MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 4 de octubre de 2014

VIDA DE POETA




"Desolación de la Quimera", el último poemario de Luis Cernuda, parece especialmente amargo, un ajuste de cuenta retrospectivo con su vida, sus orígenes, y su arte. En este a modo de último adiós ("Despedida", "A sus paisanos") rescata una galería de artistas y personajes (Verlaine, Rimbaud, Dostoieski, Ticiano, Juan Ramón Jiménez, Ruskin, Luis de Baviera, Galdós, la Quimera) que le sirven para ilustrar sus sentimientos ambivalentes hacia la poesía y los poetas; por un lado, su orgullo de artista ("Luis de Baviera escucha Lohengrin"), y por otro lado, su desengaño hacia la posteridad ("Birds in the night"), contrariamente a lo que había sido la tónica de sus primeros libros, volcados en la esperanza del futuro lector-poeta que redimirá sus propios versos, y hacia el poeta como tipo humano ("Desolación de la Quimera"). El ajuste de cuentas se extiende también a su patria, sólo redimida en el universo galdosiano, para Cernuda crisol de su verdadera esencia, tan alejada de su obscenidad contemporánea.
El recorrido vital de Cernuda, su desengaño lúcido y atrabiliario, quizás no sirva para ilustrar la existencia del poeta: juega en ello mucho el carácter de cada persona. Cernuda no era como Alberti, ni éste como Celaya, o como Cirlot. La muerte es demasiado cosa de uno, quizás lo más personal, y creo que cualquier obra artística desfallece al retratar esta hora postrera; algo tan aparentemente misterioso como la nombradía de los poetas. Cierto es que el mundo literario se rige, como si fuera un ejército, por escalafones: se van subiendo grados, facilitados por amistades o entorpecidos por antipatías a veces arteras de críticos y editores. Afanes tanto más inútiles si uno se encuentra en el limbo de la poesía, donde se puede permanecer indefinidamente lejos del Parnaso, este sí, de los novelistas. A pesar de ello, abundan las envidias y rencillas en esta tropa de ignorados por la cultura popular, festín de la paranoia. Dan ganas, pues, de apartar la vista a un lado, y recrearse, como Luis de Baviera, en el portento insondable del arte ajeno.

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