MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

sábado, 13 de junio de 2015

EL ASTILLERO


En la novela homónima de J. C. Onetti el astillero es presentado como un lugar de decadencia, el espejo del pasado y del presente de la obra humana sometida al juicio de Cronos. Tal presentimiento me embargaba en la visita que hicimos al museo Navantia, sito en en la antigua factoría de los astilleros de Matagorda, cerrados en 01977, por la apertura de los nuevos astilleros de Puerto Real, y convertidos en museo no hace muchos años. Tras el recorrido en barco, durante cuya travesía pudimos admirar la obra feneciente del nuevo puente, fuimos recibidos por José María Molina, director del museo, que nos sirvió de inmejorable guía de las instalaciones. Antes de visitar el museo propiamente dicho, visitamos la capilla de la factoría, sita tras la estatua a Antonio López, fundador de los astilleros, y los comedores, y salas de los ingenieros. Esta obra, de comienzos del siglo XX y de estilo ecléctico, contiene curiosidades como una pila coronada de una concha fósil, y unos confesionarios confeccionados por las carpinterías de Matagorda, que aprovisionaban también de éstos, así como de bancos, a las iglesias de Cádiz.
Acto seguido, visitamos otra de las instalaciones remozadas, que contiene el elenco de los barcos construidos en el astillero desde su fundación, donde podían encontrarse navíos como el submarino de Peral y El Elcano.
Retrocediendo al desembarcadero pudimos observar la obra de ingenieria estrella de la factoría, el dique seco construido por Antonio López, que doblaba en calado a los ingleses de la época, y entrar en las dependencias del museo que guarda curiosidades, y elementos de la vida fabril del astillero de enorme interés. El sr. Molina nos comentó que el museo cuenta con más de 5.000 cajas de documentación del astillero de Matagorda, así como de otros astilleros españoles que fueron cerrando sus puertas al paso de la malhadada reconversión industrial iniciada en los años 80 del siglo XX. El director del museo nos fue explicando gracias a las piezas expuestas el trabajo de los ingenieros de una época en que los ordenadores eran un mero proyecto, y el cambio radical en la manera de construir barcos que se produjo a partir de 01942. En la última sala pudimos contemplar una maqueta a escala de las instalaciones, y del antiguo astillero que contaba con más de 20.000 m2, y se comentó el triste destino de la inmensa mayoría de los trabajadores de los astilleros gaditanos, cuya discontinuidad laboral, ha provocado que sean remplazados, en ocasiones, por trabajadores especializados extranjeros.
Un bello recorrido, sin duda, por un pasado que se asoma, mudo y ominoso, a una bahía, cuyo futuro ignoto se diluye en los bellos perfiles de la ciudad volcada al mar.




















































sábado, 30 de mayo de 2015

PALÍNDROMOS





Miro por la ventana. Sobreviene el crepúsculo. Es la hora de los arrumbaos. El nonagésimo quinto y el cuadragésimo sexto entran por la ventana. Su mirada es clara y distinta, como la belleza de la que son heraldos. Desean que salga al jardín. Diviso al jefe de los macilentos. Camina con los pies trabados por embarazosos textos chestertonianos, sombras de la caverna de su vanagloria. Los arrumbaos levantan el vuelo precipitadamente. Huyen de su icoroso contacto. Antimateria de los espantapájaros. Macilentos y apoetas llenan mi correo de spam poético. Me río entre dientes mientras leo sus versos pringosos de lobreguez. Ya no hay poesía desde los años cincuenta, sólo prosaicos juegos de artificio del ego. Los premios literarios son la lotería de lo previsible, el último refugio de la amistad. Los poetas funcionarios carecen de la nómina de lo celeste. Llamo a la editorial. Las ventas bajan. La poesía es Tántalo iridiado de los balances. La cortadora de césped se ha estropeado. Algunos topillos asoman por entre la hierba. Se ha colado un anuncio de viagra en la publicidad del blog. Un rabicorto me observa inquisitivo en el alféizar de la ventana. El arrumbao sesquicentésimo quiere que lea sus poemas. Los ha dejado en una zarza del jardín. Los recojo, y los leo. Me fumo ocho cigarros. Me sobrecoge su profundidad. Dice Sócrates en el Fedón que conocer es recordar. Tambien poetizar es recordar. la palabra es signo que trae consigo la memoria evanescente de los significados de las verdades elusivas que el poeta intenta recuperar a costa de su vida, al filo de la subsistencia; la cuerda floja de la experiencia que lo lleva hacia el fin, el fin que no es el de los mediocres. Entro en el pub de Brighton. Le pido al barman una pinta. No parece entenderme. Le echo el humo del cigarro a la cara. Me agarra por la solapa. Debe de ser un apoeta. La belleza no estuvo inscrita en las almas mezquinas de los macilentos, que nacieron para no salir del círculo cerrado de sus experiencias cansinas, y su parejo corolario de palabras. El arrumbao heptagésimo nono se posa en la cabecera de mi sillón. Quiere que le acompañe en su vuelo. Agito los brazos con parsimonia. Derramo el whisky sobre la custom. Los arrumbaos parecen comprender mis reticencias. La poesía no es separable de la belleza y la verdad. Lo demás es cobarde espera de la muerte. 




