MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 22 de marzo de 2020

HISTORIA DE M. (VII)





Dina Goldstein



Vanesa, la vecina del 3º sintió cerrarse en falso el portón de la calle, y por los resoplidos y carraspeos supo que era M. quien había entrado en la finca. A ella no se le escapaba nada. Ahora se estaba preparando para salir. Dio un suspiro: pensaba a veces que su vida no había sido fácil. Había tenido al primero de sus gorditos muy de joven y de penalti, y su Pepe había tenido que ponerse a trabajar de peón de albañil, o de lo que le saliera. Ahora podría pasarse por la plaza, ver si compraba alguna cosa, y tomar café con sus amigas donde siempre, pues había mandado a los niños a ver a su abuela. Ayer tuvo otra discusión con Pepe, a quien se le estaba poniendo cada vez más cara de sieso: que si los niños estaban muy gordos, Vane, que si comían muchas pizzas, que la madre les daba todas las porquerías que querían, que no cocinaba bastante, que la casa estaba sucia, y que estaba hasta los cojones de no poder ver la tele cuando volvía a casa, de tanto que tener escucharla quejarse con esa cara de bruja que se le estaba poniendo. Y ella que qué quería él, que buscara un mejor trabajo, que no tenía tiempo, que había tenido que echar más horas en la casa de la vieja esa, y acompañarla más tiempo, que si quería cocina que aprendiera, y así no tendría que llamar al telepizza, que si los niños estaban gordos era porque se le estaban poniendo las hechuras de su madre de él, que es que nada bueno podía salir de esa familia; que si ella misma estaba más gorda era de los disgustos, y que a él se le había puesto cara de cabrón, y que la dejara en paz... Escuchó entonces un ruido como de muebles que se arrastran. Para ella que venían del piso de estudiantes sito encima del de M. Parece que no se han ido este fin de semana; habrá fiesta, pues, ¡pobre M.! Aunque a ella le inquietaban más algunos ruidos que había empezado a escuchar en el ático, que le quedaba justamente encima. La alegría socarrona que le entró cuando M. le dijo que el joputa de allí se había ido se tornó en una indefinida desazón cuando recordó esos sonidos que había escuchado los últimos días: primero, una música como de cánticos apagados de duración variable que se manifestaban a cualquier hora del día, y que terminaban tan súbitamente como empezaban, y luego, ese ruido sordo contra el techo, como de algo enorme que se estuviera arrastrando o reptando por el suelo de la casa de arriba; no, no era el ruido de arrastar muebles; eso era otra cosa, como si ese movimiento pesado y rasposo tuviera que corresponder a algo articulado y estar acompañado de una respiración cuyo acompasamiento Vane sólo podía intuir; y aparte, algunas risas agudas de mujer, puntuadas por el bordoneo irregular de una voz grave, al que se unía a veces en triplete, tras escucharse un portazo, otra voz masculina en un tono más agudo, aunque sin llegar a entenderse lo que decía.

-“¿Que qué es?, un artista, dice” -le dijo M., y Vanesa dijo ¡ah!, abriendo la boca y levantando el mentón, como si ya no hubiera más que decir.


domingo, 8 de marzo de 2020

HISTORIA DE M. (VI)





Wallace Kirkland





-“M., ¿qué ha pasado? -le preguntó su mujer casi agarrándolo del cuello, cuando pasó al lado de su puesto-, ¿quién es esa china?, ¿qué quería ese Balazul?”

“¡Yo qué sé quién es esa china!, ¡riéndose de mí, la hija de puta, que le coma el nabo al del ático!. ¡Joder, quilla, pero es peor el que estaba dentro! Un tío largo con cara de loco, amigote o yo qué sé del de las barbas; la ha estado liando en la pescadería, dando voces como si estuviera majara, y… ¿qué dijo?, ¿que ya lo conocería mejor?. Espero que no se venga también éste a vivir a la finca..”.

“Eso va a ser peor que un piso de gitanos, M. Esa gente es muy rara, y no me gusta nada” -dijo su mujer antes de pasar a atender a una cliente parada delante de una caja de tomates.

M. aprovechó para largarse. Atravesó dando zancadas la plaza, y salió por uno de sus laterales. Se dirigió, acto seguido, al ultramarinos cercano a comprar un litro de cerveza, que en su manaza parecería un botellín de quinto, y, de camino, llamó a la puerta metálica del pequeño almacén de Paco, un chamarilero conocido suyo.

