MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

viernes, 12 de noviembre de 2010

ROMA DELENDA EST


Esta mañana al coger el autobús me encontré con un conocido de los remotos tiempos en que practicaba aikido. Llevaba a sus dos hijos pequeños al colegio. Ya he coincidido con él en otras ocasiones, porque vivimos relativamente cerca. En una de ellas me sorprendió bastante por su sensatez. Me dijo que sus hijos verían la reforma de la educación en España, y que yo lo comprobaría cuando éstos llegaran a mis manos, pues en el colegio en el que estudiaban actualmente estaban muy concienciados padres y maestros en la necesidad de mejora de la situación existente en un sentido de exigencia, laico y progresista. Yo le expresé un suave escepticismo respecto a su planteamiento, y le hablé de la presión ideológica existe en el entramado educativo, y de cómo mucha gente considera elitista, segregador y reaccionario plantearse una elevación de los niveles de exigencia académica, y da un valor primordial a la ideologización -unidireccional- de la enseñanza. Pero ese planteamiento es propio de fachas de izquierdas (fueron sus palabras, no las mías), y algo que está terminando, ya verás. Su optimismo en ese momento me resultó contagioso, y rogué internamente por que haya más padres empeñados en mejorar la educación de sus hijos.
Pues bien, esta mañana empezó a hablarme en el autobús de historia, que a él, médico, le interesa mucho. Compartió brevemente conmigo sus inquietudes de cómo habría sido el mundo si en vez de Roma hubiera vencido Cartago. Los romanos eran unos imperialistas -me dijo-, y tras la batalla de Cannas lo que deseaba Aníbal era la paz, pero Roma era una máquina de producir soldados, y las autoridades cartaginesas abandonaron a su suerte a Aníbal. El ejército cartaginés era mercenario, lo que le parecía preferible. Se preguntaba si el mundo no hubiera sido mejor con los cartagineses. Sólo le objeté entonces que Cartago también construía un imperio, y él me aludió a los orígenes fenicios de Cádiz, y de cómo quizás Cartago habría forjado un mediterraneo más habitable.
No tuvimos más tiempo para hablar en el breve trayecto del autobús, pero le vengo dando vueltas a su idea desde esta mañana. Ciertamente, la historia-ficción me parece un género sólo apto para ociosos, pero no deja de tener su atractivo, y subyugó a personalidades como la de G. K. Chesterton, quien en su libro El hombre eterno trató de las Guerras Púnicas:

"[...] Todos los hombres se mueven por su religión y su concepción del universo, y aquellos que no creen más que en el miedo, no pueden creer más que en el mal. Siendo la muerte, según ellos más fuerte que la vida, las cosas inertes serían más fuertes que las criaturas humanas. El oro, el acero, las máquinas, las montañas, los ríos y las fuerzas ciegas de la Naturaleza pueden imponer sus leyes al espíritu [...] Así ocurrió con los príncipes comerciales de Cartago y su culto de la desesperación, en la hora en que todas las esperanzas parecían serles favorables. ¿Quién les hubiera dicho que los romanos esperaban contra toda esperanza? Su religión era la religión de la fuerza y del miedo; ¿cómo podían comprender que hubieran hombres que despreciaran el miedo y no se sometieran a la fuerza?  [...] En una palabra: ellos, que durante tanto tiempo se habían prosternado ante cosas sin significado, ante el dinero y la fuerza bruta, y ante los dioses de corazón de fiera, ¿cómo podían saber lo que había en el corazón de los hombres? [...] Cartago cayó por ser fiel a su propia filosofía. Moloch devoró a sus propios hijos. [...] Es indudable que la lucha que estableció el Cristianismo hubiera sido muy diferente si el imperio [sic] hubiera sido vencido por Cartago. Gracias al triunfo de Roma, la claridad divina, en la hora escogida por ella, se elevó sobre una humanidad humana, a pesar de todo. Cualquiera que fuese su corrupción o su miseria, Europa se había librado de peores destinos. Pues hay gran diferencia entre el ídolo que es sólo un muñeco de madera, al que los niños ofrecen migas de pan, y el ídolo gigante que devora a los niños*".
Cf. G. K. Chesterton, Ortodoxia. El hombre eterno, Ed. Porrúa, México 1986, pp. 192-193.

