MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 28 de diciembre de 2013

"MACBETH" EN LA VERSIÓN RÍTMICA DE AGUSTÍN GARCÍA CALVO




Disgustaba a Nietzsche la mezcla de lo elevado y lo vulgar que detectaba en Shakespeare, por comparación con los Trágicos griegos. Es esa variedad de tonos, empero, la que da razón de la modernidad imperecedera del dramaturgo inglés. Y no podía encontrar traductor más atento a sus filigranas lingüísticas y estilísticas el autor de Macbeth que el añorado maestro zamorano, fallecido hace poco más de un año. No compartir sus ideas políticas no debería ser óbice para reconocer su inmenso mérito científico y literario, tan poco apreciado por estos pagos. Ciertamente, la figura de García Calvo se antoja ciclópea en el panorama de la mesocracia intelectual, moral y artística actual alentada por nuestra Monarquía de Partidos o Partitocracia socialdemócrata, y, por lo tanto, silenciable bajo el peso de la cultura mediática.
Así, frente a los egos tumultuosos que produce el mundillo literario, con tipos como el del censor gallináceo, platonista del tres al cuarto, e hipócrita expendedor de títulos de poeta, y el de la figurita literaria que ejerce la más rastrera de las envidias, la dirigida hacia el que está "por debajo" en el "escalafón" literario, ambos tipos símiles (asinus asino pulcherrimus), y concordes (inter inhonestos similitudo morum), García Calvo niega su identidad individual de literato, para profundizar en la razón común del lenguaje, que yace en la pluralidad anónima del "pueblo"; y, por ende, contra la poética normativa hepta-endecasilábico-sonética, García Calvo desarrolla nuevos moldes métricos y estróficos en español (véase, por ejemplo, su pródigo Libro de conjuros).
La traducción que publica el maestro zamorano en 1980 procede de una refundición de la que hizo 25 años antes para representarla con una compañía ambulante por su provincia natal. Se trata, pues, de una versión apta para el oído y las tablas, ajenas a las convenciones prosaicas de la Literatura, y su sierva, la Traducción, como señala García Calvo en su Introducción:


Así como apenas puede esperarse que la simple lectura entienda debidamente la virtud del ritmo de estos versos por los que discurre lo más del drama (un ritmo que, siguiendo en lo principal la tradición del verso inglés, pero con alteraciones que mi propia tradición me ha venido deparando, trata de dar, sin ajustarse a esquemas silábicos literarios, lo justo de medida y compás para hacer palpitar la voz del comediante y alejarla del desmayo de la prosa), virtud que sólo también la recitación por actores bien articulados y sonoros podría poner a prueba, técnicos y enamorados de la voz, de las ondas y vibraciones temporales, en contra de la vergonzante reproducción del habla natural que el imperio de la Literatura (y de su prolongación, el cinematógrafo) impone de ordinario a los comediantes de nuestros tiempos. Tal vez encuentre este Macbeth una tropa de gentes animosas y sensitivas que se sientan tentados a la aventura de hacerlo andar sobre la escena.

Es, sin duda, un placer que sólo puedo encarecer el degustar la sombría belleza aliterante del original inglés, al tiempo que se la compara con la traducción de García Calvo, fruto de un finísimo oído, extremadamente sensible a estos rasgos, que guía firmemente una sabia mano que sabe trasponerlos  con gracia al español. Así, algunos ejemplos podrían ponerse al azar:

"Nada se tiene, todo se ha gastado, / cuando el deseo lo logramos sin contento. / Mejor es ser aquello que uno destruía / que por la destrucción morar en casa / de dudosa alegría" (Naugth's had, all's spent, / Where our desire is got without content: / 'Tis safer to be that we destroy, / Than, by destruction, dwell in doubtful joy", Act III, scene II).

"Rebelión mortal, no te alces hasta que la foresta / de Bírnam se alce, y ya Macbeth en su alto asiento / vivirá su arriendo a vida y pagará su aliento / al tiempo y la mortal costumbre. Pero aún tiemblo / una cosa por saber: decid, si a tanto alcanza / vuestro arte: reinará jamás la descendencia / de Banquo en este reino? (Rebellion's head, rise never, till the wood / Of Birnam rise, and our high-plac'd Macbeth / Shall live the lease of nature, pay his breath / to time and mortal custom. -Yet my heart / throbs to know one thing: tell me, -if your art / Can tell so much, -shall Banquo's issue ever / Reign in this kingdom?, Act IV, scene I).

"Mañana, y mañana, y mañana, avanza / escurriéndose a pasitos cada día, hasta / la sílaba final del tiempo computado, / y todos nuestros ayeres han alumbrado, necios, / el camino a la polvorienta muerte, ¡Fuera, fuera, / breve candelilla! No es la vida más que una / andante sombra, un pobre actor que se pavonea / y se retuerce sobre la escena su hora, y luego / ya nada más de él se oye. Es un cuento / contado por un idiota, todo estruendo y furia, / y sin ningún sentido" (To-morrow, and to-morrow, and to-morrow, / Creeps in this petty pace from day to day, / To the last syllable of recorded time; / And all our yesterdays have lighted fools / The way to dusty death. Out, out, brief candle! / Life's but a walking shadow; a poor player, / That struts and frets his hour upon the stage, / And then is heard no more: its is a tale / Told by an idiot, full of sound and fury, / Signifying nothing, Act V, scene V).

domingo, 22 de diciembre de 2013

EL SUEÑO DE HOKUSAI




El pulpo, se pega, succionador,

al sexo de la joven nadadora

desnuda; sus tentáculos se anillan

en torno a los pezones que apretujan

en espasmos agónicos, orgásmicos,

mientras su humedad femenina suerbe

en un mortal abismo de placer.


Ilustración: "El sueño de la mujer del pescador" de Hokusai

sábado, 14 de diciembre de 2013

DE LA GRAVEDAD ESPAÑOLA




"Nous devînmes véritablement amis sans que ce sentiment prît chez le duc aucun caractère de protection ni chez moi quelque teinte d'infériorité. L'on reproche aux Espagnols une certaine gravité qu'ils mettent dans leurs manières, mais c'est pourtant en évitant la familiarité que nous savons être fiers sans orgueil et respectueux avec noblesse" J. POTOCKI, Manuscrit trouvé à Saragosse (version de 1804), ed. de F. Rosset et D. Triaire, p. 464.

"Nos volvimos realmente amigos, sin que ese sentimiento adquiriera en el duque ningún carácter de protección ni en mí ningún viso de inferioridad. Se reprocha a los españoles una cierta gravedad que introducen en sus maneras, pero, justamente al evitar la familiaridad, sabemos ser orgullosos sin soberbia, y respetuosos con nobleza".

Esta imagen tradicional de la gravedad española que da el conde Potocki, del que es sabido que sitúa su obra en una mágica Sierra Morena del siglo XVII, y que él mismo viajó por España, fue estudiada por la crítica alemana del s. XIX interesada por Calderón de la Barca y el Siglo de Oro.
No obstante, esta gravedad tópica es revisada desde un punto de vista negativa en una obra fundamental de la literatura alemana del s. XX, La montaña mágica de T. Mann (1922), que retrata la sociedad centroeuropea de vísperas de la primera guerra mundial:

"En fin... España estaba igual de lejos que el Cáucaso del centro humanista... ¡pero en la dirección opuesta! No hacia el extremo más laxo, sino hacia el más rígido; España no era ausencia de forma, sino exceso de forma; la muerte considerada como forma, por así decirlo... Allí la muerte no era sinónimo de liberación, sino de rigor absoluto... Negro riguroso, honor y sangre, la Inquisición, la gola almidonada, Ignacio de Loyola, El Escorial..." (ibidem, trad. de Isabel García Adánez).

Este tópico literario ha sucumbido casi totalmente al tópico popular septentrional actual que ve en los españoles un pueblo festivo, juerguista e indolente, imagen asociada a lo "latino". Estimo que ha contribuido a esta perspectiva la cultura socialdemócrata impuesta desde la llamada Transición. Así, si se vuelve al texto inicial de Potocki, se observa que esa reserva de trato tiene su sentido en la vida social, al asegurar, por ejemplo, a una persona en desventaja concreta frente al superior jerárquico en el trabajo, que la distancia respetuosa que marca el "Usted" le permite, de modo aparentemente paradójico desde los parámetros actuales, exigir con naturalidad y energía sus derechos y reclamar respeto, frente a la exigencia del tuteo que le suelen hacer esos mismos superiores, y que actúa como paralizante moral, e instrumento de manipulación del jefe, que con esa falsa familiaridad realiza un chantaje moral sobre el subordinado, al que, si vuelve a tratar de usted al superior, se le acusará de pérdida de confianza.
El tuteo, pues, que se ha extendido por todas las capas sociales, esa falsa familiaridad que busca una complicidad indefinida e incondicional, es inconcebible en una sociedad de tradición democrática cimentada como la francesa. Esa campechanería despreocupada que pretende inundar el trato social español basado en el tuteo -que se presenta incluso como rasgo del carácter del Jefe del Estado- es también propia de la corrupción político-económica y moral que se siente impune en nuestra partitocracia, y que se ofrece como modelo al conjunto de la sociedad -cuius regio, eius religio-. Así, el camarero te tutea, el tendero te tutea, los alumnos te tutean, tu jefe te tutea, es decir, todos lo que quieren conseguir algo de tí. Esperan que "te enrolles", que no protestes, porque "eres colega, enrollao", que los apruebes sin exigirles que trabajen y estudien, que sean responsables, de acuerdo con esa pedagogía de la frivolidad y del igualitarismo ramplón de la que habla G. Luri, impuesta por decreto.



