MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 12 de enero de 2020

HISTORIA DE M. (II)




Vladimir Fuka




Al poco, y al hilo de estas apariciones, se dio cuenta de que ya no veía al vecino del ático, más o menos desde la época en que empezó a ver por la finca a este señor de gafas de pasta gruesa y negra, y de barba larga entrecana, que parecía salido de la revista La Codorniz. Escamado, aprovechó una subida a la azotea, para observar la puerta del ático; nada parecía haber cambiado. No, algo sí: ya no estaba sobre la puerta el distintivo de la empresa de seguridad que había contratado ese sujeto, porque la puerta de la calle no cerraba bien, y llevaba mucho tiempo sin arreglarse.

Bajó rápido a contárselo a su mujer. “Sí, ya me he dado cuenta -dijo ella, con una sonrisa maliciosa-; ¿se habrán ido? Pero qué raro, habríamos sentido la mudanza… acaso les irá mal, y no podrán pagar la alarma, en todo caso me alegro -concluyó ella con un brillo de triunfo en los ojos-; ahora estaremos mejor aquí, sin ese borde sabelotodo”.

-“¿Y el tipo que sube a su casa? Tiene pinta de capullo, de santurrón; será amigo suyo...” -dijo encogiendo los hombros M., al tiempo que su mujer llamaba a la vecina del 5º, que vivía debajo del ático, por si sabía algo del tema o había oído ruidos inhabituales (Ya M. le preguntaba antes maliciosamente si escuchaba al del ático y a su mujer hacer ruidos).

De pronto, oyeron llamar a la puerta. A M. se le erizó el vello de la nuca, resto de la batalla perdida contra la calvicie, con un sentimiento de alarma irracional que quiso sacudirse en el acto.

-“¿Quién será? -preguntó de manera estúpida-.

-“No sé -dijo su mujer en tono neutro-, ve a abrir”.

M. trotó por el corredor de su casa con paso primero firme, luego más cauteloso. Puso casi al mismo tiempo la mano en el tirador de la puerta, y el ojo en la mirilla, y lo que vio le dejó el labio inferior colgando: en la visión angular que le ofrecía ésta aparecía el pequeño individuo que subía aquellos días a la última planta. Sin atreverse a llamar a su mujer, que se había quedado en la habitación al fondo del pasillo, carraspeó, y abrió la puerta con forzada desenvoltura:

-“Sí, ¿qué desea?” -avanzó M., receloso, pero no intimidado ante el homúnculo que le sonreía de oreja a oreja.

-“Buenas tardes, permítame que me presente: me llamo Agar Labasú, soy el nuevo vecino del ático.”

-“¿Qué?, ¿qué?” -balbució M., abriendo como platos sus claros ojos.

-“Agar Labasú; parece vasco, ¿verdad?” -rió con risa apagada bajo su radiante mirada el extraño.

-“¿Qué?, ¿vecino ha dicho?” -repitió M. sacudiendo un inexistente flequillo.

Si la sorpresa no hubiera bloqueado a M., podría haber observado mejor mientras hablaba a su interlocutor. Era un hombre, sin duda, de talla inferior a la media, aunque sin resultar ridículo o deforme. Su cuerpo era proporcionado, y tal vez atlético en su tórax y hombros. Tenía una frente pequeña orlada de un cabellera negrogrisácea y corta, de la que una larga barba veteada de canas desde debajo de la boca hasta su punta parecía la prolongación natural. Resultaba, sin duda, el marco natural para las gafas gruesas de pasta negra que llevaba sobre una nariz pequeña y afilada, parteluz natural de unos ojos chispeantes con un no sé qué de burlones que compensaban la aparentemente escasa movilidad de una boca enmarcada de labios gruesos, aunque disimulados en cierta medida por la barba canosa.

Esa aparente capacidad de hablar casi sin mover los labios en lo que parecía un leve tartamudeo alarmó inconscientemente a M., quien tuvo que hacerse repetir la explicación del hombre:

-“Sí, hombre, no se sorprenda; esas cosas pasan. Soy el nuevo propietario del ático. Ahora somos vecinos”, -dijo risueño el nuevo cohabitante del edificio al tiempo que tendía una mano pequeña, pero firme y velluda, a M. “Vaya, le veo un tanto apesumbrado, espero que no le hubiera cogido demasiado cariño al anterior propietario -volvió a reír el nuevo vecino-. Bueno, el administrador de la comunidad me dijo que era usted el presidente actual, y he venido a presentarme”.

