MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

miércoles, 31 de julio de 2013

ADIÓS, JULIO, ADIÓS


Se va julio, se va. Creo que ha sido uno de los más aprovechados y tranquilos que he vivido. Queda un mes de vacaciones, dirá el lógico lector, un vrai; sí, pero no será lo mismo, pues ya pesa el calendario de lo que se repetirá, sin ser idéntico, refinamiento del tormento de Sísifo. De todos modos, este julio pasará a engrosar otra hornada de olvidos inevitables, en ese retrato favorable para uno mismo que se espera encontrar en la ancha malla de la memoria. Y es que uno es y deja de ser, y espera seguir siéndolo por costumbre: la costumbre del yo. Repasaba lo que he escrito hace años, y no me reconocía a mí mismo, pues se tiene la vana esperanza de ser uno mismo, monolítico, sin perder conocimientos, recuerdos o habilidades (ya la misma idea del 'uno' es engañosa; se fluye más bien, pero habría que añadir, para ser verdaderamente heraclitano, que siendo y no siendo al mismo tiempo). Este puro -si es que lo es- devenir aturde, y no hay donde reclinar la cabeza, salvo en la onda aleve del mar de una memoria acaso piadosa.


Ilustración: Juan Francisco Casas

sábado, 27 de julio de 2013

RECUERDOS DEL JAPÓN (I)

A finales de curso, un grupo de profesores propusimos organizar unas jornadas, en las que, entre otras actividades, se ofrecían muestras de la cultura japonesa; de tal suerte, se organizó un concurso de dibujo manga, y una exposición de haikus, para la que se eligieron composiciones de José Miguel Ridao.







Ciertamente, el manga y el anime forman parte de lo que se ha dado en llamar cultura friki; no obstante, para los que somos de la generación de los 60, el Japón ha tenido otras connotaciones: el Bushido, Mishima, Kurosawa, el Zen, el aikido, el Meiji, etc.; en suma, el misterio de un Oriente no tan vasto -ni devastado- como el chino; una cultura, que, aunque tremendamente lejana, se sentía más próxima, en parte, por su espíritu de emulación occidental, y, por otra, por su aparente impermeabilidad a estas influencias, que se traduce, artísticamente, en una morosidad inefable en la recreación del mundo, cautivadora para un occidental.
Ese interés mío por Japón tuvo varias fases. Sobre mis veinte años, me interesaba, de un modo un tanto ingenuo, el mundo nipón como sociedad occidentalizada, y como paradigma paraheroico, encarnado en su época Meiji, sus samurais y, más recientemente, en Mishima. Leí alguno de sus libros, y dos libros sobre él, uno de Vallejo Nágera, bastante convencional en sus "sublimes japonerías", y otro de Marguerite Yourcenar, en el que analizaba su personalidad a través de su obra, Mishima o la visión del vacío, que venía a sostener que el escritor nipón había decidido convertir su vida, -y sobre todo su muerte- en una obra de arte. En los años 90, en cambio, tuve un contacto más directo y práctico. En esos años de incertidumbres, y trabajos precarios, conocí primero la práctica del thai chi, y a través de algunos compañeros, la del budismo Zen.

sábado, 20 de julio de 2013

PANTAGRUELISTAS


Iceulx fuyez, abhorrissez et haïssez autant que je foys, et vous trouverez bien, sur ma foy, et, si désirez estre bons Pantagruelistes (c'est à dire vivre en paix, joye, santé, faisant tousjours grande chère), ne vous fiez jamais en gens qui regardent par un petruys.

"Huid de tales [los monjes hipócritas], aborrecedlos, y odiadlos tanto como yo, lo que os reconfortará; y, si deseáis ser buenos pantagruelistas (esto es, vivir en paz, alegría, salud, regalándose siempre el paladar), no os fiéis nunca de gentes que miran por un agujero".

