MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

viernes, 29 de julio de 2011

REQUIEM POR CONSTANTINOPLA

Fue el angustioso y cautivador relato que hace Stefan Zweig de la toma de Constantinopla en sus Momentos estelares de la Humanidad el que me ha llevado a leer La caída de Constantinopla 1453 de Sir Steven Runciman (1903-2000). El historiador Antony Beevor en su nota preliminar (titulada "El mayor drama trágico de todos los tiempos" (The greatest tragic drama of all time)) a esta edición del Reino de Redonda considera la obra de Runciman como el perfecto modelo de lo que debe ser una breve narración histórica. Beevor alaba en Runciman al erudito (el mayor especialista en Bizancio de su tiempo)y al hombre de mundo (gentleman bromista, inusitadamente políglota y viajero), que hace que su erudición no resulte pesada sin apartarse ni un milímetro de su oficio de historiador. Así, Runciman pone en antecedentes al lector describiendo la lenta decadencia del Imperio de Oriente -me parece magistral y de un enorme valor literario el mero comienzo de la obra donde  se habla de un banquete celebrado en la brumosa corte inglesa de Enrique IV en la Navidad de 1400 en honor de unos personajes vestidos de un inmaculado blanco, el séquito de Manuel II Paleólogo, el emperador de los griegos ("aunque algunos recordaban que era el verdadero emperador de los romanos"), de viaje por Occidente en demanda de ayuda para un Imperio reducido prácticamente a una ciudad-, y el paralelo ascenso del poder turco. Acto seguido, Runciman presenta a los antagonistas, el emperador Constantino XI Paleólogo, y el sultán Mehmet II, sus dominios y fuerzas, y describe el asedio a la ciudad, su caída, la suerte de los vencidos, y supervivientes, y las consecuencias para Europa; la obra se cierra con una descripción de las fuentes históricas y una bibliografía. Se añade un epílogo del editor, Javier Marías, quien considera a la obra una "creación literaria extraordinaria" que "se lee con tanto apasionamiento como se devoran las páginas de una gran novela", precisamente por no caer en la tentación de "novelar" un material que se presta a ello.
No se puede estar más de acuerdo con Marías, y no es posible dejar la historia de esa ciudad de altivas murallas pero decadente, depauperada y escasamente poblada, defendida por griegos, venecianos y genoveses, además de un puñado de catalanes y turcos, unos 7.000 en total, frente a un ejército de unos ochenta a cien mil hombres, dotado de una novedosa y fulminante artillería. Los hombres y mujeres de Bizancio decidieron alinearse con su sufrido emperador a sabiendas del terrible destino que les esperaba a manos de los vencedores. Esta gesta de heroísmo desesperado, impresionó a autores como Tolkien, y Beevor habla, en este sentido, de un personaje como el hidalgo don Francisco de Toledo, que, en un rasgo de quijotismo, se presenta por su cuenta en Constantinopla afirmando estar emparentado con el emperador, y dispuesto a morir a su lado; es éste el que acompaña al emperador Constantino en sus últimos momentos, cuando, al verlo todo perdido y con la avanzadilla turca en el interior de la ciudad, se lanzó espada en mano en medio de la masa de enemigos. 
La sobriedad expositiva de Runciman se hace patente en su poder cautivador incluso cuando describe los lances más emocionantes de asedio, o cuando narra lacónicamente las atrocidades cometidas en la ciudad vencida. En su Prefacio Runciman señala al pueblo griego como el héroe trágico de esta historia, y así parece traslucir en sus conclusiones finales:
