MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

viernes, 24 de septiembre de 2010

DE OTRO CEMENTERIO MARINO, EL DESCANSO ETERNO Y EL DERECHO AL CANSANCIO


Desde mi instituto se puede contemplar el viejo cementerio de la ciudad, en vías de desmantelación. Al parecer, colgó el cartel de completo en 1992, y desde entonces se está trasladando a sus inquilinos al nuevo cementerio mancomunado sito en Chiclana, un enorme lugar en medio del campo, casi un exilio (nada que ver con el cementerio de Ouessant). Como puede verse, está casi a pie de playa, aunque desde ésta los veraneantes sólo alcanzar a ver sus enjalbegados y anónimos muros. Su aspecto ruinoso me hace pensar en la Varsovia de 1945, y verlo desde las ventanas me resulta un rudo contraste con la visión de mis alumnos llenos de vida y empuje. Ellos no le prestan la menor atención, como si se tratara de un desguace más. Será destinado en un futuro a zona verde, y parece ser que en el nuevo cementerio mancomunado se construirá un monumento que recoja los nombres de los 285 pico mil inquilinos totales de la necrópolis de Cádiz, en cuya base existirá un osario para restos procedentes de ésta.
No es un tema sobre el que resulte agradable reflexionar, pero hace pensar en lo relativo del concepto de descanso eterno, pues los habitantes de la ciudad de los muertos se ven sometidos a traslados y cambios de domicilio forzosos, debidos a la extinción, más o menos lejana en el tiempo, de los "derechos de propiedad" de los nichos, que no dejan de estar situados en terreno municipal. Así podría decirse que los muertos son víctimas de cierto socialismo post mortem, ante el que se da una obvia incapacidad de reclamación o rebelión.
Quizás tenga que ver algo con esto la boga creciente de las incineraciones frente a las inhumaciones. A mí no me gustan. Tuve ocasión de asistir a un entierro donde los familiares no sabían qué hacer con las cenizas del difunto: optaron por arrojarlas al mar. Se hizo un recorrido por las playas de la ciudad, buscando ingenuamente un lugar apto para la ceremonia íntima. Vano intento. Se terminó en una apartada escollera donde fueron arrojadas al mar las cenizas sin más contemplaciones. No me hizo ni pizca de gracia; era como algo de lo que no quedaba más que desembarazarse a toda prisa. Y gracias a Dios que no soplaba viento.
Respeto a quienes prefieren la incineración, pero, al igual que en vida habré dejado una huella en otras personas, habré amado, odiado, hecho cosas buenas y malas, en la muerte quiero también ocupar un espacio de humildad. Un espacio apto para el rito, que creo inherente al ser humano. Preferiré, pues, que mis huesos acaben con el tiempo en un osario común a saberme ceniza perentoria y embarazosa.

Escribo esta entrada muy cansado del trabajo, agotado a pesar de la siesta. Debería haber también un derecho al cansancio (¿no se inventan otros?), otra señal de que se está vivo.

Feliz fin de semana, amigos.

martes, 21 de septiembre de 2010

INVISIBLE


Lo invisible proyecta sus formas

de angustia perfecta sobre las palabras:

baraja de ángeles, Dios de los átomos

que la materia visible atraviesan,

bacilos y virus, quimeras del aire.

A ver y no verlo estoy condenado,

a descreer y creer de lo visto,

y a revestirme de lo invisible.

viernes, 17 de septiembre de 2010

DE BÚHOS Y UN POETA NOCTURNO


Es curioso cómo la superstición hace que un mismo ente denote una cosa y su contraria. Pasa con los búhos. No hace mucho le regalaron a mi compañera un búho en cristal de Swarovski, que dicen que da buena suerte. Ya hubo otro búho de cerámica en casa, aunque acabó rompiéndose en alguna de esas jornadas homéricas de limpieza y expurgo del hogar (Esto a mí me desazonaba cuando veía hacerlo de niño a mi madre, y, ahora que participo en ellas en mi propia casa, no deja de provocarme cierta angustia). En otras épocas, empero, ha sido este ave rapaz signo de mal agüero. Ayer me contaba mi madre que cerca de la piscina del bloque donde vive uno de mis hermanos había sido visto un búho, y que esa noche murió uno de los vecinos. Me sentí entonces catapultado a uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia. Vivía en una casa de vecinos en el barrio de Santa María de Cádiz, en un tercero con balcones a la calle, y una tarde apareció un búho que se posó sobre el cableado eléctrico que colgaba de un lado a otro de la calle. La gente lo miraba desde los balcones con respeto y cierta prevención. Me llamaron la atención los enormes ojos de la criatura, que parecían girar con independencia del movimiento de su cabeza. Me pareció siniestro y ominoso. Esa noche murió inopinadamente una vecina de la casa. No he vuelto a ver desde entonces a ningún otro búho, y, ciertamente, no es que me vuelva loco encontrarme con otro.


