MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 9 de junio de 2012

DE ENCUENTROS, REVELACIONES Y SORTILEGIOS


Hace unos días caminaba por el parque Genovés y se me acercó un chico envuelto en la luz crepuscular llamándome imperiosamente, "profesor, profesor". Como tal nombre suele ponerme inmediatamente en guardia, me paré hasta que reconocí al mozalbete que se me acercaba: era un alumno que tuve hace dos cursos en mi último año en mi antiguo instituto. Empezó a hablarme, y recordé su nombre, algo que suele poner muy contentos a los chicos, aunque, al menos en mi caso, es un misterio de la memoria, que a veces fulgura, y en otros casos es incapaz de sacudirse la losa del olvido previsible. Había crecido el muchacho, y lo reconocí por sus gafas; en la época era el típico pequeñajo gafotas y cascarrabias, de voz  casi gangosa, como aún no formada. Le pregunté cómo le iba, y lo animé a seguir trabajando. Extraños los lazos que se establecen bajo esa etiqueta de "profesor", de agradecible anonimato generalizador. Alivió mi melancólica caminata vespertina, y me hizo pensar en este cercano fin de curso. Ha sido un año duro, y lleno de retos profesionales para mí, de los que he salido bastante satisfecho, a pesar de la ansiedad que me ha producido. Visité días después ese centro para apuntarme al homenaje que se va a hacer a una ex compañera, y no sentí nada al recorrer esos pasillos, que no pisaba hacía tanto. El factor humano es, a final, la piedra de clave de todo.

Nunca había asistido a un matrimonio civil, y me sorprendió el discurso medio legalista, medio sentimental del munícipe encargado de oficiarlo, pues hablaba de que el matrimonio concluye con su extinción, y que, al tiempo, debe ser para siempre. Ninguna mención, pues, a la muerte, y, ni siquiera, al divorcio. La escena me hizo pensar en el mito de Filemón y Baucis que he leído estos días en el libro VIII de las Metamorfosis de Ovidio ( curiosamente, el programa Le jardin des dieux de Francemusique dedicó su emisión del pasado domingo a las plasmaciones musicales del mito). Esta pareja de ancianos que había hospedado generosamente a Zeus, viajero de incógnito, a pesar de su pobreza, fue recompensada por el soberano de los dioses con la concesión de un deseo: éste fue el que ninguno de los dos llegara a ver la tumba del otro, lo que les concedió el dios convirtiéndolos en dos árboles vecinos cuando llegó la hora fatal de uno de ellos. El arte ofrece una salida estática encarnada en lo vegetal a ese afán humano, donde el Legislador produce eufemismos y obviedades. ¿Será, acaso, el enfoque de la religión el más realista, o, al menos, el más ajustado a las esperanzas humanas? 



La satisfacción de los deseos ocultos puede conducir al desasosiego, a la paradójica insatisfacción vital, y al ansia sin objeto que puede terminar en rencor; algo de eso es lo que se percibe en la obra de Michel de Ghelderode, polifacético escritor belga, cuyo tomo de relatos Sortilèges (1941) leí hace poco. Ghelderode es uno de esos artistas que recrea un mundo propio que tiene su raíz en la infancia (el catolicismo sombrío que se le transmitió en la escuela, que le llevó a perder la fe pero no a dejar de creer en el Mal, las leyendas flamencas contadas por su madre, y la pasión por la historia contagiada por su padre archivero, así como su propia pasión por el teatro de marionetas), pero que se va oscureciendo, y degradando hasta caer en un callejón sin salida, a veces reproducido de un modo magistral como en el relato Le jardin malade ("El jardín enfermo"), o Tu fus pendu ("A ti te ahorcaron"), pero que, a la postre, como trasluce el último cuento, L'odeur du sapin ("El olor a muerte"), deriva en su caso en una obsesión sexual perversa y misógina. Esta evolución se me antoja que, con los años, acabó reflejándose en el propio rostro del autor, imagen de la amargura, y la vejez prematura.

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