MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

sábado, 31 de agosto de 2013

RECUERDOS DEL JAPÓN (III)


“Bosque de árboles secos”. Frente al muro, los ojos
entrecerrados, sentía la inmovilidad de mi nuca,
dolores de mis rodillas, desaparición de mis piernas.
Oía el roce definitivo de la madera
contra la áspera tela de las túnicas negras.
El palmetazo en la espalda a hueco de mundos sonaba.
En el silencio ensordecedor se acolchaba la mente.
Se diluía mi yo sin palabras a que aferrarse.
Me hundía en la mismidad del rumor de la calle y los pájaros,
cuyo trino pausado eterno vibraba en mis huesos.
Paz y olvido más acá de la muerte presente
entre esas cuatro paredes, trasunto del Universo.
Insoportable de nítida la realidad resultaba
mientras abría los ojos, y el mundo y sus signos fraguaban
de nuevo; lo más lejos era que un hombre sin Dios llegaría.

(2008)


Imagen: zazen

sábado, 24 de agosto de 2013

RECUERDOS DEL JAPÓN (II)


Fue gracias a unos amigos del grupo de práctica de Tai Chi que supe a mediados de los años 90 que había cerca de Cádiz un dojo o centro de meditación zen, o za-zen "meditación sentado", según los principios del budismo zen japonés introducidos modernamente en Occidente por el maestro Taisen Deshimaru. Efectivamente, se encontraba en una localidad de la provincia, y, supe al poco de frecuentarlo, que había otro centro de meditación budista, en este caso tibetana, ¡en la misma calle! Ignoro si los parroquianos estaban al tanto de lo que pasaba tras aquella puerta sin reclamos, de aluminio y cristal esmerilado de apariencia tan poco oriental. Aquel dojo era un parvo local con un vestíbulo enmoquetado, dotado de un biombo y de percheros para cambiarse, donde los veteranos se vestían sus kolomos, o trajes negros de monje, y sus kesa; se pasaba de allí por un arco, a uno de cuyos lados se hallaban apilados los zafus o cojines de meditación, al tatami o sala de meditación en cuyo centro se hallaba una mesa con un mantel blanco y algunos objetos budistas. Los practicantes entraban haciendo el gassho o saludo, y se colocaban a poca distancia el uno del otro (el espacio no daba para más), sentándose en su zafu frente a la pared encalada, y adoptando la postura del loto (cada cual en la medida de su elasticidad muscular, claro está); la meditación basada en la respiración abdominal y elusiva de la distracción del pensamiento, sólo era interrumpida por algún koan o enseñanza tradicional del godo, o guardián del dojo, breves frases que parecían brotar no de su garganta sino de alguna caverna profunda de su interior, y por su paseo ritual con el kyosaku, o bastón de monje zen, cuyos palmetazos eran requeridos por quien quisiera con un gassho, con el fin de aliviar la tensión de la espalda; al final de cada sesión se cantaba el Hannya Shigyo de cara a los símbolos del Buda (aunque el godo insistían en que no se trataba de una religión lo que se practicaba allí).
La experiencia de la meditación me era gratificante; se salía de aquel cubículo con la impresión de que los sentidos se habían limpiado y sensibilizado, con una calma poderosa, por así decirlo, y con una energía que no sé si podría compararse a una borrachera de oxígeno.
Me gustaba, pues, ir allí a pesar del dolor de las rodillas; con todo, me fui distanciando poco a poco de la práctica hasta cancelar totalmente las visitas al dojo; a ello no fue ajeno el hecho del abandono repentino del dojo por parte de su carismático godo, tras unas jornadas de meditación en el campo, a las que asistió un monje amigo suyo, quien le reprochó mesuradamente el que hubiera roto los lazos, digámoslo así, con el dojo-madre; el godo dio por zanjada la discusión con apretones de manos y risas, pero ya no volvió a ir más al dojo, sin dar ninguna explicación, dejando con un palmo de narices al pequeño grupo de practicantes que había aglutinado en torno a él.
Este incidente me hizo reflexionar en cómo cualquier filosofía, religión, o vías cualesquiera, pueden ser no más que un mero caparazón autojustificatorio si el individuo en cuestión está dominado por la soberbia, el egoísmo, y carece de un intelecto realmente profundo, cuna de una verdadera sabiduría; en trances posteriores de mi vida la práctica de la meditación no me ayudó por sí sola a resolver mis cuitas y dilemas, sino la búsqueda de la verdad de uno mismo en el choque, a veces brutal, con la realidad.
No obstante, a veces practico la respiración abdominal, y sé que aquel pequeño grupo de practicantes perseveró y persevera en el za-zen en su recoleto dojo, y los admiro por eso.
He encontrado, por ende, otros casos de gentes que utilizan la religión, retorciendo sus postulados, para justificar su modo de vida egoísta, y abusivo, lo que me ha demostrado que siempre se debe emplear la inteligencia en cualquier circunstancia, y no hacer nunca suspensión de ella.




