Lloyd Degrane
Vanesa, la vecina del 3º sintió
cerrarse en falso el portón de la calle, y por los resoplidos y
carraspeos supo que era M. quien había entrado en la finca. A ella
no se le escapaba nada. Ahora se estaba preparando para salir.
Dio un suspiro: pensaba a veces que su vida no había sido fácil.
Había tenido al primero de sus gorditos muy de joven y de penalti, y
su Pepe había tenido que ponerse a trabajar de peón de albañil, o
de lo que le saliera. Ahora podría pasarse por la plaza, ver si
compraba alguna cosa, y tomar café con sus amigas donde siempre,
pues había mandado a los niños a ver a su abuela. Ayer tuvo otra
discusión con Pepe, a quien se le estaba poniendo cada vez más cara
de sieso: que si los niños estaban muy gordos, Vane, que si comían
muchas pizzas, que la madre les daba todas las porquerías que
querían, que no cocinaba bastante, que la casa estaba sucia, y que
estaba hasta los cojones de no poder ver la tele cuando volvía a
casa, de tanto que tener escucharla quejarse con esa cara de bruja
que se le estaba poniendo. Y ella que qué quería él, que buscara
un mejor trabajo, que no tenía tiempo, que había tenido que echar
más horas en la casa de la vieja esa, y acompañarla más tiempo,
que si quería cocina que aprendiera, y así no tendría que llamar
al telepizza, que si los niños estaban gordos era porque se le
estaban poniendo las hechuras de su madre de él, que es que nada
bueno podía salir de esa familia; que si ella misma estaba más
gorda era de los disgustos, y que a él se le había puesto cara de
cabrón, y que la dejara en paz... Escuchó entonces un ruido como de
muebles que se arrastran. Para ella que venían del piso de
estudiantes sito encima del de M. Parece que no se han ido este fin
de semana; habrá fiesta, pues, ¡pobre M.! Aunque a ella le
inquietaban más algunos ruidos que había empezado a escuchar en el
ático, que le quedaba justamente encima. La alegría socarrona que
le entró cuando M. le dijo que el joputa de allí se había ido se
tornó en una indefinida desazón cuando recordó esos sonidos que
había escuchado los últimos días: primero, una música como de
cánticos apagados de duración variable que se manifestaban a
cualquier hora del día, y que terminaban tan súbitamente como
empezaban, y luego, ese ruido sordo contra el techo, como de algo
enorme que se estuviera arrastrando o reptando por el suelo de la
casa de arriba; no, no era el ruido de arrastar muebles; eso era otra
cosa, como si ese movimiento pesado y rasposo tuviera que
corresponder a algo articulado y estar acompañado de una respiración
cuyo acompasamiento Vane sólo podía intuir; y aparte, algunas risas
agudas de mujer, puntuadas por el bordoneo irregular de una voz
grave, al que se unía a veces en triplete, tras escucharse un
portazo, otra voz masculina en un tono más agudo, aunque sin llegar
a entenderse lo que decía.
-“¿Que
qué es?, un artista, dice” -le dijo M., y Vanesa dijo ¡ah!,
abriendo la boca y levantando el mentón, como si ya no hubiera más
que decir.


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