Tin Mitchell
M.,
todavía patidifuso, observó la tarjeta de visita para salir de su
pasmo. “AGAR LABASÚ. Artista”, leyó M. en caracteres góticos,
y debajo, la dirección del ático, y un número de teléfono móvil.
-“Otro
bicho raro”, pensó M., antes de que su mujer cerrara la puerta, y
lo enrostrara.
-“¡Bien!,
¡al carajo el joputa y su mujer, la bruja!” -dijo M. al tiempo que
levantaba y agitaba el puño cerrado de la mano que no sostenía la
tarjeta.
-“Oye,
M. -rubricó su mujer con tono desabrido-, por mí le pueden dar por
culo a esos dos, pero, ¿no te parece todo esto muy raro?”.
-“¿El
qué?, se han ido por fin; ya no tendremos que aguantarlos, y este
nuevo ha hablado con el administrador, y yo...”
-“Pareces
tonto, hijo. Los dos trabajaban aquí, ¿los dos tienen que cambiar
de trabajo al mismo tiempo?, ¿y la mudanza?, ¿quién se va de su
casa, aunque la venda, sin llevarse sus cosas? Yo no he visto aquí
ningún camión de mudanza, ni gente bajando cajas, ni ahora muebles
que tirar, y de noche no lo van a hacer...”
M.
se acordó entonces del cambio de cocina que hizo la vecina del 3º,
esos viejos muebles grasientos en el vestíbulo, de los que corría
hasta el usillo un charquito amarillo marrón. No, era raro, como
decía su mujer.
-“Este
ático, además, le habrá costado una pasta a ese tal Blabasul; a
ver, qué dice: 'artista'; artista de qué. Mira, mejor que llames al
administrador, y le preguntes qué sabe de este asunto; no vayamos a
caer de la sartén al fuego”.
El
administrador… quedó un momento pensativo M. Sí, no era el
primero que tenían. Al inicial promovió M. que lo cambiaran, pues,
en su opinión, no resolvía el problema del moroso, y por
favoritismo, pues en las asambleas de comunidad dejaba hablar al del
ático aunque los demás que hablaran -él, la vecina del 3º, y el
propietario de pisos de estudiantes- dijeran lo contrario.
Su
mujer lo sacó de su ensimismamiento: “llámalo, ahora, que estará
en su despacho”.
M.
marcó el número en el móvil. “Sí, ¿es el administrador?” Una
voz metálica y enronquecida respondió afirmativamente al otro lado.
Efectivamente -decía la voz-, el señor Labasú había comparecido
en su despacho hacía un mes, mostrándole una copia del contrato de
compraventa del ático, y presentándole disculpas en nombre del
antiguo propietario por no haberse despedido convenientemente, ya que
había tenido que hacer un cambio de domicilio con gran premura. El
sr. Labasú era un escritor y pintor de reconocido prestigio, por más
que de gran modestia, y hacía tiempo que deseaba venir a vivir a una
ciudad como la nuestra, donde encontrar reposo e inspiración. El
hecho de contar con un amigo común había facilitado que los
trámites de compraventa se realizaran con celeridad y a plena
satisfacción de ambas partes. El sr. Labasú, finalmente, deseaba
ser una parte activa y solidaria de la comunidad, por lo que se ponía
a disposición de ésta, etc, etc.
-“Vaya,
-dijo M.- el administrador parecía acatarrado. Que nada, que
dice...” y M. repitió con sus palabras a su mujer lo que aquél le
acaba de explicar. Ésta lo miró con sus cejas enarcadas, y torció
el gesto. “A ver qué clase de gente nos va a meter aquí”,
musitó chasqueando los labios…


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