Ilustración: OPS

sábado, 7 de diciembre de 2013

TIEMPO DE ENFERMEDAD




Un enfermo sufre, entre otras, una cura de humildad; si la dolencia es repentina, o se trata de un accidente, ese parón vital puede resultar psicológicamente devastador, pues hace saltar por los aires la urdimbre del tiempo engarzada en rutina, y el doliente se asoma, así, a un abismo vertiginoso. El recuerdo es el alma misma, decía san Agustín, su esencia, y el yo es la certidumbre de continuidad que proporciona la memoria en el tiempo. De tal suerte, puede verse andar al enfermo por la calle con lentitud y cautela, producto, en parte, de esa necesidad de amoldar su masa de recuerdos -su yo- a ese otro tiempo que vive, extraño, dilatado y sin bordes.
Esa misteriosa relación entre tiempo y enfermedad fue explotada literariamente por Thomas Mann en La montaña mágica (1924), un Zeitroman, "novela del tiempo" en palabras del autor, cuya intención es "narrar el tiempo". Efectivamente, en esta vasta obra de vocación enciclopédico-filosófica aparecen desperdigadas continuas reflexiones sobre el tiempo, centradas en cómo es vivido por los pacientes de enfermedades pulmonares del sanatorio de alta montaña Berghof, y, en la manera en que cambia su percepción y actitud hacia lo que llama Mann "el tiempo absoluto" (o real, diríamos ahora, el tiempo "de las gentes de abajo", como se dice en el libro, frente al tiempo psicológico que prevalece en el lugar, y que le da su carácter irreal, y, en cierto modo, mágico), actitud de la que se contagia el joven Hans Castorp, que llega al sanatorio para pasar unas breves vacaciones junto a un primo enfermo, pero que se quedará allí siete años, período en el que Mann como harto pedagógico narrador omnisciente conduce al lector por los vericuetos del aprendizaje vital e intelectual que realiza el joven, de acuerdo con el marco del Bildungsroman ("novela de aprendizaje"):

"Por supuesto que se daba importancia a la subdivisión del tiempo; se observaba el calendario, el ciclo de las estaciones, el retorno de cosas externas. Ahora bien, medir y contar el tiempo individual -el tiempo, que para cada uno de los de allí arriba era algo estrechamente unido al espacio- era cosa de los principiantes y de los que estaban de paso; los veteranos vivían al margen de toda medida, en la eternidad de cada día, en el día eternamente repetido; y cada uno, con gran sensibilidad, daba por supuesto que los demás cultivaban el mismo deseo que él" T. MANN, La montaña mágica, trd. de Isabel García Adánez, p. 597.

Y el espacio, ese espacio, es la dimensión inseparable de ese tiempo distendido y oblongo, al filo de la parálisis de la eternidad:

"Caminamos, caminamos. ¿Desde cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Qué sabemos? Nada cambia a nuestro paso; el "allá lejos" es igual que el "aquí", "ahora" igual que "antes" y que "después", el tiempo se ahoga en la monotonía infinita del espacio, el movimiento de un punto al otro ya no es movimiento... y donde no hay movimiento no hay tiempo" (Ibidem, p. 800).



Ilustración: Marcel Dzama


lunes, 2 de diciembre de 2013

sábado, 23 de noviembre de 2013

ACTUALIDAD DE MANUEL CHAVES NOGALES


Señala Andrés Trapiello en su prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí (libro que corresponde a un género híbrido como él mismo indica, presuntas memorias verídicas, conmovedoras y magníficas en todo caso, de una bailarín flamenco que quedó atrapado en Rusia durante la Revolución y la subsiguiente Guerra Civil, -prefiguración de la nuestra- alucinado testigo de las atrocidades de unos y otros -el furor asesino chequista, y la barbarie antisemita de los blancos-, y de la espantosa hambruna del pueblo bajo el paso rapiñador de ambos bandos, y de la burocracia soviética corrupta e inoperante) que Chaves Nogales "es un escritor relativamente nuevo en nuestra literatura [...] uno más de los escritores que quedaron sepultados por la guerra y el exilio". Fue, ciertamente, el propio Trapiello quien en Las armas y las letras (1994) dio a conocer el A sangre y fuego (1937) de Chaves, y llamó la atención sobre su prólogo: "Ese prólogo es, en mi opinión, -afirma Trapiello, a su vez, en su introducción a El maestro Juan Martínez...- de lo más importante que se escribió de la guerra durante la guerra [...] El mérito de Chaves fue decir lo que dijo cuando lo dijo [...] Su autor que se declaraba en ellas [sus palabras] un demócrata y un republicano convencido, permaneció en Madrid, al lado de la República, hasta el momento en que vio que ni las autoridades republicanas permanecían en sus puestos [...] ni en España se luchaba por la democracia, la primera víctima de aquella guerra a manos de ideologías comunistas y fascistas [...] Muchos lectores asombrados hubieron de llegar a la conclusión [...] de que justamente había sido la clarividencia de Chaves la que le había condenado al ostracismo. De nuevo los más beligerantes de uno y otro bando se ponían de acuerdo en quitar de en medio a los pocos que les acusaban de haber cometido crímenes atroces" (pp. XV-XVI).
Bajo la partitocracia actual, y su juego de máscaras socialdemócrata, la situación subsiste; en verdad, frente a las veleidades maniqueas de la llamada Memoria Histórica de unos, y los neofranquistas afanes revisionistas de otros, Chaves supone una luz de racionalidad incompatible. Un ejemplo reciente resulta de lo más clarificador al respecto: Hace unos días, en el parlamento catalán, el consejero de hacienda, en respuesta a un diputado que había citado a Chaves Nogales, vino a responder que no sabía quién era ese periodista, pero que le sonaba de derechas. Curiosa afirmación, en primer lugar, en el representante de un partido pequeño burgués nacionalista, y, por tanto, de derechas; en el nacionalismo, que surge históricamente de la pequeña burguesía, está, por otra parte, el germen del fascismo (a lo que no me parece extraño el continuo y sintomático sucederse de noticias inquietantes protagonizadas por la policía autonómica). En segundo lugar, delata la ignorancia y mediocridad crónica de los políticos de nuestra partitocracia, hija del franquismo, pero que tiene que renegar constantemente de sí misma aventando el espantajo de la "derecha", aunque ella sea su más prístina esencia, por haberse constituido en una falsa democracia, sin auténtica representatividad de los ciudadanos, sin separación de poderes, con unos partidos políticos que no nacen de la sociedad civil ni la representan, sino que son parte del Estado, y que velan férreamente por sus intereses en cuanto casta privilegiada político-sindical, y por los de la élite oligopólico-financiera que es su aliada, mentora y sostén, a costa de esquilmar y empobrecer a los ciudadanos.
Siguen siendo, pues, malos tiempos para Chaves, y para la libertad política colectiva (no las migajas de libertades públicas que ha concedido graciosamente el régimen, y que, como no han estado basadas en una libertad constituyente previa, puede quitárnoslas cuando se le antoje, como puede deducirse de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que prepara el Gobierno), lo que no deja de engrandecer la figura del escritor sevillano ante los verdaderos demócratas.





sábado, 16 de noviembre de 2013

LUNA TARDÍA



La luna sobre la mañana nublosa no quiere marcharse;

un jirón de nube comienza ya a ocultarla;

sale de nuevo, ¿cuánto tiempo permanecerá

hasta que el sol poderoso la diluya lo mismo

que un pergamino en el fuego apremiante del mediodía?



sábado, 9 de noviembre de 2013

EL GURÚ (II)



