MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

martes, 8 de noviembre de 2011

NOSTALGIA RUSA

Debe de llegar un momento en la vida de cualquier artista en el que éste se ve preso de sus propios recursos creativos, entrando en un círculo cerrado, del que saldrá en alguna ocasión, aunque quizás no totalmente. Esta reflexión me ha venido con ocasión de ver la película Nostalgia de Andrei Tarkovski. En esa Italia que sirve de marco al filme, no puedo más que reconocer una prolongación del mundo acuático de ruinas musgosas de su anterior producción Stalker. Esa Zona parece haberse extendido a la tierra mediterránea, llenándola de niebla, algas que se agitan suavemente en la corriente (reminiscencia también de Solaris), y de edificios en ruinas en cuyo interior llueve, como en las dos películas mencionadas. Es esa sensación de incomodidad y abandono, de profundo desarraigo, que Manuel Cháves Nogales atribuía a todo lo ruso, y que es una seña de identidad del arte de Tarkovski. El toque italiano está en la presencia de ruinas como la del monasterio de San Galgano, o en las escenas rodadas en la plaza de Campidoglio en Roma, aunque incluso en éstas predomina ese color verde degradado en ocasiones hasta el sepia, tan querido al autor de Stalker. Su artificiosidad me resulta evidente en la presencia de unos figurantes inmóviles, que acentúan el hieratismo de la secuencia, sólo roto por los ladridos de un perro, que, al igual que en Stalker, transita por toda la película como una plasmación, aparentemente paradójica, de lo humano. Al parecer, Tarkovski hubiera querido contar para el papel del poeta ruso desarraigado con el actor protagonista de su Stalker, pero problemas con la administración soviética se lo impidieron. Ese poeta es un claro trasunto del director ruso. Es, ciertamente, una película demasiado personal; no es que Stalker no lo sea, pero pienso que el carácter hipnotizante y programático de ésta radica en el intento, más bien logrado, de universalizar las propias inquietudes y desgarramientos, encarnándolas en personajes arquetípicos como el Escritor y el Científico, que carecen de nombre propio, al contrario que el escritor protagonista de Nostalgia (en esta película se recitan, al igual que en Stalker, versos de Arseni Tarkovski, padre del cineasta; pero mientras que en aquélla se hacían de forma anónima, en ésta se hace la cita expresa de la autoría), que se llama también Andrei. Incluso los largos planos-secuencia y los travellings se hacen más explicitos y predecibles en esta obra, y la música de Artemiev que flotaba como un mantra en Stalker, es sustituida por el ocasional ruido de una sierra, como si Tarkovski, demasiado centrado en sí mismo y su reflexión sobre el exilio que iba a iniciar, hubiera querido reducir los elementos expresivos al mínimo. Nostalgia es una película de transición, y de ella se retomarán algunos aspectos en su siguiente y última producción, Sacrificio, como la necesidad de cumplir una misión, por más que aparentemente absurda e inane, y el deseo de purificación -con la obsesión por el fuego- en la negación y olvido de uno mismo.


Imagen: polaroid tomada por A. Tarkovski.


Sobre el cineasta soviético, véase últimamente Carlos Tejeda, Andrei Tarkovski, Cátedra, 2010.

2 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

No es la primera vez que hablas de Tarkovski, con entusiasmo, y siempre que te leo me digo que tengo que ver estas películas, porque sospecho que me gustarán. No sé si en algún momento, ya hace años, vi alguna de ellas en televisión, en La 2.
Saludos.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Hay que reconocer que es un cine difícil, pero a mí me resulta cautivador. Espero que te guste.
Saludos.