MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 23 de noviembre de 2013

ACTUALIDAD DE MANUEL CHAVES NOGALES


Señala Andrés Trapiello en su prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí (libro que corresponde a un género híbrido como él mismo indica, presuntas memorias verídicas, conmovedoras y magníficas en todo caso, de una bailarín flamenco que quedó atrapado en Rusia durante la Revolución y la subsiguiente Guerra Civil, -prefiguración de la nuestra- alucinado testigo de las atrocidades de unos y otros -el furor asesino chequista, y la barbarie antisemita de los blancos-, y de la espantosa hambruna del pueblo bajo el paso rapiñador de ambos bandos, y de la burocracia soviética corrupta e inoperante) que Chaves Nogales "es un escritor relativamente nuevo en nuestra literatura [...] uno más de los escritores que quedaron sepultados por la guerra y el exilio". Fue, ciertamente, el propio Trapiello quien en Las armas y las letras (1994) dio a conocer el A sangre y fuego (1937) de Chaves, y llamó la atención sobre su prólogo: "Ese prólogo es, en mi opinión, -afirma Trapiello, a su vez, en su introducción a El maestro Juan Martínez...- de lo más importante que se escribió de la guerra durante la guerra [...] El mérito de Chaves fue decir lo que dijo cuando lo dijo [...] Su autor que se declaraba en ellas [sus palabras] un demócrata y un republicano convencido, permaneció en Madrid, al lado de la República, hasta el momento en que vio que ni las autoridades republicanas permanecían en sus puestos [...] ni en España se luchaba por la democracia, la primera víctima de aquella guerra a manos de ideologías comunistas y fascistas [...] Muchos lectores asombrados hubieron de llegar a la conclusión [...] de que justamente había sido la clarividencia de Chaves la que le había condenado al ostracismo. De nuevo los más beligerantes de uno y otro bando se ponían de acuerdo en quitar de en medio a los pocos que les acusaban de haber cometido crímenes atroces" (pp. XV-XVI).
Bajo la partitocracia actual, y su juego de máscaras socialdemócrata, la situación subsiste; en verdad, frente a las veleidades maniqueas de la llamada Memoria Histórica de unos, y los neofranquistas afanes revisionistas de otros, Chaves supone una luz de racionalidad incompatible. Un ejemplo reciente resulta de lo más clarificador al respecto: Hace unos días, en el parlamento catalán, el consejero de hacienda, en respuesta a un diputado que había citado a Chaves Nogales, vino a responder que no sabía quién era ese periodista, pero que le sonaba de derechas. Curiosa afirmación, en primer lugar, en el representante de un partido pequeño burgués nacionalista, y, por tanto, de derechas; en el nacionalismo, que surge históricamente de la pequeña burguesía, está, por otra parte, el germen del fascismo (a lo que no me parece extraño el continuo y sintomático sucederse de noticias inquietantes protagonizadas por la policía autonómica). En segundo lugar, delata la ignorancia y mediocridad crónica de los políticos de nuestra partitocracia, hija del franquismo, pero que tiene que renegar constantemente de sí misma aventando el espantajo de la "derecha", aunque ella sea su más prístina esencia, por haberse constituido en una falsa democracia, sin auténtica representatividad de los ciudadanos, sin separación de poderes, con unos partidos políticos que no nacen de la sociedad civil ni la representan, sino que son parte del Estado, y que velan férreamente por sus intereses en cuanto casta privilegiada político-sindical, y por los de la élite oligopólico-financiera que es su aliada, mentora y sostén, a costa de esquilmar y empobrecer a los ciudadanos.
Siguen siendo, pues, malos tiempos para Chaves, y para la libertad política colectiva (no las migajas de libertades públicas que ha concedido graciosamente el régimen, y que, como no han estado basadas en una libertad constituyente previa, puede quitárnoslas cuando se le antoje, como puede deducirse de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que prepara el Gobierno), lo que no deja de engrandecer la figura del escritor sevillano ante los verdaderos demócratas.





sábado, 16 de noviembre de 2013

LUNA TARDÍA



La luna sobre la mañana nublosa no quiere marcharse;

un jirón de nube comienza ya a ocultarla;

sale de nuevo, ¿cuánto tiempo permanecerá

hasta que el sol poderoso la diluya lo mismo

que un pergamino en el fuego apremiante del mediodía?



sábado, 9 de noviembre de 2013

EL GURÚ (II)