Al principio, se manejaban por sí mismos llamando a los teléfonos de las revistas ad hoc, y de los carteles de "se vende". Aquello tenía mucho de salir por la tarde con la novia, viendo un par de pisos por llenar el rato, que era como inmiscuirse un tanto en vidas ajenas, visitas de cortesía a desconocidos que solían terminar indefectiblemente con un "ya llamaremos"; a Luis le gustaba atrapar juguetón a Livia cuando bajaban por la escalera o, en los menos casos, por el ascensor, abrazarla, y besarla mientras comentaba algún detalle divertido o excéntrico del piso que acababan de visitar o de sus moradores.
Más adelante, y dado que no salían de un círculo vicioso, recurrió Livia a las agencias inmobiliarias. A Luis le mareaban esos escaparates llenos de fotos de viviendas, y de precios en euros, sirtes de un hipotecado porvenir; 130.000, 150.000, 220.000 € eran cantidades evanescentes y precarias frente a su contundente traducción en pesetas, que a Luis todavía le daba pereza hacer mentalmente. A Livia, en cambio, tales muestrarios le encandilaban más que los de las tiendas de moda, y se hizo una experta en deducir el carácter del inmueble en función de lo que se mostraba y decía, pero también, y sobre todo, por lo que no se explicitaba.
Esta segunda etapa estuvo marcada por las visitas guiadas de los agentes inmobiliarios a toda clase de hogares, pisos vacíos, en plena mudanza, o virtuales, esto es, sobre plano, que también se vendían. En Luis bullía cierta aprensión cuando visitaban casas con sus habitantes aún dentro; en los gestos, y las amables miradas esquivas percibía incongruencias y secretos que le hacían sentirse miserable por entrometerse en la intimidad de personas, que, por gusto o por necesidad, exhibían su privacidad cotidiana a una reata de extraños como si de una instalación artística postmoderna se tratase. Así, en una casa habitada por un padre ya anciano y su hija, que deseaban mudarse a otra ciudad para estar más cerca del resto de su familia, Luis se sintió acongojado por el aroma inaprensible de una vetusta y vivida biblioteca, signo conmovedor de una vida familiar aposentada, frente a los indicios de profundo desorden que emanaban de los platos sucios y unas manchas de huevo seco en la sufrida encimera de la decente cocina, al par que de la mirada obsesiva y torva de la huesuda hija, triste Erinia medicada. En otras ocasiones, las visitas giraban a lo cómico, como en aquella casa de precio desorbitado donde el dueño, un viejete desastrado, iba detrás de ellos pulsando mal disimuladamente un aerosol ambientador, mientras contemplaban atónitos una cocina donde la costra formaba capas geológicas, y el agente, que parece siempre describir otro piso distinto al que se está visitando, repitiendo como un mantra sus presuntas ventajas y su carácter de bicoca, les proponía al mismo tiempo, con su cara ancha de tipo con el que te cruzas en una boca de metro, que le alquilaran una habitación a su novia estudiante.
La vida, no obstante, seguía entreverando a Luis y Livia. A pesar de lo incordiante que estaba empezando a resultarle a Luis la pasión inmobiliaria de Livia, éste la amaba sin remisión, como si toda su vida anterior quedara justificada y subsumida en esa relación. Una mañana, tras dejar a la niña Lidia en la guardería, y cuando los dos se despedían, Livia le cogió a Luis la cara con las manos; sus ojos brillaban como chispas. "Es muy fácil quererte, ¿sabes?".
Livia hizo buenas migas con una agente, Pili, que les acompañaba en los últimos tiempos. "Pili nos lleva esta tarde a ver un piso en una antigua finca reformada en el centro", ella no oyó, o no quiso oír el suspiro de resignación de Luis. Pili era muy dicharachera, con un savoir faire propio de las chicas de barrio que no le hacen ascos a nada, pero que sabía de contención y de etiqueta cuando de dinero se trataba. No dejaba de hablar ésta, ensalzando la hermosa claraboya del edificio, mientras subían las escaleras de mármol hasta el tercer piso, intentando quizás hacerles olvidar la falta de ascensor. La finca, como muchas viejas de la ciudad, tenía una forma ligeramente hexagonal en sus plantas, divididas en dos pisos simétricos que daban al patio interior mediante un corredor acristalado. En el piso que visitaron esa disposición no aliviaba de cierto carácter opresivo que percibió Luis casi desde que entraron. Era inmaculadamente blanco, con grandes habitaciones completamente desnudas que le hicieron a Luis recordar la película 2001 de Kubrick; aquél se explicó enseguida su sensación de opresión, y la evocación metafórica de una nave espacial claustrofóbica: la vivienda carecía de huecos a la calle. Luis se quedó rezagado un momento observando la curiosa forma ovoide del salón, mientras Pili y Livia no hacían más que hablar y abrir y cerrar puertas; "ésta todo nuevo; el piso está para entrar", oyó decir a Pili, al momento que una imagen cruzó su mente en una milésima de segundo: vio el salón lleno de figuras envueltas en túnicas y sentadas en la posición de flor de loto en torno a un centro que humeaba incienso, y a cuyos flancos otras figuras accionaban instrumentos de formas extravagantes. Luis se giró sobresaltado a una esquina donde había algo que le había pasado aparentemente desapercibido: un cartel que representaba a un tipo de rasgos muy peculiares: una nariz amplia y chata bajo un marcado arco superciliar, que actuaba como dintel de una frente estrecha enmarcada por una espectacularmente voluminosa cabellera afro, que no conseguía, empero, distraer la fascinación que ejercía la intensa mirada de unos negrísimos ojos, a los que el color azafranado de la túnica que vestía el personaje parecía convenirle perfectamente. Luis quiso hablar con Livia; éste había reconocido al personaje como un gurú hindú de ésos que van a visitar algunas estrellas del cine que firman luego libros de autoayuda. Encontraron luego un retrato en pequeñito del mismo santón en una hornacina de la cocina, que contaba con las correspondientes acometidas, pero que nunca había sido utilizada como tal.
A Luis se le antojaba que la falta de ventilación de la falsa vivienda -para él alguna especie de templo abandonado al parecer-, dada la falta de ventanas y el escasísimo aire fresco que podía venir de un patio cerrado con claraboya, servía a las maravillas para crear estados de trance, ayudados por el inevitable sahumerio y la música exótica. No se sorprendió, pues, Luis cuando, al abrir un armario, encontró unas botas de puntas muy agudas y levantadas, y rematadas en su caña con borlas de piel, que le habrían ido que ni pintadas -pensó Luis- al sherpa Tensing. Luis preguntó a Pili por los dueños, y por qué vendían un piso evidentemente sin estrenar; ésta fue más bien evasiva en sus respuestas, sin dejar de sonreír.

Bajaron las escaleras de vuelta. Luis sentía más que nunca la necesidad de abrazar a Livia. Ésta se había adelantado con Pili, y ya se encontraban en la calle. Volvió apresurada a darle el encuentro. "¡Vaya sitio!¿verdad? ponía los pelos de punta. Le he dicho dos palabritas a Pili; que no cuente con que van a tomarnos el pelo. Pero no te preocupes, cariño, -dijo Livia esgrimiendo un papelito y su irresistible sonrisa-, tengo otro piso para visitar mañana".



Ilustración: Anne Provost





viernes, 1 de noviembre de 2013

EL GURÚ (I)



Luis estaba enamorado. Conocer a Livia había cambiado su vida. Siempre tan enrevesado e irresoluto, había acabado buscado el amor en sus viajes al extranjero; las vicisitudes, empero, de la distancia habían dado al traste con todas sus tentativas políglotas. Gracias al tesón y a la fortuna, había conseguido finalmente trabajo en su ciudad natal, y allí conoció a Livia una tarde a través de un chat. Su primer encuentro a ciegas tuvo algo de expectante serenidad. Luis sintió un estremecimiento al verla surgir de detrás de una de las estanterías del centro comercial donde se habían dado cita, aun antes de que ella se presentara con una media sonrisa divertida e irónica. Dijo que iba a aprovechar el encuentro para comprar algo que venía buscando. "Por supuesto", balbuceó Luis, quien en ese momento hubiera visto como lo más normal del mundo salir de allí cargando las bolsas de su nueva amiga. La dependienta, intuitiva, debió de percibir ese mar de leva que ondulaba en las sonrisas y las miradas esquivas de ambos, pues les trató con la discreta complicidad que se puede presumiblemente mostrar a una pareja de enamorados que hacen juntos sus compras.
Desde aquel día Luis no dejó de chatear con ella, ni de verla, cuando los emoticonos naufragaban en la obviedad de los sobreentendidos pícaros. Se había rendido a su largo pelo negro ondulado, a su tez olivácea, y a la frágil entereza que emanaba de la mediana profundidad doliente de sus ojos negros, a los que hacía brillar alborozados el medio arco de su sonrisa discretamente pintada. Su primer beso, por cierto, estuvo precedido incluso de ciertos signos que Luis no quiso interpretar como ominosos: se hallaban en un pub, y en un momento dado entraron como en tromba una de esas "ex" de famosos que salen en la tele, escoltada de algunos reconocibles cotillas televisivos que se agracian con el nombre de periodistas, y de los que no podría temer nunca un acoso sexual. Livia y Luis comentaron divertidos el suceso, mientras sus bocas se acercaban; Luis no pudo, ni supo, ni quiso terminar lo que estaba diciendo, cuando sus labios se fundieron en un beso apasionado, tanto más prolongado cuanto parecía que se le iba la vida en ello, con los de Livia. Salieron de aquel antro de moda con el corazón encogido como colegiales, y ya nunca pudieron separarse. Luis iba a visitarla todos los días a su apartamento alquilado; y al poco tiempo, ya se quedaba a dormir allí; por la mañana desayunaban juntos, y Luis acompañaba a Livia a llevar a Lidia a la guardería, antes de separse para ir a sus respectivos trabajos. "Por cierto, tengo una hija", le había dicho Livia a Luis en su segunda cita, inclinando un poco el busto hacia delante sobre la mesa de la cafetería, y sin dejar de sonreír. "Bien", balbuceó Luis, quien escuchó aquella frase igual que si Livia le hubiera dicho que iba el día siguiente a la peluquería, tan absorto estaba en aquel rostro, y aquel cuerpo del que surgían palabras y gestos que eran como una música en cierto modo necesaria; Luis, empero, parpadeó, y, en un fracción de segundo, la mesa nacarada de aquel local se le antojó un tablero de ajedrez sobre el que se estuviera jugando una partida crucial. "¿Cuántos años tiene?", acertó a preguntar Luis, como aliviado. "Cuatro -respondió Livia divertida- y se llama Lidia". Ella entonces no le ahorró detalles: 32 años, divorciada hace tres, su matrimonio había sido un desastre, consecuencia de un error. "¿Y el padre?", preguntó Luis, intentando que su voz sonara lo más natural posible. "Oh, se fue a trabajar muy lejos de aquí -respondió Livia, quien agitó una mano, como si borrara algo en el aire-, y no quiere saber nada de la niña. No le he pedido que cumpla el convenio, pues prefiero tener a mi hija lejos de un tipo así". Livia de seguido lo miró de hito en hito, y Luis frunció las cejas y apretó los labios, en signo de aprobación.
No hacía mucho que Luis había vuelto a la ciudad, y no tenía donde vivir, aparte de la casa de sus padres, en la que no quería demorarse mucho tiempo. Tampoco le gustaba la idea de apalancarse en casa de Livia, aunque allí se sentía a sus anchas, pues ella era un mujer muy organizada y detallista, tenía la casa muy bonita, y él incluso le estaba cogiendo cariño a la pequeña, una especie de Livia a escala. Le dijo, pues, a su novia que estaba buscando un apartamento. Contra lo que Luis pudiera temerse, ella le apoyó entusiásticamente, y se ofreció a acompañarle en las visitas a pisos, pues "dan mucho gato por liebre", dijo Livia. Dado que él tenía puesto fijo -añadió-, podía permitirse buscar un piso para comprar, pues alquilar era tirar el dinero, y tal como estaba el mercado, podía revender el piso en poco tiempo si no le iba bien, incluso ganando dinero, pues había mucha demanda y oferta. A Luis se le soltaba algo en el pecho, cuando la escuchaba hablar así, con su aire de entendida, mostrado sus blanquísimos y menudos dientes, y enarcando ligeramente las cejas. Ella, gracias a Dios, también estaba fija, tenía también dinero ahorrado, y había acariciado la idea de comprar un piso.
Luis amaba tiernamente a Livia, con una intensidad que le resultaba, a veces, hasta embarazosa. Disfrutaba particularmente en la madrugada, cuando ella, dormida, buscaba de tanto en tanto su abrazo, y él la contemplaba en su enigmática indefensión y pacífico abandono, libre de las máscaras diurnas; él la estrechaba dulcemente contra su pecho, y, en ocasiones, una lágrima rodaba por su mejilla, dueño de un secreto de dicha imposible de compartir.