“¡Está abierto!” -gritó una voz aguardentosa desde el interior. M. empujó el batiente metálico, y tuvo acceso a un pequeño cuarto, en el que lo primero que se veía era un retrato del general Franco, flanqueado por un cuadro de un Cristo resurrecto; había también algunas viejas sillas de oficina, y relojes de cuco en esa antesala que deba al almacén herrumbroso de Paco, quien estaba sentado en un ángulo de la salita. La vista de M. subió de los pies peludos calzados en unas chanclas a la cara sin afeitar y eternamente malhumorada del chatarrero, que parecía congelada en una mirada aviesa y en el purito que colgaba de una esquina de su boca; su pelo canoso y grasiento daba la réplica a la calva reluciente de M.

“¡Hola, Paco!, vengo a por el juego de brocas del que me hablaste el otro día”.

“¡Ah, sí” -respondió el dueño del local, levantándose con un gruñido, para desaparecer acto seguido en la penumbra del almacén.

M. echó un vistazo distraído a las sillas en las que solían sentarse los borrachuzos amigos del dueño, y la gente que le traía cachivaches. En la esquina de un aparador, junto a un marco de aluminio, colgaba un viejo chapiri de la legión que había llevado Paco en sus tiempos.

-“Aquí está -dijo el exlegionario, tendiendo a M. un estuche negro y rayado-. Toma; lo que te dije ayer, ni un euro menos. Me lo trajo un enganchado de los que viene a desayunar al comedor de aquí cerca. ¡Sinvergüenzas! Les dan de desayunar, luego de comer, y las paguitas las tienen para vicios, y tiempo libre para rebuscar en la basura. A cargar sacos los ponía yo, y ya verás cómo se les acaban las historias. Sí, sí, en los soportales se ponen a dormir; sí, que se los lleve el alcalde comunista a su casa. Vale, adiós”.

M.salió ufano del antro, y tras pasar por el ultramarinos a comprar un litro de cerveza, retomó el camino de casa. Al llegar a la esquina de su calle, que se abría sobre una plaza, sintió un escalofrío y se detuvo; un sentimiento de alarma le embargó, como si hubiera olvidado algo importante que traer. Giró su cabeza pequeña en proporción a su corpachón y embutida en la gorra negra al sentir una especie de corriente fría en los pliegues carnosos de su nuca.

-“¡Bueeenas!, ¿me permite una pregunta?”

Quien así le hablaba era figura masculina alta y regordeta, aunque no tanto como la de M., pues se trataba de un hombre de unos 40 años, de formas anchas pero masivas, no fofas como las de M. Su cara era ancha, de grandes rasgos; sus ojos, pequeños y vivos, estaban bastante separados de una nariz regordeta y respingona, que hacía pensar en un cerdito, y una frente cuadrada y mediana quedaba rematada por un pelo castaño rojizo peinado en punta. La boca, en cambio, contrastaba por su finura de labios con las bastedad del conjunto del rostro.

-“No, no tengo…” -respondió M., haciendo ademán de seguir andando.

-“No, no, amigo, no le pido nada -dijo en tono suave y riente el otro-; sólo si puede indicarme cómo llegar a esta dirección”, y le mostró un trozo de papel arrugado y grasiento.

M. dio un respingo: se trataba de su casa, en esa misma calle. “Sí, ¡ejem!, es aquí casi al final de la calle, entre dos bares”.

“¡Ah!, ¿vive usted aquí? -dijo el tipo gordito con un acento que a M. se le antojó sudamericano o canario-; ¡sí!, ¿no conocerá usted por casualidad al señor Labasú, es amigo mío”.

“Esto…, sí” -titubeó, M. que se sentía crecientemente aprensivo ante las amistades de su nuevo vecino.

-“¡Oh, tanto gusto, señor! Permitame que me presente. Me llamo Cobolí, Ariel Cobolí -dijo el amigo del del ático, tendiéndole una mano regordeta y caliente-. ¿Seremos vecinos entonces?, ¡qué lindo!, ¿puedo ayudarle con lo que lleva?, ¡qué simpático!”