"Es fácil afirmar que, en el largo camino de la Historia, el año 1453 significó muy poco. El Imperio Bizantino ya estaba condenado a muerte. Debilitado, muy poco poblado y empobrecido, perecería en cuanto los turcos decidieran aniquilarlo [...] Sin embargo, la fecha del 29 de mayo de 1453 señala un punto de inflexión. Marca el final de una vieja historia: la de la civilización bizantina. Durante mil cien años, existió junto al Bósforo una ciudad en la que se admiraba el talento y la sabiduría y los textos de los clásicos eran estudiados y conservados. Sin la cooperación de los comentaristas y escribas bizantinos poco sabríamos en la actualidad de la literatura de la antigua Grecia. Asimismo, se trataba de una ciudad cuyos gobernantes, durante siglos, inspiraron y animaron una escuela de arte sin parangón en la Historia humana: un arte que surgió de la combinación, siempre cambiante, del frío y cerebral sentido griego de la medida de las cosas con un profundo sentimiento religioso que vio en las obras de arte la encarnación de la divinidad y la santificación de la materia. Por otra parte, Constantinopla era también una ciudad cosmopolita en la que, junto con las mercancias, se intercambiaban libremente ideas, y cuyos ciudadanos se consideraban a sí mismos, no como una unidad racial, sino como los herederos de Grecia y Roma unidos por la fe cristiana. Ahora todo eso había terminado. La nueva raza dominadora no fomentaba el saber entre sus súbditos cristianos. Sin el patrocinio de un gobierno libre, el arte bizantino empezó a decaer. La nueva Constantinopla era una ciudad espléndida, rica, populosa, cosmopolita y llena de hermosos edificios. Pero su belleza era la manifestación del poder terrenal e imperial del sultán, no el reino del Dios cristiano sobre la tierra; y sus habitantes tenían distintas religiones. Constantinopla había renacido, y en adelante sería lugar de destino de visitantes durante muchos siglos; pero era Estambul, no Bizancio. [...]
La historia de los griegos bajo el dominio turco es triste y poco edificante. Con todo, a despecho de sus errores y debilidades, la Iglesia sobrevivió; y mientras la Iglesia sobreviviese el helenismo no moriría.
La Europa occidental [...] con sus mentores espirituales denunciando a los ortodoxos como pecadores cismáticos y su obsesivo sentimiento de culpa por su falta de ayuda que había acabado llevando a la ciudad a su fin, optó por olvidarse de Bizancio. No podía olvidar la deuda contraída con los helenos, pero se consideró que dicha deuda era únicamente con la época clásica. Los filohelenos que tomaron parte en la Guerra de la Independencia hablaban de Temístocles y de Pericles, pero nunca de Constantino. Muchos intelectuales griegos imitaron su ejemplo [...] Así fue como la Guerra de Independencia nunca consiguió la liberación del pueblo heleno, sino tan sólo la creación de un pequeño reino de Grecia. En los pueblos se mantuvo más vivo el conocimiento [...] Sus gentes aún recordaban aquel martes terrible, día que para todos los griegos es todavía un día de mal agüero; pero sus espíritus se enardecían y brotaba su coraje cuando hablaban del último emperador cristiano, que permaneció en la brecha, abandonado por sus aliados occidentales, manteniendo en jaque al infiel hasta que fue superado en número y murió, con el Imperio como mortaja" (cf. op.cit. pp. 321-326).