Las noches de este último mes me ha estado acompañando la antología La piedra habla del poeta rumano Lucian Blaga (Visor). Leí la reseña que le dedicó Jaime Siles en el ABCD, y me atrajo su idea de que la cultura le había salvado en la censura comunista que lo aisló de la vida literaria e intelectual de su país. Poeta, dramaturgo, filósofo, traductor... una rica vida interior que se asomaba al mundo en una sobria mirada de reflexión y silencio. Esa autosuficiencia en la marginación me parece un ejemplo de sabiduría y grandeza. Su poesía inédita final, que mezcla visiones de la ruda aldea rumana de su infancia con fulgurantes y atropelladas metáforas en trasfondos bíblicos y mitológicos, indaga en esa realidad mágica e inasible que el poeta prefiere sentir deslizarse, fugaz, entre sus dedos de tiempo.



Mis ruegos han sido oídos, y ha empezado a llover, con intenso aparato eléctrico, como debe ser. Espero días con claros y nubes, que fortalezcan mi esperanza.

martes, 14 de septiembre de 2010

COMIENZO DE CURSO

Comienza el  curso, e imaginas que vienen dispuestos a todo por aprobar, incluso... a estudiar.


Mañana comienza el curso oficial con la llegada de los alumnos. Hoy nos han repartido el horario, y se ha ofrecido un acto de bienvenida a los nuevos profesores. He podido conocer a algunos de los chicos, amables, educados y sonrientes. En alguno de los centros en los que he trabajado habrían empezado a darles cosquis desde el primer día: cosas de la "sabiduría popular". Lo del reparto de horarios es uno de los momentos de más tensión del comienzo de curso. Todo el mundo está expectante por ver si sus peticiones de horario han sido respetadas o no, para comenzar acto seguido con negociaciones e intercambios que ríanse ustedes de los parlamentarios. La verdad es que no he salido mal librado. Mañana es la presentación de grupos y uno se empachará de caras que, poco a poco, irá asociando a nombres, que te parecerá en breve haber conocido de toda la vida. Son las cosas de esta profesión, tan denostada y vilipendiada por lo demás. Los alumnos son siempre algo más (no diré 'alumnado' -ni 'alumnada' como le escuché a una alumna-: rechazo la tiranía mental de lo políticamente correcto y la igualdad de boquilla), son fuente de satisfacción, si logras hacer mínimamente tu trabajo (o de frustración, si no puedes, lo que es, desgraciadamente, lo habitual).


El verano parece dispuesto a morir matando, cocinando sus últimos calentones. Que le vayan dando, y llegue ya el otoño, con su promesa de lluvias y melancolías. Caigan las hojas, y nos sirvan, como a la Sibila, para escribir versos que irradien por sus venas muertas.

viernes, 10 de septiembre de 2010

DE LA SIESTA Y OTROS DELIQUIOS


La siesta es la divisoria del día. Es una aspiración al olvido de la mañana y sus avatares laborales. A mí me gusta perder la conciencia mientras leo algo, y lo dejo caer sobre mi pecho mientras me rindo, complacido, al sopor. Su duración depende del cansancio que vengas arrastrando: media hora, una hora, hora y media, hasta dos horas... Un agosto sin viajes se parece a un domingo prolongado, y retiene algo de su angustia inasible. En él la siesta tiene un papel redundante, de traición del duermevela nocturno. Cuando se vuelve al trabajo, empero, se convierte en un problema la siesta. Si quieres ser metódico y organizado parece sobrante, pero no puedes vivir sin concebirla. Así que intentas acotarla, reducirla, someterla a la rutina. Afortunadamente, no siempre es posible, y te despiertas con la sensación culpable de haber desaprovechado el tiempo, y de habérselo robado a la vida activa, que te agobia con la presión de la noche inminente. Quieres hacer tantas cosas, y no se duerme lo bastante para recordar los sueños... De tal suerte que tu siesta se adelgaza cuando más pareces necesitarla bajo el índice alargado y acusador de los días menguantes.


