MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

viernes, 4 de noviembre de 2011

HOJAS DE LA SIBILA (IV)


El otoño ha sentado definitivamente plaza con los ropajes de un Eolo arisco y atravesado. He podido ver hace un rato como desmontaban el chiringuito que estaba frente a mi trabajo. Es un verdadero signo del fin del verano y del bue tiempo, ese apresurarse de los operarios, entre las fuertes rachas de viento, por desmantelar esas falsas casas de Mercurio, que me mostraban sin pudor sus entrañas. La playa quedará aún más solitaria, más dejada a sí misma, y al temporal que la azota, reduciéndola a una franja problemática, objeto de disputa entre sentimientos encontrados, arrasados por un tiempo arbitrario y caprichoso.


Si las rutinas y el trabajo no fueran también una protección contra lo desconocido y uno mismo, ¿quién podría llegar a ser amo de su propia ociosidad? El trabajo proporciona los medios de subsistencia, pero éste es un dato que escasea en las biografías. El dinero, siempre al fondo, la realidad que nos conforma. Los tratos con el dinero son tratos con la mierda, decía indignado Agustín García Calvo; Blaise Cendrars, por otra parte, afirmaba que ése era un factor que se escamoteaba en las novelas modernas, y que por eso quedaban pasadas de moda. Lo principal que se presenta como accesorio, o se niega directamente, porque la literatura ha fallado habitualmente en encontrarle su lugar ya desde Homero. Estoy leyendo ahora la muy meritoria antología de Leopoldo Panero realizada por José Cereijo, Memoria del corazón, (ed. Renacimiento) e intento imaginar de qué vivían él y su -digamos- extraña familia. Su mujer y sus hijos lo describen, en las dos películas rodadas sobre ellos, como una persona seca y reservada. En verdad, su poesía, volcada en la descripción de la naturaleza y la búsqueda de Dios, parece tener, en ocasiones, aspiración de paraíso cerrado (son recurrentes en sus poemas los términos "lueñe", "lontananza", "virgen", "virginal", "azul", que siento como cercas que refuerzan su férrea búsqueda de perfección formal, aun a costa de cierta convencionalidad). Su inspiración se muestra más espontánea en poemas como los que dedica a César Vallejo, y al bebé Leopoldo María.


Quizás deba uno adoptar una postura más irónica o distante hacia lo que escribe, pero eso supone también minar la imagen que se haya hecho como escritor o poeta, y comenzar un peregrinaje que conduzca, tal vez, a un silencio definitivo, como el de Santo Tomás de Aquino, pero, ¡qué diablos!


He estado tan absorbido por el trabajo -esta mañana un alumno me paró por los pasillos para preguntarme cómo se escribía "absorber"-, que he olvidado que el 17 de octubre se cumplió dos años de vida de este blog. Se concibe este medio como inestable y pasajero, quizás por eso sea más meritorio ir cumpliendo años, aunque no se sepa muy bien a dónde se va... mi Ítaca electrónica.

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