Imagen: Robert y Shana Harreparkeson


sábado, 16 de mayo de 2015

RETOUR À ITHAQUE




Tal es el título de la película que fui a ver con mi mujer el sábado pasado. La primera vez que oí hablar de ella fue en una conferencia del coautor del guión, Leonardo Padura, en Toulouse. Allí fue preguntado por la exclusión del film del Festival de Cine Internacional de La Habana del diciembre pasado, y Padura repitió prudentemente la excusa dada por el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC), y la promesa hecha al director de la película, Laurent Cantet, por parte de dicho organismo de que ésta sería distribuida en la isla.
Ciertamente, el visionado de la obra podría explicar, que no justificar, la censura de ésta. Un grupo de amigos se reúne para recibir a uno de ellos, Amadeo (Nestor Jiménez), que vuelve a la isla tras pasar 16 años de exilio en España. La fiesta que organizan en una terraza de la vieja Habana pasa rápidamente del ejercicio de nostalgia de los años mozos (incluida la música de Fórmula V y Serrat), al sajamiento propio y ajeno de viejas heridas y frustraciones, desencadenada por la confesión de Amadeo de su intención de quedarse definitivamente en Cuba, aserto que es rechazado enérgicamente por sus antiguos amigos, que lo tratan de iluso e idiota.
Amadeo, escritor falto de inspiración y cuyas razones para el exilio no quedan del todo claras, se ve así confrontado a sus amigos, una colección de personas que rezuman frustración y desencanto, en una vuelta de tuerca irónica a la referencia homérica, Ulises que regresa a una Ítaca ruinosa y caótica, donde su Penélope ha muerto hace años de cáncer, y es rechazado por sus antiguos correligionarios, que le exhortan a marcharse ante la situación de la isla: Rafa (Fernando Hechevarría), vieja promesa de la pintura, pero "bocón" reprimido por el régimen castrista, caído en tiempos en el alcoholismo, al tiempo que hace pintura para turistas, Tania (Isabel Santos) oftalmóloga y ex cuñada de Amadeo, que vive prácticamente de la caridad de sus pacientes, y amargada por la marcha de sus hijos a los Estados Unidos, con los que ha perdido el contacto, al tiempo que ataca a Amadeo por haber dejado morir sola a su hermana , Eddy (Jorge Perugorría), que renunció a su talento de escritor, para prosperar a la sombra del régimen, aunque con la permanente espada de Damocles de la corrupción sobre su cabeza, pues como dice en un momento dado "para hacer cualquier cosa en Cuba, hay que mancharse las manos", y finalmente Aldo (Pedro Julio Díaz Ferrán), ingeniero industrial, el más comprometido políticamente en su juventud, hasta el punto de enrolarse voluntario en la guerra de Angola, y que malvive en la actualidad fabricando baterías con piezas robadas, al que su mujer ha abandonado por un tipo mejor situado, y cuyo hijo, Yeonnis (Rone Luis Reinoso), sin estudios ni futuro, amenaza con arriesgar su vida como balsero para llegar a los Estados Unidos; a pesar de todo, Aldo mantiene su "necesidad de creer".
En un in crescendo dramático que no llega, empero, a convertir la noche cubana en shakespeareana, poblada de música chocarrera, disputas y brisas, los personajes hacen una denuncia sorda de un régimen que cohibió su juventud, y que arruinó sus expectativas de futuro, que sólo uno de ellos, Eddy, consiguió parcialmente superar, a costa de la renuncia a sus ambiciones artísticas, y de la degradación moral, "pues es el silencio lo que esperaban de ti", y cuya víctima más conspicua fue Rafa. Es ante la desolación de éste y su ruina vital que Amadeo revela la verdadera razón de su marcha a España: el no querer convertirse en delator de su viejo amigo. Al encontrar fortuitamente en España a su viejo contacto de la policía secreta convertida en otra exiliada, Amadeo perdió el temor, ese jodido temor que han bebido todos hasta las heces, y decidió volver a su país, a luchar, y quizás, encontrar la inspiración perdida.
La película se cierra con una imagen al amanecer de Amadeo y Tania inclinados sobre la varanda de la terraza ante el malecón de La Habana, en un tópico de esperanza, que redime a este Ulises desaventurado.