M. observaba como si nunca hubiera visto nada igual el pantalón de pinza negro, a juego con el tres cuartos de pana, y el jersey gris de marca, y no vio la tarjeta que le tendía el hombre.

-“Tenga; es un poco anticuado esto de las tarjetas, pero yo soy así, ya lo verá” -dijo el copropietario, sin dejar de prologar como en sostenuto su risita. “Señora” -exclamó de seguido ante la aparición de la mujer de M. con una casi imperceptible inclinación de cabeza.

-“¿Qué ha pasado con… el otro?” -le espetó la mujer mirándolo de arriba a abajo.

¡Oh!, no se preocupen. Motivos laborales le han llevado a cambiar de domicilio de manera forzosa e inopinada. A través de un amigo común hemos arreglado todo el asunto a nuestra entera satisfacción”. La sonrisa del hombre se dilataba a medida que hablaba con la pareja enmudecida. “Bueno, amigos, ya tendremos ocasión de hablar. Quedo a su disposición. Hasta la vista”. Y sin más decir desapareció escaleras abajo con un trotecito alegre.

NARANA




Esteban Maroto, "Narana"


domingo, 29 de diciembre de 2019

HISTORIA DE M. (I)




René Maltête




M. levantó la tapa del bidón de la basura sito en el vestíbulo del edificio comunitario; otra vez habían dejado una bolsa de basura, sin sacar el contenedor a la calle. Masculló su enfado, mientras sacaba una foto con su móvil de la bolsa, para ponerla en el grupo de whatsapp de los vecinos del bloque. Cruzó el vestíbulo luego hasta el ascensor, con la tentación reprimida de echar una mirada hacia arriba, a uno de los pisos alquilados por temporadas a estudiantes. 

Hacía unos días le había gritado uno de los copropietarios desde el hall a su ventana:

-“¡Quillo, otra vez hay basura en el bidón!, ¡no voy a sacarlo más a la calle, y mira…, mañana si hay voy a coger la bolsa y voy a ir llamando puerta por puerta a ver de quién es”.

-“No, -respondió M. con su voz estentórea, acompañada de un ligero temblor de su papada, mientras veía pasar al lado del otro al joputa del ático, al que ninguno de los dos saludaba-, yo sé de quién se trata, lo que quiero es pillarlo; quedamos mañana abajo a las 8 de la mañana, que voy al gimnasio, y lo esperamos.”

El copropietario que estaba en el vestíbulo, bajo la ventana de M., siguió refunfuñando y amenazando sordamente un rato, sin pararse, sin duda, a pensar un instante que, por un lado, M. con su vozarrón ya habría alertado a toda la finca, y que, por otro, con su descomunal barriga, el grandote de M. no resultaba muy creíble cuando decía que iba al gimnasio, y menos a las 8 de la mañana.

M. tenía estudiantes justo encima de su piso; tíos como trinquetes, que parecían estar todo el tiempo de berrea, dado los gritos que daban, y el ruido que hacían. Hace unos años, cuando era presidente de la comunidad el del ático, subía a protestar, y llamaba incluso al dueño del apartamento, que no vivía allí. Pero, en los últimos tiempos, éste se dejaba ver más y asistía incluso a las asambleas de comunidad, donde se ponía de su parte en contra del del ático, un listo tonto, que había conseguido de chiripa a buen precio y de primera mano sobre plano el ático del edificio, porque el hijo del dueño de la constructora de ese edificio de nueva construcción había preferido quedarse con un chalet en la provincia, mientras que él, que vivía cómodamente en un pueblo cercano con sus perros, tuvo que cambiarse, por capricho de su mujer, a este piso bajo comprado de segunda mano por una barbaridad en tiempos del pelotazo, y que lo había dejado endeudado de por vida. Así que ahora se limitaba a rezongar y gruñir, echando un vistazo de soslayo a la rubia de su mujer, cuando algún ruido o alarido del piso de arriba le sobresaltaba.