cf. Sir Steven Runciman, La caída de Constantinopla 1453, Nota previa de Antony Beevor. Epílogo de Javier Marías. Traducción de Panteleimón Zarín, Reino de Redonda, Madrid 2009 (5ª edición).

martes, 26 de julio de 2011

NUEVO POEMA PUBLICADO

Debo a la amabilidad de Luis Valdesueiro, quien me lo ha enviado prestamente, el tener hoy entre mis manos el nº 3 de la revista de poesía El Alambique, que homenajea al poeta Julio Antonio Gómez, y que publica uno de mis poemas, "vida no vivida", que Luis acogió como miembro del consejo de redacción de la revista. Luis contribuye al número con una traducción de una canción y dos cantos de Anábasis de Saint-John Perse. En el número se encuentra también una composición de mi admirado tocayo, José Miguel Ridao. La verdad es que no me canso de sopesarlo y hojearlo: está magníficamente editado e ilustrado, con un tamaño y ductilidad muy adecuadas, y el cuerpo de letra hace muy agradable su lectura. Me gusta ver mi pequeño poema perdido entre esos batallones irregulares de letras gallardas; tiempo me falta ya para rendirme a ellas.

viernes, 22 de julio de 2011

DE BIBLIOTECAS Y MANUSCRITOS

Me han enviado desde el servicio de préstamo interbibliotecario de la biblioteca de la facultad una copia de un manuscrito procedente de la biblioteca de una institución extranjera en pdf, de una extraordinaria calidad, debo decir. Es la primera vez que me ocurre: hasta ahora, he consultados manuscritos en sus respectivas bibliotecas, o me han enviado, vía préstamo interbibliotecario, los engorrosos microfilms o fotocopias de azarosa calidad. Si no hubiera terminado de profesor -loca cabeza la mía-, me hubiera gustado ser bibliotecario. No concibo que pueda uno cansarse de frecuentar esos anaqueles y sus mudos inquilinos. He hecho labores de investigación en la Biblioteca Nacional, en su sala de Raros y Manuscritos (donde no se puede usar el bolígrafo), en la Hemeroteca Nacional, en las bibliotecas del Palacio Real, de la Real Academia de la Historia, y en la Biblioteca Pública de Marchena. La primera vez que estuve en la Biblioteca Nacional me sentí tan impresionado y tan absorbido por el ambiente, que no salía ni para comer (tenía 24 años). Recuerdo que un jardinero se desmayó en un jardincito interior, y a un tipo raro al que un bedel le mandaba que volviera a sentarse en su banca de lector como si fuera un niño (es una sala de acceso restringido, donde te entregan los libros que pides a través de un torno). No puedo olvidar de la biblioteca de Marchena los tomos de las Actas Municipales  y Notariales del s. XVI que consulté: esos volúmenes apergaminados de un papel que parece indestructible, y la tinta granate, ya algo desvaída pero aún brillante a pesar de los siglos, que me producía la extraña aprensión de que yo era quizás la primera persona que volvía esas hojas recias en centenares de años, y que, sin duda, iban a sobrevivirme con su escritura endiablada, y difícilmente legible... Me alivió en cierto modo, al traerme a la cotidianeidad, los problemas que tenía el bibliotecario con el ordenador en ese momento, pues le había entrado un virus que le había llenado la pantalla de florecitas...
Todas esas horas de tediosa consulta se ven recompensadas por los instantes de fulgurante lucidez en que descubres un dato desconocido, o una nueva fuente, o la confirmación de tus teorías (o aún más, si se ven refutadas); esos momentos de plenitud y satisfacción, sin duda egoístas, que explotan quedamente dentro de tí, y que te hacen mirar con una sonrisa de complicidad incomunicable a tu solitario vecino de mesa -cuando lo hay- sólo puede entenderlos, creo, quien los haya experimentado, y compensan por todos los sinsabores y desengaños previos y posteriores.

Imagen: Tiépolo.

