MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

martes, 16 de noviembre de 2010

POESÍA EN CUARENTENA


Escribo poesía pero no sé qué es realmente ser poeta. Podría pensarse que si hay un género literario que se ajusta a los nuevos soportes de lectura como el blog e internet en general es la poesía. Sin embargo, es la novela la medida de la valoración del escritor, como hacía Andrés Ibáñez en el ABC cultural del último sábado donde hacía un decálogo de la literatura, donde afirma entre otras cosas que un artista debe tener éxito y tener en cuenta al receptor, y que sin éxito el artista no puede desarrollarse ni madurar. Quizás sea así porque si hay un artista ligado a la imagen tradicional de la literatura ése es el poeta. Coronado de laurel y poseído del furor o inspiración divina, se convertía en puente entre el mundo visible y el invisible. El poeta épico representa la quintaesencia de la función ciudadana de la poesía. Con el ritmo poético conseguía el poeta lírico esculpir en el tiempo, empleando una expresión tarkovskyana, e ir burlando a la muerte con una ilusión de perennidad. La modernidad romántica trajo la desacralización de la figura del poeta. Éste deja de ser una figura de ambiciones universales, revelador e intérprete de misterios y encarnación del presunto espíritu de un pueblo o época, y se centra en sí mismo, en su pequeño mundo de sentimientos inseparables de su yo. Cuanto más se desarrolla el carácter individual y "personal" de la poesía, tanto más va perdiendo ésta su entidad rítmica. Surge, así el verso libre, o verso tipográfico, como lo llamaba A. García Calvo, con lo que los lindes con la prosa se desdibujan. Pienso que esto puede contribuir a la banalización de la poesía, convertida en pura voz "individual", vehículo de ideología que se expresa en una prosa que ya no está hecha para ser leída en voz alta sino para ser leída en silencio, como un periódico.  De ahí los apuros que se ve pasar a algunos poetas en las lecturas públicas de sus obras, cuando intentan suplir la falta de ritmo auténtico de sus poemas con rotundidad o melosidad de la voz, pudiendo incluso cambiar palabras de sus composiciones, pues en el fondo poco importa.
Esta poesía está destinada a no sobrevivir al tomito en que se publica, y se alimenta para su existencia del prestigio cultural todavía inherente al género, repartido al capricho -a veces, atrabiliario- de jurados y editores.
Estimo que si no hay ritmo -y digo ritmo, no rima-, no hay poesía, y que un poeta que no busque trascenderse olvidándose de sí mismo, y que se encarne en una voz que sólo le pertenezca fugazmente, transportado por ese ritmo que no deja de tener algo de ritual, no será más que otro poeta de Cultura, y por tanto en ella clasificable.
Dicho esto, insisto en que no sé realmente en qué consiste ser poeta, y la importancia que tenga.

Imagen: "Los poetas" de Carlo Carrá.

2 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Tú lo has dicho, tocayo: ritmo auténtico. Qué simple y qué difícil. La poética cambia con el tiempo, pero independientemente de esto creo que en todas las épocas hay poetas de verdad. Lo difícil es reconocerlos. En cuanto a la afirmación de Ibáñez de que el artista debe tener éxito para desarrollarse, no estoy de acuerdo. Hay muchos casos (póstumos) que la desmienten.

Un abrazo, muy interesante la entrada.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Lo has expresado con mucha claridad, tocayo. Coincido con tu valoración de Ibáñez. Mucha suerte para la presentación de tu "blogueína". Me hubiera gustado estar allí, y saludaros a tí y a Aurora.
Un abrazo.