Así concluye el Pantagruel (1532) de Rabelais, libro anterior al Gargantúa (1534-35), aunque en las ediciones se lo presente como Deuxième livre por razones argumentales. En la historia de este linaje de gigantes prima, ciertamente, la demasía, y lo hiperbólico, en el que el gigantismo desborda en las funciones fisiológicas (que inspiró la teoría del realismo grotesco de Bajtin). Para un lector actual es chocante, al par que placentero, deslizarse en ese mundo inventado por el monje médico erudito humanista Rabelais, que ofrece tanto la carnalidad exagerada del mundo como la parodia de la erudición libresca (con sus irrisorios catálogos de libros) y las parodias bíblicas, a guisa de rebelión contra la "ignorante Sorbona", y el corro de teólogos que ahogaba al círculo de humanistas, que representa Erasmo de la forma más señera, en esa convulsa y aún no sujeta época pretridentina. Son, por así decirlo, más patentes aún en el Gargantúa los ideales erasmianos, como en la descripción del obrar del príncipe cristiano que es Grandgosier, padre de aquél, opuesto a la guerra y presto a la piedad y la comprensión a sus enemigos.
Ese humanismo que vive a pie de tierra, crítico, aunque no impío (también parcialmente presente en Folengo, quien se hace eco de la crítica erasmiana a las órdenes monásticas -no por casualidad aparece la obra del mantuano citado en el Pantagruel como De patria diabolorum, y el personaje de Panurgo está ligado al merliniano Cíngar y sus hazañas-), no rechaza el contacto con un mundo popular, que se infiltraba incluso con sus animales en las iglesias de la época, que no aparece ciertamente como tenebrosa. Sin duda, a la percepción de este cosmos literario plural ha perjudicado notablemente el Zeitgeist romántico, y su idealismo de cartón piedra, que permeó durablemente la sensibilidad literaria occidental, de modo que ha estorbado el acceso a obras de este tipo, y su verdadero disfrute desprejuiciado, al tiempo que respetuoso por una incomparable creación literaria, que desborda generosidad y creatividad, marcada por un insobornable amor a la vida, y a la palabra como aglutinante caleidoscópico del mundo.
Sería acaso deseable en estos tiempos ser pantagruelistas, amantes de la bonne chère -con la moderación que marca la salud-, de los libros y de la cultura, sin que tenga que suponer ello la renuncia al escrutinio de la verdad, contra el pesimismo y relativismo cultural y moral reinante, la infatuación literaria, la hipocresía, y la imposición socialdemócrata del "estilo de vida saludable".


Ilustración: Songes drolatiques de Pantagruel

Las citas provienen de Rabelais, Oeuvres complètes, Seuil, 1973.

domingo, 14 de julio de 2013

"COMO QUIEN ESPERA EL ALBA" DE LUIS CERNUDA


Este poemario, escrito entre 1941 y 1944, constituye la octava serie de La Realidad y el Deseo. El título alude, como señala J.M. Capote Benot en su Antología a la esperanza en el fin de la Segunda Guerra Mundial, que el poeta vive en su exilio británico; la Biblia y Kierkegaard son sus compañías constantes en la meditación sobre la realidad sombría que le rodea; en el libro, pues, aparecen no infrencuentes alusiones bíblicas ("No prevalezcan las puertas del infierno / sobre vosotros ni vuestras obras de la carne, La familia; Si pierde su sabor la sal del mundo / Nadra podrá volvérselo, y tú no existirías" Noche del hombre y su demonio; Por su pasión, un riesgo / Donde el que más arriesga es que más ama" Vereda del cuco) -sin que falte un descensus ad inferos clásico ["Este cónclave fantasmal que los evoca, / Ofreciendo tu sangre tal bebida propicia / Para hacer a los idos visibles un momento, / Perdón y paz os traiga a ti y a ellos", La familia-]) y aflora un lenguaje antitético, dialéctico, fruto de la tensión reflexiva, que redundan en un perfeccionamiento del lenguaje poético de Cernuda al tratar temas como la relación entre muerte y vida, y el valor ontológico del poeta, ya presentes en Las nubes.
En el comienzo del libro el poema Las ruinas se plantea como marco simbólico a la vez que sustantivo de la esencia dialéctica de la existencia; así, la contemplación de unas ruinas, hace pensar al poeta en los que ya pasaron, y en la contradicción ingénita al ser humano ("Ellos en cuya mente lo eterno se concibe, / Como en el fruto el hueso encierran muerte"). Este sentimiento de angustia le hace volverse hacia Dios ("Oh Dios. Tú que nos has hecho / para morir, ¿por qué nos infundiste / la sed de eternidad, que hace al poeta?"); y el absurdo consecuente para él le lleva a negarLo en términos que traen a la memoria a Lucrecio ("Mas tú no existes. Eres tan sólo el nombre / Que da el hombre a su miedo y su impotencia, / Y la vida sin ti es esto que parecen / Estas mismas ruinas bellas en su abandono: / Delirio de la luz ya sereno a la noche, / Delirio acaso hermoso cuando es corto y leve"). La aceptación de la vida, por tanto, conlleva la de la muerte, y el poeta lo expresa con bellas y dramáticas antítesis ("Todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. / Importa como eterno gozar de nuestro instante. / Yo no te envidio, Dios; déjame a solas / Con mis obras humanas que no duran: / El afán de llenar lo que es efímero / De eternidad, vale tu omnipotencia.").
En otros poemas como Góngora se reflexiona sobre el destino del poeta, orgulloso y lúcido a pesar del desprecio, la incomprensión, y el capricho del cánon cultural ("Gracias demos a Dios por la paz de Góngora vencido; / Gracias demos a Dios por la paz de Góngora exaltado; / Gracias demos a Dios, que supo devolverle (como hará con nosotros), / Nulo al fin, ya tranquilo, entre su nada."); el poeta que encarna un ansia de eternidad que Cernuda espera ver reencarnada en uno futuro, al que dedica un poema (A un poeta futuro), y que lo redimirá y dará, por fin, sentido a su vida, y un remedo de eternidad, que expresa ese futurido uixi ("Cuando en días venideros, libre el hombre / Del mundo primitivo a que hemos vuelto / De tiniebla y de horror, lleve el destino / Tu mano hacia el volumen donde yazcan / Olvidados mis versos, y lo abras, / Yo sé que sentirás mi voz llegarte, / No de la letra vieja, mas del fondo / Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre / Que tu dominarás. Escúchame y comprende. / En sus limbos mi alma quizá recuerde algo, / Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos / Tendrán razón al fin, y habré vivido"), que compensará todos los desprecios (Y si un sarcasmo escuchas, súbito como piedra, / Formas amargas del elogio ahí descifre tu orgullo.", Aplauso humano), y desfallecimientos ("Ha sido la palabra tu enemigo: / Por ella de estar vivo te olvidaste" Noche del hombre y su demonio)
La mayor discursividad, en fin,  de los poemas cernudianos se revela en una más acentuada polimetría, en la que, a pesar de todo, el poeta sevillano se muestra mayoritariamente fiel a su acento en sexta sílaba, y en suaves hipérbatos que dotan de gran belleza a la expresión de su pensamiento, plagado de tensiones dialécticas.