martes, 19 de julio de 2011

ENTRE LA BONDAD Y LA DUDA



La "bondad" -la personalidad sana e integrada- es una cosa excelente. Debemos intentar por todos los medios educacionales, médicos, económicos y políticos que obren en nuestro poder, producir un mundo en el que tantas personas como sea posible se formen "buenas", del mismo modo que debemos intentar producir un mundo en el que todos tengan suficiente para comer. Pero no debemos suponer que incluso si consiguiéramos que todo el mundo se hiciera bueno habríamos salvado sus almas. Un mundo de buenas personas, satisfechas con su bondad, sin mirar más allá, dándole la espalda a Dios, estaría tan desesperadamente necesitado de salvación como un mundo miserable... e incluso podría ser aún más difícil de salvar.
El mero mejoramiento no es la redención, aunque la redención siempre mejora a la gente, incluso aquí y ahora, y la mejorará al final hasta un grado que aún no podemos imaginar. Dios se hizo hombre para convertir a las criaturas en hijos: no simplemente para producir hombres mejores de la antigua clase, sino para producir una nueva clase de hombre. No es como enseñarle a un caballo a saltar cada vez mejor, sino como transformar a un caballo en una criatura alada [...]
Pero tal vez hayamos dedicado demasiado tiempo a esta cuestión. Si lo que queréis es un argumento en contra del cristianismo (y recuerdo muy bien con qué ansiedad los buscaba yo cuando empecé a temer que éste fuera verdad), podéis fácilmente encontrar a algún cristianismo estúpido e insatisfactorio y decir: "¡Conque ahí está tu tan cacareado hombre nuevo! Me quedo con los de antes". Pero una vez que hayáis empezado a ver que el cristianismo es, en otros aspectos, posible, sabréis en vuestro corazón que esto es sólo evadir el tema. ¿Qué podéis acaso saber de las almas de los demás... de sus tentaciones, de sus oportunidades, de sus luchas? Sólo conocéis un alma en toda la Creación: y ésa es la única cuyo destino está en vuestras manos. Si existe un Dios estáis, en cierto modo, solos con Él. No podéis aplacarle con especulaciones acerca de vuestros vecinos o recuerdos de cosas que habéis leído en los libros. ¿De qué servirán todas las palabras y rumores (¿seréis siquiera capaces de recordarlos?) cuando la neblina anestésica que llamamos "naturaleza" o "el mundo real" se desvanezca y la Presencia ante la cual siempre habéis estado se vuelva palpable, inmediata, inevitable?

Cf. C. S. Lewis, Mero cristianismo, ed. Rialp, 2007, pp. 223-224.
Imagen: templo de san Juan el Real (Oviedo).

viernes, 15 de julio de 2011

ARTE EN LA BASURA

Volvía a casa hace pocas semanas desde el trabajo, y entre dos contáiners de basura vi tirado un cuadro de regulares dimensiones. Por muy mala que resulte una obra, produce cierta desazón verla tratada como una colilla (El paisaje de circunstancias estaba pintado, ciertamente, con colores planos y bastos, que provocaban contrastes chillones, como los tonos ácidos de los cómics -¡cuánto mejor hacía uno de niño al preferir los tomitos en blanco y de negro de los superhéroes de Vértice!-); la desazón estaba además provocada por los recuerdos que me aportaba la infortunada -en todos los sentidos- pintura: de niño vi en casa de mi abuela y en los salones de casas de amigos de mis padres cuadros muy similares a éstos, que pretendían dar, quizás, cierto barniz de respetabilidad y cultura burguesa a las viviendas de aquella clase media-baja en la que yo me movía. El de casa de mi abuela representaba también el recodo de un río, con una cabaña de madera de aspecto aún más pobre que la de la imagen, y con unos ciervos bebiendo en la ribera de la corriente; recuerdo el mismo dibujo de las piedras, el mismo pálido reflejo en las aguas. Me gustaba ensimismarme delante del cuadro, e imaginar que me introducía dentro y remontaba el problemático curso del río...
Probablemente este viejo cuadro no haya encontrado su lugar en una casa redecorada al estilo omnipresente, ya se sabe, amplios espacios -cuando se dispone de ellos, claro- blancos o crudos, con muebles longuilíneos y minimalistas en bengué y lacados policromados, que por su frialdad e impersonalidad excusan al propietario de tener que hacer cualquier tipo de ostentación cultural vía la colocación de libros y pinturas. Pienso a veces en el mal envejecer que tendrán estos salones, frente a ese "envejecer con dignidad" goethiano de aquellas salas de estar de los 70 de la clase trabajadora, con sus cuadros de saldo, y sus muebles de imitación castellana o rústica en los que era de obligación colocar libros, aunque fueran los que se acumulaban sin leer del Reader's digest o del Círculo de Lectores, o las socorridas enciclopedias -ay- tan en boga entonces. Allí, en esos humildes hogares, se manifestaba, de modo más o menos consciente, una admiración por aquella alta cultura burguesa, basada en el prestigio de la transmisión del conocimiento y el respeto por la excelencia artística e intelectual, que luego ha suscitado tanta desconfianza en la pedagogía surgida de los postulados del 68. Viendo, pues, los catálogos de Ikea y otras tiendas de muebles predomina una sensación de vacío, de falta de espíritu, y no pude dejar de sentir pena por aquella mediocre pintura en la basura, y simpatía por el mediocre gusto artístico de sus antiguos dueños (pero que, sin duda, respetaban el arte y habrían aspirado a algo mejor, si hubieran tenido gusto y/o dinero para ello), al tiempo que desprecio por la mediocridad de los que se habían desembarazado del viejo cuadro, y, que, sin duda, saben muy bien lo que quieren.

