MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

martes, 30 de noviembre de 2010

LA ROSA ETERNA


Son las plantas su vertical heroica,

belleza que es toda un sentir callado,

curvada de su propia plenitud.

El peso es la promesa de lo eterno,

matriz germinal que a la tierra apunta,

paradoja del brote siempre idéntico.
 
(1992-1995)
 
Imagen: La joie de vivre de Max Ernst

viernes, 26 de noviembre de 2010

CONFERENCIANTE EN APUROS



Entre los títulos académicos y certificaciones varias que tengo colgadas en la pared de un cuarto de mi casa, conservo una de la única conferencia que he dado en mi vida. Ocurrió en Marchena (Sevilla) en marzo de 2001. Allí recabé durante 4 meses en el primer curso que hacía sustituciones, reemplazando la baja por maternidad de una profesora. Años antes ya había estado unos días en Marchena, en su Archivo Municipal, buscando información sobre uno de los autores que estudié en mi tesis doctoral, el doctor Diego Sánchez de Alcaudete. Allí me tiré horas y horas intentando descifrar la endiablada escritura diplomática de las Actas Capitulares del ayuntamiento de la villa, buscando referencias biográficas sobre este personaje, como la fecha de su llegada al lugar, lo que me permitió confirmar mi teoría de la falsedad de su título de Doctor en Medicina, pero eso es otra historia.
Mi segunda estancia en el pueblo, más larga y agridulce, me aportó valiosas experiencias. Allí recibí mi verdadero "bautismo de fuego" en la enseñanza secundaria. Llegué a uno de los institutos de la localidad, donde acababa de implantarse el primer ciclo de la ESO. Eran los años duros de implantación de la LOGSE, y era frecuente encontrar entre los compañeros una actitud vergonzante de mirar hacia otro lado, y un espíritu de sálvese quién pueda ante el caos circundante. "Aquí todavía no se han enterado de lo que va la ESO", decía una bella compañera de Dibujo, de la que me resistí a enamorarme, mientras intentaba convencer en su guardia a un alumno expulsado de clase de que no se moviera de dónde se le había dicho. (No es de extrañar, pues, que muchos de los que alababan entonces el sistema intentaran poner tierra de por medio, y refugiarse en algún cómodo despacho al calor de sus influencias, lo más lejos posible de las aulas). Había cursos en los que era casi imposible dar clase, pues había algunos alumnos que reventaban la clase constantemente, y te veías con que sus propios compañeros te pedían que los expulsaras del aula. Pero no se tomaban medidas contundentes contra ellos. Parecía un tabú criticar este sistema perverso. Te veías desbordado, no sólo por esta violencia latente y falta de respeto constante, sino por un ambiente generalizado de falta de perspectivas. Se había convertido en un objetivo que muchos alumnos salieran del instituto sabiendo ¡leer y escribir!, alumnos cuyo único interés era o trabajar con su padre o ingresar en la escuela taller del pueblo. Sólo esperaban que les dejaras en paz, y hacer lo que les viniera en gana: su sentimiento era de impunidad. He tenido clases de más de 25 alumnos en las que convivían niñas con síndrome de Down, inmigrantes en fase de alfabetización (pero que debían estar allí porque les correspondía por su "grupo de edad"), y adolescentes procedentes de Casas de Acogida (así que cuando escucho hablar desde arriba de "atención a la diversidad" en el aula, me revuelvo en el asiento y me muerdo el labio). Recuerdo a uno de estos chicos: tenía a casi toda su familia en la cárcel, y en clase solía estar callado, mudo ante un cuaderno cerrado. Pero era una olla a presión sin espita. Una vez, cogió su mesa, y sin decir más la levantó por encima de su cabeza, y empezó a pasearse con ella por la clase; me planté delante de él instintivamente, y con buenas palabras intenté convencerle de que dejara la mesa en su sitio (me hizo caso, pero podía muy bien haberme estampado la mesa en la frente). Otra vez, tuve un altercado con uno de los "líderes" estudiantiles, y lo expulsé de clase. Eso no debió de gustarle, pues un día que salí más tarde del centro, vi una piedra que rebotaba a escasos metros a la derecha delante de mí, miré a la acera de enfrente y allí estaba el alumno acompañado de varios adultos (entre ellos una anciana de pelo blanco); me quedé paralizado: el alumno tenía otra piedra y la arrojó a escasa distancia a mi izquierda. Lo miré fijamente, y me quedé inmóvil. La piedra rebotó, y los adultos que acompañaban al chico se rieron mientras se daban la vuelta y se marchaban de allí. Al día siguiente denuncié el hecho en el centro, y "conseguí" que lo expulsaran el tiempo máximo que permitía la ley... que son 30 días. Fue como un duro despertar. En esta profesión o te endureces, o te hundes, y poca gente vendría en tu ayuda. Afortunadamente, empero, compruebo que el gremio se está volviendo cada vez más contestatario ante este sistema que ningunea tanto al profesor, y lo expone a tanta indefensión.
Pero no todo fue malo en Marchena. Es un bonito pueblo, lo llaman "el pequeño Vaticano" por su abundancia de iglesias, y allí pude dar mi primera, y única conferencia. Le comenté a mi compañero de francés en el instituto que había escrito una tesis sobre la poesía macarrónica, y me dijo que existía una tertulia en el pueblo, de la que él formaba parte, llamada "Los luneros", en la que invitaban periódicamente a personas a dar conferencias sobre un tema concreto. Me invitó a dar una conferencia sobre el asunto, y acepté. Fui a su local, y allí, ante una veintena de personas, estuve hablando como una hora de la historia del género, de su carácter cómico, y de las andanzas y vida picarescas del autor, marchenero de adopción, que había ido a estudiar años antes al pueblo. Pocas veces he tenido un auditorio más atento y solícito. Al finalizar el acto, me entregaron un diploma, y me invitaron en la barra del local a tomar lo que quisiera (era la manera de agasajar al conferenciante). Así que me tomé dos cubatas (o tres), que falta me hacían.
Veis así, amigos, lo que algunos somos capaces de largar por un par de cubatas.
Feliz fin de semana.