sábado, 25 de abril de 2015

AL BORDE DEL GARONA



Una chica al borde del Garona, aparentemente extática ante el reflejo del sol en el agua ondulante; tan lejana, tan misteriosa en esa vislumbre de una paz condicional. Bajo el puente el río sigue fluyendo, baña sus riberas, y proporciona el consuelo del solaz ajeno.

sábado, 11 de abril de 2015

LEONARDO PADURA EN TOULOUSE





El pasado 20 de marzo, en el marco de la vigesimo séptima edición del Festival CINÉLATINO, el escritor cubano Leonardo Padura ofreció una conferencia en la librería Terra Nova de Toulouse para presentar la traducción francesa de su última novela, Hérétiques (2014), en la que aparece su alter ego, el ex detective Mario Conde, convertido ahora en marchante de libros antiguos, y que se sitúa tras la pista de un cuadro de Rembrandt, desaparecido en la Habana en 1939, lo que le permite ofrecer un fresco verista de la Amsterdam del siglo XVII.
He de confesar que Leonardo Padura me resultaba una figura literaria desconocida, hasta que gracias a una profesora francesa de español que trabajó un año en mi instituto, me pidió ayuda para corregir ciertas expresiones del texto que redactaba para preparar su oposición de Agrégé, y que versaba sobre Padura. El retrato paduresco de Cuba resulta, ciertamente, atrayente y cautivador sobremanera, y esta compañera me regaló un libro del autor cubano, Adiós, Hemingway, donde reconstruye, quizás como un exorcismo de la memoria, la huella del escritor norteamericano en la Habana.
En esta ocasión, instigado por las compañeras francesas del colegio con el que realizaba un intercambio lingüístico de alumnos, asistimos a la conferencia de Padura. La sala estaba llena de un público entregado y, sin duda, conocedor de la obra del autor. Éste dio un tono distendido a su discurso, plagado, aunque no exclusivamente, de anécdotas personales sobre su vida, que intentaba constantemente relacionar con la peripecia vital de Mario Conde, protagonista mayor de su obra literaria. Hizo, asimismo, referencia a su primera visita a España, a los 40 dólares de los que disponía para costear toda su estancia, y a la frustración por no poder comprar libros en los mercadillos de libros de segunda mano, subsanada en parte por un amigo que le regaló una obra de Manuel Vázquez Montalban, por quien confesó su admiración.
Su tono era pausado y reflexivo, propio de un hombre acostumbrado a buscar la palabra justa y a orillar la polémica, incluso ante las preguntas sobre el no estreno en Cuba de la película Retour à Ithaque, de la que es coguionista. Así, sus referencias a la realidad cubana, sin eludir la amargura, carecían de cualquier alusión política. Con todo, su reflexión sobre la condena de Spinoza por la sinagoga de Amsterdam le llevó a concluir que en Cuba se había llegado al refinamiento en el cultivo de la envidia, pecado típicamente español.