martes, 12 de julio de 2011

RETAZOS DE UN VERANO (I)


El verano transcurre, quizás ni siquiera tan lento como quisiera; desencuentro rutinas, e imagino otras para organizarme este tiempo que se imagina -falsamente- más laxo. A veces me atraviesa la ira como una corriente que se enrosca en mi soberbia siempre negada. Me contento con menudencias cotidianas, y satisfacciones pedestres. ¿Me hace peor el verano? En la lectura busco reconducir ese sentimiento religioso que siento tantas veces desfallecer. Aunque también me irrita cada vez más la impostura, y eso me alivia en cierto modo.
Pienso en escribir, pero ¡no encuentro tiempo! El no ser un joven poeta (ni siquiera un poeta joven) empieza a pesarme; es absurdo, pero lo cierto es que siento que debo arrepentirme de algo, mas no sé bien de qué.
La lectura de Kavafis me enfrenta a lo que parecen obsesiones cíclicas en un autor maduro ¿es acaso inevitable verse encerrado en un tal círculo creativo? El pensar que se está haciendo algo útil -para uno mismo- es un argumento ante el que palidecen las anteojeras del burro.


viernes, 8 de julio de 2011

FILOMELA Y PROGNE

Aunque el libro VI de las Metamorfosis de Ovidio refiere otras transformaciones (como las de Aracne y Níobe) dentro de un hilo cronológico mítico, que es uno de los mayores logros del poeta de Sulmona, la más conocida de todas es la que afecta a Progne, Filomela y Tereo (cf. Ov. Met. VI, 412-674). Hay épocas, de roma filología en mi opinión, en que Ovidio ha sido despreciado como autor menor, de prolija e insustancial creatividad. Pero es una manera prejuiciada de acercarse al "de más extraordinaria difícil facilidad de todos los poetas de la Antigüedad", en palabras de Antonio Ruiz de Elvira, su meritísimo editor en la colección Alma Mater (cuyo texto sigo).
En la larga narración poética (¡felices épocas en que estas palabras no constituían un oxímoron!) de este mito aparecen, con peculiar maestría, algunos de los elementos típicos del decurso poético del autor: la sobriedad expositiva, que no renuncia a demorarse, cuando le parece, en los detalles patéticos y descripciones cruentas -de raigambre homérica-, hilvanada de una sensualidad contenida pero constante, y el gusto de recrearse en las paradojas y la ironía trágica.
Particularmente, llama la atención la habilidad de Ovidio al manejar el leit-motiv de la mudez de Filomela provocada por la mutilación de Tereo: al descubrir Progne el crimen de su esposo Tereo contra su hermana Filomela, a la que ha secuestrado, violado y cortado la lengua para que no lo delate, por un mensaje escrito enviado por ésta, aquélla queda muda de dolor, incapaz de dar rienda suelta a su indignación, y su mente se centra en imaginar su venganza:
fortunaeque suae carmen miserabile legit
et (mirum potuisse) silet: dolor ora repressit,
uerbaque quaerenti satis indignantia linguae
defuerunt, nec flere uacat, sed fasque nefasque
confusura ruit poenaeque in imagine tota est.
(vv. 582-585)
Este enmudecimiento, y los ritos de Baco que son el pretexto de Progne para salir a recobrar a Filomela, preanuncian el embrutecimiento y la inhumanidad progresiva del personaje, inclinada así a un comportamiento bestial. Tras rescatar a su hermana, que se siente avergonzada de haberse convertido, a su pesar, en su rival (paelex sororis) -extraordinaria paradoja que ilustra el desamparo de la violada en una sociedad cuyos códigos de honor la condenan- y esconderla en palacio, aparece Itys el hijo común de Progne y Tereo, y ésta trama una terrible venganza; sus propósitos homicidas se ven contenidos, empero, por el abrazo y tiernas palabras del niño, mas entonces vuelve su rostro a su hermana, y se pregunta por qué uno puede llamarla madre, y la otra ya no puede llamarla hermana:
inque uicem spectans ambos 'cur admouet' inquit
'alter blanditias, rapta silet altera lingua?
Quam uocat hic matrem, cur non uocat illa sororem?
(vv. 631-633)
La mudez de la hermana fuerza el enmudecimiento de los argumentos morales que deberían haber impedido a Progne ejecutar su venganza contra el padre en el hijo, que es asesinado, despedazado y servido como vianda al padre. Al preguntar éste donde se encuentra el niño, Progne le responde que dentro de sí tiene al que busca ('intus habes, quem petis'), y aparece de un salto Filomela, quien le arroja la cabeza ensangrentada del niño; ésta no habría preferido expresar con palabras su satisfacción (...nec tempore maluit ullo / posse loqui et meritis testari gaudia dictis [vv. 559-560]); el padre llora y se llama miserable sepulcro de su hijo (flet modo seque uocat bustum miserabile nati), y empieza a perseguir a las hermanas. Es en ese momento en el que se producen las transformaciones: Progne en golondrina, Filomela en ruiseñor y Tereo en abubilla.
Resulta curioso que, a diferencia de otras metamorfosis, que son descritas como debidas a alguna divina en concreto o en general, en ésta no se señala ninguna mano sobrenatural, lo que contribuye a simbolizar más esa deshumanización -resaltada por el enmudecimiento, físico y moral- y la consiguiente animalización de los tres personajes, redimidos sólo parcialmente a través del canto.