M. había comenzado ya a andar escoltado de aquel individuo imponente, vestido con un sweater, y unas calzonas y tenis, que dejaban ver unas piernas gordas como jamones y sin un pelo. El tal Ariel -insistió en que M. lo tuteara- empezó a hablarle sobre lo bonita y agradable que le resultaba la ciudad, de lo bien que se comía a buen precio, etc. etc. M., por su parte, iba a preguntarle de dónde venía cuando algo llamó su atención al unísono: no lejos de ellos vieron a un señor mayor con cara de susto tambalearse al pasarle por ambos flancos y a escasos centímetros dos chicas jóvenes, de no más de 18 años, montadas en patines eléctricos, a gran velocidad.

Dos señoras mayores que empujaban sendos carritos las increparon: “¡niñas!, ¡dónde vais tan rápido!; por poco tirais al suelo a ese señor...”

-“¡Poneos a correr viejas, que es lo que tenéis que hacer!, ¡ja, ja, ja,ja!” -respondió una de las chicas mientras la otra la coreaba, haciendo zigzags con su patinete.

-“¡Ah, mi niño! -dijo Ariel Cobolí entornado los ojos-, lo de estas chicas no está nada bien. Hay que respetar a los mayores. Esos cacharros los carga el diablo...”. M. masculló algún improperio y lugar común sobre la juventud, y llegaron así al portal de la casa.

-“Bueno, amigo M., muchas gracias por llevarme hasta aquí; voy a dejarle, no obstante, para dar una vuelta por estas calles tan lindas; y a pie, que es como se disfruta de las cosas” -dijo despidiéndose con un fofo apretón de manos de M., quien no veía el momento de subir a su casa para apurarse en paz su cerveza.

domingo, 23 de febrero de 2020

HISTORIA DE M. (V)





Rinko Kawauchi



M. escuchó la risa cantarina de la chica oriental, cuando dio una culada al intentar incorporarse precipitadamente para enrostrar al nuevo vecino del ático. Tuvo la impresión fugaz de que los ojos rasgados de la joven, que lo miraban fijamente, estaban de algún modo desconectados muscularmente de la boca dentada que reía de su aspecto en el suelo, con las piernas abiertas y recogidas, y las dos manos apoyadas en el suelo detrás de su espalda.

-“Levántese, amigo M.” -dijo Labasú en el tono difusamente cordial de un médico, y éste dio un brinco y se puso de pie con una agilidad que no correspondía con su pinta abotargada, mientras sentía que el calor del rubor se le subía al rostro-. “Se ha caído usted por intentar recoger mi tarjeta, ¡qué considerado es usted!, y qué muestra más natural de aprecio me ha ofrecido; pero no se preocupe, ¡tengo muchas!” El vecino se volvió entonces a la joven, a la que habló en una especie de jerigonza incomprensible para M., y ésta, tras hacer un leve inclinación de cabeza, sacó una tarjeta de uno de los bolsillos delanteros de su ajustado pantalón, y se la tendió, para agacharse de continuo ágilmente y recoger la tarjeta sucia y arrugada que había atrapado bajo su calzado.

“Tome, M.” -le dijo el vecino tendiéndole el trozo de cartulina, al tiempo que lo tomaba suavemente por un codo-. M. giró la cabeza en dirección a la chica, pero había desaparecido de su vista.

-“Quisiera que me acompañara, si es usted tan amable, a la zona del pescado. Para que me recomiende algo, es la primera vez que vengo.”

-“¡coño!, ¡y la china!...”, acertó sólo a pensar M. antes de que Labasú lo condujera con suavidad pero con firmeza al interior del mercado.

Y así entraron en la zona de la pescadería; una hilera de puestos blancos separados por tabiques alicatados e iluminados por lámparas se sucedían en doble hilera enfrentada. “¡Hum! -murmuró el artista-, algunos de estos pecados tienen peor aspecto que ciertos precitos...” Comenzó a preguntarse M. a qué precintos se refería, cuando una risa estrenduosa resonó al lado del vecino.