   

martes, 23 de noviembre de 2010

EL SÍNDROME NOVEMBRINO


"Novembrino" es un adjetivo que no aparece en el diccionario de la RAE, pero sí en un poema de Miguel Labordeta, momento novembrino (lástima que lo de "momento" siga recordando a Boris Izaguirre, usurpador). Me hallo en un estado de espíritu similar al que deja traslucir Labordeta en su poema, atado a su "zaragozana gusanera". En noviembre descubro una clase especial de melancolía, difusa en la tierra de nadie del calendario. No tan lejos de las delicias estivales, que se te antojan el reino de la infancia en su breve ilimitud, el ritmo de trabajo se acrecienta y rutinaliza, sin que haya llegado el alborozado diciembre a introducirte en la Epifanía, calurosa de luces, recuerdos y ensoñaciones compartidas, que te induce a aceptar de buena gana el invierno prolongado, encarnado en frío y trabajo vasodilatador.
Sientes, pues, que puede haber aún una marcha atrás, una posibilidad de retroceder a terrenos vírgenes de la memoria, que te aseguren al menos una existencia a la que poder sustraerse cuando se quiera. La melancolía te sorprende entonces en cualquier parte; en el trabajo, donde descubres tus propios límites, por honrosos que parezcan, y lo importante que ha sido la fuerza de voluntad en tu vida para salir adelante, y seguir teniendo hambre de aprender; en casa, cuando piensas cuántos años podrás continuar con este ritmo vital, del que te quedan, al menos, veinte años por delante, y la evidencia de cómo las rutinas y las fruslerías cotidianas llenan tu vida hasta casi el borde, de las que procuras huir buscando "agujeros en el tiempo", hechos de lectura, reflexión y, en ocasiones contadas, de poesía.
En fin, un asco noviembre, cuando deja de ser octiembre, y aún no es otra promesa perdida en el recuerdo.
  