*Alusión a la diferencia entre el culto familiar a los Penates en Roma, y los sacrificios de niños al dios Moloch en Cartago.

Se comparta o no la visión teleológica de la Historia que proyecta Chesterton, se puede coincidir con su idea de la derrota del pragmatismo relativista frente a la fuerza de la obstinación que hunde sus raíces en un sentido de la dignidad que se hace fuerte en el crisol de la tradición o de la religión. A mí también me parece preferible la victoria de Roma, y no puedo concebir un mundo distinto al surgido de la conjunción del greco-latino y el judeo-cristiano.
Resulta, empero, inquietante el paralelismo con nuestra cotidianeidad, donde los bárbaros no dudan en sacrificar a sus hijos en la lucha contra un enemigo que no quiere o no puede calibrar la fuerza del odio.

Imagen: Exposición de A. Rodin en Cádiz.
   

9 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

Estupenda reflexión. A mí me fascina la Historia-ficción. Y a menudo me pregunto cosas como esa. Cómo sería el mundo si hubiese ganado Hitler o si el resultado de la batalla de las Termópilas hubiese si do otro o, in cluso, qué hubiera pasado si los turcos no hubieran sido frenados a las puertas de Europa. En cualquier caso, buena entrada, José Miguel.

José Miguel Ridao dijo...

Muy interesante la historia-ficción. En las guerras púnicas o, aún más, en la Segunda Guerra Mundial. Yo no creo que Cartago hubiera vencido nunca, pues no tenía vocación imperialista. Su objetivo era la paz, para seguir prosperando con el comercio. Tampoco me convencen las conjeturas teológicas de Chesterton.

Un abrazo.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Así da gusto ir en el autobús urbano, José Miguel. Yo cambiaría mil veces esa conversación por los pitidos de los móviles, el "ay, qué caló" y la hermenéutica que desgrana los misterios del ascenso de Belén Esteban. Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Interesantes reflexiones,José Miguel. Dadas mis lagunas históricas, el fondo de la cuestión se me escapa. Pero lo que sí parece evidente es que hay momentos en que la historia da un quiebro y cambia el rumbo. ¿Teleología, determinismo, contingencia? Es evidente que debajo de la historia hay mucha filosofía. (Hay imperios que durarían 1000 años y que sólo duraron doce o trece.) La historia se hace hacia delante pero se escribe hacia atrás...
Saludos.

Luis Valdesueiro dijo...

Ah, y me sumo a la queja de Antonio Serrano respecto a los móviles: las conversaciones mercantiles son un verdadero latazo, ¡y son tan frecuentes en los autobuses que frecuento...! Paseo de La Castellana abajo y Paseo de la Castellana arriba.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Amigo Paco, creo que en todos los casos que citas fue mejor el resultado real. Quizás deberíamos preguntarnos todos qué hacer para mejorar el mundo en que nos ha tocado vivir, aunque sea con la palabra.
Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Querido tocayo, la contrapssición Roma (imperialismo) vs. Cartago (potencial comercial y,a la postre, pacifista) no me convence. En la Antigüedad era la construcción de imperios la que favorecía la expansión económica. Creo que el texto de Chesterton explica bien el espíritu de ambos bandos. El cálculo pragmático que pretende ahorrar gastos frente a la obstinación heroica. Aunque no se sea creyente, creo que es cierto que el desarrollo del cristianismo no habría sido posible en otro paisaje europeo que el greco-latino.
Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Amigo Antonio, tienes mucha razón, aunque a primera hora en el autobús no se te ocurren muchos argumentos brillantes, si vas medio dormido.
Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Tienes razón, querido Luis, parece que hay momentos que marcan un cambio decisivo en la Historia. He comprado "Momentos estelares de la Humanidad" de Sweig y me fascina la historia de Bizancio.
Un abrazo.