MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor JOSÉ MIGUEL DOMÍNGUEZ LEAL

domingo, 26 de enero de 2020

CRÓNICAS DE ZIBELTERRA (III)







Tin Mitchell



M., todavía patidifuso, observó la tarjeta de visita para salir de su pasmo. “AGAR LABASÚ. Artista”, leyó M. en caracteres góticos, y debajo, la dirección del ático, y un número de teléfono móvil.

-“Otro bicho raro”, pensó M., antes de que su mujer cerrara la puerta, y lo enrostrara.

-“¡Bien!, ¡al carajo el joputa y su mujer, la bruja!” -dijo M. al tiempo que levantaba y agitaba el puño cerrado de la mano que no sostenía la tarjeta.

-“Oye, M. -rubricó su mujer con tono desabrido-, por mí le pueden dar por culo a esos dos, pero, ¿no te parece todo esto muy raro?”.

-“¿El qué?, se han ido por fin; ya no tendremos que aguantarlos, y este nuevo ha hablado con el administrador, y yo...”

-“Pareces tonto, hijo. Los dos trabajaban aquí, ¿los dos tienen que cambiar de trabajo al mismo tiempo?, ¿y la mudanza?, ¿quién se va de su casa, aunque la venda, sin llevarse sus cosas? Yo no he visto aquí ningún camión de mudanza, ni gente bajando cajas, ni ahora muebles que tirar, y de noche no lo van a hacer...”

M. se acordó entonces del cambio de cocina que hizo la vecina del 3º, esos viejos muebles grasientos en el vestíbulo, de los que corría hasta el usillo un charquito amarillo marrón. No, era raro, como decía su mujer.

-“Este ático, además, le habrá costado una pasta a ese tal Blabasul; a ver, qué dice: 'artista'; artista de qué. Mira, mejor que llames al administrador, y le preguntes qué sabe de este asunto; no vayamos a caer de la sartén al fuego”.

El administrador… quedó un momento pensativo M. Sí, no era el primero que tenían. Al inicial promovió M. que lo cambiaran, pues, en su opinión, no resolvía el problema del moroso, y por favoritismo, pues en las asambleas de comunidad dejaba hablar al del ático aunque los demás que hablaran -él, la vecina del 3º, y el propietario de pisos de estudiantes- dijeran lo contrario.

Su mujer lo sacó de su ensimismamiento: “llámalo, ahora, que estará en su despacho”.

M. marcó el número en el móvil. “Sí, ¿es el administrador?” Una voz metálica y enronquecida respondió afirmativamente al otro lado. Efectivamente -decía la voz-, el señor Labasú había comparecido en su despacho hacía un mes, mostrándole una copia del contrato de compraventa del ático, y presentándole disculpas en nombre del antiguo propietario por no haberse despedido convenientemente, ya que había tenido que hacer un cambio de domicilio con gran premura. El sr. Labasú era un escritor y pintor de reconocido prestigio, por más que de gran modestia, y hacía tiempo que deseaba venir a vivir a una ciudad como la nuestra, donde encontrar reposo e inspiración. El hecho de contar con un amigo común había facilitado que los trámites de compraventa se realizaran con celeridad y a plena satisfacción de ambas partes. El sr. Labasú, finalmente, deseaba ser una parte activa y solidaria de la comunidad, por lo que se ponía a disposición de ésta, etc, etc.

-“Vaya, -dijo M.- el administrador parecía acatarrado. Que nada, que dice...” y M. repitió con sus palabras a su mujer lo que aquél le acaba de explicar. Ésta lo miró con sus cejas enarcadas, y torció el gesto. “A ver qué clase de gente nos va a meter aquí”, musitó chasqueando los labios…

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