Las citas proceden de Luis Cernuda, Antología, Cátedra, 1990.




sábado, 6 de julio de 2013

TEMPORA AESTIVA



Existe la aspiración, quizás no ilegítima, de que el verano sea un cierto tiempo de huida, de extrañamiento, de depaysement o despaesamento, palabras muy expresivas,  en francés y en italiano respectivamente, sobre este sentimiento al que me refiero. El curso, de tan arduo esfuerzo y tan inmisericorde en el recuerdo que merece, emite sus luminarias postreras, en forma de ominosas llamadas ("las negras palabras en el auricular", de Radio Futura) sobre cupos y número de horas menguadas para el siguiente tan cercano por ende, y de cóncavos correos de compañeras sobre proyectos para éste; entretanto, el cuerpo se habitúa y se deja mimar para otra rutina autoimpuesta, sí, pero que se pretende más placentera -que no deja de ser la misma que la del resto del año, aunque, por supuesto, con más vacar-. Ya el martes pude comenzarlo, levantándome a las 8, desayunando y yendo a la calle a hacer una hora de caminata diaria; luego a ducharme, y a pesarme, con un espíritu similar al de Hans Castorp tomándose la temperatura en La Montaña mágica de Mann; acto seguido, la emprendo con el ordenador y dedico el resto del tiempo de la mañana que puedo a trabajar en la última fase de revisión y actualización de mi tesis doctoral (¿y a  mí que me importa lo que Vd. haga?, podría decir el quisquilloso y ocasional lector; pero concédaseme esta purga del corazón, que todo adquiere otra perspectiva cuando se lo pasa por lo escrito, para bien o para mal), mientras escucho la radio de García-Trevijano, Francemusique, y la Radio tre italiana de reciente descubrimiento; por la tarde organizo mis lecturas en función de los idiomas que he tocado a lo largo de mi vida: el lunes alemán con Paul Celan, martes griego, con Alcestis de Eurípides que acabo de concluir y la edición de Heraclito de García Calvo que retomo, miércoles inglés con el Macbeth, flanqueado por la magnífica traducción del maestro zamorano -tan triste es el olvido y el menosprecio con que fue acogido en los grandes medios el desaparecer de su persona, dado por más el menguado panorama de la literatura y la filología clásica españolas-; jueves italiano con las Maccheronee de Folengo en la edición de Mario Chiesa, viernes latín con Cicerón, tras decirle hasta pronto a Ovidio, y sábado y domingo dedicados ahora al Pantagruel rabelesiano. Aunque a ninguno de estos señores me los llevo a la cama, sino que para ella reservo a Mann entre semana, y a algún poeta el fin de ésta (espero que esta enumeración no resulte presuntuosa o pedante, de modo que acabe este escrito en no entrada, pero, en todo caso, es la realidad).
Es ésta una manera de diversificar el tiempo, de intentar ralentizarlo, o reivindicarlo, al modo quizás obsesivo de algunos personajes mannianos, dándole a cada día una identidad ritual, para que la suma de éstos no se aniquile a sí misma bajo el sello de la continuidad indistinguible, enemiga de la memoria. Creo, así, que llegué el miércoles por la tarde a una especie de satori veraniego y de andar por casa, sentado en mi terraza envuelto en el resplandor del preatardecer, con ambos macbeths en mis manos, y en un sentimiento de calma y plenitud que se agradece mucho ya por lo inhabitual en esta vida tan ajetreada de fantasmas áridos y recurrentes.


Ilustración: Max Ernst