MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 21 de diciembre de 2014

TRAS LOS PASOS DE TORELLO SARAINA: EL TEATRO ROMANO DE VERONA


Llegamos a Verona en una fría mañana. Nuestro hotel, lujoso y con un toque deliberadamente decimonónico, estaba situado junto a la iglesia de santa Anastasia. Nada más instalarnos, me puse, contando con la paciencia aquiescente de mi mujer, a cumplir con mi deseo principal al visitar Verona, que era el de recorrer el itinerario descrito por Torello Saraina en su obra De origine et amplitudine ciuitatis Verona (1540), en uno de cuyos libros, el segundo, dicho cronista, acompañado por un grupo de amigos, recorre la ciudad describiendo sus antiguos monumentos, periplo salpicado de afortunados encuentros con el grabador y pintor Giovanni Carotto, al que sorprenden en la labor de realizar bocetos de tales monumentos; tal fue el pretexto para que el libro fuera bellamente decorado con los grabados de dicho artista. La edición de esta descriptio urbis, tan frecuente en la época en Italia, fue el objeto de mi memoria de licenciatura en 1991; fue publicada por el Instituto de Estudios Humanísticos y el CSIC en 2006, en una remodelación casi total que hice para la ocasión del ya tan lejano trabajo.
Era la primera vez que visitaba Verona, y teníamos poco tiempo. En sus grabados, Carotto ofrece una imagen idealizada del teatro, que ya en sus tiempos estaba reducido a escombros. Los grabados de Carotto consisten, pues, en una planta del teatro, un detalle de la puerta de éste, otro del pórtico superior, una cabeza de toro procedente de dicha edificación, y un alzado ideal del teatro en su época de esplendor.






Tras cruzar el ponte della pietra sobre el crecido Adigio comenzó a lloviznar. Nos apresuramos y pudimos entrar en el teatro por una improvisada entrada lateral, que daba al lado izquierdo de la escena; atravesamos ésta bajo la lluvia, y subimos a las gradas superiores que son ahora accesibles, desde las que contemplamos la escena y el proscenio. La lluvia y el cielo plomizo daban a las ruinas un aire agobiante y ominoso, como un escenario de película de Tarkovski. Encontramos antiguas cabezas de toro como las del grabado, pero reducidas por el tiempo a un mínimo apunte, como si hubieran querido apresurar el rito de volver a la piedra primera. Abandoné, en fin, el lugar, con el corazón transido por una extraña nostalgia, la de lo nunca vivido.
















































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