MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 14 de agosto de 2010

EL FANTASMA DE LAS VACACIONES PASADAS

Ayer, por mis pecados, me visitó el fantasma de las vacaciones pasadas. Me despertó el calor por la noche, y me fui al salón, y hete aquí que en medio de él había alguien esperándome. Me dijo que no me asustara, y que era el espíritu de las vacaciones pasadas. Se presentaba bajo el aspecto de un joven agente de viajes que conozco, y con el que he concertado varias vacaciones, un chico muy dinámico y competente, con una mancha en una mejilla, que se me antoja los contornos de un destino aún desconocido. El hecho de que viniera arrastrando mi vieja maleta Sansonite, cubierta con las identificaciones de diversos aeropuertos (Paris-Orly, Paris-Charles de Gaulle, Rennes, Brest, Varsovia, Katowice, Cracovia, Roma...) me conmovió y tranquilizó bastante. ¡Qué de recuerdo me traía mi dura y correosa maleta de dos ruedas!¡Cuántos trabajos de amor perdidos juntos!¡Por el empedrado traqueteante de cuántas calles de ciudades crepusculares te he arrastrado, mi querida maleta, con el corazón encogido de amor, y ese sentimiento de soledad casi épica que da la fría obstinación de estar allí, a pesar de la brevedad e inutilidad de tu paso como viajero!¡Por cuántas escaleras de rincones inhóspitos de metros fugaces te he cargado a pulso!, como nueva piedra de Sísifo, y no obstante, orgullosamente inseparable de mí, pues me ayudabas a conservar el sentido de la realidad en momentos de zozobra...
Pero el fantasma cortó mi efusión lírica, diciéndome que no recorreríamos ninguno de los lugares que había visitado antaño gracias al avión, ya que, debido a los recientísimos problemas con los controladores aéreos, no podía asegurarme que estuviéramos de vuelta antes de rayar el día; así que tendríamos que limitarnos a las vacaciones de agosto del año pasado, hechas en crucero.
Le dije que a mí nunca me había atraído la idea de hacer un crucero, y que si lo había hecho era por darle gusto a mi compañera, L., que tuvo ese antojo, dije mirándole la mancha de la mejilla. El fantasma me dijo que le diera la mano, y en un abrir y cerrar de ojos, me encontré con él en el interior del barco.

Le comenté que veía borrosas las imágenes a mi alrededor. Me contestó que eso era normal en la visita del primer fantasma, pero que en la de los siguientes vería con mayor claridad. ¿Cómo -le pregunté-, habrá más fantasmas? No me contestó, y me hizo recorrer con él los pasillos de algunas cubiertas, misteriosamente vacíos, pues siempre bullían con la actividad del servicio, sudamericano en su mayoría, que resultaba extremadamente amable. Ciertamente, lo que recordaba el crucero en su interior era a un hotel de lujo flotante masificado.

Estaba lleno de los más diversos espacios: tiendas, restaurantes, cafeterías, discotecas, gimnasios, barras que montaban y desmontaban con habilidad y pulcritud, y ascensores transparentes.

Había incluso un casino, y pequeñas orquestas que amenizaban en las cafeterías a los turistas. Todo parecía organizado al milímetro, como en una especie de horror taedii, horror al aburrimiento. Existía un circuito cerrado de televisión, en el que la jefa de los animadores del barco, una señora argentina de edad indefinible, anunciaba las numerosas actividades de todo tipo que se hacían a diario en el barco. El punto de encuentro para los grandes eventos era el teatro,

un escenario en el que esperabas aparecer en cualquier momento a Lina Morgan, o a Lusón y Codeso, y que era la encarnación más clara de lo que se me antojaba como el ambiente de sala de fiestas de los setenta que presidía todo el barco; como si éste fuera el marco de "consenso" que pudiera contentar a las diversas generaciones presentes en el buque, desde los más mayores hasta los niños (que viajaban gratis). Sea como fuere, nadie parecía aburrirse, y el equipo de animadores que trabaja por la noche en el teatro (que sólo visité una velada), era el mismo que estaba a primera hora de la mañana organizando los grupos que iban a desembarcar para realizar las excursiones concertadas. Le dije al fantasma que no hicimos varias de las excursiones, pues L. temía el efecto que pudiera tener el calor sobre su baja tensión, pero que, a pesar de todo, estaba encantada con el viaje. A mí me cautivó esa luz cegadora del mediterráneo que lo empapaba e igualaba todo,

y me parecía distinta de la irisación proteica de la de nuestro Atlántico.
Había una piscina en el barco y yacuzi (siempre lleno de niños), e, incluso, estaba anunciada la existencia de una biblioteca, que frecuentaba cuando L. se echaba una siestecita en el camarote. Se trataba en realidad de un pequeño mueble acristalado rodeado de sofás, del que sacaba L'élégance du hérisson de Muriel Barbery. Casi siempre estaba solo, aunque alguna vez, en un sofá vecino, me encontré con algún pasajero dormitando, víctima del alcohol del Todo Incluido. Para concluir, le conté al fantasma que lo que más me gustó del viaje fue el recorrer las cubiertas en alta mar, y contemplar su impresionante aspecto desolado, y observar desde la proa el cielo en la profundidad de la noche, cuajado de estrellas y constelaciones que no había visto jamás.
El fantasma me respondió que mis observaciones no eran como para ponerlas en las recomendaciones de una promoción turística, pero que se alegraba de que hubiéramos estado contentos, y no nos hubiéramos "aburrido". Y antes de que pudiera yo añadir nada más, se desvaneció en el aire, no sin antes anunciarme, para la semana siguiente, la visita de

EL FANTASMA DE LAS VACACIONES PRESENTES

4 comentarios:

Aurora Pimentel dijo...

Jm, me ha encantado este relato y espero el de las vacaciones presentes y futuras. ¿Mr Scrooge saldrá? El mundo parece a veces estar lleno de ellos, gente que todo le parece mal y hasta le molesta que los demás se diviertan.

Lo de que te organicen da un poco de pereza ... pero ¿y eso de no tener que acarrear maletas y que te lleven y traigan? Uf, voy a tener que probar lo del crucero, todo el mundo que yo conozco que ha ido vuelve encantado de la experiencia.

Felisa Moreno dijo...

Vaya, qué crónica más exquisita de un viaje. He disfrutado mucho leyéndola, quizás me anima a hacer un crucero, aunque sólo sea por ver las estrellas en alta mar. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Muchas gracias, Aurora. Me parece que lo más parecido que va a haber en las historias al personaje dickensiano voy a ser yo, aunque en un sentido particular...
Si nunca se ha hecho lo del crucero resulta una experiencia singular.
Un fuerte abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Muchas gracias, Felisa. Veo que sabes elegir bien el lugar de tus vacaciones.
Un abrazo.