MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 30 de mayo de 2015

PALÍNDROMOS





Miro por la ventana. Sobreviene el crepúsculo. Es la hora de los arrumbaos. El nonagésimo quinto y el cuadragésimo sexto entran por la ventana. Su mirada es clara y distinta, como la belleza de la que son heraldos. Desean que salga al jardín. Diviso al jefe de los macilentos. Camina con los pies trabados por embarazosos textos chestertonianos, sombras de la caverna de su vanagloria. Los arrumbaos levantan el vuelo precipitadamente. Huyen de su icoroso contacto. Antimateria de los espantapájaros. Macilentos y apoetas llenan mi correo de spam poético. Me río entre dientes mientras leo sus versos pringosos de lobreguez. Ya no hay poesía desde los años cincuenta, sólo prosaicos juegos de artificio del ego. Los premios literarios son la lotería de lo previsible, el último refugio de la amistad. Los poetas funcionarios carecen de la nómina de lo celeste. Llamo a la editorial. Las ventas bajan. La poesía es Tántalo iridiado de los balances. La cortadora de césped se ha estropeado. Algunos topillos asoman por entre la hierba. Se ha colado un anuncio de viagra en la publicidad del blog. Un rabicorto me observa inquisitivo en el alféizar de la ventana. El arrumbao sesquicentésimo quiere que lea sus poemas. Los ha dejado en una zarza del jardín. Los recojo, y los leo. Me fumo ocho cigarros. Me sobrecoge su profundidad. Dice Sócrates en el Fedón que conocer es recordar. Tambien poetizar es recordar. la palabra es signo que trae consigo la memoria evanescente de los significados de las verdades elusivas que el poeta intenta recuperar a costa de su vida, al filo de la subsistencia; la cuerda floja de la experiencia que lo lleva hacia el fin, el fin que no es el de los mediocres. Entro en el pub de Brighton. Le pido al barman una pinta. No parece entenderme. Le echo el humo del cigarro a la cara. Me agarra por la solapa. Debe de ser un apoeta. La belleza no estuvo inscrita en las almas mezquinas de los macilentos, que nacieron para no salir del círculo cerrado de sus experiencias cansinas, y su parejo corolario de palabras. El arrumbao heptagésimo nono se posa en la cabecera de mi sillón. Quiere que le acompañe en su vuelo. Agito los brazos con parsimonia. Derramo el whisky sobre la custom. Los arrumbaos parecen comprender mis reticencias. La poesía no es separable de la belleza y la verdad. Lo demás es cobarde espera de la muerte. 




Imagen: Robert y Shana Harreparkeson


sábado, 16 de mayo de 2015

RETOUR À ITHAQUE




Tal es el título de la película que fui a ver con mi mujer el sábado pasado. La primera vez que oí hablar de ella fue en una conferencia del coautor del guión, Leonardo Padura, en Toulouse. Allí fue preguntado por la exclusión del film del Festival de Cine Internacional de La Habana del diciembre pasado, y Padura repitió prudentemente la excusa dada por el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC), y la promesa hecha al director de la película, Laurent Cantet, por parte de dicho organismo de que ésta sería distribuida en la isla.
Ciertamente, el visionado de la obra podría explicar, que no justificar, la censura de ésta. Un grupo de amigos se reúne para recibir a uno de ellos, Amadeo (Nestor Jiménez), que vuelve a la isla tras pasar 16 años de exilio en España. La fiesta que organizan en una terraza de la vieja Habana pasa rápidamente del ejercicio de nostalgia de los años mozos (incluida la música de Fórmula V y Serrat), al sajamiento propio y ajeno de viejas heridas y frustraciones, desencadenada por la confesión de Amadeo de su intención de quedarse definitivamente en Cuba, aserto que es rechazado enérgicamente por sus antiguos amigos, que lo tratan de iluso e idiota.
Amadeo, escritor falto de inspiración y cuyas razones para el exilio no quedan del todo claras, se ve así confrontado a sus amigos, una colección de personas que rezuman frustración y desencanto, en una vuelta de tuerca irónica a la referencia homérica, Ulises que regresa a una Ítaca ruinosa y caótica, donde su Penélope ha muerto hace años de cáncer, y es rechazado por sus antiguos correligionarios, que le exhortan a marcharse ante la situación de la isla: Rafa (Fernando Hechevarría), vieja promesa de la pintura, pero "bocón" reprimido por el régimen castrista, caído en tiempos en el alcoholismo, al tiempo que hace pintura para turistas, Tania (Isabel Santos) oftalmóloga y ex cuñada de Amadeo, que vive prácticamente de la caridad de sus pacientes, y amargada por la marcha de sus hijos a los Estados Unidos, con los que ha perdido el contacto, al tiempo que ataca a Amadeo por haber dejado morir sola a su hermana , Eddy (Jorge Perugorría), que renunció a su talento de escritor, para prosperar a la sombra del régimen, aunque con la permanente espada de Damocles de la corrupción sobre su cabeza, pues como dice en un momento dado "para hacer cualquier cosa en Cuba, hay que mancharse las manos", y finalmente Aldo (Pedro Julio Díaz Ferrán), ingeniero industrial, el más comprometido políticamente en su juventud, hasta el punto de enrolarse voluntario en la guerra de Angola, y que malvive en la actualidad fabricando baterías con piezas robadas, al que su mujer ha abandonado por un tipo mejor situado, y cuyo hijo, Yeonnis (Rone Luis Reinoso), sin estudios ni futuro, amenaza con arriesgar su vida como balsero para llegar a los Estados Unidos; a pesar de todo, Aldo mantiene su "necesidad de creer".
En un in crescendo dramático que no llega, empero, a convertir la noche cubana en shakespeareana, poblada de música chocarrera, disputas y brisas, los personajes hacen una denuncia sorda de un régimen que cohibió su juventud, y que arruinó sus expectativas de futuro, que sólo uno de ellos, Eddy, consiguió parcialmente superar, a costa de la renuncia a sus ambiciones artísticas, y de la degradación moral, "pues es el silencio lo que esperaban de ti", y cuya víctima más conspicua fue Rafa. Es ante la desolación de éste y su ruina vital que Amadeo revela la verdadera razón de su marcha a España: el no querer convertirse en delator de su viejo amigo. Al encontrar fortuitamente en España a su viejo contacto de la policía secreta convertida en otra exiliada, Amadeo perdió el temor, ese jodido temor que han bebido todos hasta las heces, y decidió volver a su país, a luchar, y quizás, encontrar la inspiración perdida.
La película se cierra con una imagen al amanecer de Amadeo y Tania inclinados sobre la varanda de la terraza ante el malecón de La Habana, en un tópico de esperanza, que redime a este Ulises desaventurado.