Para colmo de males, su piso bajo, que daba hasta no hace mucho a una calle tranquila, y semidesierta, sufría ahora de la expansión turística del barrio, que había convertido la susodicha vía en un sucesión ininterrumpida de terrazas y bares. No podía, pues, asomarse a su ventana sin dejar de ver -y sobre todo oír- debajo de su casa las mesas llenas de comensales, o la gente de pie trasegando cubatas al son de la simpática música callejera de acordeonistas, cantautores de ocasión, y flamencos de fortuna, que se entrecuzaban con el colorido étnico de los vendedores de baratijas. Fruncía entonces los labios con furia pensando en el pavo del ático, que se le había adelantado en comprarlo, que estaría ahora cómodamente sentado en su salón, ajeno al leve rumor que le llegaba desde la calle a través de su amplia terraza, mientras que él se comía todo el estrépito bullanguero del día y la noche de su alegre calle. Lo peor de todo era encontrarse entonces con la acerada mirada de su mujer, que parecía colmarle de reproches. ¿Pero qué culpa tenía él, si la idea había sido suya? Él ponía verde como ella a los del ático delante de la gente del bloque, y para malmeter no se quedaba corto. Esto, no obstante, sólo había logrado que el del ático se volviera suspicaz, y que en las últimas asambleas se dirigiera a él con desprecio y signos evidentes de burla en su manera de poner los brazos en jarras delante de él, y de desmontar sus acusaciones; sólo le quedó el recurso de irse, y de dejar a su mujer para que fuera a las próximas reuniones, donde se las pintaba de maravilla.

Ahora la cosa iba mejor con el grupo de whatsapp: que hay que arreglar algo, se piden presupuestos; que hay que decidirse, se dice que hay un propietario moroso que debe una serie de cuotas, y que hasta que no pague, no se arregla nada, la gente dice amén, pues es más fácil por whatsapp, que si no hay que escribir más, y se van dilatando las cosas, y que pierda el que se queda en minoría que ya sabemos quién es; y que si yo me jodo, que se jodan también los demás.

Tal brillante dialéctica fue la que desarrolló M durante algún tiempo, hasta que en la finca empezaron a producirse movimientos extraños: a veces se cruzaba en el vestíbulo con un señor bajito con barba que parecía subir en el ascensor a la última planta, y lo veía cada vez con más frecuencia.

domingo, 1 de diciembre de 2019

NO EVALUABLE




Dell & Wainwright


Noviembre es un mes que discurre entre la presión de las inminentes y damoclianas evaluaciones decembrinas, y la lucha contra el catarro y la gripe. Debes preevaluar con los alumnos, hacer la autoevaluación con tu grupo clase si eres tutor, y finalmente evaluar, para luego reunirte con los compañeros en maratonianas sesiones de evaluación. La obsesión por la evaluación que caracteriza a la Administración hace que ésta, en su castillo kafkiano, elabore modelos cada vez más complejos, detallados, y milimetrados usando una jerga pseudocientífica, nacida, probablemente, de la desconfianza hacia el profesor como ente intelectual aparentemente autónomo que, una vez que cierra la puerta de su clase, transmite a sus alumnos conocimientos y vivencias de una manera que pudiera resultar escandalosamente creativa.

Se pide, asimismo, al profesor que adapte su sistema de evaluación a las "necesidades educativas" de algunos alumnos que han sido diagnosticados (o "censados" como se dice ahora, en afán eufemístico de disimular la psicologización y medicalización exponencial de la escuela), y que combine y desarrolle estos sistemas de evaluación con el que usa para la generalidad de la clase (que suele estar en unos 25 miembros), creando un insostenible trabajo a varios niveles en nombre a la "atención a la diversidad", a la que no se ponen los medios necesarios, aunque el profesor se multiplique por sí mismo.

Queda la vida, y la frustración propia y ajena que golpea en mí como el mar embravecido contra el rompeolas; así, me proponen proyectos, actividades, y me atosigan con toda suerte de propuestas de trabajo personas en cuyos ojos brilla la necesidad de justificar de alguna manera el vacío que, como bufón enano, va colgado de su impecable porte laboral. Frente a ello, el valor del "no" como medida de valor contra la tentación de dejarse arrastrar a un infierno de inconsciencia, que puede, no obstante, ponerte al borde del precipicio del sinsentido, que no quiero mirar para mantener los pobres palos del sombrajo de mi "yo".

Intento, pues, como sea, manejar diversos asuntos a la vez, con cierto sentimiento de plenitud que no sé si es producto de un sentimiento de paz y concordia conmigo mismo, o producto del mero cansancio o del miedo al colapso.