Al principio, se manejaban por sí mismos llamando a los teléfonos de las revistas ad hoc, y de los carteles de "se vende". Aquello tenía mucho de salir por la tarde con la novia, viendo un par de pisos por llenar el rato, que era como inmiscuirse un tanto en vidas ajenas, visitas de cortesía a desconocidos que solían terminar indefectiblemente con un "ya llamaremos"; a Luis le gustaba atrapar juguetón a Livia cuando bajaban por la escalera o, en los menos casos, por el ascensor, abrazarla, y besarla mientras comentaba algún detalle divertido o excéntrico del piso que acababan de visitar o de sus moradores.
Más adelante, y dado que no salían de un círculo vicioso, recurrió Livia a las agencias inmobiliarias. A Luis le mareaban esos escaparates llenos de fotos de viviendas, y de precios en euros, sirtes de un hipotecado porvenir; 130.000, 150.000, 220.000 € eran cantidades evanescentes y precarias frente a su contundente traducción en pesetas, que a Luis todavía le daba pereza hacer mentalmente. A Livia, en cambio, tales muestrarios le encandilaban más que los de las tiendas de moda, y se hizo una experta en deducir el carácter del inmueble en función de lo que se mostraba y decía, pero también, y sobre todo, por lo que no se explicitaba.
Esta segunda etapa estuvo marcada por las visitas guiadas de los agentes inmobiliarios a toda clase de hogares, pisos vacíos, en plena mudanza, o virtuales, esto es, sobre plano, que también se vendían. En Luis bullía cierta aprensión cuando visitaban casas con sus habitantes aún dentro; en los gestos, y las amables miradas esquivas percibía incongruencias y secretos que le hacían sentirse miserable por entrometerse en la intimidad de personas, que, por gusto o por necesidad, exhibían su privacidad cotidiana a una reata de extraños como si de una instalación artística postmoderna se tratase. Así, en una casa habitada por un padre ya anciano y su hija, que deseaban mudarse a otra ciudad para estar más cerca del resto de su familia, Luis se sintió acongojado por el aroma inaprensible de una vetusta y vivida biblioteca, signo conmovedor de una vida familiar aposentada, frente a los indicios de profundo desorden que emanaban de los platos sucios y unas manchas de huevo seco en la sufrida encimera de la decente cocina, al par que de la mirada obsesiva y torva de la huesuda hija, triste Erinia medicada. En otras ocasiones, las visitas giraban a lo cómico, como en aquella casa de precio desorbitado donde el dueño, un viejete desastrado, iba detrás de ellos pulsando mal disimuladamente un aerosol ambientador, mientras contemplaban atónitos una cocina donde la costra formaba capas geológicas, y el agente, que parece siempre describir otro piso distinto al que se está visitando, repitiendo como un mantra sus presuntas ventajas y su carácter de bicoca, les proponía al mismo tiempo, con su cara ancha de tipo con el que te cruzas en una boca de metro, que le alquilaran una habitación a su novia estudiante.
La vida, no obstante, seguía entreverando a Luis y Livia. A pesar de lo incordiante que estaba empezando a resultarle a Luis la pasión inmobiliaria de Livia, éste la amaba sin remisión, como si toda su vida anterior quedara justificada y subsumida en esa relación. Una mañana, tras dejar a la niña Lidia en la guardería, y cuando los dos se despedían, Livia le cogió a Luis la cara con las manos; sus ojos brillaban como chispas. "Es muy fácil quererte, ¿sabes?".
Livia hizo buenas migas con una agente, Pili, que les acompañaba en los últimos tiempos. "Pili nos lleva esta tarde a ver un piso en una antigua finca reformada en el centro", ella no oyó, o no quiso oír el suspiro de resignación de Luis. Pili era muy dicharachera, con un savoir faire propio de las chicas de barrio que no le hacen ascos a nada, pero que sabía de contención y de etiqueta cuando de dinero se trataba. No dejaba de hablar ésta, ensalzando la hermosa claraboya del edificio, mientras subían las escaleras de mármol hasta el tercer piso, intentando quizás hacerles olvidar la falta de ascensor. La finca, como muchas viejas de la ciudad, tenía una forma ligeramente hexagonal en sus plantas, divididas en dos pisos simétricos que daban al patio interior mediante un corredor acristalado. En el piso que visitaron esa disposición no aliviaba de cierto carácter opresivo que percibió Luis casi desde que entraron. Era inmaculadamente blanco, con grandes habitaciones completamente desnudas que le hicieron a Luis recordar la película 2001 de Kubrick; aquél se explicó enseguida su sensación de opresión, y la evocación metafórica de una nave espacial claustrofóbica: la vivienda carecía de huecos a la calle. Luis se quedó rezagado un momento observando la curiosa forma ovoide del salón, mientras Pili y Livia no hacían más que hablar y abrir y cerrar puertas; "ésta todo nuevo; el piso está para entrar", oyó decir a Pili, al momento que una imagen cruzó su mente en una milésima de segundo: vio el salón lleno de figuras envueltas en túnicas y sentadas en la posición de flor de loto en torno a un centro que humeaba incienso, y a cuyos flancos otras figuras accionaban instrumentos de formas extravagantes. Luis se giró sobresaltado a una esquina donde había algo que le había pasado aparentemente desapercibido: un cartel que representaba a un tipo de rasgos muy peculiares: una nariz amplia y chata bajo un marcado arco superciliar, que actuaba como dintel de una frente estrecha enmarcada por una espectacularmente voluminosa cabellera afro, que no conseguía, empero, distraer la fascinación que ejercía la intensa mirada de unos negrísimos ojos, a los que el color azafranado de la túnica que vestía el personaje parecía convenirle perfectamente. Luis quiso hablar con Livia; éste había reconocido al personaje como un gurú hindú de ésos que van a visitar algunas estrellas del cine que firman luego libros de autoayuda. Encontraron luego un retrato en pequeñito del mismo santón en una hornacina de la cocina, que contaba con las correspondientes acometidas, pero que nunca había sido utilizada como tal.
A Luis se le antojaba que la falta de ventilación de la falsa vivienda -para él alguna especie de templo abandonado al parecer-, dada la falta de ventanas y el escasísimo aire fresco que podía venir de un patio cerrado con claraboya, servía a las maravillas para crear estados de trance, ayudados por el inevitable sahumerio y la música exótica. No se sorprendió, pues, Luis cuando, al abrir un armario, encontró unas botas de puntas muy agudas y levantadas, y rematadas en su caña con borlas de piel, que le habrían ido que ni pintadas -pensó Luis- al sherpa Tensing. Luis preguntó a Pili por los dueños, y por qué vendían un piso evidentemente sin estrenar; ésta fue más bien evasiva en sus respuestas, sin dejar de sonreír.