Imagen: fotografía de Paco Gómez

sábado, 20 de noviembre de 2010

AGUSTÍN GARCÍA CALVO


En mi condición de esclavo del latín (realmente servil y digno de disciplina inglesa) quiero hablar hoy de uno de mis amos predilectos: Agustín García Calvo. Aparte bromas, García Calvo es un eximio representante, junto a Antonio Fontán, Rodríguez Adrados, Lasso de la Vega, Luis y Juan Gil, Bassols de Climent, Mariner, Fernández-Galiano, Lisardo Rubio, Ruiz de Elvira, Holgado Redondo y otros, de una Edad de Oro de la Filología Clásica española, que la hizo equiparable a la de cualquier país europeo, incluida Alemania. De la variada obra de García Calvo me ha interesado más su faceta de filólogo, poeta y traductor. Yo escuchaba un programa que tenía a finales de los años ochenta en Radio 3, donde combinaba exposiciones sobre la realidad circundante con lecturas de sus poemas. Me atraía de él su carácter de outsider voluntario de los medios de comunicación (su negativa a aparecer en televisión), y del mundillo cultural y literario (en una apasionada y hermosa antología de poesía española de postguerra, Miguel García-Posada, 40 años de poesía española, le hacía un lugar fuera de tendencias y generaciones). Compartía algunos de sus planteamientos anárquicos y rechazaba otros. Y sobre todo, lo admiraba por sus traducciones rítmicas de la poesía greco-romana, que buscaban restituir los ritmos originales y naturalizarlos en español (entendido como lengua viva, ajena a lo que él llamaba espofcon, "español oficial contemporáneo", lo que le ha llevado a un uso desinhibido de metaplasmos), empleándolos él mismo en su poesía. En este sentido, son señeras sus traducciones de la Ilíada de Homero y del De rerum natura de Lucrecio. Por influencia suya, hice traducciones rítmicas de los poemas estudiados en mi tesis doctoral, y de los presentes en mi tesina publicada. Pasé a usar esos moldes para mi propia poesía, y en la actualidad combino estos esquemas, sobre todo el tetrámetro dactílico (con posibilidad de primera sílaba en anacrusis), con el endecasílabo tradicional.
Recientemente, García Calvo ha publicado en su editorial Lucina una traducción rítmica de Los Persas de Ésquilo, redactada en dos meses. A sus 83 años, el gran filólogo y poeta nos sitúa ante la peculiaridad única de la primitiva tragedia griega, con las danzas y cantos coordinados de los coros, que servían de contraparte a los dos o tres, en algunos casos, actores de la tragedia esquilea, que, con sus máscaras (personae) representaban los distintos personajes en un escenario de increíble sobriedad. García Calvo transmuta al español la variedad de ritmos de los anapestos, trímetros yámbicos y las partes cantadas, que al leerlas en voz alta, creo que transmiten parte de esa magia y pathos irrepetible del teatro antiguo. Larga vida al maestro, con el que me gustaría trabar conocimiento algún día.
Reproduzco a continuación un vídeo donde se escucha a García Calvo recitar, en español y en griego, el comienzo de la tragedia susodicha en una versión publicada en 1984. La transcripción de ambos textos puede leerse en el blog Canzoniere, cuyo autor es quien ha colgado además el vídeo en Youtube. La imagen de García Calvo la he tomado del blog Enquiridión.


  

martes, 16 de noviembre de 2010

POESÍA EN CUARENTENA


Escribo poesía pero no sé qué es realmente ser poeta. Podría pensarse que si hay un género literario que se ajusta a los nuevos soportes de lectura como el blog e internet en general es la poesía. Sin embargo, es la novela la medida de la valoración del escritor, como hacía Andrés Ibáñez en el ABC cultural del último sábado donde hacía un decálogo de la literatura, donde afirma entre otras cosas que un artista debe tener éxito y tener en cuenta al receptor, y que sin éxito el artista no puede desarrollarse ni madurar. Quizás sea así porque si hay un artista ligado a la imagen tradicional de la literatura ése es el poeta. Coronado de laurel y poseído del furor o inspiración divina, se convertía en puente entre el mundo visible y el invisible. El poeta épico representa la quintaesencia de la función ciudadana de la poesía. Con el ritmo poético conseguía el poeta lírico esculpir en el tiempo, empleando una expresión tarkovskyana, e ir burlando a la muerte con una ilusión de perennidad. La modernidad romántica trajo la desacralización de la figura del poeta. Éste deja de ser una figura de ambiciones universales, revelador e intérprete de misterios y encarnación del presunto espíritu de un pueblo o época, y se centra en sí mismo, en su pequeño mundo de sentimientos inseparables de su yo. Cuanto más se desarrolla el carácter individual y "personal" de la poesía, tanto más va perdiendo ésta su entidad rítmica. Surge, así el verso libre, o verso tipográfico, como lo llamaba A. García Calvo, con lo que los lindes con la prosa se desdibujan. Pienso que esto puede contribuir a la banalización de la poesía, convertida en pura voz "individual", vehículo de ideología que se expresa en una prosa que ya no está hecha para ser leída en voz alta sino para ser leída en silencio, como un periódico.  De ahí los apuros que se ve pasar a algunos poetas en las lecturas públicas de sus obras, cuando intentan suplir la falta de ritmo auténtico de sus poemas con rotundidad o melosidad de la voz, pudiendo incluso cambiar palabras de sus composiciones, pues en el fondo poco importa.
Esta poesía está destinada a no sobrevivir al tomito en que se publica, y se alimenta para su existencia del prestigio cultural todavía inherente al género, repartido al capricho -a veces, atrabiliario- de jurados y editores.
Estimo que si no hay ritmo -y digo ritmo, no rima-, no hay poesía, y que un poeta que no busque trascenderse olvidándose de sí mismo, y que se encarne en una voz que sólo le pertenezca fugazmente, transportado por ese ritmo que no deja de tener algo de ritual, no será más que otro poeta de Cultura, y por tanto en ella clasificable.
Dicho esto, insisto en que no sé realmente en qué consiste ser poeta, y la importancia que tenga.

