MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 17 de agosto de 2014

EL "MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA" DE JAN POTOCKI (versión de 1804) (II)




La versión de 1804 de la novela de Potocki, escrita en un francés de extrema riqueza y elegancia, no es un esbozo de la versión de 1810 -señalan los editores Rosset y Triaire-, sino una obra autónoma, aunque inacabada, frente a la de 1810, que sí ofrece un final a las peripecias del oficial Alphonse Van Worden, a la par que una atenuación del erotismo y del relativismo religioso, notables en la versión de 1804, junto con una consolidación del sustrato histórico, y una reorganización de sus grandes ciclos narrativos, que ya no se mezclan y encapsulan hasta una quíntuple mise en abîme como en la versión de 1804, sino que se suceden.
La base temática de ambas versiones es, empero, la misma: la historia de un joven oficial, Alphonse Van Worden, educado por un padre experto duelista en un rígido código de honor, que de camino a Madrid para ponerse al servicio del rey de España hacia 1739, atraviesa Sierra Morena, en uno de cuyos albergues pasa la noche; allí es despertado por dos princesas moras, que se presentan como sus primas, y le prometen que se desposarán con él si cumple el destino de su familia, los Gomelez; el joven se despierta de tan deliciosa velada bajo el patíbulo de dos bandoleros ahorcados; comienza ahí para el oficial celoso de su honor una especie de viaje iniciático circular por una Sierra Morena mágica, donde encontrará una serie de personajes (eremitas, endemoniados, inquisidores, cabalistas, geómetras, gitanos, moriscos y alguna figura mítica y altamente simbólica como el Judío Errante -eliminado en la versión de 1810-), que, en sus sucesivas y entremezcladas historias, ofrecen una summa de los ámbitos de conocimiento atesorados por la Ilustración a finales del siglo XVIII, guiada por un principio de sincretismo religioso, filosófico y, cómo no, literario, como esclarecen los editores: "El Manuscrito hallado en Zaragoza integra los grandes modelos que alimentan, en su conjunto, las extraordinarias innovaciones formales tan características del género en el siglo XVIII: el cuento oriental y su estructura de intercalación, la novela picaresca, el relato de viajes, el libro de memorias, el diálogo filosófico, la novela epistolar, etc. La síntesis de estos diferentes modelos sólo puede llevarse a cabo en un acto de comunicación literaria plenamente realizado y representado en el interior de la obra bajo el régimen de lo que se llama el segundo grado o ironía". Es con esa ironía con la que uno de los personajes de la novela, el geómetra Velázquez, hijo él también de un padre riguroso e insobornable, esta vez en el terreno de la ciencia, protestará a la altura de la cuadragésimo quinta jornada de la versión de 1804 por la complicación de las historias que les cuenta el gitano Avadoro, que, como muñecas rusas, van desplegándose en el laberinto galante y pícaro de un feneciente siglo XVII español. Tal ironía desborda también en la actitud del propio Potocki, erudito amargado, que como uno de los personajes de los intrincados e imbricados relatos de su novela, el sabio Diego Hervás, tuvo en su juventud la ambición de abarcar todos los conocimientos de su época, y lleva a su criatura de ficción a componer una inmensa enciclopedia que termina devorada por las ratas, y a terminar su vida en el desengaño y el escepticismo.
Una de las recreaciones más notables de la obra de Potocki fue la realizada por el cineasta polaco W. J. Has en 1964, y restaurada en su integralidad en 1996 gracias a los buenos oficios de Martin Scorsese. El film de Has recrea doce de las historias del libro original, aunque su reduccionismo de conjunto sea quizás más achacable al tono de comedia burlesca que se le quiere dar a la obra, tan empobrecedor como la etiqueta de literatura fantástica de la crítica literaria de otrora. No obstante, sigue siendo admirable, por lo turbadora e imaginativa, la puesta en escena de la película, y la ambientación músical de K. Penderecki, que mezcla la ironía al recrear la novena de Beethoven, con la ligereza elegante de una música barroquizante y el retruécano de efectos electrónicos truculentos.







Ilustraciones: fotogramas del fin de W. J. Has.


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