Imagen: Taisen Deshimaru

martes, 20 de agosto de 2013

CRISIS DE RÉGIMEN


Las últimas noticias de la actualidad política parecen confirmar de modo creciente la impresión de que nos hallamos en un período de fin de régimen; desafortunadamente, en la historia de España es patente que los regímenes se enquistan durante décadas, y a su final no suele ser extraña la violencia, o un gran perjuicio para el pueblo. Es, pues, en este punto interesante detenerse en la distinción que hace el politólogo español García-Trevijano entre lo político y la política; lo político para él es lo público, lo del Estado, mientras que la política es lo perteneciente al gobierno. Así, el consenso, base intelectual del actual Estado de Partidos o Partitocracia, asegura el no traer a la política asuntos como la corrupción o la situación económica desesperada de la gente.
Y es que la corrupción política es causa mayor de la ruina de la población; de tal suerte que, cuando se propone desde instancias financieras internacionales y europeas reducir un 10% los salarios, se obvia siempre, aparte de rechazar esta barbaridad abusiva, que la crisis y su manifestación más sangrante, el paro, tendrían pronto alivio si se libraran a la economía productiva los 100.000 millones de euros que cuesta el Estado de las Autonomías (manteniendo las que sí lo han sido históricamente, y fueron eliminadas por la fuerza de las armas, Cataluña y País Vasco), creado por el Sucesor de Franco y sus nuevos partidos estatales para asegurar cargos y prebendas a su clientela, que no ha hecho más que crecer (resulta, en este aspecto, muy sintomático el que el gasto de las CC AA se haya disparado un 20% durante la crisis, en vez de reducirse en proporción, al menos, a los sacrificios fiscales y salariales que se les exige a los españoles); ha sido, por otra parte, un gran éxito de la casta política el derivar parte del disgusto larvado de la gente respecto al sistema hacia la clase funcionarial, de la que los políticos y sus sindicatos neoverticales desconfían por sus principios constitutivos de mérito y capacidad, totalmente ajenos a su esencia corrupta y clientelista.
Dicho afán de crear división y tensiones ha sido una constante del régimen actual, como modo de ocultar sus miserias (véase muy recientemente el conflicto de Gibraltar, que, a pesar de evidentes motivos para ello, es ahora cuando se reactiva como cortina de humo ante la corrupción y la crisis económica); pero, mientras que en la sociedad civil sí existe derecha e izquierda, en los partidos políticos -que deberían constituir la sociedad política, entendida como intermediario entre la sociedad civil y el estado, pero que son estatales, pues viven de él y con él se identifican-, sólo hay socialdemocracia, que ha engañado durante muchos decenios a la gente con su siniestro señuelo del Estado del Bienestar; en cambio, cuando las cañas se tornan lanzas, por haber favorecido aquélla la conversión de la economía productiva en financiera, creando deuda para sostener el mastodonte presuntamente benéfico, no tiene empacho en cargar el peso del esfuerzo económico sobre los hombros de los ciudadanos (perdón, súbditos); cualquier cosa, pues, antes que la casta política recorte sus privilegios y gabelas así como los de los grupos financieros y empresariales oligopólicos de los que van de la mano (ha sido muy triste comprobar una vez más esto con el golpe de gracia dado al autoconsumo eléctrico vía energía solar en beneficio del oligopolio eléctrico). El Estado, en suma, está asumiendo su verdadero rostro de enemigo de gran parte de la gente, y es evidente que su reforma no va a surgir ni de la Monarquía, espejo de corrupciones, ni de los partidos estatales que viven de él, sino de un proceso de libertad constituyente que traiga un régimen auténticamente representativo y una democracia formal que, con sus reglas de juego de control mutuo entre poderes, ponga coto a tantos abusos.