martes, 5 de julio de 2011

PROBLEMAS EN LAS COMUNIDADES DE PROPIETARIOS

Creía que los problemas de las comunidades de propietarios consistían esencialmente en impagos, pero en un edificio de Cádiz he podido ver que no sólo es eso... No me extraña que tales guarradas provoquen schocks gramaticales en los probos ciudadanos (No quiero ni imaginarme el momento de la "recogida" -si se produjo-, mucho más humillante sin duda que el que retratan los cuadros que representan la entrega de Granada a los Reyes Católicos, la rendición de Breda, la capitulación de los franceses en Bailén, etc, pero ya le vale a esos guarros "volanderos"...).

viernes, 1 de julio de 2011

PRIMER DÍA DE VACACIONES

Este comienzo de vacaciones no ha sido todo lo placentero que esperaba; es ilusorio pensar que puede haber un corte radical e inmediato con la vida laboral (hoy me han llamado del trabajo para avisarme de que ha surgido un pequeño asunto que resolver, y allí volveré el lunes), y que la vida va a sonreirte porque sí (ayer, cuando volví a casa al terminar mi último día oficial en el instituto, me encontré con un furgón funerario en la puerta del edificio, y en el pequeño patio interior topé con un ataúd que dos fornidos operarios acababan de cerrar, e izaban a pulso: un vecino acababa de fallecer, y en el pequeño bajo donde vivía no cabía el oblongo féretro; después de dar el pésame a los familiares, no me quedaban ya ganas de llegar a casa y poner satisfecho los pies encima de la mesa). También hay lugar para la decepción: fui esta mañana a recoger un libro encargado, y no llegó en las condiciones esperadas. Todos estos presagios no me gustan: no sé si podré dedicarme con calma a lo que pretendía este verano: terminar de revisar mi tesis doctoral para su posible publicación; me gustaría, en todo caso, poder hacer igual que el gato tumbado al sol en los bloques del Campo del Sur, inmóvil como si quisiera mimetizarse con el áspero hormigón, y plácidamente olvidado de sí mismo, en amigable madeja de sueño, más que nunca hermano de la muerte.