Luis no habría sido capaz de decir en qué momento dejaron de buscar piso para él, para pasar a buscarlo para ambos; lo cierto es que vivían una vorágine de visitas, y entrevistas, pateándose agencias inmobiliarias, y pendientes todo el día de teléfonos y carteles de venta. Luis sonreía, y aceptaba divertido dejarse llevar por el ímpetu de Livia, que parecía haber tomado las riendas de la cuestión.

sábado, 26 de octubre de 2013

EL ASCENSOR (II)



El profesor empezó a acariciarse insistentemente una de sus huesudas y vellosas muñecas. No era un día de suerte éste, quedarse encerrado en el ascensor con un desconocido; era, ciertamente, una situación incómoda, como la provocada por la visita que hacían las limpiadoras a su despacho cada día para vaciar su inmaculada papelera; éstas sabían que era inútil esperar que respondiera a su saludo, pero insistían en ello mientras alborotaban la paz de su sancta sanctorum. No era, en efecto, una buena época: empezaban a atosigarle ofreciéndole créditos, y, por tanto, más horas de clase; que si el departamento tenía muy pocos alumnos, -decían-, que se habían esforzado mucho por conseguir más docencia, etc.; que lo diera otro -pensó el profesor-, habían hinchado ya mucho el departamento, que les dieran esas horas a alguno de los últimos en entrar; le fastidiaban además pidiéndole artículos y trabajos de investigación para justificar su generosa reducción de horas lectivas, y las subvenciones que recibían; pero él ya había despiezado y troceado su tesis doctoral mucho más y mejor que un matarife en una matanza extremeña, de suerte que ya sólo le quedaba por publicar los almibarados agradecimientos. ¿Qué esperaban ya de él?; era un profesor universitario, miembro de una élite que se le antojaba doliente. Era casi imposible, dada la situación actual, que llegara a ser catedrático, ¡que lo dejaran en paz! Esa insistencia, encima, de convocarle para reuniones, y por las tardes para más inri, cuando se encontraba en casa descansando del ajetreo mañanero de la Escuela (y todo a sabiendas de que no pensaba ir, pero todo sea por fastidiar...). Los comienzos de curso eran siempre para él ocasión de gran estrés; así se le comentaba hacía poco en una librería de viejo a un antiguo alumno de los cursos de doctorado; éste le contestó que qué le iba a contar a él que era ahora profesor de instituto, y antes de que aquél pudiera sentirse incómodo, se interesó por el libro que hojeaba; era un viejo manual técnico del antiguo bachillerato, cuyas virtudes comenzó a ensalzar el profesor de la Escuela, sin prestar atención a las quejas amargas del docente de enseñanza secundaria que le explicaba que las leyes educativas en vigor desde los años 90 habían bajado mucho los niveles de conocimiento y exigencia por comparación a los que él había recibido. Afortunadamente, el universitario se detuvo a tiempo antes de confesar que era el tipo de libros que él usaba para preparar sus clases de los primeros cursos, que era los que solicitaba siempre dar, al dignarse observar el rostro del otro, cuyos ojos se entrecerraban con un brillo de inteligencia a medida que él comparaba las ventajas de diversos manuales de aquella época de cara a la enseñanza actual, que sí que le resultó definitivamente incómodo.
El profesor se sentía muchas veces incomprendido, ante las reacciones de la gente, que parecía siempre muy ocupada o indiferente para escuchar sus pausadas palabras. Habrían conocido, entonces, su verdadera pasión secreta, aquello que, sin duda, les habría admirado, y que no podía salir de los muros de su casa, básicamente por falta de espacio: las batallas navales. Gracias a la generosidad de su madre, podía disponer de un gran salón donde poder reconstruir batallas inmortales como la de Jutlandia, el río de la Plata, o la de Leyte. A eso dedicaba la mayor parte de su tiempo, y cantidades ingentes de dinero. Libros, foros de internet, y el trabajo en su minitaller sobre maquetas de elaboración propia eran su verdadero motivo de orgullo, y el hecho de que muy escasas personas, a happy few, conocieran su afición, le hacían sentirse poseedor de un secreto, y una ciencia, que le elevaba sobre la masa de mediocres que le rodeaba, y le agotaba con sus exigencias mundanas. Sentía marcada preferencia por la segunda guerra mundial, que le permitía además lucir sus minuciosas maquetas de aleación ultraligera. ¡Cuántas veces se había sentido al borde de las lágrimas reconstruyendo la implacable e inmisericorde persecución del acorazado Bismarck, o la gesta heroica del Kapitän Langsdorff en el río de la Plata (la última batalla naval clásica), y su tanto más caballeroso cuanto triste final! Por el contrario, la reconstrucción de las grandes batallas navales del Pacífico nunca había acabado de satisfacerle (a pesar del tiempo y dinero dedicado), pues no creía haber reflejado suficientemente el papel de la aviación en los distintos eventos, debido principalmente a su negativa a usar maquetas prefabricadas, y a cierta desvinculación sentimental (pese a su desprecio a la prepotencia yanqui), que sólo había recuperado en plenitud al rehacer admirablemente el complejo orden de batalla de la olvidada liza de Jutlandia de 1916.
Una sacudida le sacó de su ensimismamiento. El ascensor comenzaba a moverse. Bajaban a la primera planta.
-Es una vergüenza el estado de las instalaciones de la Escuela -dijo Pugnacio-, pienso presentar ahora mismo una queja.
-Desde luego que sí -carraspeó el profesor-, tiene Usted toda la razón, ¡qué de tiempo han tardado en rescatarnos! A mí también me van a oir.

El ascensor se paró con cierta brusquedad, y Pugnacio y el profesor salieron de él en orden inverso, tan absorbidos en sus respectivos pensamientos refunfuñantes, que obviaron decirse adiós.

sábado, 19 de octubre de 2013

EL ASCENSOR (I)



"Ya es mala suerte -pensó Pugnacio- casi dos meses sin venir al centro de trabajo, y tengo que coincidir en el ascensor con este facha", mientras miraba con apenas indisimulada contrariedad a la alta y espigada figura masculina que entraba en el ascensor.
-"Buenos días", dijo Pugnacio, con cierta mezcla de desafío y deseo de autoafirmación, para compensar los centímetros que diferenciaban a ambas personas.
-"Buenos días", contestó aquella estantigua, tras carraspear un momento y mirar a los zapatos del homúnculo, pues había hecho como si no lo hubiera visto.
Pugnacio ya había marcado el segundo piso en el tablero del ascensor, y verificó con alivio que su compañero de breve viaje apoyaba un largo y blanquecino dedo en el botón de la tercera y última planta. Pugnacio sonrió para sus adentros, y recordó cuándo vio por primera vez a aquel tipo en la Escuela Técnica Superior; él era entonces ordenanza, poco antes de que lo nombraran liberado sindical; de eso hacía ya diez años, pero tenía que reconocer que el aspecto del aquel entonces becario no había cambiado: un tipo larguirucho, con gafas, un pelo castaño claro grasiento, y unos aires de grandeza y de suficiencia que no habían hecho más que aumentar desde que consiguió la plaza definitiva como profesor en la institución. En aquella época no era extraño verle acompañar a todas partes al Jefe de su Departamento hablando con grandes aspavientos e impostación de la voz, como si estuviera revelándole el secreto de Fátima, y cuando se pasaba por conserjería le daba un tal engolamiento a sus palabras, unos ademanes, y unos tales silencios premonitorios que todo el mundo se sentía cohibido a dejar todo lo que estuviera haciendo y a estar pendiente de lo que dijera; y todo ese teatro las más de las veces sólo para preguntar si había llegado un paquete a su nombre de la Universidad de cómo-carajo-se pronuncia-eso, y que si patatín, que si patatán. A Pugnacio la cortesía condescendiente y señoritil de este tipo y de otros de su calaña no le engañaba en absoluto (todos esos aires de superioridad porque, en muchas ocasiones, no habían hecho más que dorar la píldora a sus jefes, y saber intrigar y esperar la ocasión de la oposición endogámica preparada ad hoc); afortunamente, Pugnacio había conseguido las horas de liberado sindical, y había podido alejarse de toda aquella fauna.
Una sacudida y una repentina oscuridad le sacaron de su ensimismamiento. El ascensor se había parado entre la primera y la segunda planta; afortunadamente, la luz volvió casi en en el acto, acompañada de un carraspeo del escuchimizado profesor, que, estoicamente, había tenido apenas tiempo de cruzar los brazos. El reducido espacio de los ascensores ha adiestrado a la gente a sentirse indiferente a los demás; y en ése el sindicalista y el profesor, aquél mirando sus mangas y zapato y éste concentrado en un punto indefinido de la puerta metálica, mantenían una distancia sideral y vertiginosa, aunque sus codos casi se tocaran.
-Se ha parado, dijo Pugnacio, en un tono apagado e impersonal, similar a aquel en que se dirigía hacía una decada al personal docente, cosa que le provocó un respingo interior.
-Cierto, musitó el profesor, arrastrando cada sílaba, como si le costara interiormente determinar qué le molestaba más: quedarse atrapado en el ascensor, o que aquel tipo le dirigiera la palabra.
-¿Podría Usted darle al botón de alarma, ya que lo tiene más a mano?-añadió Pugnacio, un poco tenso él también, sin saber muy bien por qué.
-Sin duda, contestó el profesor, haciendo un pequeño giro con el brazo en el aire antes de presionar el botón, como para compensar el hecho de que no se hubiera adelantado él en ese pedestre detalle.
-Ha sido el corte de luz el que ha provocado la parada de la maquinaria, supongo que los mismos conserjes podrán arreglarlo, añadió Pugnacio, como para romper el encanto del mimo de su vecino.

