MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del escritor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 22 de marzo de 2020

HISTORIA DE M. (VII)





Dina Goldstein



Vanesa, la vecina del 3º sintió cerrarse en falso el portón de la calle, y por los resoplidos y carraspeos supo que era M. quien había entrado en la finca. A ella no se le escapaba nada. Ahora se estaba preparando para salir. Dio un suspiro: pensaba a veces que su vida no había sido fácil. Había tenido al primero de sus gorditos muy de joven y de penalti, y su Pepe había tenido que ponerse a trabajar de peón de albañil, o de lo que le saliera. Ahora podría pasarse por la plaza, ver si compraba alguna cosa, y tomar café con sus amigas donde siempre, pues había mandado a los niños a ver a su abuela. Ayer tuvo otra discusión con Pepe, a quien se le estaba poniendo cada vez más cara de sieso: que si los niños estaban muy gordos, Vane, que si comían muchas pizzas, que la madre les daba todas las porquerías que querían, que no cocinaba bastante, que la casa estaba sucia, y que estaba hasta los cojones de no poder ver la tele cuando volvía a casa, de tanto que tener escucharla quejarse con esa cara de bruja que se le estaba poniendo. Y ella que qué quería él, que buscara un mejor trabajo, que no tenía tiempo, que había tenido que echar más horas en la casa de la vieja esa, y acompañarla más tiempo, que si quería cocina que aprendiera, y así no tendría que llamar al telepizza, que si los niños estaban gordos era porque se le estaban poniendo las hechuras de su madre de él, que es que nada bueno podía salir de esa familia; que si ella misma estaba más gorda era de los disgustos, y que a él se le había puesto cara de cabrón, y que la dejara en paz... Escuchó entonces un ruido como de muebles que se arrastran. Para ella que venían del piso de estudiantes sito encima del de M. Parece que no se han ido este fin de semana; habrá fiesta, pues, ¡pobre M.! Aunque a ella le inquietaban más algunos ruidos que había empezado a escuchar en el ático, que le quedaba justamente encima. La alegría socarrona que le entró cuando M. le dijo que el joputa de allí se había ido se tornó en una indefinida desazón cuando recordó esos sonidos que había escuchado los últimos días: primero, una música como de cánticos apagados de duración variable que se manifestaban a cualquier hora del día, y que terminaban tan súbitamente como empezaban, y luego, ese ruido sordo contra el techo, como de algo enorme que se estuviera arrastrando o reptando por el suelo de la casa de arriba; no, no era el ruido de arrastar muebles; eso era otra cosa, como si ese movimiento pesado y rasposo tuviera que corresponder a algo articulado y estar acompañado de una respiración cuyo acompasamiento Vane sólo podía intuir; y aparte, algunas risas agudas de mujer, puntuadas por el bordoneo irregular de una voz grave, al que se unía a veces en triplete, tras escucharse un portazo, otra voz masculina en un tono más agudo, aunque sin llegar a entenderse lo que decía.

-“¿Que qué es?, un artista, dice” -le dijo M., y Vanesa dijo ¡ah!, abriendo la boca y levantando el mentón, como si ya no hubiera más que decir.


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