Imagen: "Los poetas" de Carlo Carrá.

viernes, 12 de noviembre de 2010

ROMA DELENDA EST


Esta mañana al coger el autobús me encontré con un conocido de los remotos tiempos en que practicaba aikido. Llevaba a sus dos hijos pequeños al colegio. Ya he coincidido con él en otras ocasiones, porque vivimos relativamente cerca. En una de ellas me sorprendió bastante por su sensatez. Me dijo que sus hijos verían la reforma de la educación en España, y que yo lo comprobaría cuando éstos llegaran a mis manos, pues en el colegio en el que estudiaban actualmente estaban muy concienciados padres y maestros en la necesidad de mejora de la situación existente en un sentido de exigencia, laico y progresista. Yo le expresé un suave escepticismo respecto a su planteamiento, y le hablé de la presión ideológica existe en el entramado educativo, y de cómo mucha gente considera elitista, segregador y reaccionario plantearse una elevación de los niveles de exigencia académica, y da un valor primordial a la ideologización -unidireccional- de la enseñanza. Pero ese planteamiento es propio de fachas de izquierdas (fueron sus palabras, no las mías), y algo que está terminando, ya verás. Su optimismo en ese momento me resultó contagioso, y rogué internamente por que haya más padres empeñados en mejorar la educación de sus hijos.
Pues bien, esta mañana empezó a hablarme en el autobús de historia, que a él, médico, le interesa mucho. Compartió brevemente conmigo sus inquietudes de cómo habría sido el mundo si en vez de Roma hubiera vencido Cartago. Los romanos eran unos imperialistas -me dijo-, y tras la batalla de Cannas lo que deseaba Aníbal era la paz, pero Roma era una máquina de producir soldados, y las autoridades cartaginesas abandonaron a su suerte a Aníbal. El ejército cartaginés era mercenario, lo que le parecía preferible. Se preguntaba si el mundo no hubiera sido mejor con los cartagineses. Sólo le objeté entonces que Cartago también construía un imperio, y él me aludió a los orígenes fenicios de Cádiz, y de cómo quizás Cartago habría forjado un mediterraneo más habitable.
No tuvimos más tiempo para hablar en el breve trayecto del autobús, pero le vengo dando vueltas a su idea desde esta mañana. Ciertamente, la historia-ficción me parece un género sólo apto para ociosos, pero no deja de tener su atractivo, y subyugó a personalidades como la de G. K. Chesterton, quien en su libro El hombre eterno trató de las Guerras Púnicas:

"[...] Todos los hombres se mueven por su religión y su concepción del universo, y aquellos que no creen más que en el miedo, no pueden creer más que en el mal. Siendo la muerte, según ellos más fuerte que la vida, las cosas inertes serían más fuertes que las criaturas humanas. El oro, el acero, las máquinas, las montañas, los ríos y las fuerzas ciegas de la Naturaleza pueden imponer sus leyes al espíritu [...] Así ocurrió con los príncipes comerciales de Cartago y su culto de la desesperación, en la hora en que todas las esperanzas parecían serles favorables. ¿Quién les hubiera dicho que los romanos esperaban contra toda esperanza? Su religión era la religión de la fuerza y del miedo; ¿cómo podían comprender que hubieran hombres que despreciaran el miedo y no se sometieran a la fuerza?  [...] En una palabra: ellos, que durante tanto tiempo se habían prosternado ante cosas sin significado, ante el dinero y la fuerza bruta, y ante los dioses de corazón de fiera, ¿cómo podían saber lo que había en el corazón de los hombres? [...] Cartago cayó por ser fiel a su propia filosofía. Moloch devoró a sus propios hijos. [...] Es indudable que la lucha que estableció el Cristianismo hubiera sido muy diferente si el imperio [sic] hubiera sido vencido por Cartago. Gracias al triunfo de Roma, la claridad divina, en la hora escogida por ella, se elevó sobre una humanidad humana, a pesar de todo. Cualquiera que fuese su corrupción o su miseria, Europa se había librado de peores destinos. Pues hay gran diferencia entre el ídolo que es sólo un muñeco de madera, al que los niños ofrecen migas de pan, y el ídolo gigante que devora a los niños*".
Cf. G. K. Chesterton, Ortodoxia. El hombre eterno, Ed. Porrúa, México 1986, pp. 192-193.