Éste no se dignó a contestar, ni a hacer el más mínimo gesto que pudiera entenderse como una aquiescencia a lo dicho por Pugnacio, quien se sintió un tanto humillado por el pensamiento de haber hablado de más ante aquel presuntuoso engreído. Suspiró con cierta resignación. Otra contrariedad más. El jefe del Comité le había llamado: tenía que dejarse ver más por el centro, que la cosa estaba calentita, y que la imagen del sindicato se estaba deteriorando. Pero Pugnacio se decía que para qué iba a ir, si para lo que hacía podría presentarse una vez cada quince días, o al mes; además, no le gustaba encontrarse con saludos forzados, y algunas sonrisas irónicas que le prodigaban ya desde hacía algún tiempo en la Escuela entre sus antiguos compañeros. Compañeros; esa palabra que le había llenado tanto la boca antaño, y que había repartido junto con folletos y carteles en las jornadas previas a las huelgas, y en las manifestaciones, y que le había emocionado a veces utilizar en las comidas sindicales, y en las copas de sobremesa. Facturas. Ahora le molestaban con lo de las facturas. Pero no tenían que ir contra él, las comidas se justificaban por ser reuniones de trabajo, y si era muy abultada la cuenta, se decía que había ido más gente de la prevista inicialmente, y en paz. Para él habían sido impagables esos momentos de camaradería compartida, con los ojitos chispeantes y la risa floja sobre los cubatas, tras haber puesto de limpio a todo el facherío de la Escuela, y del gobierno. Ahora querían molestarlos y cuestionarlos, a ellos, representantes de los trabajadores, cuando tanto corrupto capitalista y neoliberal se iba de rositas cada día... se sobresaltó mucho también cuando supo que el gobierno eliminaba los puestos de liberados; el jefe del Comité, sin embargo, le tranquilizó con un gesto muy evidente de la mano abierta, "de aquí no nos mueve nadie". Pugnacio echó una fugaz mirada de reojo al otro pasajero del ascensor, "seguimos aquí para vigilaros, cabrones; seguís viviendo tan bien, porque nosotros os lo permitimos". No obstante, Pugnacio llevaba muy mal las quejas del personal del centro: que les habían recortado el sueldo, atribuido funciones extraordinarias, aumentado la jornada laboral, reducido los días de asuntos propios, etc. sin que los sindicatos hubieran dicho esta boca es mía; él se había sentido particularmente abochornado un día que presentaba junto con el jefe del Comité, y otros compañeros, un power-point con las propuestas del nuevo convenio colectivo, y un listillo saltó diciendo que la Junta de Gobierno de la Escuela ya había aprobado un par de días antes una nueva tanda de medidas restrictivas de sus derechos laborales; el Jefe del Comité apenas pudo salir del trance, diciendo que no tenía noticias de tal acuerdo, y me encargó luego en privado que averiguara si había gente del personal laboral que estuviera intentando organizar un sindicato propio.


Ilustración: Mauricio Alejo

sábado, 12 de octubre de 2013

LA GATERA



Definición de un gobierno despótico: un orden de cosas donde el superior es vil y el inferior está envilecido (Chamfort, Máximas y Pensamientos, 542; traducción de Luis Valdesueiro).


Últimamente me da por pasear. Me levanto casi con la ciudad, a pesar de estar parado. Desde hace unos meses me siento atraído por los solares. Conozco un barrio que está casi arrasado: un par de calles mugrientas, sucias de orín y cacas de perro, espíritu de sus amos, y el resto son solares. Hay uno enorme y vasto, rodeado de la preceptiva valla metálica, y al que se asoman unos viejos edificios harapientos y apuntalados, hilos de la red de miseria del centro de la ciudad; hay otro solar enfrente que cavaron en hondo entre dos edificios (todavía no se han caído los carteles de venta de garajes), y ahí ha quedado, como el hueco de una muela extraída por error; también cuenta con su valla, primero de madera, luego metálica, tras la que los intelectuales del barrio arrojan los cascos de botellas de cerveza vacíos que beben apoyados en ella. Enfrente de éste, se ve un edificio de viviendas vacío y cerrado a cal y canto. Cuando yo trabajaba en la notaría pasaban por ella muchas operaciones de compraventa de esta clase de inmuebles, aparte de las de los consabidos apartamentos. Yo había estudiado empresariales, y me contrataron en la notaría como administrativo a tiempo completo, pues no daban abasto con el personal de siempre. Es cierto que allí se veía desfilar una marea humana variopinta, aunque había algunos personajes recurrentes como el abogado simpático y contemporizador, y las agentes de las inmobiliarias, apretadas y moteadas de mechas, siempre dispuestas a la carcajada extemporánea; eran el cortejo de toda esa reata de ilusos, que reían y se palmoteaban las espaldas, y todo porque iban a entramparse hasta las cejas para décadas con hipotecas de más de mil euros, ya que el banco les ofrecía crédito a manos llenas, aunque no tuvieran trabajo fijo (puro oxímoron). Algunos dejaban que se les abultara impudentemente en los bolsillos del pantalón o de la cazadora el sobre rebosante de billetes para hacer los pagos en negro a los vendedores de pisos e intermediarios. Yo observaba todo esto con discreción, pues hay quienes me han dicho de siempre que mi mirada les pone nerviosos; tal vez deberían preocuparse más por el careto que se les ha quedado cuando todo el garito se ha ido al carajo. Recuerdo muy bien al señor notario, con su aire de viejo seminarista, hacer de oficiante, entre hierático y condescendiente, de estas ceremonias, que él abandonaba con su consabida frase de "les dejo a Ustedes que arreglen sus asuntos", justo antes de que los sobres arrugados y henchidos se pusieran encima de la mesa, y dedos ávidos y hábiles contaran las partes del león. Un mar de dinero, sí señor, que a veces las Cajas, a falta de líquido tenían que pedir en el extranjero; Cajas en cuyos consejos de administración se sentaban los políticos y sindicalistas del tanto monta; los que organizaban las revalorizaciones astronómicas del suelo, que repercutían luego en el precio desorbitado de las viviendas, y que son ahora los mismos que salvan a esas Cajas facinerosas con miles de millones de euros de la gente, euros que salen de los impuestos con los que machacan a los que tienen ya sobre sus espaldas, en muchos casos, la losa de un henchida hipoteca.
Escucho decir a intelectuales orgánicos que hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades, y que, al cabo, tenemos los políticos que nos merecemos. Pero no es así, nos han estafado y robado por encima de nuestras posibilidades, y la corrupción se ha extendido desde arriba, desde el político que promete pensiones, asistencia, y subsidios para todos, y títulos prácticamente gratis, chantajeando a los profesores con leyes de "contenidos mínimos", hasta el notario, que hace la vista gorda en su propia casa al fraude. La gente es culpable, en todo caso -y mucho es de por sí,- de cobardía, estupidez y conformismo hacia esta casta de chupasangres, que les permiten votar cada cuatro años por ganaderías. Lo que veo, además, es una especie de vergonzoso consenso de silencio, que va desde el tertuliano sectario hasta el escritor solipsista. Contemplaba no hace mucho a todos esos que salían a la calle porque se decían indignados, y sabía que no duraría mucho; la indignación es el paso previo a la resignación; el odio, en cambio, es superior, más fuerte y duradero que el amor.
Yo también me dejé llevar por esa corriente; las mujeres te lían, y te convencen; anda, vamos a comprar ese apartamento, nos darán el crédito y con uno de nuestros sueldos pagaremos la hipoteca; y esto debe de ser como el pecado -para el que crea en él-, un sí es no es, una languidez irreflexiva que precede al paso irreversible. Y ahora llevo un año en el paro, pues en la notaria apenas hay movimiento, y por todas partes están igual.
Sigo parado delante del edificio; han revocado la fachada -se ve que el ayuntamiento quiere este sepulcro bien blanqueado-, bien tapiado y pintado las ventanas de modo que ahora no se ve ya el indecente tabique de ladrillos tras el balcón, sino que éste sobresale de una pared desnuda y lisa, como una provocación surrelista. En el tabique de una de las ventanas enrejadas del bajo, alguien hizo un hace tiempo un boquete, y se convirtió en refugio de gatos; la gente les dejaba agua y comida, y de noche los veía corretear acera arriba y abajo; ahora lo han tapado estos borricos con un desmesurado pegotón de cemento. Como me toque mucho los cojones voy a venir esta noche con la machota, y voy a abrir yo mismo el boquete, para que al menos los gatos disfruten de abrigo. Malditos seais todos.


