Es conocida, creo, la génesis del Quatuor pour la fin du temps ("cuarteto para el fin del tiempo") del músico francés Olivier Messiaen (1908-1992), una de las cumbres de la música de cámara de todos los tiempos. Prisionero de guerra en 1940 en el campo de concentración Stalag VIII A en Silesia, compone y estrena, gracias a la ayuda de un guardia melómano, su cuarteto en un barracón del mismo campo en enero de 1941 con otros músicos prisioneros y con instrumentos de fortuna, entre ellos, un desvencijado piano vertical en el que ejecutó Messiaen como solista. La obra estaba inspirada en el Apocalipsis, cap. X, y en ella resuena el canto de los pájaros, que Messiaen amaba con pasión como a una especie de avanzadilla celeste.
EL CONCIERTO DEL FIN DEL TIEMPO
o Visión alucinatoria del estreno mundial del Cuarteto para el fin del tiempo de Olivier Messiaen en Stalag VIII A en enero de 1941
Tempus erit non amplius (Apoc. 10, 6)
Hace frío y nieva con fuerza esta noche incipiente
fuera del barracón que nos hace la vez de teatro.
Los prisioneros ocupan las sillas. Puedo sentarme
no lejos de la primera fila, repleta de guardias.
Algunos ladridos lejanos protestan por el bullicio.
Veo el piano recto, de aspecto desvencijado,
como su fin esperando entre improvisados atriles.
Ya aparecen los músicos con uniformes de campo.
Destacan los fuertes aplausos, en pie, del guardia melómano
que al autor ha proporcionado lo necesario
para escribir su obra y llevarla esta noche a su estreno.
Contrastan la siempre afable expresión del violonchelista
con el huidizo perfil taciturno del violinista.
La viva mirada del clarinetista judío, que listo
parece a salir corriendo con su instrumento debajo
del brazo en cualquier instante, escolta al piano los pasos
del compositor. Recuerdo haberlo visto este otoño,
junto a la doble alambrada, atento al canto de pájaros,
exploradores audaces, que el alambre de espino
pulsaban apenas durante su vuelo vertiginoso.
Cierro los ojos. Escucho de nuevo su canto, que anuncia
un amanecer del dulzor del cristal. Sobrepujan los trinos.
Con la luz y el calor enrojecen por dentro mis párpados.
Nunca creí que así fuera a ser el día del ángel,
y del torreado arcoiris que el fin del tiempo señalan.
Desde la hondura abisal de los siglos el canto de un mirlo
se expande y modula en un dolor prolongado y rebelde:
Éste vive el secreto de un verano sin límite,
y trae sus primicias sobre el campo y sus presos.
El clarinete me hunde en la angustia de ese inconcebible
final, de esa liberación que sólo esperar no es dado.
Truenan las trompetas, y los arcoiris se comban.
“Ya más tiempo no habrá. -dice el ángel al coro de pájaros-
Nada será su abismo de muerte y pasión desolada”.
Abro los ojos. Percibo el frío de nuevo. La fiebre
tienta mis huesos. La eternidad, una pobre metáfora.
Siento que las estrellas se van apagando una a una,
al tiempo que este violín que por mi esperanza perdura.