-“¡Es verdad!, Agar, ¡joder!, ¡qué mala pinta tiene ese pescado!, ¡me cago en la hostia!” Ya pudo M. olvidarse rápidamente de la china, al contemplar a ese nuevo individuo que se había pegado al lado de su acompañante: un tipo muy alto, y oblongo, aunque nervudo y macizo, que los observaba con una mirada fija e inquisitiva desde unas gafas de anticuada montura redonda; llevaba un jersey ligero sobre una camisa de manga corta, y unos pantalones claros, que parecían emerger como tallos de unos pies desmesurados, huesudos y nudosos, cuyos dedos retorcidos desbordaban de unas sandalias mugrientas. Aunque lo que más impresionaría a M. -si hubiera sido un observador sensible- sería el rostro del sujeto, una cara rectangular de barbilla saliente y como esculpida en granito, que se antojaba el espolón de unos duros pómulos que protegían una nariz plana y medio hundida en ese mascarón agresivo que se prolongaba hacia arriba en una frente elevada y huidiza en la que nacía un pelo corto y canoso que empezaba a ralear; el labio superior de una boca vivaracha y de dientes amarillentos tendía a unirse cuando hablaba con la nariz que se arrugaba en un mohín que parecía reflejar un asco y desdén constante.

“Hola, Lorai, te presento a M., vecino y presidente de la comunidad de la finca...”

“¿Es éste? -dijo el llamado Lorai, señalando a M. con un dedo huesudo, el rictus aludido del labio, y sin intención aparente de darle la mano-, ¡no me jodas!”. Se quedó mirando un segundo a Labasú, mordiéndose un labio, y se giró de seguido a los puestos de pescado, mientras caminaban los tres.

-“Mirad, esa merluza tiene pinta de estar resfriada, de las veces que la habrán sacado y metido en las cámaras; ¡eh!, ¿por qué esos puestos no tienen el pescado sobre hielo?, ¡qué mal huele aquí! -el tal Lorai hablaba cada vez más alto, agitando sus manos huesudas, que parecían sacadas de un grabado de anatomista, atrayendo las miradas de algunos paisanos-, ¡eh!, ese tipo se está tomando un botellín en el mostrador, y, ¡anda, la hostia!, ese otro se está fumando disimuladamente un cigarrito en un rincón del puesto… Sí, tú, ¿qué miras?, ¡y en ese otro dicen que no limpian el pescado!, ¡claro, acabáramos!, así está de brazos cruzados, el tío…, ¿A dónde me has traído, Agar?, ¿era necesario esto? Me voy a la playa a ver cómo es”.

Y dicho y hecho, se dio la vuelta, y desapareció raudo entre un mar de carritos de la compra.

“Disculpe usted a Lorai, M. -dijo Labasú sin que éste tuviera tiempo de decir nada, aunque el rápido parpadeo de sus ojos tras sus gafas, indicaba el azoramiento y el enfado de M.-. Ya se sabe lo que se dice de las gentes del Norte, todo impulsividad y franqueza. Además, Lorai ha tenido una vida difícil, pero cuando se le conoce mejor se lo acaba apreciando, ya verá”.

M. detuvo el paso delante del puesto de un pescadero amigo suyo, y se hicieron las debidas presentaciones. El nuevo vecino repitió su nombre ante las vacilaciones de M., que apretaba en un puño la nueva tarjeta recibida, para hablar luego brevemente con el pescadero sobre el género a la venta. Decididamente, M. odiaba a ese tipo.


“Bueno, M., debo dejarle. Muchas gracias de nuevo por sus consejos. Mandaré a Lorai a comprar alguna vez a este puesto de su amigo, si es que puede soportarlo” -se despidió el vecino del ático con una amplia sonrisa y un leve gesto de la mano.

domingo, 9 de febrero de 2020

HISTORIA DE M. (IV)





Andy Green




Unos alaridos o berridos preludieron el desencadenamiento de una música atronadora en el piso de arriba. M. se levantó del sofá lanzando sordos exabruptos: era hora de ir a hacer algunos mandados. Se puso una camiseta negra, que creía que le estilizaba, y gorra de visera del mismo color, y bajó las escaleras; atravesó el vestíbulo donde estaba el bidón de la discordia, y pasó por su lado sin levantar su tapa; se rascó la barriga y abrió la puerta mal encajada. Era un nuevo día. Iría al mercado cercano a ver a su mujer en el puesto de verduras que poseía, y luego pasaría por el colmado a por un litro de cerveza. Lanzó una mirada aviesa de soslayo al camarero del bar situado debajo de su casa, que empezaba a montar las mesas para el público.