Termino una semana de intenso trabajo en mi nuevo centro. Está casi a pie de playa y la vista es estimulante. Pero hay muchas cosas que preparar y tengo que acostumbrarme a un nuevo ritmo. Espero que esto no afecte al blog, mientras me adapto a mis nuevas rutinas. A mí no me asusta trabajar, lo que no me gusta es no poder hacerlo en plenitud, y encima que te metan el dedo en el ojo por ser blanco o negro.


Vi en la tele a unos extras de La matanza de Texas anunciando una nueva tregua; lo cierto es que me sorprendió tanto como cuando Ricky Martin confesó que era gay. Será que estoy perdiendo la capacidad de sorprenderme...


He tenido también unos días de "bajón bloguero": miro a un lado y a otro y ante la calidad de los blogs que leo me siento algo desmotivado para seguir con el mío. Espero superarlo. Será quizás este septiembre maldito que te sacude hasta las entrañas...

martes, 7 de septiembre de 2010

FIN DE UN VERANO


Apremia el final del verano,

recoge sus velas ardientes.

Zozobras y desengaños

reflotan la angustia que crece.

Las playas pereza destilan

de espacio y tiempo banales.

Se desperezan rutinas,

nuevas perplejidades.

viernes, 3 de septiembre de 2010

VOLVERÁS A EDUCACIÓN

Me propuse pasar los últimos días anteriores a la vuelta al trabajo en calma, permitiendo que fluyeran naturalmente las cosas. Renuncié al placebo lexatín, y dejé que me embargara la jadeante ansiedad del día ante que me atraviesa como intermitentes descargas eléctricas. Se albergan heridas que necesitan abrirse periódicamente para contribuir a darle, si no sentido, sí cierto orden a la vida. Pero no todo ha sido tan de sopetón: me encontré el sábado a la madre de uno de mis alumnos. Me saludó afectuosamente, y me comentó que su hijo se había llevado estudiando todo el verano. Tuve con ella un par de entrevistas durante el curso. Ciertamente no es una madre de las más habituales: trabaja como limpiadora, y se mostraba orgullosa de haberse sacado el graduado escolar para adultos. Estaba muy pendiente de su hijo, y eso es de agradecer. Con éste hubo algunos problemas: en una ocasión me dijo que su única obligación era estar en clase, y que yo no podía obligarle a hacer nada. Le pregunté entonces qué diferencia había entre él y la silla en la que estaba sentado. Le daba igual. Esta actitud es, desgraciadamente, más frecuente de lo que parece: muchos alumnos se saben bien la cartilla del mínimo esfuerzo, de la "motivación" que tenemos que inculcarles los docentes, y de la falta de exigencia del sistema y su fomento de la irresponsabilidad. Pero este alumno cometió el "error" de verbalizarlo, y se lo comenté a su tutora, quien, a su vez, se lo hizo saber a su madre... estuvo manso como un corderito y "sensible" al aprendizaje el chaval en cuestión hasta final de curso. Pero esto suele ser la excepción. Al final ha conseguido pasar de curso en la evaluación extraordinaria, a pesar de la opinión de algunos compañer@s que piensan que los exámenes de septiembre no sirven para nada... es el tipo de gente a la que la libertad y voluntad ajena les resulta incómoda, y rechazan lo que se sale de sus fatalistas esquemas ideológicos previos.
El primer día de trabajo salí, pues, a la calle lleno de pensamientos positivos, a pesar de los 100 € menos en mi nómina,

y llegué a mi centro a hacer los exámenes preceptivos y dispuesto a sumirme en la feria gritona de las sesiones de evaluación y de sus calificaciones por "consenso". He tenido tiempo, incluso, de acercarme a mi nuevo instituto, y presentarme. Produce cierto vértigo la nueva rutina presentida, el regusto amargo de la certeza de que se acabará la novedad, pero, ¿tenemos otra opción los seres humanos?