Ilustración: Jorge Galindo y Santiago Sierra, "Los encargados".

lunes, 12 de agosto de 2013

NOCHE BLANCA DE LOS BARRIOS DEL PÓPULO Y SANTA MARÍA

Este evento, celebrado el pasado sábado bajo la organización de Cádiz Ilustrada, tenía como fin contribuir a la restauración del Monasterio de Santa María. Se realizaron visitas guiadas por los barrios del Pópulo y Santa María, y se abrieron de noche varias iglesias, que ofrecían diversas exposiciones, también guiadas. Fue una oportunidad singular de contemplar obras de arte que no son de acceso público, a pesar de mi prevención inicial de asistir a cualquiera de estas "noches blancas", que suponen per se un barbarismo lingüístico (la nuit blanche francesa, abriga el concepto de 'noche en vela, de vigilia'). El recorrido por el barrio del Pópulo, guiado por D. José Manuel Romo, nos llevó, entre otros lugares, por el antiguo colegio de San Martín (que fue el mío primero, y cuyo primer día, con su puerta y su campana, y yo diciéndole a mi madre que nos fuéramos, no he podido olvidar);





La llamada Casa del Almirante, uno de los edificios históricos civiles de la ciudad cerrado a cal y canto;


y ya fuera del barrio del Pópulo, cerrado por la antigua muralla medieval, y en los antiguos arrabales del barrio de Santa María (donde, por cierto, nací) visitamos la casa Lasquetty, antigua casa solariega recientemente restaurada como bloque de viviendas, y en la que se ofreció también un espectáculo flamenco;





situada como está a tiro de piedra de la iglesia de Santa María, de la que puede admirarse su singular fachada, y torre, dotada de celosías de las que se servían las monjas concepcionistas para otear la ciudad.



Más tarde visitamos la iglesia de San Juan de Dios, anexa al antiguo hospital del mismo nombre (donde nació un servidor), ahora residencia geriátrica. Aparte del interior de la iglesia, pudo visitarse, por turnos guiados, la sacristía, sita tras una pequeña puerta bajo el altar, y que parecía un polvoriento gabinete anticuario, en el que el tiempo se apretuja mixtificador contra el espacio menguante;









aunque la visita principal consistía en la Capilla Sacramental, recoleta y angosta, reservada a los monjes para su oración; una auténtica maravilla por su abigarramiento, y al mismo tiempo su incitación al recogimiento, con esos pequeños reclinatorios ante el altar, en cuyos espejos, ya sin azogue, se reflejaban obsesivamente las luces de la velas, que, como en un relato borgiano, debían multiplicar al infinito los reflejos en los azulejos de las paredes, convirtiendo en miríadas las órdenes religiosas allí representadas por un artista napolitano.












Concluimos la jornada visitando la iglesia de Santo Domingo, muy cercana a mi casa natal, así como de su sacristía;







Me impresionó la belleza del claustro, uno de esos recuerdos quizás negados a mi infancia;





En una capilla del claustro se ofrecía la exposición Domus Aurea, en la que llamaba la atención la riqueza de los brocados y orfebrería, pareja a la ingenuidad de la figuración religiosa, quintaesencia de una fe popular incapaz quizás de abstraerse del fulgor del oropel.












Fue, en fin, una oportunidad única, y quien sabe si irrepetible, de contemplar lugares y obras únicas de ese Cádiz quizás demasiado oculto; si el sueño es, como se dice, la medida de la felicidad vimos que alguno se quedó ya ahíto, y emprendimos el regreso.