MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 24 de julio de 2016

TEBAIDAS





En francés es bastante común haber referencia a una thébaïde como un lugar salvaje, aislado y apacible, donde llevar una vida retirada y tranquila (Déjà il rêvait à une thébaïde raffinée, à un désert confortable, à une arche immobile et tiède où il se réfugierait loin de l'incessant déluge de la sottise humaine (HuysmansÀ rebours, 1884, p. 9), expresión que proviene de la región geográfica homoníma de Egipto donde se refugiaron muchos cristianos en los primeros siglos de la Era para llevar una vida eremítica. En la tradición literaria española no tengo noticias de que se haya empleado en este sentido, aunque existe, paradójicamente, una llamada Tebaida berciana, zona montañosa y aislada de la provincia de León donde se instalaron a partir del siglo IV numerosos eremitas.
Incluso aspirar a una tebaida mental resulta cada vez más complicado, dada las presiones de la cotidianeidad y de internet, que supone la tentación de la dispersión. La gente ya no es feliz porque ha perdido la capacidad de concentrarse, decía uno de los personajes de El danzarín y la danza de Andrew Holleran, y la evidencia de esta afirmación se centrifuga en algunas horas de sospecha veraniegas, donde se ensancha el hueco del estómago del tedio entre los castillos en el aire de las rutinas de lectura que uno se construye (y que rara vez cumple). Preferiría uno ser como el personaje que se asoma a la casa suspendida sobre el paisaje montañoso tirolés del cuadro de Alfons Walde, donde la pastosidad de los trazos en que cae la luz de ese sol veraniego afirma una espíritu de paz casi inhumano.

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