Bajaron las escaleras de vuelta. Luis sentía más que nunca la necesidad de abrazar a Livia. Ésta se había adelantado con Pili, y ya se encontraban en la calle. Volvió apresurada a darle el encuentro. "¡Vaya sitio!¿verdad? ponía los pelos de punta. Le he dicho dos palabritas a Pili; que no cuente con que van a tomarnos el pelo. Pero no te preocupes, cariño, -dijo Livia esgrimiendo un papelito y su irresistible sonrisa-, tengo otro piso para visitar mañana".



Ilustración: Anne Provost





viernes, 1 de noviembre de 2013

EL GURÚ (I)



Luis estaba enamorado. Conocer a Livia había cambiado su vida. Siempre tan enrevesado e irresoluto, había acabado buscado el amor en sus viajes al extranjero; las vicisitudes, empero, de la distancia habían dado al traste con todas sus tentativas políglotas. Gracias al tesón y a la fortuna, había conseguido finalmente trabajo en su ciudad natal, y allí conoció a Livia una tarde a través de un chat. Su primer encuentro a ciegas tuvo algo de expectante serenidad. Luis sintió un estremecimiento al verla surgir de detrás de una de las estanterías del centro comercial donde se habían dado cita, aun antes de que ella se presentara con una media sonrisa divertida e irónica. Dijo que iba a aprovechar el encuentro para comprar algo que venía buscando. "Por supuesto", balbuceó Luis, quien en ese momento hubiera visto como lo más normal del mundo salir de allí cargando las bolsas de su nueva amiga. La dependienta, intuitiva, debió de percibir ese mar de leva que ondulaba en las sonrisas y las miradas esquivas de ambos, pues les trató con la discreta complicidad que se puede presumiblemente mostrar a una pareja de enamorados que hacen juntos sus compras.
Desde aquel día Luis no dejó de chatear con ella, ni de verla, cuando los emoticonos naufragaban en la obviedad de los sobreentendidos pícaros. Se había rendido a su largo pelo negro ondulado, a su tez olivácea, y a la frágil entereza que emanaba de la mediana profundidad doliente de sus ojos negros, a los que hacía brillar alborozados el medio arco de su sonrisa discretamente pintada. Su primer beso, por cierto, estuvo precedido incluso de ciertos signos que Luis no quiso interpretar como ominosos: se hallaban en un pub, y en un momento dado entraron como en tromba una de esas "ex" de famosos que salen en la tele, escoltada de algunos reconocibles cotillas televisivos que se agracian con el nombre de periodistas, y de los que no podría temer nunca un acoso sexual. Livia y Luis comentaron divertidos el suceso, mientras sus bocas se acercaban; Luis no pudo, ni supo, ni quiso terminar lo que estaba diciendo, cuando sus labios se fundieron en un beso apasionado, tanto más prolongado cuanto parecía que se le iba la vida en ello, con los de Livia. Salieron de aquel antro de moda con el corazón encogido como colegiales, y ya nunca pudieron separarse. Luis iba a visitarla todos los días a su apartamento alquilado; y al poco tiempo, ya se quedaba a dormir allí; por la mañana desayunaban juntos, y Luis acompañaba a Livia a llevar a Lidia a la guardería, antes de separse para ir a sus respectivos trabajos. "Por cierto, tengo una hija", le había dicho Livia a Luis en su segunda cita, inclinando un poco el busto hacia delante