*Alusión a la diferencia entre el culto familiar a los Penates en Roma, y los sacrificios de niños al dios Moloch en Cartago.

Se comparta o no la visión teleológica de la Historia que proyecta Chesterton, se puede coincidir con su idea de la derrota del pragmatismo relativista frente a la fuerza de la obstinación que hunde sus raíces en un sentido de la dignidad que se hace fuerte en el crisol de la tradición o de la religión. A mí también me parece preferible la victoria de Roma, y no puedo concebir un mundo distinto al surgido de la conjunción del greco-latino y el judeo-cristiano.
Resulta, empero, inquietante el paralelismo con nuestra cotidianeidad, donde los bárbaros no dudan en sacrificar a sus hijos en la lucha contra un enemigo que no quiere o no puede calibrar la fuerza del odio.

Imagen: Exposición de A. Rodin en Cádiz.
   

martes, 9 de noviembre de 2010

OTOÑO EN MADRID

Estuve con mi mujer el pasado puente en Madrid, en compañía de nuestra querida amiga Aurora, quien nos descubrió algunos rincones insospechados. El otoño llenaba el aire de Madrid. Una sinfonía de colores adornaba la decadencia otoñal.


El paisaje urbano se me antojaba majestuoso en la sobriedad de la luz que lo iluminaba, y la lluvia dispersa me instalaba en cierto recogimiento interior. La ciudad parecía ser más ella misma bajo el cielo encapotado y los contrastes de color. Interiores. Disfrutamos de la visita a varios lugares, como los conventos de la Encarnación, Descalzas Reales, la casa-museo de Sorolla, y el museo de la Fundación Lázaro Galdiano, que contienen verdaderos tesoros artísticos, y no están tan masificados como otros espacios culturales.
Me impresionó el enorme taller de Sorolla, núcleo de una antigua casa, que debió de estar llena de amor y plenitud de vida.



El taller es el santuario del pintor, y estaba primorosamente conservado.
La Fundación Lázaro Galdiano reúne en el antiguo palacio de Parque Florido, residencia del insigne coleccionista y editor homónimo, parte de su vastísima colección. Fue remodelado en los años 50 del siglo pasado para convertirlo en museo. En las salas pueden verse fotos de época de cómo eran las antiguas habitaciones, decoradas con estas obras de arte. Lázaro Galdiano disfrutaba de estas maravillas en su propia casa, como debe hacer un verdadero coleccionista. La violación de esta antigua intimidad resultó ciertamente gozosa.
Seguimos apreciando esa intimidad en la visita a la bonita casa de nuestra amiga, en la que los muebles clásicos, los cuadros y los libros hablaban de un amor familial reposado y concentrado en capas invisibles pero inalienables.
A mí Madrid nunca me ha gustado demasiado, pero en esta breve visita he sentido una gran querencia por el viejo Madrid, y me han entrado deseos de volver a visitarlo, y profundizar en las hermosas intimidades de esta ciudad recóndita.
(Por cierto, el mejor bacalao que he probado nunca ha sido en Madrid, en el restaurante La huerta de Madrid, cerca del Bernabeu).
Muchas gracias por todo, Aurora.



