MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

viernes, 16 de noviembre de 2012

CIUDAD DE PIEDRAS Y SANTOS (I)

En cada ciudad y sus rincones se condensa una memoria que a veces puede rozar al forastero en forma de olores o estremecimientos. En el caso de Ávila, estas sensaciones resultan un tanto opresivas en su belleza pétrea, que se aprecia mejor al anochecer si se pasea sin rumbo fijo por sus angostas calles, y se entra al azar en sus recoletas iglesias. La capital más alta de España parece, ciertamente, reacia a rendir sus secretos.







Se dice que el clima configura el carácter de las gentes; así, en el caso de Ávila se dice que sus habitantes son distantes y fríos; aunque, lo que más se aprecia es la franqueza y la falta de circunloquios propia de gentes del norte. Ciudad concentrada en sí misma, como si sus murallas medievales fueran las revueltas desatadas de un caracol, se defiende del paso del tiempo, aparejándose turistas que la alivien del alto desempleo, al tiempo que muestra su corazón escueto en sus plazas y en el entorno de su altiva catedral.








No se respira aquí ni el laberíntico misterio de Toledo, ni la reposada belleza señorial de la cercana Salamanca; en cambio, la pesadez granítica y el cielo severo invitan al recogimiento, a la resistencia, y tal vez, a la promesa del éxtasis.






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