sábado, 5 de octubre de 2013

LA HERENCIA


Muchos empiezan a señalarme diciendo que ya está cercana mi hora como heredero; muchos me ven ya como el nuevo dueño de la Compañía y del Teatro. Antes, ese pensamiento me halagaba; hoy, en cambio, me angustia. Quizás he vivido demasiado tiempo -como todos en el Teatro- a la sombra de mi padre. Él lo ha sido todo en este mundo difícil, esencia de espejismos y escuela de sinsabores, donde el escenario es una débil defensa contra el embate de la realidad que el público, bienintencionado casi siempre, no consigue dejar de todo fuera, como sus abrigos en el guardarropa. Su figura augusta e imponente de gigante asequible, de anciano aniñado, de galán intempestivo sigue siendo el rompeolas de todas las crisis que hemos sufrido en el Teatro en las últimas décadas.
Cuando deambulo por los pasillos del edificio, a veces me detengo a contemplar, con cierta imposible nostalgia, las fotos de las primeras representaciones de mi padre; él era hijo de un viejo primer actor al que nunca le habían dado su sitio, y comenzó como comparsa en la Compañía; poco a poco, se ganó la confianza del antiguo dueño, un viejo carcamal empeñado en representar siempre las mismas funciones retrógradas. Con el tiempo se convirtió en su favorito, su esperanza, y llegó a prometerle que sería su heredero, si mantenía su mismo designio empresarial y artístico; mi padre, contra la opinión del suyo, -especialista en monólogos dramáticos- así lo hizo un día delante del público, en un gesto -por ende- bastante teatral. Cuando murió el vejestorio, se puso de acuerdo con los viejos actores de la Compañía, y algunos meritorios ambiciosos, dispuestos a cualquier cosa con tal de salir a escena, para hacer algunos cambios externos, sin alterar demasiado la estructura de la empresa. De tal suerte, desechó la vieja tramoya, y creó con la ayuda de su equipo de viejos nuevos hombres unos espectáculos vanguardistas e interactivos, que proporcionaban al público, ansioso de novedades, la ilusión de que participaba en la obra, y de que su contribución era útil. La escena se pobló también de comedias eróticas y picantes, que se presentaba como un signo de modernidad, frente a las máquinas casi tridentinas del predecesor. Se hicieron, asimismo, muchos grandes espectáculos gratuitos, y se levantaron muchos nuevos teatros en las provincias. Ésta fue, sin duda, la mejor época de mi padre: sólo precisaba salir a escena para que el público se deshaciera en aplausos, era el rostro inevitable en la televisión y la prensa, y los políticos y las grandes fortunas buscaban su compañía, de tal modo que engrosó un pingüe capital en comisiones, haciendo de mediador y patrocinador en toda clase de negocios. Por otra parte, su éxito con las mujeres siempre ha sido innegable. Sus romances con las actrices de la Compañía han sido de antiguo la comidilla de ésta, que ha mirado siempre con más conmiseración que desprecio a mi pobre y sufrida madre, una humilde figurante que empezó en el Teatro casi a la par que su marido. Los diversos directores han transigido con las queridas que mi padre promocionaba a primeras actrices y otros chanchullos suyos, cada vez más alejados de las bambalinas, a cambio de que les dejara hacer a su antojo con el dinero de la caja, y la cartelera.
Al contemplar ahora algunas de las grietas del venerable teatro, me doy cuenta de que la venalidad de los directores, sostenida y tolerada por mi padre para que no se metieran con la suya, se ha hecho evidente por el descenso imparable de la taquilla, provocada asimismo por aquélla. Mi padre declaró que la situación del Teatro iba a cambiar, y que él iba a dar ejemplo; no obstante, mi hermana y el chulo de su marido metieron la mano en la caja, y él no hizo otra cosa que mandarla de gira por el extranjero, con el patrocinio de uno de sus magnates amigos. Los abucheos, que antes sólo se producían de manera esporádica en el paraíso, empiezan a extenderse de manera insidiosa al patio de butacas. Mi padre intenta aparentar que nada ha pasado, pero los años no han pasado en balde tampoco para él. A veces, tal es su carisma, consigue apaciguar el coso, con uno de sus gestos tan conocidos, o algún breve parlamento, que arranca aplausos interminables de los espectadores más nostálgicos, pero las fuerzas le fallan. Cuando empezó a tener problemas de espalda y cadera (a los que no han sido extraños los excesos de su vida de crápula entrañable), y se vio obligado a llevar un bastón casi permanentemente, uno de sus amigos dramaturgos escribió para él algunas comedias de enredo en las que se justificaba su salida a escena con el báculo, porque el protagonista -siempre él, y siempre galán- simulaba una enfermedad, y los tramoyistas tenían órdenes de colocar objetos ad hoc en la escena, en los que pudiera apoyarse mi padre si sentía que le fallaban las piernas; en otra pieza, él se la pasaba andando a pasitos muy cortos para no despertar a su mujer, que dormía en la habitación de al lado, mientras él dialogaba a tumba abierta con una amante esporádica, que le había seguido hasta casa; en una de las últimas, en las que las dos muletas han hecho ominosa presencia, él aparenta acabar de sufrir un accidente de ski, y la primera actriz, una de sus viejas amantes, realiza, en una escena que se ha hecho famosa, un juego pícaro con uno de los bastones, que mi padre sostiene en el aire, mientras se apoya en el otro.

He visto llorar en silencio a algunos de sus más acérrimos seguidores de las primeras filas, que notaban estas triquiñuelas, y algunos irreprimibles gestos de dolor de mi padre; ésta es su infinita tragedia, pues un gran actor como él no necesita compasión, sino reconocimiento y aplausos; no desea otra vida que ésta, y siento, a veces, al verlo apoyar la cabeza contra el telón antes de la función, que teme -y desea- que el espectáculo acabe junto con él.



Ilustración: Elen Usdin


sábado, 28 de septiembre de 2013

LA MUDANZA


Nuestros amigos estaban muy contentos, cuando nos llamaron por teléfono; quedamos a comer un día con ellos mi mujer y yo, y entre plato y plato, nos contaron que tenían las llaves de su nueva casa. A los postres, él, Jose, nos dijo que el banco en el que trabaja le había ofrecido el piso a muy buen precio, como suele hacer con sus empleados; se puso entonces más serio, y dijo que ese piso no provenía de un desahucio, sino del pago de una deuda de la familia que lo poseía, y que se lo había cedido al banco para liquidarla; él nunca aceptaría -afirmó varias veces- un piso de tan desdichado origen.
Muy ufanos al terminar la comida, insistieron en pagar ellos, y nos invitaron, acto seguido, a ver el apartamento; aceptamos encantados, y nos dirigimos a pie al edificio, que estaba cerca del restaurante. Aquél no era muy nuevo, pero sí parecía sólido y bien mantenido, con unos ascensores un tanto renqueantes. Alabaron Jose y María de antemando las vistas que había desde la octava planta donde se encontraba su casa, y mientras giraba la llave en la cerradura, disculparon el desorden del piso, que iba a necesitar muchos arreglos. Ciertamente, el aspecto de la vivienda resultaba un tanto descorazonador, y parecía que hubiera sido abandonado ha poco y precipitadamente, dada la cantidad de objetos que aparecían apilados o desperdigados por el suelo de las diversas estancias. Esta impresión era, empero, traicionada por el estado de la tarima del salón, que estaba arañada y despegada en algunas partes, y por el derribo de algún tabique, que hacía pensar en una abandono más prolongado en el tiempo.
Al tiempo que nuestros amigos comentaban entusiasmados las reformas que harían en cada habitación (para lo que ya habían contratado una cuadrilla de albañiles), yo observaba atentamente lo que quedaba de cada una, y mi mujer les respaldaba animadamente en sus proyectos de reforma, pues le encantan este tipo de cosas. De cierto, la decoración, hacía pensar en una vivienda de los años 70: eran parlantes a este respecto la sufrida tarima del salón, los frisos de las paredes de un corredor que habían sobrevivido heroicamente a las décadas, las puertas con su cristalera esmerilada de tonos indefinidamente amarillentos, y el sofá de escay y el papel pintado de un saloncito, al que no faltaba el cuadro de nebulosos paisajes norteños, cabaña junto al río, y arces en perspectiva, tanto más irreal cuanto que había sido derribado el tabique que lo separaba de una inmensa y destartalada cocina, y que parecía, a escala recuperada, uno de los cuartitos de una casa de muñecas. Con todo, lo más inquietante eran los objetos que aún se hallaban en las habitaciones: libros, discos, DVDs, y revistas de distintos años constituían la prueba insidiosa de que aquella casa había sido vivida con calor y plenitud; era, pues, fácil distinguir aún cuál había sido la habitación de los niños, ya más que adolescentes en el momento de la marcha, y cuál la de los padres; en ella podían verse en el suelo, ausentes de pudor, un par de babuchas de paño tal que revoleadas, y unas gafas cuidadosamente dobladas, cuya montura plateada, y su descomunal grosor, las identificaban como propiedad de una persona no ciertamente joven. Me perturbó particularmente este último objeto, por el aire de orden que proporcionaba a un cuadro de desorden y de aparente huida precipitada.
Nuestros amigos sorteaban hábilmente estos objetos en la descripción de sus sueños de futuro, pero yo estuve varias veces tentado de agacharme a examinarlos, y, si no lo hice, fue por las miradas inquisitivas de mi mujer, siempre atenta a mis silencios. Me intrigaba saber cuál había sido el sentir de esas personas al hacer arqueología de su existencia, y cuáles habían sido los criterios para haber desechado esas pertenencias en concreto. Eran, probablemente, el fondo del cajón, el bolsillo que se vacía volviéndolo del revés; habían quedado de nuevo a la luz, tramposos al par que desafiantes, la última retaguardia, los veteranos que avanzan a primera línea cuando el combate es ya desesperado.
Como tampoco era asunto mío, acabé sumándome a las risas que producía en mi mujer la imitación que hacía Jose del acento gutural del pueblerino que iba a ser el capataz de la obra; ella contraatacó recordando aquella maldición neogitana de que te veas en una obra, que estas obras no son amores, añadí yo. Seguimos con estas chanzas y puyas en el ascensor, hasta despedirnos efusivamente, y María y mi mujer, primero en broma y luego no tanto, quedaron para ir juntas al Ikea a buscar muebles.