Las calles no estaban aún muy concurridas: algún ciclista sonámbulo, empeñado en un videojuego mental de no echar jamás pie a tierra y de esquivar a los medrosos peatones como obstáculos, y algunos vecinos paseando a sus cohortes de perros de cuerdas multicolores. Algún chucho suelto se acercaba a la falange, y provocaba un lío inextricable de correas entre los canes rampantes, a cuyo alboroto acudía el dueño despistado del perro desatado, riendo las gracias de su chucho o no, según la cara del auriga canino. Un tipo de nariz gorda y verrugosa comenzaba a montar su puesto de ostiones en los aledaños de otro bar de la calle; los vendía como viagra local con su voz aguardentosa, pero la imagen que más podría convenir sería la de una ruleta rusa para turistas incautos, los únicos que los compraban y consumían alegremente, al tiempo que constituían los solos clientes de algún que otro bar de la zona que los parroquianos no frecuentaban por falta de temeridad. “¡Qué pasa, picha!”, saludó M. al tipo al pasar a su lado; sus fosas nasales se expandieron instintivamente, pero aún era algo pronto para que se las llenara el olor de aceite requemado de alguna cocina de bar. Esquivando algún orín del suelo, accedió finalmente al mercado.

Su mujer lo vio llegar a su puesto de verduras con un quinto de cerveza en la mano. “¿Qué M.?, ¿de sabadito?”, le preguntó una señora ya añosa aferrada a su carrito, con una afabilidad que contrastaba con el ademán antipático de su mujer (M. podría haber dicho en su descargo que era el gesto que su esposa prodigaba a todo el mundo, clientes incluidos). “Sí, señora; hoy no trabajo, ¡sus muertos!”, respondió M. mirando por encima de la anciana a un puesto de comidas cercano. Apoyó entonces un codo en una esquina mientras apuraba su cerveza, y su santa atendía a los clientes. En un momento en que no había nadie la verdulera le habló:

-“¿Has sabido algo del nuevo del ático? No me gusta ese tipo. Parece como maricón, y esa pinta...”.

-“No, nada nuevo -dijo M., desperezándose-; si casi nadie en la finca sabe que se ha ido el joputa”.

-“Mira quién viene por ahí -dijo la verdulera haciendo un leve gesto con su cabeza-”. M. miró hacia donde indicaba su cónyuge y vio a una mujer que andaba arrastrado una pierna, cuyo paso forzado acentuaba el balanceo de un brazo inerte. “La que trabajaba en el Ayuntamiento, ¡se daba unos aires!, y mírala ahora”. M. no prestaba atención a sus palabras; en su mente volvió a surgir la imagen del tipo de nombre tan raro. Metió la mano en un bolsillo, y rozó los pliegues de un cartón arrugado. ¡La tarjeta!, ¿es que la había guardado en ese pantalón? M. desplegó la tarjeta con dos dedos mientras daba otro buche al botellín, y ladeándose inconscientemente como si no quisiera que nadie lo viera, leyó para sí el nombre: “AGAR LABASÚ. Artista”. M. escudriñó por encima de las gafas los caracteres góticos. Escritor y pintor, había dicho el administrador que era. Y, ¿por qué había venido a vivir allí? Es cierto que el ático era muy bueno, amplio, tranquilo, soleado, y con unas magníficas vistas -recordaba M. de las veces que subió allí cuando todavía se hablaba con el anterior propietario, y miraba todo con ojos desencajados-, y ahora debía de valer una pasta con la plaza de garaje incluido (¡sus muertos!). Pero el barrio era popular, y esos tipos… Debía de ser un bohemio, o un caprichoso… ¡Espera! -pensó M.-, voy a mirarlo en Google. Sacó el móvil, y tecleó el nombre tras meterse el botellín vacío en un bolsillo: vio entonces una serie de entradas en inglés, y en otra lengua desconocida para él; arrugó el ceño, la única palabra que le resultaba fácilmente reconocible era “museum”. ¡Bah!, pensó y se guardó el teléfono en el otro bolsillo con el gesto del niño que pasa de un trasto a otro cuando el primero se le resiste. Y la tarjeta… ¿dónde estaba? M. se miró la protuberante barriga, y luego delante de sí: ahí, estaba en el suelo, en medio de la gente que pasaba delante del puesto. Avanzó hacia ella, y cuando iba a agacharse, una repentina corriente de aire se la llevó volando.