viernes, 5 de noviembre de 2010

LA AGONÍA DE FRANCIA



"Las democracias, privadas de la asistencia de las masas, en cuyo nombre actúan y gobiernan, están perdidas. El totalitarismo, la nueva barbarie, lo único que ha conseguido ha sido sustraer a la democracia las masas populares que eran su razón de ser, pero no porque represente una superación filosófica, ni siquiera política, social o económica, sino por el desequilibrio tremendo que se ha producido entre el progreso material y el progreso espiritual, por el hecho puro y simple de que hoy día un adolescente semianalfabeto, pero que tenga buenos movimientos, reflejos y pulmones resistentes puede aterrorizar a una ciudad de millones de habitantes planeando sobre ella con una tonelada de mortíferos explosivos, gracias a un motor cuyo funcionamiento ni siquiera conoce y que conduce a ciegas con sólo mover unos resortes.
Se ha conseguido reducir al mínimum los valores humanos que entran en juego en la lucha y con ese mínimum de humanidad, mejor dicho, con esa animalidad amaestrada que basta para las grandes acciones gracias al progreso mecánico, los nuevos bárbaros pretenden dominar y esclavizar a una civilización que ni intelectual ni espiritualmente han podido superar.
En el fondo de esta espantosa lucha de nuestro tiempo y a pesar de las fuerzas demoníacas que se ponen en juego, no hay más que una verdad. Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia. Es decir, el liberalismo, la democracia".

Cf. Manuel Chaves Nogales, La agonía de Francia, Libros del Asteroide, Barcelona 2010, p. 63.

El periodista y escritor Chaves Nogales, que había sido partidario de Azaña, se marchó de España en 1937, falto de deseos de ver -como decía- de cuál de las dos trincheras salía el próximo dictador de España. Permaneció en Francia hasta la debacle de 1940, trasladándose luego a Inglaterra donde murió en 1944. Férreo defensor de la democracia y el liberalismo, analiza en la obra citada con un vibrante estilo periodístico las circunstancias que confluyeron en la rápida derrota francesa de la primavera de 1940. Chaves considera que las fuerzas combinadas de los dos totalitarismos en aparente liza, el comunismo y el nazismo, habían minado el espíritu de identidad y resistencia democráticas de las masas francesas. La obra concluye con la descripción del éxodo masivo y no exento de frivolidad de los parisinos, que llenaban ufanos los cafés y restaurantes de Biarritz y San Juan de Luz. (Es aquí precisamente donde comienza la excepcional Suite française de Irène Némirovsky, novela de la que hablaré en otra ocasión).
El texto que cito de Chaves podría referirse casi exactamente a acontecimientos recientes como el 11-S, y puede ilustrarnos sobre esa peligrosa tendencia del Occidente democrático actual a plegarse a la fascinación del Terror. La servidumbre voluntaria, el miedo a la libertad que, en época de la Guerra Fría se revestía del nombre de "distensión", revive con particular y desgraciada virulencia en un país como España. Tras convivir durante décadas con un terrorismo integrado políticamente en el sistema y subvencionado por los contribuyentes -abyecta aberración-, parece que ciertas fuerzas oscuras creyeron que el pueblo español estaba maduro para sucumbir a un acto de terror supremo como el 11-M, y acatar la voluntad de dichas fuerzas de cambiar el gobierno de la nación. Nunca había obtenido el terrorismo una victoria tan evidente sobre la Democracia, y demostraba así su debilidad, de modo similar a lo ocurrido en la Francia de 1940, donde un aislado bombardeo sobre París provocó el pánico y consiguiente éxodo masivo de la población. También fue entonces en nombre de la Paz que se consumó la manipulación de las conciencias (que no nos metan en guerras de otros; allá Inglaterra y su Imperio con los nazis, etc.). Pero un hombre libre sabe que la paz no es un fin en sí mismo, sino un estado desgraciadamente inestable, y los mismos revolucionarios franceses exigían la liberté ou la mort, excluyendo, evidentemente, de este dilema, la paz del sometimiento y la esclavitud. Consecuentemente, los que predicaban la claudicación fueron ensalzados, y entraron en una inaudita negociación política con el terrorismo patrio en nombre de la "paz". Sin embargo, lo que hacían -lo que hacen de nuevo según parece- es legitimar el asesinato como arma de acción política, es decir, el fascismo y el totalitarismo bajo la especie de extrema izquierda nacionalista. Sólo espero que las urnas pongan en su sitio algún día a esta banda de miserables, y de momento, quiero expresar desde aquí toda mi solidaridad con las personas que se manifestarán mañana en Madrid en contra de esta indigna claudicación ante el terror y la barbarie totalitaria.
Feliz fin de semana, amigos.

martes, 2 de noviembre de 2010

SILENCIOS



Theo Van Gogh no estaba en su casa,
si no tal vez se hubiera salvado;
habría cogido el teléfono, visto
la tele, soñado con nuevos proyectos;
sí, habría escapado al terror islamista,
y una escultura anodina y anónima
no enmarcaría el silencio acordado
de resultar una víctima incómoda.
 
 
Imagen: Monumento a Theo Van Gogh en Amsterdam, erigido cerca del lugar donde fue asesinado hace justamente seis años.