traído jamás a la playa, y fíjese… la perdí de vista, no sé cómo.

-Tiene una cara muy graciosa. Ya es mayorcita. Debe de tener unos 13 años, ¿verdad?

-Sí, exacto. ¿Entiende usted de perros?.

-Bueno, donde yo resido habitualmente hay alguno grande, pero no es majo como éste. Mire, no quiero asustarle, pero al cogerla he notado un bultito junto a una mama; yo de usted la llevaría al veterinario, por descartar que fuera un tumor, pues una vez que empiezan estas cosas, no sale una sola, y a esa edad… -El hombre se le quedó mirando de hito en hito, mientras la perra se le enroscaba entre las piernas, rozando su cabecita contra uno de sus tobillos.

-Muchas gracias de nuevo -dijo el hombre haciendo ademán de despedirse, mientras empezaba a andar hacia donde la perra tiraba, avanzando y retrocediendo gracias a la correa extensible.

-Disculpe -insistió el interlocutor, poniéndose a su altura- ¿Es usted de aquí? ¿sí? Acabo de llegar a la ciudad; paro en casa de un amigo, y casi lo primero que he hecho es venir a la playa. Es bonita. ¿Hay otras, no?.

-Sí, digamos en la zona nueva o externa de la ciudad. A mí particularmente, me gusta ésta; al ser una caleta el agua es más tranquila, y se puede nadar, a lo que vengo yo en verano temprano, pues luego esto es un hervidero de gente”.

- Nadar. ¡Qué maravilla! Me da usted envidia. Llegar aquí cuando el sol no ha salido todavía a su espalda, confiarse a estas aguas, y entrar en comunión con un elemento que no es el nuestro, que nos acoge benévolamente un rato, si aceptamos humildemente sus reglas, y luego nos devuelve a la playa, dejándonos con una paz que sólo es un anhelo oculto de perpetuarse en un placentero misterio de exultación indefinible...

-¡Sí, exactamente es eso! -dijo el hombre sonriendo al de los anteojos que caminaba a su lado, y detrás de la perra que se desplazaba en abanico sobre la arena olisqueando acá y allá-; usted lo ha definido como es; así me siento, sí. Es un momento muy mío, que no puedo compartir.

- Es curiosa la playa, cierto -continuó el hombre de anteojos, que hablaba mirando hacia arriba, y con las manos a la espalda, girando rítmicamente su cabeza para mirar de soslayo y sonriendo al hombre del perro-, parece un espejismo de la eternidad en su engañosa invariabilidad, pero su paisaje me resulta más cambiante que el de cualquier bosque o montaña por el que haya pasado; lo que tiene de permanente, la arena, las olas, el flujo y reflujo de las mareas, sólo es el ritmo sobre el que desarrollar la percepción de detalles que son un semillero de intuiciones.

-Vaya, eso es muy poético, ¿es usted artista?

-¡Qué va!, yo no; solamente que he tenido mucho tiempo para observar este mundo. Y usted, ¿qué es?.

-Yo soy profesor, profesor de instituto.

-Bien; noble y difícil profesión -dijo el de los anteojos cruzando los brazos y llevándose dos dedos a la barbilla-. Parece que a la perra le gusta la playa.

-Sí, eso parece; la volveré a traer. Pero sin soltarla, claro.

- Bueno, tengo que dejarle. Encantado de conocerle -dijo tendiendo una mano huesuda-, me llamo Lorai. Quizás volvamos a vernos por aquí. Sí, el placer ha sido también mío. Y cuidado con los alumnos, sus padres, ...y también con los vecinos.

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