¡M.!”, gritó su mujer, pero M. no la escuchaba, y fue a coger el papelito unos metros más allá. Mientras se inclinaba de nuevo trabajosamente, vio cómo una bota lustrosa pisaba la tarjeta. Acuclillado, M. levantó la vista, que montó de unos pechos puntiagudos enfundados en un jersey negro de cuello vuelto al rostro de mandíbula cuadrada de una chica oriental que le mostraba una doble hilera de dientes lactescentes en el marco de una media melena de pelo negrísimo con flequillo cortado a tazón.


¡Hombre! -giró M. el cuello a la izquierda sin levantarse al reconocer la voz de Labasú-, ¡si tenemos aquí a nuestro querido presidente!”.

domingo, 26 de enero de 2020

HISTORIA DE M. (III)




Olive Cook



M., todavía patidifuso, observó la tarjeta de visita para salir de su pasmo. “AGAR LABASÚ. Artista”, leyó M. en caracteres góticos, y debajo, la dirección del ático, y un número de teléfono móvil.

-“Otro bicho raro”, pensó M., antes de que su mujer cerrara la puerta, y lo enrostrara.

-“¡Bien!, ¡al carajo el joputa y su mujer, la bruja!” -dijo M. al tiempo que levantaba y agitaba el puño cerrado de la mano que no sostenía la tarjeta.

-“Oye, M. -rubricó su mujer con tono desabrido-, por mí le pueden dar por culo a esos dos, pero, ¿no te parece todo esto muy raro?”.

-“¿El qué?, se han ido por fin; ya no tendremos que aguantarlos, y este nuevo ha hablado con el administrador, y yo...”

-“Pareces tonto, hijo. Los dos trabajaban aquí, ¿los dos tienen que cambiar de trabajo al mismo tiempo?, ¿y la mudanza?, ¿quién se va de su casa, aunque la venda, sin llevarse sus cosas? Yo no he visto aquí ningún camión de mudanza, ni gente bajando cajas, ni ahora muebles que tirar, y de noche no lo van a hacer...”

M. se acordó entonces del cambio de cocina que hizo la vecina del 3º, esos viejos muebles grasientos en el vestíbulo, de los que corría hasta el usillo un charquito amarillo marrón. No, era raro, como decía su mujer.

-“Este ático, además, le habrá costado una pasta a ese tal Blabasul; a ver, qué dice: 'artista'; artista de qué. Mira, mejor que llames al administrador, y le preguntes qué sabe de este asunto; no vayamos a caer de la sartén al fuego”.

El administrador… quedó un momento pensativo M. Sí, no era el primero que tenían. Al inicial promovió M. que lo cambiaran, pues, en su opinión, no resolvía el problema del moroso, y por favoritismo, pues en las asambleas de comunidad dejaba hablar al del ático aunque los demás que hablaran -él, la vecina del 3º, y el propietario de pisos de estudiantes- dijeran lo contrario.

Su mujer lo sacó de su ensimismamiento: “llámalo, ahora, que estará en su despacho”.

M. marcó el número en el móvil. “Sí, ¿es el administrador?” Una voz metálica y enronquecida respondió afirmativamente al otro lado. Efectivamente -decía la voz-, el señor Labasú había comparecido en su despacho hacía un mes, mostrándole una copia del contrato de compraventa del ático, y presentándole disculpas en nombre del antiguo propietario por no haberse despedido convenientemente, ya que había tenido que hacer un cambio de domicilio con gran premura. El sr. Labasú era un escritor y pintor de reconocido prestigio, por más que de gran modestia, y hacía tiempo que deseaba venir a vivir a una ciudad como la nuestra, donde encontrar reposo e inspiración. El hecho de contar con un amigo común había facilitado que los trámites de compraventa se realizaran con celeridad y a plena satisfacción de ambas partes. El sr. Labasú, finalmente, deseaba ser una parte activa y solidaria de la comunidad, por lo que se ponía a disposición de ésta, etc, etc.

-“Vaya, -dijo M.- el administrador parecía acatarrado. Que nada, que dice...” y M. repitió con sus palabras a su mujer lo que aquél le acaba de explicar. Ésta lo miró con sus cejas enarcadas, y torció el gesto. “A ver qué clase de gente nos va a meter aquí”, musitó chasqueando los labios…