sobre la mesa de la cafetería, y sin dejar de sonreír. "Bien", balbuceó Luis, quien escuchó aquella frase igual que si Livia le hubiera dicho que iba el día siguiente a la peluquería, tan absorto estaba en aquel rostro, y aquel cuerpo del que surgían palabras y gestos que eran como una música en cierto modo necesaria; Luis, empero, parpadeó, y, en un fracción de segundo, la mesa nacarada de aquel local se le antojó un tablero de ajedrez sobre el que se estuviera jugando una partida crucial. "¿Cuántos años tiene?", acertó a preguntar Luis, como aliviado. "Cuatro -respondió Livia divertida- y se llama Lidia". Ella entonces no le ahorró detalles: 32 años, divorciada hace tres, su matrimonio había sido un desastre, consecuencia de un error. "¿Y el padre?", preguntó Luis, intentando que su voz sonara lo más natural posible. "Oh, se fue a trabajar muy lejos de aquí -respondió Livia, quien agitó una mano, como si borrara algo en el aire-, y no quiere saber nada de la niña. No le he pedido que cumpla el convenio, pues prefiero tener a mi hija lejos de un tipo así". Livia de seguido lo miró de hito en hito, y Luis frunció las cejas y apretó los labios, en signo de aprobación.
No hacía mucho que Luis había vuelto a la ciudad, y no tenía donde vivir, aparte de la casa de sus padres, en la que no quería demorarse mucho tiempo. Tampoco le gustaba la idea de apalancarse en casa de Livia, aunque allí se sentía a sus anchas, pues ella era un mujer muy organizada y detallista, tenía la casa muy bonita, y él incluso le estaba cogiendo cariño a la pequeña, una especie de Livia a escala. Le dijo, pues, a su novia que estaba buscando un apartamento. Contra lo que Luis pudiera temerse, ella le apoyó entusiásticamente, y se ofreció a acompañarle en las visitas a pisos, pues "dan mucho gato por liebre", dijo Livia. Dado que él tenía puesto fijo -añadió-, podía permitirse buscar un piso para comprar, pues alquilar era tirar el dinero, y tal como estaba el mercado, podía revender el piso en poco tiempo si no le iba bien, incluso ganando dinero, pues había mucha demanda y oferta. A Luis se le soltaba algo en el pecho, cuando la escuchaba hablar así, con su aire de entendida, mostrado sus blanquísimos y menudos dientes, y enarcando ligeramente las cejas. Ella, gracias a Dios, también estaba fija, tenía también dinero ahorrado, y había acariciado la idea de comprar un piso.
Luis amaba tiernamente a Livia, con una intensidad que le resultaba, a veces, hasta embarazosa. Disfrutaba particularmente en la madrugada, cuando ella, dormida, buscaba de tanto en tanto su abrazo, y él la contemplaba en su enigmática indefensión y pacífico abandono, libre de las máscaras diurnas; él la estrechaba dulcemente contra su pecho, y, en ocasiones, una lágrima rodaba por su mejilla, dueño de un secreto de dicha imposible de compartir.

Luis no habría sido capaz de decir en qué momento dejaron de buscar piso para él, para pasar a buscarlo para ambos; lo cierto es que vivían una vorágine de visitas, y entrevistas, pateándose agencias inmobiliarias, y pendientes todo el día de teléfonos y carteles de venta. Luis sonreía, y aceptaba divertido dejarse llevar por el ímpetu de Livia, que parecía haber tomado las riendas de la cuestión.