Ilustración: Max Ernst

SAMARIA



Nunca creí que ayudar a los demás pudiera traerme tantos problemas a mi y a mi familia. En casa somos mi mujer, mis hijos -un chico y una chica- y yo. Estoy en el paro, y mi mujer limpia casas. Recibimos del Gobierno Autonómico una renta mínima social, y ahora me la cuestionan porque dicen que doy dinero a asociaciones benéficas; me dicen que ese dinero está para subvenir a las necesidades de subsistencia de mi familia; eso me indigna y me saca de quicio, pues las necesidades básicas aquí no son las mismas que en Gabón, digo yo, y mis hijos tienen el mismo derecho a disfrutar de las actividades artísticas o deportivas que sus compañeros del colegio, o yo mismo a su edad. Mi vida no ha sido fácil; nunca me he entendido muy bien con mis hermanos (el genio nos pierde), y a mi padre apenas lo veía, pues estaba casi todo el día fuera trabajando, y cuando estaba en casa se mostraba muy autoritario y mandón; y continúa siéndolo; poca gente puede así decir que su padre sigue riñéndole a los 50 años; es cierto que vivimos en una de las casas que compró en los buenos tiempos, y que nos paga algunas facturas, pero nunca pierde ocasión de recordármelo, y de exigirme que le haga tal o cual mandado, como si fuera su recadero. Le digo entonces que tengo cosas que hacer, que no tengo tiempo, y acabamos a la gresca. Y todo porque no tengo trabajo. Tengo mi carrera, he hecho algunas chapuzas, y he dado algunas clases particulares de alemán, pues estuve de joven un año trabajando de camarero en Alemania, después de acabar mis estudios, para perfeccionar el idioma. Algunos me dicen que nunca hemos cotizado, ni mi mujer ni yo, y que no tendremos pensión; tal cosa, sin embargo, no me preocupa; pienso que Dios proveerá, que cada día tendrá su afán, y que, por ende, nuestros hijos estarán allí para sostener nuestra vejez. La fe me ha ayudado a organizar un poco mi vida, pues debo reconocer que soy muy caótico, y desorganizado, empiezo cosas que nunca termino, y eso me lleva a períodos de melancolía, y de ira contra mi mismo y contra todo. Un psicólogo me aconsejó hace años que para salir de mi estado de depresión recurrente, debería buscar un trabajo, y fundar una familia, de acuerdo con mis creencias. Creo que lo he conseguido, al menos parcialmente. Para mi es primordial la educación de los hijos, que ha sido siempre mi principal preocupación; mi mujer me dice que no debo reñirles tanto, pues me acabarán cogiendo manía. Intento corregir mi mal genio, ofreciéndoles toda la atención que puedo, e intentando que los demás no los malcríen; estudian en un colegio religioso, y he tenido frecuentes discusiones con mi familia, pues se empeñan en hacerles regalos, y comprarles caprichos y cosas caras, que yo nunca les comprarían ni aunque tuviera dinero para ello, y todo para llenarme la casa de tiestos. Gracias a Dios que hemos podido rodearnos de gente buena; les llevo los niños con frecuencia a unas monjitas que viven cerca, y nos dan un montón de comida, tanta, que a veces tengo que tirarla. Un conocido, incluso, de un grupo carismático me encontró un trabajo; se trataba de trabajar como conserje en una residencia privada de lujo para ancianos; tendría mi propio piso gratis en el complejo residencial, y debería vivir allí, ocupándome de su vigilancia y mantenimiento; estuve incluso de prueba en aquel lugar, pero no podía soportar el ver a aquellas viejas estiradas mirándome por encima del hombro, vigilando mis movimientos, y pidiéndome chorradas, así que me fui antes de mandar a alguna un poco lejos. Es cierto que a veces hay gente un poco pesada; una mujer de un grupo de oración parecía que quería tomarme a su cargo, y, como le conté la verdad, que soy muy desorganizado y que no encuentro tiempo para nada, me propuso que yo me ocupara en exclusiva de las faenas de la casa, que apuntara lo que hacía cada hora, y que la llamara. De eso hace un año: ahí está todavía esperando (¿qué se habrá creído?). Aunque, en cierto modo, la entiendo, las faenas del hogar son un incordio, que te atan y te roban un tiempo precioso. Le comenté una vez a mi mujer que podríamos buscar a una persona por horas para que limpiara la casa; se me quedó mirando fijamente, no dijo nada, y ahí quedó la cosa. Pasa lo mismo con lo de pintar el piso, no sé nunca por dónde empezar, no me decido, y acabé llamando a uno de los pintores conocidos de mi padre; se le pagó, y en paz. A veces mi carácter me juega malas pasadas, y nada me motiva, ni la fe, ni los niños, ni las clases particulares, que he dejado, y me quedo hasta muy tarde delante del televisor. En algunas tertulias televisivas dicen que aquí tenemos un régimen fiscal privilegiado, que nos devuelven doblados los impuestos que pagamos, y que eso nos permite contar con unas ayudas sociales y una Sanidad impensables en otras regiones; bueno, y en otras partes tienen sus PER, sus enchufados, y su corrupción, diría yo, y no por eso me meto con ellos. Es más, aquí han venido muchos inmigrantes a beneficiarse de las generosas subvenciones, y los recortes los sufren ahora los que somos de aquí, como yo. Así está mi barrio, que parece la asamblea general de la O.N.U. No me conocen en la Administración, si creen que voy a permitir la injusticia de que me quiten las ayudas para mis hijos; por mi familia estoy dispuesto a lo que sea, con la ayuda de Dios.

sábado, 14 de septiembre de 2013

LOS AUSENTES (II)


-"¿Qué es eso?", preguntó Pepa señalando al negro bulto cuadrúpedo y saltarín que se enredaba entre las piernas de su sobrino delante de su puerta.
-"Es el perro que me pediste".
-"¿negro?", sólo acertó a preguntar la vieja dama, fascinada por la elasticidad de la criatura.
-"Te lo he traído de una protectora de animales, tía; así no te ha costado nada, y ya viene vacunado. La gente que va allí a adoptar no suele querer perros negros, y son los que se quedan más tiempo en riesgo de que los sacrifiquen, me lo ha dicho una amiga mía que trabaja, allí y me ha facilitado la adopción", dijo el sobrino con una media sonrisa. "Vaya, a ver si sientas ya la cabeza", pensó Pepa, quien no dejaba de mirar con cierta aprensión al can que la contemplaba de hito en hito con la lengua afuera.
-"¿Y ladra?".
-"Bueno, imagino que sí...Por cierto se llama..."
-"Lelo, se llama Lelo, igual que tú; anda entra".

Pepa estuvo, pues, unos meses muy entretenida con su inquilino. Le enseñó dónde podía sentarse, dónde no podía dormir, ni hacer sus necesidades, y aprendió a sacarlo a pasear, actividad a la que acabó cogiéndole gusto. Entretanto, descubrió que el perro no ladraba, sino que emitía una especie de ahogados aullidos, eso sí, un tanto espeluznantes. Sea como fuere, a Pepa la llenaba de orgullo el encontrarse en el vestíbulo del edificio con el perro escandaloso de la vecina del bajo, y ver cómo éste retrocedía entre agudos ladridos ante el arrugado hocico tembloroso y amenazante de Lelo. "Maricón, no vales pa ná", pensaba Pepa, mientras franqueaba el portal de la finca. El hecho de sacar de paseo al perro varias veces al día, le había llevado al hábito de contar con cierto detenimiento el amplio número de carteles anaranjados -su tono variaba en función del tiempo que llevaran expuestos a la intemperie-, que anunciaban la venta o alquiler de pisos. No podía entonces evitar pensar en los Pérez. Su pensamiento volvía a ellos cuando en su ocioso deambular pasaban por delante de alguna oficina bancaria, con sus chillones colores azules, rojos, o naranjas; Pepa miraba con cierta absorta atención -algo que nunca le había ocurrido hasta entonces-, los carteles que cubrían ocasionalmente las cristaleras, y que reproducían a gentes sonrientes que parecían tender una mano invitando a entrar. "Desalmados", pensaba Pepa sin entender muy bien por qué.

Un día Pepa oyó unos pasos en el pasillo de la entreplanta, y se pegó a la mirilla de la puerta: un hombre de mediana edad, y aspecto un tanto desastrado, llamaba al timbre de la puerta de los Pérez, mientras echaba miradas aparentemente distraídas a su alrededor.
Pepa no llegó nunca a comprender de dónde sacó el valor para abrir la puerta de golpe, y encarar al extraño.
-"¡Buenos días! ¿qué desea?", le espetó Pepa, mientras Lelo se escurría entre sus piernas, y se allegaba sumisamente al desconocido para olisquearle los pies.
-"Buenos días, señora. Venía a pedir una ayuda, pero aquí parece que no vive nadie...", respondió el hirsuto individuo, quien sonreía con una extraña mueca, y ya tendía una mano amarillenta a la anciana.
-"Se equivoca. Mis vecinos han tenido que ir al hospital a atender a un familiar, pero yo me encargo de cogerles los recados. No, no tengo nada, lo siento. Buenos días". Pepa cerró la puerta detrás de sí, dando a Lelo justo el tiempo de pasar el umbral.
Cuando se fue el extraño, Pepa salió de nuevo al descansillo, y se paró delante de la puerta de los Pérez. Efectivamente, mostraba un aspecto descuidado en sus goznes y en su pomo que delataba el abandono. "Dios sabe cómo estará el interior después de tantos meses". La anciana compró, pues, un producto limpiador para dejar la puerta reluciente como una patena, lo que no dejó de provocar el estupor de la limpiadora del edificio, para íntimo regocijo de Pepa.
Durante los meses posteriores, el piso de los Pérez monopolizó casi por completo los sueños de su vecina. De tal suerte, Pepa soñaba en ocasiones que se encontraba dentro del apartamento con sus avíos de limpieza, pero angustiada por la certeza de que en unos minutos llegaría una pareja a ver el piso, y de que ella era la encargada de mostrárselo; otras veces, se veía a ella misma en el luminoso y acogedor salón de la familia -cuyo hogar nunca por cierto había visitado-, sentada, y viendo la tele, mientras escuchaba en la cocina anexa hablar y reír al matrimonio Pérez; este sueño, empero, acababa alguna vez en sobresalto, si, al abrirse la puerta de la cocina, en lugar de la sonriente sra. Pérez ofreciéndole un café, aparecía el sr. Pérez sólo en calzoncillos mirándola con la expresión de aquel día en la escalera, o surgía un gitano tocando la trompeta detrás de una cabra.
Si Pepa se diera maña para dibujar -pensaba-, podría levantar un plano de la casa de sus vecinos, de tantas veces que la había visitado en sueños. Siempre lamentaba, no obstante, no llevar nunca un regalo para los niños.

La obsequiosa vecina se sentía ya incapaz de contar el tiempo que había pasado desde el desahucio de los Pérez, ¿un año?, ¿dos?. Una mañana que salía de su casa con Lelo, se quedó observando la entreplanta, y sintió que echaba algo en falta. "Claro, ¡qué tonta he sido!", pensó.
Pepa salió de la tienda de los chinos, con una bolsa de plástico combada por el peso de los dos objetos que contenía en su interior. Volvió, pues, sigilosa a su casa, y salió al descansillo muy atenta a los posibles pasos en la escalera o al ruido del ascensor que subiera. Colocó cuidadosamente un felpudo ante la puerta de sus vecinos ausentes, y otro delante de la suya; los había comprado con letras rojas para los Pérez, que son más llamativas, y verdes para ella.

Tras advertirle a Lelo de que allí no podía hacer pipí, leyó las letras incomprensibles del felpudo. "uel-come", repitió para sí misma, y se giró para entrar en su casa, chasqueando la lengua con un gesto de satisfacción.


Ilustración: Paco Gómez

sábado, 7 de septiembre de 2013

LOS AUSENTES (I)


Pepa no vivía tranquila desde el desahucio de sus vecinos de al lado, los Pérez. Todo había sido muy rápido, y sin que ella se diera apenas cuenta. Cierto es que era una familia muy discreta; los dos trabajaban, aunque no conseguía recordar en qué, y tenían dos hijos pequeños. "Por no pagar", le dijeron en el patio de la vivienda cuando preguntó la causa del desahucio. "No pagar, eso no está bien", pensó Pepa. Si no hubiera visto por la mirilla de la puerta, desde donde controlaba todo lo que pasaba en la entreplanta que compartía con los Pérez, un fin de semana el amontonamiento apresurado de cajas de cartón, el ir y venir del sr. Pérez, y un par de hombres, no hubiera notado nada anormal; es verdad que últimamente los hábitos de la familia habían cambiado: no entraban y salían a las mismas horas que antaño, y un breve período de gritos y discusiones, dio paso a un silencio creciente e inquietante; lo único que se mantenía fijo era los movimientos de los niños, que iban y venían del colegio como siempre. Supo entretanto que los Pérez, primero él, y luego ella, habían perdido el trabajo. "Pues al parecer tienen una hipoteca de aúpa", escuchó comentar a un vecino. A ella le caía simpático el sr. Pérez, quien la saludaba siempre con esa cortesía apresurada que a nada compromete y siempre alivia. No obstante, una vez vio Pepa al sr. Pérez parado en mitad de la escalera, ("¿por qué no habrá cogido el ascensor?"), con un pie adelantado, y como si le costara subir; entonces, levantó la vista, y tardó quizás demasiado, un segundo tal vez de más en saludar a Pepa; ésta le devolvió el saludo un tanto azorada, y cogió el ascensor. Luego supo que llevaban dos meses sin pagar la comunidad. "No pagar; eso no está bien", concluyó Pepa.
Un día vio desde la mirilla a un policia, y a un hombre de traje y corbata con una carpeta de pie delante de la puerta de los Pérez, mientras otro tipo, en cuclillas, parecía manipular la cerradura. Pepa le preguntó a su sobrino el gafas, quien la visitaba con cierta frecuencia qué pasaría con el piso de los Pérez. "Probablemente, el banco intentará venderlo, o, en último extremo, subastarlo", respondió el sobrino a su tía solterona, a la que seguía frecuentando, igual que en su adolescencia, mayormente por sus excelentes guisos. "Y los Pérez, ¿podrían volver a comprar su piso?". El sobrino la miró, con cierta triste condescendencia, "tía, los Pérez tienen que seguir pagando el préstamo que les dio el banco para comprar su casa". "¡Eso es absurdo!, ¿cómo van a seguir pagando algo que les han quitado por no pagar?". Entonces, el sobrino irguió el mentón, y puso la voz campanuda: "tía, el gobierno permitió a los bancos hacer una nueva tasación a la baja de los pisos sobrevalorados vendidos durante la burbuja inmobiliaria, y por mucho que les permitieran devolver el piso los Pérez como dación en pago, seguirían debiendo dinero al banco". Pepa asintió aunque no había entendido casi nada de lo que le había dicho el listillo de su sobrino, que a pesar de sus 40 años, seguía pareciendo el niño regordete al que le gustaba pellizcar los cachetes. "El gobierno, -pensó-, ¿cuál?, ¿el de los míos o el otro?". Qué importaba, pues habían permitido que les pasara eso a los Pérez; y el banco, ¿no podía haber esperado a que los Pérez encontraran un trabajo?.
Su sobrino chasqueó la lengua, y negó con la cabeza, antes las reflexiones espontáneas de su testaruda pariente. "Tía, desgraciadamente, el mundo no funciona según tu lógica de perogrullo, todo es mucho más...."
-"¿Sabes cuál es el banco de los Pérez?", le interrumpió Pepa.
-"¿cómo quieres que lo sepa, tía?"
-Espera, dijo Pepa, y trajo al sobrino dos viejas carpetas; "toma, ya te toca echarle un vistazo a mis papeles, que hace tiempo que no me los miras; que se note que has hecho una carrera".
Con un gesto mecánico, el gafas abrió una de las abultadas carpetas, y un reguero de facturas, recibos, y comunicaciones bancarias se desparramó sobre sus rodillas.
-"¿Qué pretendes, tía?"
-"Quiero saber si le debo algo al banco".
El sobrino estalló en una risa floja, que su tía acogió impertérrita. "No, si tu madre va a tener razón cuando decía que eras tonto" -pensó Pepa.
-"De acuerdo, tía -dijo ahogándose de risa-, le pararemos los pies a ésos del banco; no te preocupes".

Desde entonces, Pepa redobló la vigilancia de la entreplanta; pues, los meses iban transcurriendo, y los nuevos vecinos no llegaban. Ella, que se pasaba las tardes viendo el "Sálvame", quitaba el volumen del televisor, cuando creía oír algún ruido, y se asomaba a la mirilla, sobresaltada, después de que vio en la tele un reportaje sobre una gente rara llamada "okupas", que se metía en las casas embargadas; también vio en la tele las manifestaciones y las sentadas que se hacían para parar desahucios. "Los Pérez no hubieran dado ese espectáculo, eran gente muy discreta", pensó Pepa con desagrado.
Su susto fue mayúsculo cuando supo que había gente que iba por los bloques buscando expresamente pisos embargados, para vender a otros "la patada en la puerta". "Algo hay que hacer", pensó Pepa, y preguntó en la vecindad qué había sido de los Pérez; le llegaron noticias confusas de que la mujer estaba con los niños en casa de sus padres, y de que el marido no estaba ya con ellos.

-"Quiero que me traigas un perro", le dijo un día a su rollizo sobrino.
-"¿Qué dices, tía?, un perro... ¿para qué?, si a ti nunca te han gustado los animales..."
-"Me siento muy sola, y el perro dicen que hace mucha compañía".
-"Pero tía, un perro hay que cuidarlo, vacunarlo, sacarlo a pasear...". Yo podría venir más a menudo, pensó, pero frunció los labios en el acto.
-"Tú no te preocupes por eso, y haz lo que te pide tu tía Pepa; por cierto, quiero que no sea muy alto, para tenerlo en el piso, pero que ladre fuerte como los grandes; ¡ah!, y no te vayas por las ramas con el precio...", el sobrino asintió, ya acostumbrado a las rarezas de la solterona.
Pepa ya no sería así menos que la vecina del bajo, que paseaba su insufrible Yorkshire como si fuera un mastín; pequeño, sí pero que ladraba con un falsete agudo desesperado e inextinguible a cualquiera que osara franquear la puerta de la finca.

Atenta, por ende, a las recurrentes recomendaciones que se daban en la tele, para protegerse de los ladrones durante la ausencia vacacional, comenzó Pepa a revisar el buzón de los Pérez, y a sacar con la mano como mejor podía las cartas y folletos que ya rebosaban, y que serían indicio para los "okupas", y sus rastreadores de que la vivienda estaba vacía.


Ilustración: Josef Sudek